Capítulo 5 #2
—Alice, cualquier hombre que aspire a tu mano debería ser como mínimo un príncipe encantador.
Tal vez, incluso un rey. Ha llegado a tu vida un duque, no uno especialmente atento, pero un duque al fin y al cabo.
Statony ha demostrado una gran inteligencia y tiene buen gusto después de todo, aunque haya errado en sus formas. ¿Cuándo es la boda?
Alice sintió que el pecho se le estrechaba de un modo incómodo.
—Lo he despachado con una nota bastante… Digamos que he estado a su misma altura, tal vez un poco más elegante.
—¿Lo has despreciado?
—Despreciado no…
—Menos mal…
—Me he negado a ser su mujer.
—¿A un duque, querida Alice? ¿Has despreciado a un duque?
—¿Por qué lo haces sonar como si mereciese la horca?
—No se le niega nada a un duque. A un marqués, tampoco; a un conde, tal vez, a un vizconde es menos reprochable y nadie te reprendería por desdeñar a quienes estén por debajo de este último, pero ¿a un duque como Statony? Me temo que eso no se hace.
—¿Tanto poder tiene?
—Él es… peligroso.
—Me conoces bien, ¿puede ser más peligroso que una mujer enfadada y ofendida?
—No lo sé. Eres una mujer que sabe mantenerse en pie. Hay caballeros que pasan media vida buscando eso sin saberlo.
—Lo haces sonar romántico cuando no lo es.
—Sí. Statony lo llamaría eficiencia. Él debería tener ya un par de herederos, habrá decidido que es el momento adecuado para casarse y para eso necesita, lógicamente, una esposa.
Tu nombre habrá salido a relucir, Dios sabe en qué contexto, y ahí todo comenzó a tener cierto sentido para él.
—En honor a la verdad, a Margot no le sorprendía en absoluto que la hubiese elegido para ser su duquesa.
—¿Y por qué tengo que ser yo? —se quejó Alice.
—No dudes de la gran sabiduría que debe tener la persona que le dijo que no encontraría a nadie mejor que tú, querida amiga mía. Considero que eso es una gran verdad.
Alice no quiso reírse. Lo hizo igualmente.
—Soy la peor elección posible para un caballero, y más si hablamos de un duque cuyo carácter ya he comenzado a vislumbrar. Statony estará mucho mejor sin mí. Y decididamente yo estaré mucho mejor sin él.
El carruaje avanzó unos metros más. En Rotten Row, un jinete joven perdió parte de su apostura cuando su caballo decidió encabritarse. Margot lo observó con interés. El muchacho no se había caído. La condesa viuda volvió a centrarse en su amiga.
—Eso puedes creer tú, Alice, pero no opino que él esté de acuerdo contigo.
—La carta que te he dicho que le escribí hará que se olvide de mí de inmediato. Te lo aseguro.
—Alice, querida, cuando una dama recibe una ofensa por escrito como esas expectativas que tanto te han ofendido, lo menos que puede hacer es responder con una carta digna de conservarse en los archivos familiares.
Bien hecho. La posteridad necesita testimonios.
Ahora, por otro lado, ¿crees que Statony se quedará de brazos cruzados después de tu negativa?
Alice se apoyó contra el respaldo, menos rígida que al inicio del paseo.
—¿Qué quieres decir?
—¿No te haces una idea, querida amiga?
—Bueno, es cierto que el señor Jackson parecía convencido de que su amo no recibiría bien la negativa, pero…
—Statony no debe de recibir bien ni la lluvia si no es lo que él espera que ocurra esa mañana —la interrumpió.
—Me estás asustando. ¿Debería preocuparme?
Margot tardó en contestar. No porque no supiera la respuesta, fue más bien porque prefirió elegir sus palabras con cuidado.
—Considero que deberías prepararte.
—Eso no es tranquilizador.
—No pretendía serlo.
—Creí que, al rechazarlo, el asunto terminaría. Es más, me esforcé porque mi carta lo ahuyentase.
—Qué preciosa es la inocencia. Casi me emocionaría si no supiera que la has usado de forma accidental.
Alice frunció el ceño.
—Margot.
La condesa viuda volvió a mirarla con seriedad.
—Statony es un duque muy ambicioso, Alice.
Frío cuando le conviene, obstinado por naturaleza y está acostumbrado a que el mundo se aparte cuando él avanza.
No se rinde solo porque una puerta se cierre.
Si la puerta le interesa, llama de nuevo.
Si no le abren, compra la casa. Si no puede comprarla, averigua quién fabricó la cerradura.
Y cuando todo falla, la derriba. Ese es exactamente el duque de Statony.
Por ese motivo mi esposo lo admiraba tanto. No se rinde.
—Una imagen muy alentadora —observó.
—Te aconsejo que no confundas su falta de galantería con falta de determinación. Te ha elegido por alguna razón, y si de verdad cree que eres necesaria para sus propósitos, tu negativa no le parecerá un final, sino el principio de la batalla. Al menos es apuesto.
—No me importa su aspecto, solo deseo que se olvide de mí. ¿Por qué me da la sensación de que lo conoces muy bien?
—Amigo de Ashbury, ya te lo he dicho. Pero aunque no lo hubiese sido, es un hombre, Alice. Conocido uno, descifrados todos. Aunque le concederé que resulta más notable que la media. Es interesante.
Lady Alice permaneció callada durante varios minutos.
Margot había logrado que se sintiese bastante más inquieta que cuando despidió al secretario del duque.
La idea no debería haberle provocado nada salvo irritación.
Sin embargo, había algo inquietante en saber que el duque de Statony quizá no desapareciese de su vida con la aceptación que ella esperaba.
Un hombre que mandaba expectativas matrimoniales por escrito podía ser ridículo.
Un duque ridículo, con poder, fortuna y voluntad suficiente, podía convertirse en un problema considerable.
—No pienso casarme con él —se reafirmó.
—Entonces no lo hagas.
—Pareces muy serena, ahora.
—Lo estoy. Confío en tu juicio.
Alice sintió una gratitud inmediata, cálida, y profunda.
—Gracias.
—No me las des todavía. Considero que serías una duquesa formidable. También confío en la testarudez de Statony, y eso hará que los próximos días resulten bastante más interesantes para mí que para ti.
—Maravilloso. Mi vida sentimental convertida en un pasatiempo para las damas influyentes.
—Mi vida necesita alicientes, querida. El nuevo lord Ashbury no puede proporcionármelos todos con sus chalecos repulsivos.
Alice volvió a reírse, esta vez con más ligereza.
—Te adoro. Lo sabes, ¿verdad?
Margot le dio una palmada suave sobre la mano.
—Escúchame bien. Si Statony vuelve a acercarse a ti, no permitas que su título espante tu sentido común. Siempre seré tu aliada. Los duques impresionan a los débiles. Tú respira, escucha y recuerda que ningún hombre, por mucha fortuna que posea, tiene derecho a confundirte sin un buen motivo.
—Te agradezco el consejo.
—Excelente. Entonces recuerda otra cosa. Si decide perseguirte, lo hará con toda la fuerza de su carácter y deberás disfrutarlo. La persecución de un hombre como Statony no es poca cosa.
—¿Perseguirme?
—Si es tan inteligente como sospecho, sabrá que eres alguien por quien vale la pena el esfuerzo.
—¿Y qué hago si eso ocurre? Yo nunca he sido perseguida por un caballero.
Margot sonrió. Era hermosa todavía, y peligrosa en la medida en la que una mujer inteligente podía serlo cuando había logrado la independencia.
—Lo mismo que hiciste a los dieciocho, cuando Londres esperaba verte hundida. Te mantienes firme, querida. Y si el duque de Statony quiere una batalla, procura que comprenda desde el principio que ha elegido a su igual. Eso lo volverá loco, te lo garantizo.
Alice miró hacia el parque, donde la luz empezaba a suavizar los bordes de los árboles y de los sombreros, los carruajes y las reputaciones.
—Casi pareces compadecerlo. ¿Me estás animando a considerar su oferta?
—Tal vez un poco.
—¿A él? ¿Me querrías ver atada a un duque como él?
—No me desagrada la idea. Soy sincera. —Margot hizo una pausa y luego añadió—: No me sorprende en absoluto que haya pensado en ti. Vales tu peso en oro, Alice. Algunos hombres tardan mucho en reconocer el oro cuando no brilla para complacerlos, pero Statony no es ciego, de eso estoy segura.
Alice no supo qué responder. Margot, que siempre había sido bastante razonable, no se lo parecía en absoluto en esos momentos.
—Ahora hablemos de algo menos grave —propuso la condesa—. ¿No te parece que la nueva vizcondesa Brum se cree por encima del resto? Es una arpía a la que tendré que poner en su lugar. Será divertido…
Alice soltó una carcajada, y desde la llegada del señor Jackson a la casa Fairfax, el asunto del duque de Statony dejó de parecerle una humillación y empezó a asemejarse a otra cosa, pero ¿a qué?
¿Una amenaza, quizá?
¿Un desafío?
Una cosa era segura. Tal y como su querida amiga la condesa viuda de Ashbury había pintado a Statony, sospechaba que ambas cosas serían correctas.
¿Quería ella que él se rindiese? ¡Por amor de Dios, ni tan siquiera sabía quién o cómo era ese extraño duque físicamente!
Por lo visto, la soledad no era buena compañera de vida… ¿Por qué otro motivo iba a estar Alice un poco entusiasmada con el devenir de los próximos acontecimientos?