Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—No pensé que una mujer pudiera tener tanto poder sobre mí —confesó, casi con rabia—.

Creí que bastaría con hacerle comprender que nuestro matrimonio sería conveniente.

Luego la toqué, y todo lo que yo consideraba conveniente se volvió insuficiente.

Quise tenerla. Allí. En la salita de su casa.

Con las flores que le había enviado a unos pasos de nosotros y su negativa todavía sobre la mesa.

No me reconocí. Solo sé que si no la tengo me volveré loco.

¿Puedes entenderlo? No entiendo lo que me ocurre.

—¿No lo entiendes?

—No.

—Yo creo que tu reacción se parece a la de un hombre enamorado.

—¿Enamorado? ¡No me ha podido dar tiempo a…! —Se dio cuenta de lo que casi estuvo a punto de decir y se detuvo—. El amor no es recomendable para que un matrimonio funcione bien.

—Pero aquí estamos, tú, un hombre que dice que se vuelve loco cuando piensa en su dama, y yo, otro hombre que afirma que estás enamorado. Una cosa es segura: tu comportamiento no es propio de ti.

—Lo sé.

—Tú nunca has perdido el dominio con una dama.

—También lo sé.

—Entonces quizá deberías considerar que lady Alice Fairfax no es una dama cualquiera para ti y admitir que la amas.

Oliver soltó una risa breve, sin alegría.

—No.

—No estoy seguro de que lo sepas de verdad.

Tú interpretas el deseo como una contrariedad física, la culpa como un fallo de estrategia y el afecto como un peligro moral que conviene encerrar en un armario.

Lady Alice acaba de desordenarte los tres cajones a la vez y, por lo que veo, has decidido resolverlo como siempre: empujando el mundo entero hasta que encaje contigo.

—No pienso perderla.

—Tal vez deberías empezar por no obligarla a sentirse atrapada.

—Eso es ya imposible. Estará arruinada si no se casa conmigo. No solo porque la haya besado muy concienzudamente, sino porque romper un compromiso con un duque… No. Ella tiene que ser mi duquesa.

—¿Y si no lo logras?

—La besaré de nuevo.

—Dios de los cielos… En verdad no eres tú quien habla.

—¿Me censuras por mi sinceridad?

—Te alabo por ser humano al fin. Si un hombre tiene derecho a perder el norte es cuando se enamora.

—¿Quieres dejar de decir que la amo?

—Sí, pero eso no cambiará el hecho de que la amas, ¿lo entiendes, verdad?

—Lo que entiendo es que quiero darte un puñetazo.

—Sí. Eso ya me lo imaginaba.

—Si ella entra por esa puerta y me rechaza delante de toda esta gente —dijo—, la culpa será mía.

—¡Te preocupas por ella! Una prueba más de tu amor incondicional… Es interesante. Además, me conmueve que hayas alcanzado esa conclusión antes de que la dama te golpee con un abanico.

—No estoy de humor, podría acabar golpeándote.

—Ya…

Oliver estaba a punto de responder cuando el murmullo lo hizo ponerse alerta. Arden lo notó al mismo tiempo que él.

Lady Alice Fairfax acababa de llegar.

Oliver se quedó con la boca abierta.

La había visto sencilla en su casa, pálida aún por el enfriamiento, vestida sin deseo alguno de impresionar a nadie, con el cabello recogido de un modo práctico y aquella mirada capaz de poner en evidencia a un hombre sin necesidad de alzar la voz.

Aquella noche, sin embargo, Alice acababa de entrar en el salón de lady Ashbury como si fuese Cleopatra misma.

Llevaba un vestido de seda de un azul profundo que hacía que su cabello cobrizo adquiriese una calidez distinta bajo la luz de las lámparas de araña.

No era una belleza, era una mujer segura de sí misma que se veía radiante.

Statony jamás había visto a semejante hembra.

¡Dios! No lo volvía loco, era mucho más que eso, porque él se sentía como un macho dispuesto a aparearse en cualquier momento.

Controlar sus impulsos le resultaba cada vez más difícil.

¿Cómo había logrado Alice que se olvidase de todo y solo pudiese sentir esa necesidad primitiva que despertaba en él?

Oliver se olvidó durante un instante de dónde se encontraba.

Estaba recordando su boca abriéndose bajo la suya, el pequeño gemido que ella había dejado escapar, las manos enredadas en su cabello, la tibieza de su cuerpo al buscar apoyo contra él…

Y también estaba lo otro. Lo que había querido hacerle.

Verla desnuda para empezar, luego acariciar y lamer cada centímetro de su cuerpo y…

—¡Maldición!

Arden, que no había dejado de observarlo, inclinó un poco la cabeza.

—Statony… por Dios…

—Ahora no.

—Me temo que quizá sí sea ahora, porque acabas de adoptar un gesto que, en un hombre menos severo, podría confundirse con agonía.

Oliver gruñó por lo bajo. La erección que el duque sentía contra los pantalones le dolía como las brasas del infierno.

¡Qué inoportuno!

Arden siguió la dirección de su mirada hacia Alice, luego volvió a fijarse en él y, con una rapidez que honraba todos los años de amistad y una inteligencia desgraciadamente muy despierta, comprendió lo que le afectaba a Statony.

—Por todos los santos —murmuró—. Te has excitado en medio de un maldito salón de baile.

—Cállate.

—En mitad de una fiesta que todavía dudo que pueda ser de compromiso, ante lo más selecto de la sociedad, y con tu hermana avanzando hacia nosotros. Acabas de elegir el peor momento posible para olvidarte de tu frialdad y corrección.

Oliver trató de ladearse y miró hacia la derecha.

Eveline se acercaba, en efecto. Si llegaba hasta ellos, si le hablaba, si obligaba a Oliver a moverse antes de recobrar el dominio de su propio cuerpo, el desastre adquiriría una forma tan pública que ni lady Ashbury podría convertir el suceso en una anécdota elegante.

Arden soltó un suspiro que habría parecido resignado si Oliver no hubiera conocido demasiado bien el fondo de la cuestión que escondía su amigo.

—Me debes una, Statony. Entretendré a tu hermana, pero, por lo que más quieras, convierte a esa mujer en tu esposa y hazlo pronto, porque de otro modo causarás un escándalo más soberbio que el de tu propia hermana —le dijo el conde de Arden.

—No tienes por qué intervenir.

—Claro que tengo que intervenir. Alguien debe impedir que tu hermana descubra que el gran duque de Statony acaba de ser derrotado por un vestido azul.

—Arden… —gruñó.

—No me des las gracias. Me bastará con que no vuelvas a sugerir jamás que me case con Eveline.

Antes de que Oliver pudiera detenerlo, Arden se separó de la columna y salió al encuentro de Eveline con el aspecto de un hombre que caminaba hacia la horca.

Lady Eveline se detuvo al verlo aproximarse.

Estaba preciosa, por desgracia para la tranquilidad de cualquier hombre con sentido común.

Llevaba un vestido claro que acentuaba sus curvas.

No era una mujer delgada, tenía carne en los lugares adecuados.

Su mirada siempre desafiante, pero inocente, lo estaba observando con atención.

—Milady —la saludó tenso.

—Lord Arden —dijo, al tiempo que le hacía una reverencia ligera—. Qué inesperado… honor. ¿Lo manda Statony para vigilarme de cerca?

—He venido a pedirle un baile.

Eveline parpadeó un par de veces. Estaba genuinamente sorprendida.

—Usted no desea bailar conmigo. ¿No dijo una vez que soy peor que una serpiente?

—Lo primero es cierto. En cuanto a su pregunta, dije que en caso de ser una serpiente, debería ser una cascabel, porque al menos el sonido que emiten avisa de una desgracia con anticipación.

—Siempre tan caballeroso… Tenga cuidado o podría acabar irremediablemente enamorada de usted. —Ella batió sus espesas pestañas para burlarse de él con su fina ironía.

—¿Me concederá el baile o no? —le preguntó con aspereza.

—Si la memoria no me falla, solo bailó conmigo una vez por compromiso y pasó toda la pieza con el aspecto de un hombre que lamentaba no haberse roto una pierna antes de salir de casa. Creo que no, no pienso bailar con usted.

—Mi memoria coincide con la suya, aunque debo corregirla en un detalle. En aquel momento habría aceptado romperme las dos.

—¿Es una petición formal para que busque a un par de fornidos caballeros y se las rompan? Por usted movería cielo y tierra, ya lo sabe. Por ser el mejor amigo de mi hermano y todo eso.

—No eres una serpiente. Eres una mezcla de demonio, arpía, serpiente, tarántula…

—Sí, sí. Sé la opinión que le merezco. Siga su camino, lord Arden, no querría que acabase con la lengua rota por destilar tanto o más veneno que una serpiente. —Se dio un par de toques sobre la cabeza—. ¿No será usted la serpiente? No. Usted es un sapo viscoso, muy asqueroso.

—Y ahí está el cumplido de una verdadera dama que se dedica a perseguir a vizcondes que solo quieren meterse entre sus… —Se mordió la lengua en cuanto se dio cuenta de lo que estaba diciendo.

—¿He dicho caballeroso? No. Es usted un… —Le tocó el turno a ella de morderse la lengua. Una dama no debería decir palabras malsonantes.

—Me disculpo, milady. Mis comentarios han estado fuera de lugar. He perdido los nervios.

—No, no le perdono, lord Arden. —Ella dio un paso para bordearlo. La mano del conde se colocó sobre su muñeca, directamente sobre su guante de seda.

—Me perdone o no, va a bailar conmigo ahora.

—Alguien podría vernos, suélteme o vamos a tener un problema que Oliver zanjará con una boda.

—Bien debería dejarte en unas manos que supieran manejarte, bruja —le dijo sin formalidad ninguna—. No sabes comportarte, no sabes quiénes son tus amigos y quiénes no.

—Arden… —murmuró alterada. Si su hermano era un témpano de hielo, el hombre que la estaba enfrentando le iba a la zaga. No entendía ese cambio tan repentino en él.

—Ahora, cogerás mi brazo, sonreirás y bailarás conmigo. ¿He sido claro, Eveline?

—No quiero bailar contigo —dijo en voz baja.

—No me pongas a prueba. Quedar atada a mí no sería lo peor que te podría pasar. Cuando tomo una decisión soy igual de implacable que Statony y he decretado que bailaremos ahora. Lo harás de una manera civilizada o de otra más persuasiva. Tú eliges.

Ella apretó los dientes con fuerza.

—Está bien —concedió al fin—. Pero diré que no te entiendo, lord Arden. Detestas estar en mi compañía y, aun así, te obligas a bailar conmigo. Yo puedo ser una bruja, serpiente, arpía o lo que desees. Tú, sencillamente, estás loco.

—No te lo negaré. En este mismo momento regresaremos a la formalidad y olvidaremos lo que acaba de suceder. Te quiero bien sonriente y contenta por bailar conmigo.

Arden le ofreció el brazo con una solemnidad casi heroica. Ella compuso su mejor sonrisa.

—¿Así?

—Es un principio.

—No sé cuándo, ni cómo, pero me las pagará, milord.

—Lo sé —le aseguró el conde—. Trate de no acabar enamorada de mí y nos irá bien a los dos, milady.

—¿Y eso qué significa? —Ambos se encaminaban ya hacia la pista central de baile.

—Significa que estoy loco —respondió sin más explicación.

La música cambió justo cuando llegaron a la formación de parejas, y Eveline, obligada por las normas que tanto detestaba, no tuvo más remedio que colocarse frente a Arden.

Él le hizo una inclinación sobria.

Ella respondió con una sonrisa que prometía guerra.

Y Oliver, al otro lado del salón, tuvo unos segundos para recuperar la compostura antes de que lady Alice Fairfax alzara por fin la vista y lo encontrase entre la multitud.