Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 10
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Capítulo 10

Una fiesta extraña

Alice lo vio al mismo tiempo que percibió que toda la atención del salón se clavaba sobre ella.

No se trataba de una impresión nacida de los nervios.

En absoluto lo era. Ella jamás tuvo ínfulas de convertirse en el centro de atención.

Había entrado en suficientes reuniones desde los dieciocho años como para distinguir la curiosidad ordinaria de esa otra, más punzante, que estaba observando en esos momentos.

Las conversaciones no se habían detenido, porque nadie en casa de lady Ashbury habría cometido una falta tan grosera, pero se habían vuelto más bajas y tensas.

No entendía el motivo por el que la observaban con tanta curiosidad.

Había pasado los días anteriores intentando olvidar al duque de Statony y su beso abrasador.

El resultado de semejante intención había sido lamentable.

El beso volvía a ella en los momentos menos oportunos, al ajustarse el bonete, al cerrar un libro de cuentas o incluso al sostener una taza de té frente a su madre.

¿Estaría la sociedad al corriente de lo que ella le había consentido a un duque y por ello la observaban con atención?

Tuvo el impulso de buscar entre los asistentes al duque de Statony y no se privó. Le daba en la nariz que él estaría allí. No tardó demasiado en encontrarlo. Era como si su cuerpo lo estuviese buscando y fuese capaz de divisarlo en cualquier lugar.

Sus miradas se cruzaron y ninguno la apartó.

Oliver —así le había dicho él que debía llamarlo mientras la acariciaba y besaba— estaba junto a una columna.

Tan alto, sobrio, impecable y con esa rigidez aristocrática que…

Alice no se dio cuenta de que acababa de suspirar.

Durante un segundo, la dama se olvidó de la sala, los invitados y la música.

Él la miraba de una manera tan fija que el calor le subió al rostro sin que pudiese evitarlo.

Entonces sucedió lo impensable. Vio al duque de Statony ofrecerle una sonrisa.

No había nada divertido o cálido en ese gesto.

No. La sonrisa que él había compuesto no era ni amplia, ni amable, ni especialmente cortés.

Se trataba de algo muchísimo peor. Él estaba dedicándole una sonrisa triunfal.

Alice no era estúpida. El muy arrogante seguro que se habría dado cuenta de que ella estaría recordando el beso y por ese motivo se había sonrojado hasta los dedos de los pies.

Su seguridad masculina se merecía un castigo severo, quizá legal, aunque ninguna corte inglesa fuese lo bastante atrevida para condenar a un duque por presumir de haber arruinado el dulce sueño de una dama y convertirlo en algo mucho más salvaje.

Alice se negó a amilanarse y levantó un poco la barbilla. De haber estado en su casa, habría retrocedido; en un salón lleno de testigos, en cambio, decidió que antes se tragaría una horquilla que concederle la satisfacción de verla huir.

Statony empezó a caminar hacia ella. Alice comenzó a sentir pavor. No llegó lejos porque alguien reclamó su atención. Un caballero del que él parecía que no podía librarse. Respiró algo aliviada. Eso le daría un par de minutos para diluirse entre tanta gente.

—Querida —dijo lady Ashbury, quien acababa de aparecer a su lado—, has llegado en el instante exacto para convertir mi velada en un acontecimiento memorable. Te he enseñado bien.

Alice se giró hacia su amiga sin apartar del todo la atención del duque. Margot Marwood estaba espléndida, vestida con un tono plata muy suave. Sonreía, aunque sus ojos la estaban examinando sin perderse detalle.

—No estoy segura de haber hecho nada memorable —respondió Alice en voz baja—. Salvo llegar tarde, quizá.

—Llegar tarde solo es imperdonable cuando nadie desea verte entrar. Esta noche, en cambio, toda la sala parece haber encontrado en ti su único motivo de interés.

Alice intentó sonreír, pero la inquietud le apretó el pecho con una fuerza repentina.

—Eso mismo iba a preguntarte. ¿Por qué me están mirando todos?

La sonrisa de Margot no desapareció, aunque sí cambió. No fue una reacción visible para el salón, pero Alice la conocía lo bastante como para advertir que su amiga había dejado de interpretar un papel y acababa de prestarle atención de verdad.

—¿No lo sabes?

—No sé qué debería saber.

Margot la cogió del brazo con suavidad. El gesto, a ojos de los demás, se asemejaba a una bienvenida afectuosa. Para Alice era un claro indicativo de que su amiga no quería que ella se escapase. ¿Por qué?

—Mis invitados te observan sencillamente porque eres la prometida del duque de Statony.

Durante un instante, la música desapareció.

Alice no se movió. Ni siquiera creía estar respirando.

Había escuchado mal, por supuesto. El salón estaba demasiado lleno, las conversaciones se entrecruzaban y alguna palabra se habría confundido con otra hasta fabricar un relato absurdo.

O era eso, o su inconsciente acababa de darle la forma a las palabras que ella deseaba escuchar.

¡Qué tontería!

Alice no deseaba estar prometida con Statony por más que él besase como un pícaro que…

¡No quería!

—Disculpa —dijo con una calma que no sentía—. Creo que no te he entendido bien.

Margot le sostuvo la mirada, y Alice vio en ella algo que la asustó más que cualquier rumor. Preocupación y compasión.

—El anuncio de tu compromiso con el duque salió publicado en The Times hace unos días.

La tierra no se abrió bajo sus pies, lo cual le pareció una falta de cooperación por parte del universo. Habría sido más digno desaparecer tragada por el suelo que permanecer allí, en mitad de un salón bien iluminado, mientras Londres la contemplaba sabiendo más sobre su vida que ella misma.

—No —susurró.

—Me temo que sí. No es un rumor cualquiera. Es un hecho. Lo mandó publicar él, Alice.

Él.

Dos letras bastaron para que el rompecabezas, hasta entonces disperso en piezas en su mente, empezase a encajar con una claridad brutal.

Las flores. Los dulces. La visita. El anillo.

Su insistencia disfrazada de cortejo. Aquel beso con el que había intentado hacerla entrar en razón, según había tenido la insolencia de decirle…

¡No había sido perseverancia! Todo fue una trampa.

—¿Cuándo salió publicado el anuncio, Margot?

—No pienses en eso, lo importante es que…

—¿Cuándo? —insistió.

Lady Ashbury suspiró con resignación.

—Lo vi al día siguiente de nuestro paseo por Hyde Park.

Confirmado entonces. Statony no se había conformado con su negativa, porque, sencillamente, no la había considerado digna de respeto. Nada se le podía negar a un duque. Había anunciado el compromiso y se había asegurado de que Londres la creyese comprometida con él.

¿Fue ese beso un intento de chantaje por si ella continuaba negándose a sus deseos? ¿Lo haría público?

La vergüenza ardió primero. La ira llegó después, mucho más útil.

Alice se irguió despacio, con los dedos cerrados sobre el abanico hasta que las varillas protestaron.

Justo entonces, Statony alcanzó a ambas damas.

Hizo una reverencia perfecta ante Margot y luego inclinó la cabeza hacia ella con una solemnidad tan correcta que habría engañado a una mujer menos furiosa.

—Lady Ashbury. Lady Alice —las saludó.

La voz del duque era baja y formal. No debería sonar así. Tendría que ser algo más… más… ¿Más sátiro? Sí. Eso era.

Alice lo miró como si él fuese una mota de polvo en medio de la nada, aunque cometió el error de sostenerle la mirada demasiado tiempo.

Así descubrió que los ojos grises de Statony no estaban fríos.

Esa fue la parte que más la descolocó. Había en ellos un reconocimiento íntimo que la hacía sentirse…

¿admirada? No. Eso era imposible. Aunque sí que había algo más.

¿Se veía orgulloso de ella? ¿Sería admiración?

Alice no quiso creérselo. La admiración no atrapaba a una mujer con un malvado anuncio en las columnas sociales.

—Su Gracia —dijo al fin, por pura etiqueta.

Luego puso sus ojos en Margot y la veía…

¿complacida? Su amiga se mostraba como si hubiese estado al tanto de…

¿de qué? Alice no entendía nada—. ¿Hay algo que quieras contarme, Margot?

—le preguntó en voz muy baja, pero sospechaba que Statony la había escuchado.

Él percibió la enorme confusión de su dama. Por supuesto que lo hizo.

—Alice…

El uso de su nombre de pila, allí, delante de Margot, fue la última gota de aceite sobre el fuego del infierno.

La aludida levantó la mano sin pensarlo. No sabía si pretendía abofetearlo, detenerlo o señalarle la salida del salón. Tal vez las tres cosas al mismo tiempo.

Margot cerró los dedos sobre su muñeca antes de que el impulso llegase a convertirse en un desastre.

—Querida —murmuró con una dulzura peligrosísima—, ven conmigo a la terraza. Necesitas aire.

—No —se negó Statony.

La palabra fue una orden muy ducal. Claro que sí. Él era un duque que podía manejar las vidas de los demás a su antojo.

Margot volvió el rostro hacia él. La sonrisa de lady Ashbury permanecía intacta, pero la mirada que le dedicó a Oliver no tenía nada de social.

—Oliver, si aprecias en algo la posibilidad de no arruinar para siempre lo único que pareces haber deseado con fuerza desde que te convertiste en un hombre, déjame hablar con mi amiga a solas —le advirtió, sin el menor rastro de formalidad.

La mandíbula de Oliver se tensó—. Vas a tener que confiar en mí —insistió cuando tuvo la sospecha de que él iba a oponerse.

El duque hizo un breve asentimiento con la cabeza y les permitió marcharse de allí.

Ante ese pequeño intercambio, Alice no pudo más que fruncir el ceño. El duque y Margot se conocían y, por lo que denotaba la conversación, bastante bien. El alcance de su relación era más relevante de lo que su amiga le había hecho creer.

Ella no estaba dispuesta a quedarse en un lugar donde se sentía como una muñeca de trapo a la que pudiesen dirigir.

—Creo que es hora de marcharme —alegó, tratando de mantener la compostura.

—Te enseñé mejor, querida. Jamás des un paso hacia atrás —apuntó lady Ashbury—. Ven conmigo, te lo explicaré todo, después podrás tomar una decisión. No olvides sonreír o creerán que has tenido una pelea de enamorados con tu duque.

—Oh, Margot —se quejó, mientras trataba de seguir eludiendo la mirada que sabía que el duque tenía fija en ella.

La condesa viuda le apretó un poco el brazo, lo justo para advertirle que guardara el resto de la pólvora para un lugar menos expuesto.

—Vamos —la obligó Margot a seguirla.

Lady Ashbury la condujo hacia las puertas acristaladas que daban a la terraza.

Antes de salir, Alice se detuvo y miró hacia atrás por encima del hombro.

Statony seguía en el mismo lugar, muy erguido y demasiado serio como para parecer un hombre victorioso.

El duque seguía mirándola. Era más, él las había estado escoltando hasta la salida.

Margot, que también percibió su sombra, no pudo reprimirse. Le sonrió y luego añadió:

—No temas, querido. No le mencionaré a nuestra Alice que estás terriblemente enamorado de ella, porque eso lo acabas de dejar muy claro ante todos solo con el modo en que la has estado observando desde que llegó. Tal vez esta noche consigas lo que sé que has querido desde hace tanto tiempo.

Alice sintió que esas palabras le atravesaban el pecho. ¿Eran sensatas, una verdad o una burla? Ella no las entendía en absoluto, pero… ¿Él la amaba? ¡Imposible!

Statony no entró en la refriega. Se limitó a verlas salir hacia la oscuridad que les ofrecía la noche. Y su falta de palabras, por alguna tonta razón, la perturbó mucho más que una negación ante tal decreto expuesto por lady Ashbury.

¿Qué diantres estaba ocurriendo allí?