Capítulo 8
Una necesidad vital
Aquella noche, cuando la casa Fairfax se quedó en silencio y su madre se retiró, Alice se preparó para salir a hurtadillas.
Había estado demasiados días sin atender sus asuntos debido al enfriamiento y era momento de regresar a sus obligaciones.
No solo los duques tenían cosas importantes que hacer, pensó, mientras trataba de no recordar ese excelente beso que habían compartido.
Eligió un vestido oscuro, sencillo, sin adorno para no llamar la atención, tal y como solía hacer.
Se recogió el cabello con más firmeza que gracia, ocultó los rizos cobrizos bajo una cofia horrorosa y aguardó junto a la ventana del pasillo hasta ver detenerse un carruaje sin escudo frente a la casa.
Había avisado de que esa noche ya estaría bien para reincorporarse y allí estaba la prueba visible de que su nota había sido recibida.
Era el mismo carruaje que llegaba con frecuencia para recogerla.
Alice tuvo que hacerse cargo de la situación cuando su padre falleció porque no estaba dispuesta a mendigar o pasar hambre.
No se arrepentía de haber tomado aquella decisión.
Su madre y ella se habían salvado gracias a lo que había decidido.
Y Alice, que de día conservaba una reputación tan pulcra que las matronas la usaban para corregir a sus hijas, cruzaba Londres al anochecer para ganarse la vida en un lugar donde ninguna de esas matronas pondría un pie salvo que el diablo se les presentase y las obligase.
Todo había empezado tras la muerte de su padre.
Alice recordaba con demasiada nitidez aquella mañana en el despacho del abogado familiar, el olor a tinta, la voz firme del señor Hargreaves y la manera en que su madre había palidecido al comprender que el conde de Fairfax les había dejado un título respetable, una casa demasiado cara de mantener y casi nada con que sostener ambas cosas.
La palabra indigencia no se pronunció al principio.
Los hombres bien educados solían rodear las desgracias con frases largas antes de admitir que una mujer podía quedarse sin dinero.
Después, les dieron aquella carta.
El último acto de valentía de su padre, o de cobardía, según el humor con que Alice lo recordase.
En ella, el conde confesaba su mayor pecado y pedía perdón por haber amado a otra mujer durante años.
Una actriz llamada Cassandra Hope. No se trataba de una aventura pasajera o uno de esos deslices que los caballeros no reconocían para seguir cenando sin vergüenza.
Fue un amor mantenido entre las sombras, con nombre, rostro y un hijo al que Fairfax nunca había reconocido.
Gabriel Hope.
Alice lo buscó porque necesitaba conocer esa parte secreta de su padre.
Si tenía un medio hermano, deseaba conocerlo.
También, aunque le costó admitirlo incluso ante sí misma, porque estaban al borde de la ruina y ni siquiera la dignidad podía embellecerla y si el recién descubierto señor Hope las podía ayudar, bien valía la pena probar suerte.
Gabriel la recibió en The Black Swan, un club del East End.
Su medio hermano era alto y de hombros fuertes; aunque lo más destacable era la mirada tan dura que siempre exhibía.
Y arrogante, por descontado. Su arrogancia no venía de la cuna, sino de haber sobrevivido sin apenas ayuda.
Había crecido en las calles, aprendido a no bajar la cabeza y peleado por cada moneda.
Por eso se había convertido en el propietario de un establecimiento donde los hombres apostaban, bebían, negociaban y, en ocasiones, sangraban por no saber retirarse a tiempo.
Cuando Alice le habló de su padre, Gabriel no mostró emoción.
Lo peor no fue la falta de formalidad en su trato, ni tan siquiera la mirada de desprecio que le ofreció durante el encuentro.
No. La humillación subiéndole por el cuello fue lo que más le dolió cuando Gabriel adivinó sus intenciones al presentarse ante él; un hombre al que no conocía y con quien estaba emparentada por sangre.
Le contó la verdad. Que su padre las había dejado casi sin recursos; que las cuentas no cerraban y que su madre no sabía la mitad y ella no pensaba permitir que terminaran dependiendo de la caridad de parientes o amigos porque no había nadie.
Recordaba aquella entrevista muy bien.
—Fairfax ha muerto —le anunció ella.
—No quiero nada de ese hombre —le dijo.
—No he venido a ofrecerle nada suyo, pero somos hermanos.
—Medio hermanos, y si no estás aquí para ofrecer, entonces has venido a pedir. Sé bien la clase de problemas en los que él estaba. Arruinado. Te has enterado de quién era yo y por eso estás aquí.
—Yo… —Ella no pudo continuar. No debía mentirle.
Gabriel la miró de arriba abajo, sin piedad.
—No eres ninguna belleza —afirmó—. No podrías ganarte la vida entreteniendo a los hombres que vienen aquí.
Aquello había sido cruel. También resultó liberador porque Alice no quería vender sus encantos, ni deseaba aprender a verse hermosa bajo la luz adecuada. No quería sobrevivir complaciendo a hombres que creían que una mujer hambrienta debía sentirse agradecida por cualquier migaja.
—Sé llevar cuentas —le aseguró.
Gabriel soltó una risa breve e incrédula.
Y ahí empezó todo, dado que Alice no se marchó por la ofensa.
Lo retó a llamarla mentirosa en caso de ser necesario.
Ella le pidió los libros y estuvo horas encerrada con ellos.
Siempre había tenido una habilidad natural con los números, no tenían secretos para ella.
Cuando estuvo preparada, le señaló los errores, las deudas mal anotadas y las pérdidas ocultas bajo ganancias aparentes.
Incluso detectó una trampa sencilla que alguien de su club estaba usando para robarle pequeñas sumas desde hacía meses.
Su padre jamás había querido escucharla cuando ella hablaba de números.
Gabriel, en cambio, sí lo hizo. Al fin y al cabo, era un hombre hecho a sí mismo que no juzgaba a nadie más que por sus talentos.
El contador de The Black Swan había muerto dos semanas antes en una pelea callejera y él vio una oportunidad de oro en la llegada de su medio hermana.
Gabriel la puso a prueba unos días. Al final de ese tiempo le ofreció un salario tan generoso que Alice aceptó de inmediato.
Ganarse la vida, tal y como había hecho Gabriel, no le parecía tan malo.
Su madre tendría una vejez cómoda y ella podría seguir administrando su casa, eso sí, con muchísima más economía que cuando había vivido su padre.
Desde entonces, varias noches por semana, ella cruzaba la ciudad para sentarse en un despacho pequeño situado en la parte trasera del club, con una lámpara, tinta, los libros de cuentas y el rumor constante de los hombres jugando al otro lado de la pared.
Allí no era lady Alice Fairfax. Era la contable, la mujer de los números, la que no aceptaba balances mal cerrados ni excusas de los empleados que juraban haber perdido tres botellas por accidente.
Algunos hombres del club la trataban con cautela, mientras que otros lo hacían con respeto, y los más inteligentes ni se acercaban a ella.
Allí dentro creían que era la amante de Gabriel.
Una de las muchachas más jóvenes que trabajaba allí la había acusado precisamente de eso.
Si el jefe no había puesto fin a esos rumores, ella tampoco lo haría.
Era inteligente y sabía que esa posición le confería una seguridad que era más que bien recibida.
Nadie se metía con Gabriel Hope ni en sus asuntos.
Si la sociedad se enterase de cómo había sobrevivido, la repudiarían de inmediato.
Su secreto estaba a salvo con Gabriel. No era un hermano tierno, aunque después de tanto tiempo habían desarrollado cierta complicidad extraña, pero nada parecido a un amor fraternal.
Él no la juzgaba por trabajar allí. No la convertía en mártir ni en pecadora.
Le pagaba, la protegía y por la noche mandaba el carruaje que la recogía y luego la devolvía a casa antes de que el Londres decente se despertase.
Por eso, mientras el coche avanzaba entre calles más oscuras y menos limpias que las de Mayfair, Alice pensaba en que el duque de Statony jamás sería una opción para ella.
Por muy bien que él hubiese presentado su alegato de que encajarían en lo más importante, ella no podía ponerlo en una situación tan insostenible.
Ser la solterona hija de Fairfax no era lo mismo que convertirse en la duquesa de Statony.
Y, sin embargo, ahí estaba. El beso de aquella tarde aún le calentaba el corazón y otras partes privadas que…
Statony la había besado con una paciencia que no encajaba con su arrogancia, con una seguridad que la había dejado temblando y ansiosa… frustrada también, porque una parte de ella había querido más. Mucho más de él.
Ese beso no cambiaba nada.
No cambiaba lo que ella había tenido que hacer para no terminar en la ruina financiera, ni tampoco podía borrar su pasado como contadora de un club en el East End.
No le haría eso a Statony. Ni a ningún otro caballero, ya puestos.
¿Qué ocurriría si el duque descubriese que la dama a la que pretendía convertir en duquesa trabajaba en secreto para su hermano ilegítimo, en un club con mala reputación, rodeada de jugadores, humo y supuestos caballeros sin respeto por las mujeres?
Su Gracia jamás aceptaría aquello.
Y Alice no pensaba renunciar al hermano que la había ayudado a sobrevivir por un hombre, aunque ese hombre le hubiese prometido estabilidad y muchísimo placer.
El carruaje se detuvo detrás de The Black Swan.
Alice respiró hondo, se colocó bien los guantes y bajó. Al otro lado de la puerta la esperaba un trabajo, mucho ruido y una vida que no podía permitirse perder.
La dama impecable quedaba atrás cuando cruzaba las puertas que daban acceso al club.