Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Una contrariedad increíble

Durante los días posteriores al paseo por Hyde Park, Alice tuvo tiempo de llegar a una conclusión. El cuerpo podía rendirse con una facilidad asombrosa justo cuando el orgullo más necesitaba permanecer en pie.

El aire húmedo de Hyde Park, la vuelta de más que Margot le había ordenado dar al cochero y la obstinación de Alice por decir que no tenía frío acabaron cobrándose su tributo.

Al día siguiente se despertó con la garganta dolorida, la cabeza embotada y una debilidad irritante que la obligó a permanecer en la cama mientras el mundo seguía funcionando sin ella.

Su madre entró tres veces para colocarle mejor el chal, dos para preguntarle si deseaba caldo, y una última para asegurarse de que nadie se moría por pasar un día entre almohadas.

Alice, que no estaba de humor para esa clase de verdades maternales, respondió que algunas personas sobrevivían a los catarros solo para sufrir humillaciones más creativas.

Y entonces llegó el primer ramo.

Rosas.

No un ramito discreto. Aquello era una composición espléndida de rosas pálidas, verdes oscuros y lazos de seda, tan costosa que la criada la sostuvo con ambas manos y una expresión de asombro que no pudo disimular. Venían acompañadas de una tarjeta:

Su Gracia, el duque de Statony, le manda sus mejores deseos, lady Alice Fairfax.

Leyó la tarjeta dos veces en la cama.

—No se anda por las ramas —murmuró.

Su madre, que siempre había tenido un carácter más blando, se asomó por encima de las flores.

—¿Un duque, Alice?

—Uno empeñado en que lo admire, según parece.

—Son preciosas.

—Sí que lo son. Le reconozco el gesto.

—¿Vas a contarme lo relativo al caballero?

—En realidad me siento un poco cansada.

—Oh, sí. Hablaremos de esto más tarde, mi niña.

Alice pidió que las dejaran en la salita y no en su dormitorio. No estaba dispuesta a despertar rodeada de pruebas florales que le recordasen la obstinación de un hombre que no sabía aceptar una negativa. Bastante tenía con oír su título cada vez que cerraba los ojos.

A la mañana siguiente llegó una caja de dulces.

Frutas confitadas, violetas escarchadas, pequeños bombones de chocolate y unos pastelillos tan delicados que parecían concebidos para convencer a una mujer terca de que estaba equivocada. La tarjeta, por desgracia, no fue demasiado acertada:

Su Gracia, el duque de Statony, confía en que estos dulces resulten de su agrado.

Alice contempló la caja desde la cama con una mezcla de enfado y curiosidad. ¿Qué había esperado de él? ¿Un bello poema para acompañar los dulces?

—Esto es ridículo. Casi diría que me está cortejando —dijo.

Su madre parpadeó cuando la escuchó.

—Eso parece. ¿Me lo cuentas, hija mía?

—No tiene mayor complicación. El duque de Statony, a quien no conozco, envió hace un par de días a su secretario para pedirme matrimonio y le dije que no.

—¿Te has negado a casarte con un duque?

—No es tan horrible. —Alice no entendía el motivo por el que su madre parecía igual de horrorizada que Margot.

—Supongo que no. El muchacho se está esforzando en cortejarte. No se ha ofendido. Hay esperanza.

—No, mamá. No creo que a estas alturas de mi vida pueda considerar la opción de casarme. ¿Por qué lo llamas muchacho? Él podría ser tan viejo como Matusalén.

—Seguro que es joven, apuesto y vigoroso. Quizá ha comprendido que debió actuar de otra manera cuando te pidió matrimonio y ahora está enmendándose. Todos merecemos una segunda oportunidad. Tú mejor que nadie deberías saberlo.

Alice se incorporó. Tenía la manta sobre las rodillas y el cabello recogido con poco cuidado. Sabía que su madre se estaba refiriendo «al desastre».

—Comprenderlo habría sido aceptar mi rechazo y retirarse con dignidad. Enviar rosas y dulces después de recibir una negativa no es arrepentimiento. Es insistencia. Yo no le he pedido que me persiga.

—¡Oh, qué emocionante, hija! Un duque te persigue —saltó su madre completamente embelesada.

Alice dejó ahí la conversación. Y no probó los dulces hasta media tarde.

Lo hizo porque hubiese sido un desperdicio no disfrutarlos, según se dijo, dado que negarse a comer algo exquisito por culpa de un duque arrogante habría sido concederle más poder del que merecía.

La violeta escarchada se deshizo en su boca para conseguir que gimiese.

Maldito fuese porque ella no se lo quitaba de la cabeza ni mientras disfrutaba del placer de los dulces.

Sentía curiosidad por él. Decidió que Su Gracia era un rival excepcional.

Al día siguiente, cuando la fiebre empezó a ceder y el frío se quedó en un malestar más llevadero, llegó una cesta con naranjas, almendras garrapiñadas, un frasco de miel y un pequeño ramo de flores menos ostentoso que el primero. La tarjeta era más larga.

Su Gracia lamenta saber que lady Alice Fairfax se encuentra indispuesta y espera tener ocasión de presentarle sus respetos cuando su salud lo permita.

Alice dejó la tarjeta sobre la colcha y la miró durante un buen rato. Así que el gran duque había ido a su casa a visitarla… Interesante. ¿Por qué su madre no le había contado la noticia de inmediato?

Porque lady Fairfax estaría tramando algo. Seguro.

Entonces se dio cuenta de que lo que acababa de leer era una declaración de intenciones. ¡Él tenía intención de ser recibido por ella!

—Oh, cielos —susurró horrorizada.

No le tenía miedo. Lo que le causaba pavor era que los hombres de su posición rara vez distinguían entre perseverancia y derecho adquirido. Londres les enseñaba desde la cuna que las aguas se abrían cuando ellos decidían convertirse en Moisés.

Alice conocía esa clase de presión. La había visto antes, en los salones donde un par de miradas cruzadas podía desatar un rumor incendiario.

Se recostó con cuidado y cerró los ojos.

No quería ser la candidata perfecta de nadie.

Ni tampoco convertirse en duquesa. ¡No podía convertirse en duquesa!

Su madre se había olvidado, muy convenientemente de un par de asuntos que hacían que a Alice le resultase imposible aceptar cualquier propuesta matrimonial.

Además, no quería entrar en una casa ducal para descubrir, cada mañana, que cada una de sus acciones debía ser aprobadas por su esposo.

Y, sin embargo, había algo en toda aquella situación que le causaba cierto placer secreto que jamás le confesaría ni a Margot.

Statony había sido insultante, sí. Arrogante hasta un grado casi artístico, pero también había cambiado de táctica. Eso significaba que había entendido al menos una parte de su enfado y que, en vez de desaparecer, había decidido acercarse por otro camino.

Debió haberlo rechazado sin más. Un solitario: «no, gracias», hubiese sido más efectivo que aquella carta tan explicativa que le mandó con su secretario.

Ay, pero las flores eran preciosas y los dulces los había devorado con auténtico deleite… Lo prefería más patán y menos adecuado para ser un pretendiente ejemplar.

Se enfadó consigo misma. Unas flores bonitas y un par de tentaciones no debían ser causa suficiente para que ella se interesase por él.

¡Ella no cedería!

—Pero él no va a rendirse —murmuró, para después emitir un sonoro suspiro.

La idea debería haberla enfurecido sin matices.

Lo hizo, desde luego, no obstante, bajo el enfado se movía otra cosa más coqueta y femenina.

Statony iba a aparecer en su puerta en cuanto ella estuviera lo bastante recuperada para recibir visitas.

Llegaría con su título, su seguridad, tal vez con otra caja de dulces que habría seleccionado un secretario aterrorizado, y esperaría que ella reconociera por fin la sensatez de aceptar.

Alice se hundió un poco más entre las almohadas.

—No lo entiendes, Statony, no puedo aceptarte. Soporto una pesada carga que hace que esto no pueda salir bien —se dijo para sí—. Si fueses inteligente de verdad, huirías de mí.

Luego miró la caja de bombones abierta sobre la mesilla. Se comió otro.

Al fin y al cabo, la firmeza de carácter no exigía desperdiciar un chocolate tan delicioso.

—Alice —dijo su madre desde la puerta. Acababa de aparecer—, voy a hacerte una pregunta y te agradecería que no me respondieras con una de esas frases tuyas que a veces no entiendo.

Ella asintió.

Eleanor Fairfax, condesa viuda de Fairfax, llevaba una bata de lana azul y el cabello recogido con menos esmero del que se habría permitido en público.

La viudedad no le había robado la dulzura del rostro, pero sí cierta ligereza jovial.

Desde la muerte del conde, había aprendido a sufrir en silencio y a sonreír para no añadir peso sobre los hombros de su hija.

—¿Qué deseas saber, madre? —le preguntó Alice.

—Dime quién es en verdad el hombre que te corteja.

Alice miró la caja de dulces abierta, las flores que habían llegado el día anterior y la tarjeta que sostenía entre los dedos. Durante un instante pensó en negar lo evidente, pero no tenía sentido. Su madre era bondadosa, no ciega.

—El duque de Statony. Ya te lo dije. No lo conozco.

Eleanor abrió los ojos con sorpresa sincera.

—Tienes que conocerlo. Un duque no persigue a una mujer que hace tiempo que se retiró del mercado matrimonial, incluso después de que ella le haya ofrecido una negativa a su propuesta. Él es muy insistente, ¿no te parece?

Alice no se ofendió por esa gran verdad.

—Te lo aseguro. No sé el motivo por el que ha pensado que yo sería una buena opción.

Su madre entró y se sentó junto a la cama.

—Un duque no es desdeñable, querida.

—Tampoco lo es una tormenta, y aun así conviene no salir a pasear bajo ella.

—Ya estamos… Tú y tus frases…

—Me preocupa su insistencia. ¿Lo has conocido?

—Sí. Llegó a casa, impecablemente vestido, tan recto y caballeroso que… —Su madre suspiró—. ¿Quieres saber si es apuesto?

—En realidad no es importante porque no pienso casarme con él.

—Es formidable. Guapo hasta decir basta —le dijo su madre obviando las palabras de Alice—. Tu padre era un diablo apuesto, las dos sabemos que tuvo bastante éxito entre las damas.

—Madre, por favor…

—No. Ya se lo he perdonado. Supongo que un hombre no puede resistirse a sus instintos y que hay mujeres a las que poco les importa que ellos estén casados.

—Si algo hay que agradecer a padre, es que nos envió ayuda de una manera muy poco esperada. ¿Qué habría sido de nosotras si Fairfax no hubiese sido un…? —se silenció a tiempo para no calificarlo.

Eleanor guardó silencio unos segundos. Luego le sostuvo la mano a su hija con una suavidad que Alice siempre agradecía. Su madre sabía demasiado bien lo que ella había tenido que hacer para sobrevivir, pero jamás mencionaba nada al respecto.

—Su Gracia me pareció un hombre algo frío. Es cierto. Aunque estoy segura de que su moral es intachable. Es muy correcto. Me agradó.

—Te agrada porque es un duque que pretende casarse con una hija que estaba destinada a convertirse en una solitaria solterona, madre.

La condesa le sonrió con simpatía.

—No estoy diciéndote que lo aceptes. Después de lo que viviste a los dieciocho años, jamás te pediría que entregases tu futuro a un hombre solo porque una mujer no pueda negarse a aceptar a un duque.

Pero tampoco quiero que rechaces una oportunidad por miedo a que te hagan daño.

No todos los hombres son como tu prometido o tu padre, Alice.

Podrías ser feliz con él. ¿Has pensado en ello?

Alice agradeció la sinceridad de su madre.

—No tengo miedo. Solo trato de ser cuidadosa.

—No he dicho que lo tengas. He dicho que quizá estás cansada de defenderte.

Aquello sí que dio en la diana.

Eleanor le apretó un poco más la mano.

—Dale una oportunidad. Solo una. Conócelo, si después ves que no merece que te arriesgues, explícale que no puedes aceptarlo.

Alice la miró con desconfianza.

—¿Me prometes que no te enfadarás conmigo si al final no tomo en consideración su oferta?

—Te lo prometo. Aunque debo advertirte que, si vuelve a enviar esos bombones, mi juicio podría volverse más liviano. Statony sabe hacer bien las cosas.

A su pesar, Alice sonrió.

—Traición materna por chocolate, ¡estupendo!

—Hay actrices que han caído por menos —le recordó con tristeza.

Ella asintió un par de veces.

—Una oportunidad —murmuró—. Bien se la merece por sus regalos.

—Eso pensaba yo —advirtió la condesa.