Capítulo 8 #3
—Le advertí de que había escuchado rumores sobre un abogado que apostaba sin control y gastaba mucho en mujeres de vida alegre.
—¿Te mandó al infierno?
—No con esas palabras. Hice lo posible. El amor es así. Solo se ve lo que se desea.
—No puedes salvar a todo el mundo —le dijo con cierta suavidad.
—Tampoco pretendo hacerlo, pero conozco la desesperación.
Él no solo le destrozó el corazón a mi madre.
Mi vida fue una mentira, tenía un hermano del que no me habló.
—Sabían que se estaba refiriendo al padre de ambos—.
No dejaré que un hombre se aproveche del amor para destruir la vida de una esposa a la que debe proteger.
—¿Qué harás entonces para salvarla? —preguntó resignado.
—Nada.
—Alice… ¿qué has tramado?
Ella alzó el mentón.
—Cuando pierda lo suficiente aquí y tú recuperes tu dinero, el padre de la muchacha recibirá una carta anónima en la que se le revelen los pecados del esposo de su hija.
Confiaré en que sea un hombre decente, que la quiere y desea protegerla para que vigile a su hijo político con ojo de halcón.
Y si eso falla, seguro que no deseará que el nuevo miembro de su familia termine arruinándolo.
—Además de tenerlo todo pensado, lo has dispuesto ya, ¿no es verdad?
—Sí. Sé qué sirviente de los suyos le entregará mi carta anónima —reconoció sin bajar la cabeza—. ¿Algo más?
No hubo respuesta y ella volvió a su trabajo.
Alice mojó la pluma y anotó las decisiones en una página.
Gabriel se inclinó por encima de su hombro para mirar la columna, sin tocarla ni invadir su espacio.
Al principio de su relación, ella se había sorprendido de aquella cautela.
Gabriel podía intimidar a media sala con una mirada, pero con ella se comportaba de un modo más civilizado… a veces.
Gabriel la respetaba porque le había demostrado que era más que una simple mujer. No la elogiaba con frecuencia, ni necesitaba hacerlo. Le dejaba los libros, escuchaba sus advertencias y las seguía cuando los números lo convencían. En opinión de Alice, aquello valía más que cualquier cumplido.
—Hay otra cosa —dijo ella—. El señor Whitcomb está desviando parte de lo que pierde hacia pagarés firmados por su cuñado. No le aceptes más papel si no viene avalado.
—Whitcomb parece un conejo asustado.
—Los conejos también roen.
Gabriel chasqueó la lengua.
—Deberías dirigir el club.
—Y tú podrías debutar en Almack’s. Ambos causaríamos una gran impresión.
—Yo causaría un motín.
—Yo también, pero de modo más elegante. Ratafía, sedas y todo eso.
Un empleado entró con el té y la miel. Gabriel esperó a que la taza se quedara delante de Alice y luego le ordenó con un gesto que se la bebiese. Ella obedeció solo porque le dolía un poco la garganta.
El ruido de la sala se hizo más ensordecedor de pronto al otro lado de la puerta: una carcajada demasiado alta, una silla arrastrada, la voz pastosa de un hombre que canturreaba algo obsceno. Gabriel miró hacia el cristal esmerilado con fastidio.
—Quédate aquí.
—Gabriel…
—Quédate aquí, he dicho.
Naturalmente, Alice no lo hizo.
Salió detrás de él, con la taza aún caliente entre las manos, y vio al causante del alboroto tambalearse junto a la mesa de dados.
Era un caballero de mediana edad, rubicundo, vestido con poco gusto y lo bastante borracho como para confundir el atrevimiento con encanto.
Alice lo reconoció vagamente. Se trataba del señor Mallory, un viudo con propiedades en Kent, modales dudosos y una peligrosa inclinación por las sopranos.
Él también la vio.
Su mirada se deslizó por ella de una manera que hizo que varios hombres cercanos se quedaran inmóviles. En The Black Swan se permitían muchas cosas. Aquella no era una de ellas.
—Ahí está la pelirroja de Hope. Debes de ser una mujer increíble si él lleva tantos años en tu cama —dijo Mallory, arrastrando las palabras—. Siempre tan seria. ¿Cuánto por dejarlo durante una hora y venir conmigo, querida?
La sala entera pareció contener el aliento.
Alice no osó moverse.
Gabriel cruzó la distancia con una calma tan terrible que Mallory tuvo tiempo de sonreír antes de comprender su error.
—Repite eso —dijo Gabriel.
Mallory parpadeó un par de veces.
—No pretendía ofender. Solo le estaba haciendo un cumplido a la muchacha…
No terminó de hablar.
El puño de Gabriel le golpeó la nariz. Mallory cayó hacia atrás, derribó una silla y acabó en el suelo con las manos en la cara, gimiendo entre sangre y maldiciones.
Alice cerró los ojos un instante. Luego los abrió.
—Gabriel…, por Dios…
—¿Qué?
—Tenía una deuda abierta que tal vez ahora se niegue a pagar.
—Ahora tiene una nariz cerrada y no me ofenderá más si no quiere perder una maldita oreja.
—¡Gabriel! —lo regañó—. Esto que has hecho no mejora nada.
—Mejora mi humor. ¿No te había dicho que te quedases donde te dejé?
—Dios bendito… —susurró ella.
Mallory intentó incorporarse, pero Briggs ya lo tenía sujeto por el cuello de la levita.
Gabriel se agachó hasta quedar a la altura del hombre caído.
—En mi club no se le habla así a ninguna mujer, y menos que a nadie, a ella.
—La señaló con un dedo—. Ni borracho, ni sobrio, ni moribundo.
Vas a pagar lo que debes antes del viernes, y si vuelves a mirarla como acabas de hacerlo, o a insultarla de cualquier otro modo, te arrancaré algo más difícil de recomponer que la nariz. ¿Ha quedado claro?
Mallory asintió como pudo.
—Sí… sí…
—Sacadlo de aquí.
Briggs y otro empleado lo levantaron y lo arrastraron hacia la salida entre murmullos. En cuanto la puerta se cerró, la sala recuperó el movimiento poco a poco. Varios hombres bajaron la vista hacia sus cartas con una concentración ejemplar.
Alice dejó la taza sobre una mesa cercana. Gabriel estaba junto a ella.
—Podrías haberlo manejado mejor, Gabriel.
—No.
—No hacía falta romperle la nariz.
—Sí hacía falta.
Ella lo miró de reojo.
—Eres imposible.
—Y tú deberías seguir mis órdenes.
—No soy un perro obediente. Si lo hubiese sido nunca habría venido a verte. Tomo mis propias decisiones, ¿sabes?
—Trabajas para mí como una maldita mujer que discute cada orden. Eso es lo que sé.
Ella suspiró. Siempre había sospechado que podría contar con Gabriel. Al fin tenía la confirmación de sus conjeturas.
—Gracias por protegerme —le agradeció.
Gabriel fingió no haberla oído.
—Volvamos al despacho. Las cuentas no van a hacerse solas. No añadas anotaciones con respecto a ese saco de basura. Mallory pagará.
Alice no pudo evitar sonreír. Era como un emperador que sabía que su voluntad era la ley.
—De acuerdo.
Regresaron al despacho juntos. Al pasar junto al escritorio, Gabriel le acercó la silla con un gesto brusco, más impaciente que otra cosa. Alice se sentó, recuperó la pluma y volvió a abrir el libro.
Al otro lado de la pared, el club seguía en marcha, con sus apuestas, copas y secretos. Dentro del despacho, Gabriel se quedó a su espalda, silencioso y siempre vigilante, mientras ella ordenaba las cifras que sostenían su sustento.
Hacían un buen equipo.
Extraño, improbable, construido sobre una carta póstuma y una necesidad desesperada, pero bueno, al fin y al cabo.