Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

El interior de The Black Swan olía a decadencia, licor caro, triunfo y desesperación.

Alice siempre pensaba que aquella mezcla decía más verdades sobre los hombres que cualquier baile de Mayfair.

En los salones, un caballero podía esconder su ruina detrás de una levita bien cortada y una sonrisa ofrecida a tiempo; allí, en cambio, las deudas acababan saliendo a la luz con solo una carta puesta boca arriba sobre la mesa.

El guardián del lugar la saludó con una inclinación respetuosa.

—Buenas noches, señorita Alice.

—Buenas noches, Briggs. ¿Alguna muerte que deba anotarse antes de empezar? —bromeó, dado que Gabriel siempre solía decir cada noche que mataría a unos cuantos para dar ejemplo al resto. Su hermano era bastante duro, pero no por ello era tan implacable como le hacía ver al resto.

—Solo la dignidad del señor Hobbs, que ha perdido contra un comerciante de velas y está jurando que el destino se ensaña con los hombres sensibles.

—¿Sensible, ese hombre? Oh, no importa. Habría que explicarle que el destino suele ensañarse con los hombres que no deberían apostar.

Briggs sonrió y le abrió paso.

Alice cruzó la sala principal sin prisa.

No caminaba como una dama de la alta sociedad, ni como una mujer asustada que hubiese entrado en terreno prohibido.

Se manejaba por el lugar como alguien que conocía dónde estaba, a los demás trabajadores, las mesas y a los hombres que fingían no verla hasta que necesitaban crédito.

Algunos levantaron la cabeza al verla pasar.

Otros volvieron de inmediato a sus cartas, porque la experiencia les había enseñado que mirar demasiado a Alice era una excelente manera de atraer la atención de Gabriel Hope.

No era que la encontrasen bonita, era porque les causaba curiosidad verla pasearse por el club como si fuese de ella.

Hasta ese momento no se había dado cuenta, pero sentía que estaba en casa. De alguna manera eso era así.

Su hermano estaba en una mesa apartada, con la chaqueta abierta y una copa que no parecía haber probado.

Al verla, no sonrió. Gabriel raras veces sonreía.

Pero sus ojos bajaron un instante hacia el borde de su capa, comprobaron que no estuviera mojada, luego hacia su rostro, para asegurarse de que el enfriamiento no hubiera empeorado, y solo entonces hizo un gesto con la barbilla.

En Gabriel, aquello equivalía a una escena de afecto familiar con música de violines como fondo.

—Llegas tarde —señaló.

—Madre pretendía que me quedase en casa otro día por si todavía acusaba síntomas de enfriamiento, pero aquí estoy, Gabriel.

—¿Pretendes que te dé las gracias por venir a hacer tu trabajo?

—No, por supuesto que no. Supongo que debería darte las gracias por haberme permitido descansar los días pasados.

—Eso está mejor, Alice.

Ambos se habían llamado por su nombre de pila desde casi el principio. No recordaba cómo empezó, solo que no cambiaron el modo de tratarse después de la primera entrevista.

—Suponía que te agradaría esa respuesta.

Gabriel dejó la copa sobre la mesa y se levantó.

—¿Estás enferma todavía?

—No te preocupes por mí.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que vas a obtener. ¿Ves? Yo también puedo ser tan dura como tú.

Él la observó con atención, como si pudiera arrancarle la verdad solo con mirarla. Alice sostuvo el examen sin pestañear. Llevaban años practicando aquella clase de combate y ninguno de los dos había conseguido vencer de forma definitiva. O eso pensaba ella.

—Diré que te preparen un poco de té —dijo él.

—Esto es un club de juego, Gabriel, no una casa de reposo para señoritas delicadas.

—Té —repitió él, y llamó a un empleado con un movimiento de dedos—. Y miel.

—Si sigues así, alguien podría descubrir que tienes corazón.

—Si alguien lo descubre, le romperé la mandíbula para mostrarle lo equivocado que está.

Alice aceptó aquello como una muestra razonable de ternura fraterna y lo siguió hasta el despacho del fondo.

La habitación no era grande, pero estaba cerrada a la sala por una puerta gruesa y tenía un escritorio sólido, estanterías donde reposaban los libros de cuentas, una caja fuerte empotrada y una ventana estrecha desde la que no se veía nada digno de mención.

Para Alice, sin embargo, en aquel lugar había encontrado la libertad.

Una liberación extraña, nocturna, construida sobre números y secretos, pero la había hecho libre, al fin y al cabo.

Se quitó los guantes, se sentó ante el escritorio y abrió el primer libro.

—Hablemos de los pagarés.

Gabriel se apoyó contra una cómoda, con los brazos cruzados.

—Buenas noches también a ti, Alice.

—Ya nos hemos saludado.

—Me has acusado de no haberme preocupado por tu salud y por no haberte agradecido que retomases tus deberes tan pronto.

—Cosa que te ha irritado profundamente —le recordó a él.

El señor Hope soltó un ruido bajo que pudo haber sido una pequeña risa si una estaba dispuesta a ser generosa para reconocérsela.

Alice revisó las columnas marcadas, colocó a un lado tres pagarés y leyó una nota que ella misma había dejado hacía cuatro noches.

—Al conde de Haverston hay que retirarle el crédito.

Gabriel alzó una ceja.

—Haverston paga.

—Haverston paga tarde, pide demasiado pronto y lleva dos semanas vendiendo las piezas de plata de su familia a un marchante de Holborn. Si no está en la ruina no tardará en estarlo.

—¿Quién te lo ha dicho?

—Conozco a una dama que lo conoce.

—¿Ahora tienes espías entre la aristocracia?

—No son espías.

Gabriel se acercó, cogió el pagaré del conde y lo miró como si pudiera hacer sangrar el papel por puro desagrado.

—Haverston presume de tener tres propiedades.

—Dos hipotecadas y una en litigio con un primo al que le debe mucho dinero y que, según parece, tiene mejor abogado y peor carácter.

Además, su administrador ha pedido una prórroga a los proveedores de grano.

Un conde puede fingir muchas cosas en un salón, pero cuando empieza a deber dinero al hombre que alimenta sus establos, ya no está jugando; se está hundiendo.

Haz lo que te recomiendo o a este sí te verás obligado a matarlo cuando no pueda pagarte.

Gabriel golpeó el papel contra la mesa.

—Se le cierra el crédito. De acuerdo. Dime una cosa, Alice, ¿cuándo te volviste tan sanguinaria?

—Llevo mucho tiempo viéndote, Gabriel. Algo he aprendido de tus formas toscas. Trata de no humillar al conde cuando le digas que no puedes seguir manteniendo su crédito sin más garantías.

—¿Por qué debería hacer eso?

—Te lo he dicho muchas veces. Tienes que ser discreto y paciente.

Haverston aún tiene amigos influyentes. Si lo humillas, perderás lo que debe y te ganarás un enemigo con título.

Si lo tratas como a un hombre al que le permites retirarse con dignidad, quizá recupere lo suficiente para pagar por vergüenza.

Gabriel la miró durante unos segundos.

—¿Puedo decirle que lo hago por su bien, porque en caso de que no me pague tendré que cortarle una oreja?

—¿Tengo que responder a tu pregunta?

—¿Te desmayarías si le cortase a alguien una oreja en tu presencia?

Alice dejó de mirar las cuentas y se centró en los ojos de su hermano.

—Lo has hecho antes, ¿verdad?

—¿Y si lo hubiese hecho? ¿Seguirías viniendo a mi club y trabajarías para un hombre sin escrúpulos, Alice?

—¿Buscas mi aprobación?

—Esto está resultando agotador. Responde a una maldita pregunta sin hacer otra.

—No, Gabriel. No creo que pudiese quedarme sentada tranquilamente viendo que una persona sufre, aunque esa persona se mereciese el castigo.

En cuanto a censurarte por las acciones que hayas podido llevar a cabo a lo largo de tu vida, no lo hago.

Yo misma tuve que tomar una decisión importante cuando todo se vino abajo.

Supongo que hacemos lo que debemos para seguir adelante.

—¿Vas a dejar este trabajo, Alice?

—¿Qué? —Esa pregunta no se la esperaba.

—No quisiera tener que recordarte que yo te ayudé cuando tú más lo necesitabas.

—No hace falta que me lo recuerdes porque soy muy consciente, Gabriel. ¿Por qué me has preguntado si voy a dejar mi trabajo aquí?

—Responde a la pregunta.

Se instauró entre ambos un silencio de lo más tenso.

—No. No me iré si tú no me echas —le dijo.

—Bien. Hablemos de negocios. Se le cierra el crédito a ese conde sin humillarlo. ¿A quién se lo ampliamos?

Alice separó otro nombre.

—A lord Edmund Carrow.

—¿El abogado? Imposible, ese pierde más de lo que gana.

—Por ahora. Pero va a casarse con la señorita Lydia Pemberton.

Gabriel frunció el ceño.

—¿La hija del fabricante?

—De un fabricante que es muy rico. Tan rico que su esposa ya ha empezado a asegurar que su fortuna procede de tierras lejanas y no de tintes para tejidos.

La boda se anunciará antes de un mes. Carrow necesita aparentar solvencia hasta entonces y pagará cualquier deuda que le permita sostener la farsa.

Cuanto más grande sea, mejor para nosotros. Se lo puede permitir.

—¿La heredera sabe que le gusta apostar y que es un canalla al que le pierden las mujeres?

—Ella sabe que se casa con un hombre guapo del que está profundamente enamorada, sí. Que parte de su fortuna aterrizará en tus arcas si no lo vigila, probablemente no.

Gabriel se quedó callado un instante.

—Le ampliaremos el crédito.

—Con un límite. No quiero que la muchacha esté en la ruina durante el primer mes de su matrimonio.

—Eso no la salvará, lo sabes.

—Es una buena muchacha. Coincidí con la joven hace tres semanas en una fiesta.

—¿Sigues acudiendo a esas estúpidas fiestas?

—Es de buena educación aceptar las invitaciones. No te olvides de que consigo información importante que nos beneficia.

—¿Nos beneficia?

—Si tú pierdes, yo pierdo. Me considero una especie de ángel guardián para ti, Gabriel.

—¿Qué querías de la chica, Alice? Te lo pregunto porque estoy seguro de que hablaste con ella en aquella fiesta que has mencionado —volvió al asunto principal.