Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Hagamos una prueba —propuso el duque.

—No me gusta cómo suena eso.

—Por lo que he comprobado, no parece gustarle nada de lo que hago o digo.

—Veo que lo comprende.

Oliver dejó el estuche sobre una mesita. Después dio un paso hacia ella, lo bastante despacio para que no lo confundiera con una amenaza.

—Confíe en mí durante un momento.

—¿Por qué razón?

—Porque conmigo está a salvo.

—Los caballeros que anuncian eso, rara vez tranquilizan a una dama.

—Usted no me deja más opción, milady. Como nada está funcionando, me obliga a ser…

creativo. Sí. Eso es. Pretendo ser creativo para demostrarle lo equivocada que está.

Estoy convencido de que los dos estaríamos bien juntos.

Así que le ruego que no me abofetee por lo que voy a hacer.

Es lo único que se me ocurre para que entre en razón.

Alice frunció el ceño.

—Su Gracia… ¿qué está tratando de…?

—Si después mantiene su negativa, la escucharé —la cortó.

Aquello no era del todo cierto. La escucharía, sí, pero no se resignaría.

No podía hacerlo. El anuncio del compromiso ya había llegado a la imprenta, se recordó.

Quizá a esas horas su nombre y el de lady Alice Fairfax aguardaban su turno entre las noticias parlamentarias, bailes y columnas de sociedad.

Si ella descubría el anuncio antes de aceptar, se enfadaría.

Mucho. Y Oliver no tenía tiempo para gestionar otro enfado más.

Tenía que resolverlo y pronto.

Alice debería haber retrocedido cuando lo vio avanzar hacia ella, pero no lo hizo.

No era tan ingenua como para no saber lo que él se proponía. ¡Iba a besarla!

—No debería permitirle esto —susurró.

—Probablemente no, pero lo hará.

—Usted también me irrita.

—Y aun así, sigue aquí, delante de mí, esperando mi movimiento… me pregunto por qué —contraatacó.

Ella se sonrojó, y Oliver sintió una punzada de triunfo mucho antes de haber ganado nada.

—Esto es inapropiado —alegó con un hilo de voz.

Oliver levantó una mano y le rozó delicadamente con un solo dedo la línea de la mejilla.

No fue una caricia impaciente. Lo hizo con lentitud, desde el pómulo hasta el borde suave de la mandíbula, mientras permanecía muy atento al modo en que ella contenía el aliento.

Alice se quedó muy quieta, pero sus pestañas temblaron, y aquel mínimo gesto le resultó a Oliver más revelador que cualquier declaración.

—Uhm… A mí me parece lo más natural del mundo.

—Madre mi… me ase…guró que rec…ta moral era u…n duque —dijo sabiendo que había hablado de modo ininteligible. ¿Por qué un movimiento audaz de un hombre al que se había propuesto evitar a toda costa le había derretido la mente por completo?

—La encuentro deliciosa incluso cuando ha perdido la razón por mi causa. Es ahora cuando mi orgullo masculino está verdaderamente por las nubes —advirtió él.

—Lim…pio…

—¿Uhm? —preguntó sin dejar de acariciarla.

—No limpio… jugando… está… —¡Dios! Quería morirse por la vergüenza.

¿Qué le pasaba que no podía hablar con inteligencia?

¡Él la estaba tocando!, eso era lo que le estaba sucediendo.

Su madre había tenido razón. Era apuesto de una manera que cualquier mujer, en su misma situación, se comportaría como una auténtica tonta.

—Estoy adaptando mi estrategia.

Su dedo descendió hasta la curva del mentón y luego, con una delicadeza maravillosa, siguió la línea vulnerable del cuello sin llegar a apretar, sin tomar más de lo que ella aún no le había concedido.

Alice tragó saliva con gran dificultad. Oliver veía el lugar donde su pulso latía.

La dama estaba fuera de sí y solo la estaba acariciando muy sutilmente.

Tendría que darle las gracias a Arden por la sugerencia de la boda.

Sonrió cuando observó que las manos femeninas se cerraban con fuerza sobre la falda del vestido.

Aquello le bastó para acercarse un poco más.

—Dios… Oh… yo… no… yo…

—Lo sé, Alice. Me permite llamarla por su nombre, ¿cierto? Creo que el momento así lo exige.

—Yo… no… —No sabía ni dónde estaba. Se sentía como una gallina ante un zorro. ¡Qué zorro! Él se veía como un fiero león.

—¿Quiere que me detenga, Alice? —murmuró muy cerca de ella.

—No… —negó de inmediato. Y se alegró de que esa sencilla palabra la hubiese podido pronunciar.

—Bien, porque yo tampoco quiero detenerme.

Oliver deslizó la mirada hacia el borde sobrio del escote. Luego bajó el dedo y le acarició la piel desnuda. Era una parte de sus pechos. Lo disfrutó.

Alice se estremeció y tuvo que colocar las manos alrededor del cuello de Oliver para no caerse.

El gesto hizo que su evidente erección palpitase con fuerza sobre sus pantalones. Aquello le dolió. Aunque de un modo fabulosamente placentero.

Así que ella no era tan inmune a sus encantos como creía… Sí. El asunto del heredero no tendría mayor complicación.

—Gracia… Su…

—Oliver. Nada de Su Gracia.

—Oli… ver —dijo con la voz entrecortada—, favor por… parar…

—Todavía no. Estás a salvo conmigo. Me detendré cuando sea necesario, te lo juro. —No se dio cuenta de que había dejado a un lado la formalidad.

Entonces inclinó la cabeza y la besó.

No fue un beso arrebatador. Oliver no había construido su vida sobre impulsos mal administrados y no iba a desperdiciar aquella oportunidad con otra torpeza.

Posó la boca sobre la de Alice despacio, con una presión suave, dejando que ella sintiera primero la pregunta antes que la exigencia.

Sus labios estaban fríos al inicio, tensos; luego se ablandaron con una vacilación que le encendió la sangre.

Alice no sabía besar bien todavía.

El descubrimiento debería haberlo frenado. En vez de eso, lo volvió más cuidadoso y voraz al mismo tiempo.

Se apartó un poco, lo justo para hablar contra su boca.

—Abre los labios, quiero conocer tu sabor, Alice.

Ella los cerró con fuerza. Él pensó que tal vez había perdido por completo su capacidad de raciocinio, así que le pasó la lengua sobre esos dulces pétalos de rosa. Surtió efecto, porque ella los entreabrió y él pudo entrar en su interior para saborearla.

Su mano subió hasta la nuca de Alice y se hundió con cuidado entre su cabello recogido, teniendo cuidado de no deshacerle el peinado del todo.

Lo hizo solo lo suficiente para inclinarle el rostro y enseñarle el ritmo y la posición adecuados.

Rozó su lengua con la suya una y otra vez.

Lento al principio, dándole tiempo para comprender que un beso no tenía por qué ser una invasión y sí una elección.

Ella soltó un gemido ahogado, y Oliver sintió que el cuerpo se le tensaba hasta el dolor.

La atrajo un poco más, contra él sin brusquedad.

Alice tenía los dedos enredados entre su cabello y lo estaba despeinando debido a la emoción que sentía.

A él no le importaba. Ella era audaz y aprendía rápido.

Los labios femeninos, que se habían movido con torpeza primero, lo hacían en esos instantes con una inocencia más certera.

Estaba más duro que una piedra.

Oliver no había sido nunca un hombre que coleccionase amantes.

Había demasiadas enfermedades como para tentar a la suerte.

Además, su educación, corrección y creencias le habían impedido ser un canalla.

Había besado antes, por supuesto. También conocía el deseo, pero nada se asemejaba a lo que Alice Fairfax le estaba haciendo sentir.

Ninguna de esas experiencias anteriores lo había preparado para la satisfacción de percibir cómo su dama se estremecía bajo sus caricias y sus labios.

Los dos tenían hambre. Él conocía bien lo que era la lujuria. Ella, en cambio, no sabría lo que estaba sintiendo en verdad.

—Oliver… —murmuró cuando él trató de separarse. Por descontado que ella lo mantenía bien sujeto y le impidió la retirada.

—No podemos seguir, Alice.

—Sí… yo quiero que me beses…

—¿Ya eres capaz de hablar con normalidad? —preguntó sobre su boca con dificultad porque ella no le daba tregua, lo besaba sin descanso.

—Bésame. No hables —le ordenó.

Él sonrió sobre sus labios.

Le dio un par de besos más y se obligó a ser un caballero de nuevo.

Cuando se separó, lo hizo porque aún conservaba la lucidez suficiente para recordarse dónde estaban, quién era ella y cuántas consecuencias cabían en una sola tarde ardiente. No la tendría de esa forma.

Le colocó las manos sobre la cintura por si a ella le fallaban las piernas, y supo que había hecho bien al tener aquella precaución cuando Alice dio un pequeño traspiés.

—¿Estás bien?

Ella permanecía inmóvil. Tenía los labios entreabiertos, hinchados, el aliento le faltaba y las mejillas estaban encendidas.

Si él no la hubiese visto tan orgullosa antes, habría podido creerla frágil.

Pero no lo era. Temblaba, sí; él la había dejado tiritando.

No había vergüenza en reconocerlo. Tampoco la hubo en la oleada de triunfo que le recorrió el pecho.

Oliver le sonrió de un modo demasiado satisfecho.

Fue un error. Ella le dio un empujón.

—¿Un poco tarde para eso, no te parece?

—Oh, por amor de Dios. ¿Qué me ha hecho Su Gracia?

—Regresamos a la formalidad. Está bien. La he besado, milady, para demostrarle lo bien que estaríamos juntos.

Lo veía tan complacido consigo mismo que quería abofetearlo. No lo haría.

La dama carraspeó y se alisó la falda.

—Admito que ha sido… Ha sido interesante —dijo, tratando de parecer desapasionada. Estaba ardiendo de los pies a la cabeza, pero él no tenía por qué saberlo… No lo sabría, ¿o sí? No, seguro que no.

Oliver abrió los ojos con gran asombro.

—Interesante —repitió como si no creyese lo que acababa de oír.

—En efecto. Tanto que podrán decir que el duque de Statony sabe cómo arruinar una petición de matrimonio, pero jamás dirán que no sabe cómo besar a una mujer.

—Lady Alice… —comenzó a decir él.

Ella se apartó un paso, lo justo para intentar serenarse por completo. Estaban a una distancia que, hasta hacía un instante, él había considerado innecesaria.

—No puedo ser su duquesa, Su Gracia. Lo siento. No pierda más el tiempo conmigo.

Y él no pudo rebatir su argumento porque, tras soltarle esa inesperada declaración, su presa salió corriendo de la salita.

¿Cómo diantres se le había acabado escapando?