Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Un duque como pretendiente

Statony llegó a casa de Alice a primera hora de la tarde, convencido de que las flores, dulces y atenciones escogidas habrían bastado para reparar cualquier aversión por parte de la dama.

No había exagerado con las rosas. Le envió las justas. Tampoco se había excedido con los dulces, aunque Jackson había insistido en que la fruta confitada sería un gran acierto. Había cumplido con su papel a las mil maravillas.

La había cortejado desde la distancia y actuado con una paciencia que, en su opinión, rozaba la heroicidad.

Por lo tanto, lady Alice Fairfax ya debía de estar satisfecha.

Cuando el mayordomo lo hizo pasar a la salita de recibir visitas, Oliver reparó de nuevo en que la estancia era modesta, limpia y luminosa, con muebles cuidados y sencillos.

Ya había mantenido una entrevista allí con la madre de la dama, pero no se había fijado tanto como lo estaba haciendo en esta ocasión.

Había libros sobre una mesa auxiliar, un bastidor de bordado abandonado en una silla y el jarrón con las rosas que él le había enviado seguían allí.

Aquello le produjo una extraña satisfacción, aunque las flores estaban colocadas bastante lejos del asiento que ocupaba la dama.

Lady Alice se levantó al verlo entrar.

Él la reconoció al instante. Aunque los años habían pasado, ella se veía tal y como la recordaba.

El cabello cobrizo lo llevaba recogido con sencillez, su rostro conservaba esa naturalidad que no complacería a los poetas, y los ojos…

los ojos no eran suaves. Eran atentos, inteligentes y se apreciaban peligrosamente cautelosos.

Una mujer menos bella de lo esperado habría podido decepcionarlo; Alice Fairfax, en cambio, tenía el tipo de presencia que no precisaba de una belleza evidente para incomodar a un hombre.

Oliver le hizo una reverencia muy solícita.

—Milady, me alegra ver que se ha recuperado ya.

—Su Gracia —respondió ella, con una cortesía perfecta y ninguna alegría visible—, le agradezco el interés. Parece que estoy totalmente recuperada. Sea bienvenido al hogar de las Fairfax.

—¿Se unirá lady Fairfax a nosotros? —preguntó al ver que no había allí dentro nadie más.

—Mi madre ha salido a encontrarse con una buena amiga. Me temo que estaremos solos. No se incomode, se lo ruego. No soy una jovencita cuya gracia y virtud deban protegerse con celo. Además, soy bastante eficiente en defenderme yo sola.

—Ya veo… —murmuró él.

La dama no supo si la estaba juzgando por no tener una carabina.

—Si no le parece correcto que estemos ambos en una habitación sin la debida vigilancia… —comenzó a decir.

—No se trata de eso. Soy un caballero, milady —se reafirmó.

—Por supuesto que lo es, Su Gracia. ¿Qué puedo hacer por usted? —le dijo con suavidad.

—Prefería hablar con usted en persona. Su carta dejaba claro que consideraba ese punto de cierta importancia.

—Mi carta dejaba claros muchos puntos. Al menos, con esa finalidad la escribí.

—He decidido atender el más razonable.

Alice lo miró durante un segundo con tal fijación que Oliver comprendió, no sin fastidio, que aquella mujer no iba a facilitarle la entrevista.

—Entonces ha creído conveniente dejar al señor Jackson atendiendo asuntos… menos personales —dijo ella.

—Sí.

—Y aquí está. En persona.

—En persona. Eso es.

Él no había previsto que ella no le ofreciese sentarse. La dama seguía de pie. ¿Por qué?

—Después de haberme enviado una lista de obligaciones por medio de su secretario, ha decidido que yo merecía ser examinada.

—¿Siempre es usted tan franca?

—Siempre que la ocasión lo requiere, Su Gracia.

—Ya… Debo corregirla. Lo que le presentó el señor Jackson fue una relación de expectativas —la corrigió él.

—Naturalmente. Las ofensas siempre mejoran cuando se les cambia el título. —Y no titubeó cuando lo dijo.

Oliver apretó la mandíbula. Se había prometido, al menos de forma tácita, comportarse con toda la paciencia del mundo. La cosa se veía como una tarea hercúlea.

—No he venido a discutir con usted.

—Una lástima. Yo tenía varias observaciones preparadas para cuando la batalla comenzase. —A continuación, le sonrió, pero el duque sabía que no era una muestra sincera.

—Su hostilidad es evidente, ¿lo sabía?

—Y aquí sigue usted —le advirtió ella.

Él tuvo la tentación de darse media vuelta y marcharse. Iba a hacerlo hasta que recordó que el maldito anuncio ya había sido publicado. ¿Estaría enfadada con él por ese hecho? Sí. Era plausible. Decidió ser paciente con ella.

—He venido a formalizar mi petición de matrimonio de un modo que no pueda parecerle insuficiente.

—¿Por qué?

—¿Disculpe?

—¿Por qué quiere casarse con una mujer de la que empieza a comprender que no sería una buena elección?

El duque no pensaba mencionar la dichosa nota social.

—¿Me está preguntando por qué quiero casarme con usted a pesar de que está resultando ser una dama muy hostil?

—Eso es, Su Gracia.

—Bueno… Supongo que cuando tomo una decisión no abandono.

—¿Está dispuesto a pasar su vida con una mujer que podría irritarlo de la mañana a la noche solo por tenacidad?

—No creo que sea usted tan malvada como quiere hacerme creer.

—¿Y si lo fuese?

—Supongo que para averiguarlo deberé correr el riesgo de haberla juzgado adecuada y haber decidido bien.

En ese instante, Oliver se llevó la mano al bolsillo interior de la levita y extrajo un pequeño estuche de terciopelo oscuro.

La dama palideció.

—Por amor de Dios —dijo, mucho menos serena—. No me diga que eso es un anillo.

—Por supuesto que es un anillo. No osaría ofenderla más de lo que ya lo hice cuando mandé a Jackson a proponerle matrimonio en mi nombre.

—¡No lo abra!

Oliver ya lo había abierto. Era una pieza soberbia. Varios diamantes coronando un rubí sobre un aro grueso de oro.

Alice dio un paso atrás.

—¿Piensa huir de mí, milady?

—¡Su Gracia, levántese! —gritó ella al ver que él se disponía a llevar a cabo un gesto muy característico que ameritaba con la ocasión. ¡Iba a ponerse de rodillas ante ella!

—Aún no me he arrodillado.

—Pues no lo haga —le pidió.

Él la observó, desconcertado por primera vez desde que había entrado.

—¿No quería usted una petición formal en persona?

—Oh, Dios, no. No quería nada. Ni mucho menos una representación funeraria en la que se me pidiese que enterrase en una caja de pino mi libertad.

—No sea tan dramática.

—Está usted a punto de arrodillarse con un anillo en la mano después de que yo haya rechazado su proposición por escrito y me haya mostrado muy desagradable. Creo que tengo derecho a una pequeña dosis de dramatismo.

Oliver cerró el estuche con un chasquido suave, aunque no lo guardó.

—Lady Alice, me he conducido de forma correcta.

He enviado flores. Le he regalado dulces.

Me he presentado en persona, tal y como usted insinuó que debía hacer, y le ofrezco una posición excepcional.

No tiene sentido que mantenga su negativa.

Por amor del cielo, nadie le ofrecerá un anillo similar a este.

Estaba dispuesto a arrodillarme hasta que me ha pedido que no lo hiciese.

—Ahí está el problema.

—¿Cuál?

—No entiende que no puedo casarme con usted.

A Oliver no le gustó aquella respuesta. Principalmente porque no podía desecharla con facilidad. ¿A qué se debía su reticencia? No la entendía.

—Sé reconocer una decisión irracional cuando la veo.

—Y yo sé reconocer un matrimonio desdichado antes de haber llegado al altar.

—No seríamos desdichados —negó de inmediato.

Lo dijo con una vehemencia que lo sorprendió incluso a él.

Alice también lo notó. Sus ojos cambiaron; no se ablandaron, pero se volvieron más atentos.

—No puede saber eso —murmuró.

Oliver sí lo sabía.

No habría podido explicar por qué con argumentos que resistieran un interrogatorio exhaustivo.

No podía hablar de una biblioteca oscura ni de una noche enterrada en la memoria.

Tampoco se atrevía a confesarle que cuando Arden le sugirió su nombre en el despacho algo en su interior había reconocido el camino.

De modo que hizo lo que siempre hacía cuando una verdad no podía salir a flote. La convirtió en una certeza irrefutable.

—Lo sé. Estaríamos muy bien juntos —repitió.

Alice respiró profundamente.

—Yo estoy segura de lo contrario. No nos llevaríamos bien, Su Gracia. Usted necesita una duquesa obediente, más dócil y tranquila que yo; que sepa de obediencia, orden, discreción y que acepte con naturalidad sus directrices.

—Lo hace sonar como si yo quisiera una esposa muda y sorda que se replegase a mis deseos constantemente.

—¿Y no es así?

—Si así fuese me habría ido en cuanto no me ofreció ni sentarme, milady.

—¿Desea tomar asiento, Su Gracia? —se apresuró a preguntarle.

—No. Sé bien que esperaba haberme despachado en un minuto. Ahora nos quedaremos de pie y seguiremos discutiendo con la misma sinceridad y seriedad con la que lo hemos estado haciendo hasta el momento.

—¿Podría pedir un té y…?

—Demasiado tarde. Siga con sus afirmaciones sobre nuestras desavenencias —le recomendó—. La escucharé.

—Está bien. Llevo demasiados años tomando mis propias decisiones. Usted se irritaría conmigo antes de terminar la primera semana.

—Ya me irrita.

—Lo sé, y no puedo decir que lo lamente. Soy como soy y no hay más.

—No solo me irrita, también me interesa muchísimo —afirmó de inmediato.

Ella se quedó callada.

Oliver advirtió que aquello la había desconcertado, y una parte de él disfrutó de haber conseguido romper, durante un instante, las defensas femeninas.

—No puedo casarme con usted —repitió una vez más Alice.

Oliver guardó silencio.

Aquella mujer era más testaruda que él.

La idea debería haberlo enfurecido. No obstante, el desafío se estaba alejando de lo que sería denominado como un contratiempo y se estaba convirtiendo en una caza. Había ido allí para cerrar un acuerdo; en esos instantes comprendía que lady Alice Fairfax necesitaba una prueba mejor que un anillo.

Tenía que conquistarla.

Seducirla.

La palabra le resultaba adecuada.