Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

Confesiones inesperadas

La terraza estaba iluminada por faroles resguardados del viento, y el aire frío de la noche recibió a Alice con una crudeza que agradeció de inmediato.

Dentro, la música continuaba, amortiguada por los cristales; fuera, Londres parecía quedarse a una distancia suficiente para que una mujer pudiera respirar sin que media sociedad le contase las pulsaciones.

Margot no la soltó hasta que llegaron al extremo más apartado, junto a una balaustrada desde la que se veía una franja oscura de jardín. Había intimidad suficiente para hablar. Solo entonces se volvió hacia ella.

—Antes de que digas nada que ambas lamentemos, deja que hable yo.

Alice soltó una risa baja, sin alegría.

—No estoy segura de que puedas decir nada capaz de mejorar mi opinión sobre este asunto. Siento tus tentáculos en cada acción, Margot.

—Lo sé, pero no olvides que siempre he querido lo mejor para ti, mi querida Alice.

Aquella respuesta, tan sincera y desprovista de excusas más elaboradas, la amilanó más de lo que habría querido.

Alice apoyó una mano sobre la piedra fría de la balaustrada y miró hacia el jardín, porque si miraba a Margot quizá le mostraría toda su ira.

No sabía si la inundaba la rabia, la vergüenza o una tristeza descorazonadora.

—Statony me ha tendido una trampa —dijo al fin—.

Me pidió matrimonio de un modo insultante, rechacé su proposición, vino después con flores, dulces y un anillo, me besó hasta dejarme sin aliento y, mientras tanto, Londres ya me creía comprometida con él.

¿Eso es lo que mi buen juicio debe comprender?

¿Me he olvidado de mencionar algún detalle?

—Es mucho más complicado de lo que crees.

—Qué alivio. Por un momento he temido que intentaras convencerme de que publicar un compromiso sin la aceptación de la dama era un gesto romántico en algún idioma ducal que las demás no hemos tenido el privilegio de aprender.

Margot suspiró. La había enseñado tan bien que estaba asustada por su propia creación. Alice era magnífica. Statony tenía mucha suerte. En esos instantes, la condesa viuda era sencillamente una mujer que había esperado demasiado tiempo para confesar una verdad secreta.

—Hay cosas que no sabes, Alice. Y es hora de confesarlas.

—Muy bien. Te escucho.

—Por favor, no me odies.

Alice volvió la cabeza hacia ella.

—¿Odiarte a ti? Estoy enfadada, Margot, pero jamás podría desarrollar ese sentimiento por ti —trató de tranquilizarla—. En cambio, deseo arrancarle la cabeza a cierto duque.

Margot se acercó un poco más, lo bastante para hablar sin que ni siquiera el viento pudiera llevarse sus palabras hacia la casa.

—Fue Statony quien me habló de ti por primera vez durante tu debut.

Alice frunció el ceño.

—Eso no es posible. Yo no lo conocía y dudo mucho que la hija de un simple conde poco agraciada le causase alguna sensación.

—Es cierto que tú no lo conocías a él, pero no sucedía a la inversa. El duque reparó en ti en aquel momento.

—Porque eres tú quien me lo está diciendo; si fueses otra persona te acusaría de mentir.

Margot asintió un par de veces.

—Te lo contaré todo. Verás, después del desastre, tal y como tú siempre has llamado al compromiso fallido, Statony me dijo que haría bien en fijarme en ti.

Me sugirió que podrías ser una excelente dama de compañía para mí, aunque no lo dijo por utilidad como pensé al principio, sino porque había visto a una mujer admirable enfrentarse a una sociedad dispuesta a colgarla por el abandono de un estúpido.

Alice tuvo que cerrar los dedos sobre la piedra.

—¿Él dijo eso?

—Sí. Palabra por palabra. Statony no es un hombre que se deje impresionar, así que tuve que conocerte a toda prisa.

—¿Y por qué habría de decirlo?

Margot la miró con una ternura que no intentó disimular.

—Porque aquella noche en la fiesta, cuando el rumor sobre tu prometido comenzó a circular sin demora, te mantuviste firme, bailaste sin que los comentarios te importasen y solo cuando decidiste tomarte un pequeño descanso y buscar un lugar donde poder respirar, el duque te siguió.

Supongo que sentía curiosidad por ver lo que hacías. Statony es un espécimen muy peculiar.

Alice dejó de sentir el frío.

Recordaba bastante bien aquella fiesta, el escándalo del compromiso roto por la huida del prometido amenazándola con asfixiarla…

Sacó fuerzas de donde no creía tenerlas para alzar el mentón y no venirse abajo.

Pero sí hubo un momento en el que necesitó coger aire para seguir siendo fuerte.

Aquella noche resonaba con una nitidez que siempre le había parecido injusta, pero muy especialmente hubo un momento increíble que logró mitigar el dolor.

La humillación había corrido más rápido que cualquier criado; alguien había susurrado la fuga de su prometido con la hija de un comerciante y, de pronto, todas las miradas la habían buscado con una avidez insoportable.

Alice había sentido que el aire del salón se volvía insuficiente, que su vestido le pesaba, que la música continuaba con una crueldad casi obscena…

Había salido del salón principal sin saber adónde iba.

Recordaba haber encontrado una biblioteca. Oscura. La chimenea estaba apagada. Entonces apareció un desconocido anónimo de la nada.

Ella no le había preguntado quién era. Ni él se lo había dicho.

Solo había estado allí, en la penumbra, cuando ella ya no podía fingir que conservaba la dignidad intacta.

No la había tratado con lástima, ni le ofreció palabras huecas.

Ese inesperado amigo la había consolado.

Ella terminó llorando contra él, por descontado, con el rostro escondido en su levita.

La había abrazado y reconfortado diciéndole cosas muy acertadas, como que su firmeza la mantendría en pie si no dejaba que nadie la pisotease.

Y después se habían besado. Alice no recordaba quién comenzó el contacto, si él o ella, pero sí sabía que aquel beso lo sintió adecuado y perfecto.

No fue nada arrebatador. Resultó cariñoso.

Un beso leve, en los labios, lleno de una ternura que le desbordó el corazón.

Nada de lujuria ni prisas, un sencillo roce que le sirvió para erguirse por completo.

Aquel fue su primer beso. Un recuerdo que no solía permitirse revivir porque dolía no haber conocido la identidad de su salvador, porque aquel hombre, entre las sombras más oscuras, la había salvado del abismo.

Sus indicaciones sobre no flaquear, sobre comportarse sin vergüenza porque ella no había hecho nada malo, fueron lo que asentó una idea muy clara en Alice.

Y luego había llegado Margot para terminar aquella obra que él había empezado.

¿Statony hizo todo aquello? Costaba asimilarlo.

El duque había enviado a su secretario… Si fue él quien la trató de ese modo tan dulce, protector y tierno años atrás, ¿por qué no había ido a pedirle que se casase con ella?

¿Por qué la había apartado durante tantos años?

¿Por qué la había buscado precisamente durante esa temporada?

Su cabeza estaba dando vueltas y más vueltas.

—No puede ser él —susurró.

Margot no apartó la mirada de ella.

—Sí.

Alice sacudió la cabeza, pero la negación no encontró fuerza para sostenerse.

—No puede ser Statony —insistió una vez más.

—Lo es.

La memoria, traicionera, empezó a unir lo que ella no había querido ver.

La voz. La altura. La manera de guardar silencio antes de hablar.

El modo en que, días atrás, Oliver había acercado la boca a la suya con una paciencia que no se parecía a la arrogancia de su lista ni al descaro del anuncio.

La había besado porque sabía que ella correspondería a su beso.

¡Claro que lo sabía! Ya se habían besado antes.

Nada que ver la primera vez con la segunda, pero su cuerpo sí reconoció al desconocido, por eso no había podido ni articular una sola frase con sentido. ¡Dios! ¿Statony? ¿De verdad?

Alice se llevó una mano al pecho.

—¿Él sabía quién era yo? —preguntó en voz alta porque no daba crédito a lo que iba descubriendo.

—Sí.

—¿Por qué no me lo ha dicho nunca?

—Eso tendrás que preguntárselo a él. Solo te diré que en aquel baile, cuando descubrí el rumor y te vi salir, me llamaste la atención, aunque lo que más me sorprendió fue verlo a él salir a toda prisa tras tus pasos.

No daba crédito a lo que veía. ¿Él yendo tras una debutante?

Así que tuve que ver con mis propios ojos si mis sospechas eran verdad.

La puerta estaba abierta. La biblioteca rebosaba oscuridad.

Fue una suerte que solo yo os cazase. Tú estabas destrozada y él…

—Margot hizo una pausa, breve pero llena de significado—.

Él te abrazaba y te susurraba cosas que no logré descifrar, pero… —Suspiró.

Alice soltó el aire despacio. No había esperado que la piedad doliera tanto como la ira.

—Entonces ¿por qué nunca me lo dijiste sí tú si sabías lo que ocurrió y quién era él?

—Porque tú jamás me lo mencionaste después y no era mi secreto al principio, y luego… No lo sé. Creí que quizá no me correspondía a mí intervenir. Sin embargo, cuando semanas más tarde de aquel encuentro vuestro el duque me pidió que velase por ti… —Margot no pudo contener un nuevo suspiro.

—¿Te pidió que velases por mí?

—Sí. Ya te lo he dicho. Me dijo que tú valías la pena.

Me sugirió que te tomara bajo mi ala y que no permitiera que la sociedad te empujara hacia el margen.

Como bien te habrás dado cuenta, el duque no suele preocuparse a la ligera.

Así que tuve que conocerte y entendí lo que él había visto antes que todo el mundo.

Eres una mujer fuerte, serena; no huyes, te enfrentas y hay tanta pasión en ti como la hay en mí. No has nacido para estar sola, Alice.