Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Un paseo agradable

Margot Marwood, condesa viuda de Ashbury, tenía la rara habilidad de conseguir que incluso un paseo por Hyde Park pareciese una audiencia privada concedida ante toda la buena sociedad.

Sí. Así de extraña era lady Ashbury. No necesitaba alzar la voz, ni vestir colores estridentes o mirar por encima del hombro a nadie para que todo el mundo recordase quién era.

Bastaba con divisarla sentada en su carruaje, impecable bajo la luz suave de la tarde, con el sombrero colocado en un ángulo favorecedor y una mano enguantada descansando sobre el mango de marfil de su sombrilla para que todos los ojos se posasen sobre ella.

A sus cincuenta años, lady Ashbury seguía siendo el epítome del buen gusto y la elegancia innata.

La muerte del conde le había permitido ser una viuda que gozaba de una independencia envidiable.

También le había creado un enemigo familiar en la persona del nuevo lord Ashbury, un primo lejano de su marido que había heredado el título y ninguna de las sumas que de verdad importaban, dado que su difunto esposo le legó la fortuna que no estaba ligada al título a ella.

Margot lo consideraba un muchacho insulso con demasiadas pretensiones.

Él, por su parte, la detestaba con una constancia increíble.

Alice la encontraba admirable, un ejemplo a seguir. En Margot veía una amiga constante y formidable.

—Ayer me topé con mi némesis. Lo vi en Bond Street.

Me saludó por compromiso, por supuesto —dijo Margot mientras el carruaje avanzaba con elegancia entre otros vehículos, jinetes y paseantes—.

Llevaba un chaleco de color albaricoque enfermo.

Me temo que alguien debería hablar con él antes de que desprestigie todavía más el título de Ashbury por una prenda de vestir.

Alice sonrió. Era consciente de a quién se estaba refiriendo la dama.

—No sabía que los colores pudiesen considerarse enfermos. Cada día me instruyes, más y mejor, amiga mía. Quizá deberías hablar con él y orientarlo mejor —sugirió.

—¿Y privarme del placer de verlo cometer atrocidades textiles en público? No, querida. Una mujer como yo tiene pocos entretenimientos sinceros. Me gusta verlo ridiculizado por la mano de su propio ayuda de cámara.

—Las dos sabemos que tienes múltiples entretenimientos, y deliciosos además.

—No me contradigas. Tengo cincuenta años, fortuna propia, ningún hijo y un heredero político al que le salen canas verdes cada vez que recuerda que mi difunto esposo tuvo la prudencia de dejarme su dinero.

Créeme, he alcanzado una edad espléndida en la que nadie debería contradecirme, incluida tú.

Y si vas a recordarme que una dama nunca alude a su edad ni en público ni en privado, te diré que me siento bastante orgullosa de no haber fallecido todavía, y eso es motivo de celebración y orgullo.

Alice se rio, aunque su risa no duró demasiado. Tenía muchas cosas en la cabeza. Una de ellas relacionada con cierto duque que…

Había aceptado dar un paseo con su amiga porque la nota de Margot había llegado esa misma mañana, breve, imperiosa y afectuosa como todo lo que ella hacía; y no tuvo corazón para negarse.

Alice había obedecido, en parte porque le apetecía ver a la condesa, y también necesitaba salir de su casa para no seguir pensando en la carta tan aberrante que le había enviado al duque de Statony a través de su pobre secretario.

Cierto que mientras la redactaba le había parecido que hacía lo correcto, en cambio, después…

¡No había nada que lamentar!

Lo había rechazado.

Con toda claridad.

Y con una excelente caligrafía, además.

Y, aun así, el asunto le seguía pesando en la cabeza como si hubiera dejado una vela encendida junto a las cortinas.

Margot la observó de reojo durante un tramo del paseo. No lo hizo de manera abierta. Lady Ashbury jamás se veía obligada a ser indiscreta; había perfeccionado el arte de descubrirlo todo sin parecer interesada en nada.

—¿Alice?

—¿Sí?

—Están lloviendo ranas.

La aludida asintió por inercia.

—Sí —respondió, tras un instante—. Creo que sí.

Margot inclinó la cabeza, satisfecha de haber acertado.

—Entonces algo grave ha ocurrido. La última vez que aceptaste una frase absurda sin discutir su construcción, lord Pelham había confundido mi mesa de whist con una mesa de juego para hombres borrachos y tú llevabas tres días sin dormir por culpa de las cuentas de tu madre.

Alice suspiró efusivamente. Recordaba aquel momento, pero no fueron las cuentas de su madre lo que le preocuparon entonces. Fueron otras.

—Me temo que no estoy siendo una buena compañía hoy. Lo lamento.

—No lo hagas. ¿Qué te ocurre? ¿Es la economía la que te…?

—No. Creo que es algo más grave —reconoció a su pesar. La carta que le mandó a Su Gracia atacaba su conciencia.

—Querida, cuando dices eso con esa cara, una debe suponer que hay cadáveres ocultos bajo la alfombra.

Alice miró hacia el sendero. Varias amazonas pasaban al trote, acompañadas por caballeros que fingían no admirarlas demasiado. En otro momento, habría hecho algún comentario sobre la necesidad masculina de no ser tan evidente. En esos momentos no encontraba fuerzas para hablar de trivialidades.

—He recibido una proposición de matrimonio.

Margot no se sobresaltó.

Ni siquiera fingió hacerlo.

—Qué interesante —dijo.

Alice la miró con atención.

—Esa no era la reacción que esperaba.

—Mi querida Alice, a mi edad solo se espera la muerte, se teme por una mala digestión o por las visitas de parientes interesados. Lo demás se recibe con curiosidad. ¿Puedo saber quién es el caballero que ha tenido la osadía de aspirar a tu mano?

—La proposición venía del duque de Statony.

La mano de Margot se cerró un poco más sobre la sombrilla. Fue un gesto mínimo, pero Alice la conocía demasiado bien para no advertir que algo la había perturbado.

—Ah.

—¿Ah?

—Eso es.

—¿Solo vas a decir «ah»?

—Un «ah» puede contener un mundo entero.

—Margot —la reprendió con suavidad.

La condesa viuda volvió el rostro hacia el parque, donde una dama con un sombrero lleno de plumas acababa de saludarla desde otro carruaje.

Margot respondió con una firme inclinación, ni cálida ni fría, una clase de saludo que mantenía viva una relación conocida y muerta cualquier esperanza de intimidad.

—Statony no es un hombre que actúe a la ligera —dijo al fin.

—Por lo visto, tampoco es un hombre que acuda en persona cuando desea casarse —murmuró. No se comprendía a sí misma. Lo que más tenía que disgustarla era la proposición en sí misma, no el hecho de que él hubiese delegado la gestión en otro caballero.

Entonces sí, Margot parpadeó con algo parecido al interés.

—Explícate.

Alice le contó lo sucedido sin adornar en absoluto la humillación que sintió, puesto que era imposible narrar la visita del señor Jackson, la lista de expectativas y la ausencia del duque sin que el relato adquiriera por sí solo un aire ofensivo.

Margot la escuchó sin casi interrumpirla, salvo para preguntar una vez si el secretario había tenido buen aspecto, otra para averiguar si había temblado mucho y una tercera para interesarse sobre si la lista mencionó al heredero antes o después de las galanterías necesarias.

—¿Galanterías? —inquirió Alice—. Ese hombre debe tenerlo todo atado y más que bien atado en su vida. Te digo que incluso comencé a sentirme preparada para descubrir que también había establecido el día y la hora exacta a la que tendría que partir de este mundo.

Margot soltó una risa fresca, elegante y muy poco compasiva con el ausente.

—Eso suena a él. Es un hombre muy disciplinado, tremendamente metódico.

Alice se giró hacia ella.

—¿Lo conoces?

—Todo el mundo conoce a Statony.

—No me refiero a saber quién es. De hecho, yo no había escuchado ese título hasta que su secretario se presentó ante mí. Me refiero a si lo conoces en persona.

Margot guardó silencio unos segundos de más, los justos para que Alice comprendiera que había una respuesta ¿delicada? detrás.

—He coincidido con él en suficientes ocasiones como para saber que no es un hombre dado a la improvisación.

No hace nada sin que lo haya meditado bien antes de dar un solo paso.

Mi difunto esposo le tenía gran estima y, por lo tanto, yo también.

Es bastante ermitaño, por decirlo con suavidad.

No suele asistir a bailes más allá de lo estrictamente necesario…

Tampoco parece disfrutar demasiado de la ópera o el teatro.

Supongo que no le agrada sociabilizar si no hay un buen motivo para hacerlo.

—Me envió a su secretario con una lista de exigencias que yo debía obedecer. Eso no es improvisación o falta de habilidades sociales. Es una barbarie.

—Reconozco que fue un poco torpe. No obstante, no puedes culparlo por ser un hombre excesivamente ocupado.

—Margot… Pretendía casarse conmigo. Si esa ocupación no merecía unos minutos de su valioso tiempo, no sé qué otra cosa podría merecerla. ¿Te imaginas que Ashbury te hubiese mandado a su hombre de confianza a proponerte matrimonio?

—Está bien. No lo defenderé. Statony ha sido bastante torpe, excesivamente arrogante y terriblemente descortés. Tres defectos muy graves cuando se pretende obtener una esposa tan increíble, brillante y única como tú. ¿Satisfecha?

—Muchísimo. Ahora sí que has hablado como una verdadera amiga. Dime, ¿no te sorprende que me haya elegido? Sé que me tienes en gran estima y que no has sido irónica al definirme, pero… ¿soy capaz de haber logrado captar la atención de un duque, pese a que ese duque sea un gran patán?

Margot la miró con fijación, y en sus ojos apareció una ternura que rara vez ofrecía en público.