Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—¿Qué mujer en su sano juicio no querría ser mi duquesa, tener las joyas de la familia a su disposición y contar con mi protección? Tal vez ella no sea la mujer adecuada… —masculló.

—¿Está pensando en buscar otra dama, Su Gracia?

—¿No hemos decretado que nunca me rindo?

—Pero usted acaba de decir que…

—Déjese de pamplinas y deme soluciones factibles y rápidas.

—Dije amables, no factibles y rápidas.

—Defina amable.

—Flores.

—¿Flores?

El duque pronunció la palabra con el mismo tono que habría usado para calificar a Napoleón en sus mejores tiempos.

—Sí, Su Gracia. Flores.

—¿Para qué?

—Por regla general se les ofrecen a las damas.

—¿Con qué propósito?

—Agradarles.

—¿Y eso funciona?

Jackson tuvo que hacer un esfuerzo extraordinario para no preguntar si Su Gracia había nacido ya adulto, vestido siempre en tonos oscuros y con un libro de cuentas bajo el brazo.

—En ocasiones, sí.

—¿Qué más?

—Dulces, quizá.

—¿Dulces?

—Bombones. Fruta confitada. Pastelillos. Algo de esa naturaleza.

—¿Pretende que compre azúcar para reparar una negativa matrimonial?

—Dicho así, suena menos efectivo —le concedió.

—Porque lo es.

—Puede que no baste por sí solo, Su Gracia, pero contribuiría a suavizar el terreno.

Oliver paseó la mirada por el despacho, con una rigidez creciente. Él era un hombre capaz de enfrentarse a una sesión parlamentaria hostil sin que se le alterase el pulso, pero la idea de presentarse ante una dama con flores parecía haberlo colocado al borde de una crisis legislativa.

—Inconcebible —murmuró—. Si le doy lo que cree que debe esperar de mí, corro el riesgo de que siempre me demande todas esas tonterías.

—No necesariamente. Podría actuar de ese modo hasta que ella esté casada con usted.

El duque volvió a centrar la mirada en el secretario.

—Explíquese.

Jackson, que había empezado a transpirar todavía más, se aferró a esa pequeña bandera blanca con la desesperación de un rival que todavía seguía respirando.

—Quiero decir que, si Su Gracia desea obtener su consentimiento, tal vez deba recurrir a ciertos gestos de galantería durante un breve periodo.

Solo hasta la boda. Después, naturalmente, la duquesa de Statony comprenderá las directrices de su esposo y ocupará su lugar con la decencia propia de las mujeres respetables de Londres.

—Dicho en otras palabras: ella no tendrá más remedio que acatar mis órdenes porque yo ya seré su marido y me deberá sumisión y obediencia. Me gusta su manera de pensar, Jackson.

La idea, formulada de aquel modo, adquirió una lógica mucho menos ofensiva. No se trataba de rendirse a los caprichos sentimentales de una mujer, sino de aplicar una estrategia temporal. Un esfuerzo muy calculado. Una maniobra de aproximación impecable.

Flores. Dulces. Una visita personal. Y el anillo, por supuesto.

Nada de eso implicaba debilidad si servía a un propósito mayor. En un par de días podría tenerlo todo bien dispuesto.

—¿Me ha escuchado, Su Gracia? —interrumpió el secretario sus pensamientos.

—¿Qué decía usted?

—Yo, haciendo gala de la honestidad que me ha permitido, debo comentarle que la dama me ha parecido bastante… enérgica.

—¿Cómo enérgica?

—No creo que sea una mujer extremadamente dócil.

—¡Por Dios, Jackson!, ninguna lo es.

—Lo que trato de decirle es que…

—Déjese de monsergas. Sé cómo tratar a una mujer difícil. Mi hermana Eveline se lo podría asegurar. Haré lo que dice. Se ha ganado usted sus honorarios con creces.

—Me alegra serle de utilidad, Su Gracia. —El secretario había tratado de advertirle de que la mujer estaba acostumbrada a ser resolutiva; si su patrón no había querido escucharlo, ya no estaba en sus manos hacer nada más.

—Una vez casada, comprenderá que el matrimonio no puede funcionar guiado por sobresaltos románticos ni otras estupideces similares. Ahí verá la eficacia de cada punto que le puse como exigencia.

—Estoy seguro de que Su Gracia sabrá explicárselo con la debida firmeza. —¿Qué más podría decirle a un hombre tan obstinado?

Oliver cogió de nuevo la carta de Alice. Leyó solo un fragmento. El que le recomendaba dedicar unos minutos a pedir la mano de una dama en persona, salvo impedimento grave o repentina falta de cortesía.

Repentina falta de cortesía.

La frase era ofensiva.

También era admirablemente precisa.

Aunque no había que olvidar que le recomendaba también un ama de llaves como duquesa.

—Es mordaz —dijo.

Jackson no sabía si aquello era una acusación, un hecho o el principio de una desgracia mayor.

—Sí, Su Gracia. A mí también me lo pareció —se atrevió a opinar.

—Demasiado segura de sí misma.

—También, Su Gracia.

—Orgullosa.

—Sin duda.

Oliver volvió a dejar la carta sobre el escritorio.

Por algún extraño motivo, la negativa de lady Alice Fairfax no lo había enfurecido.

Al contrario. Había encendido en él una expectación que le tensaba el pecho de una manera desconocida hasta el momento.

Por supuesto que lo había rechazado. ¿Qué podía esperar de una mujer que había sobrevivido con gran éxito a una escandalosa ruptura con un estúpido que seguramente no la habría merecido?

Debería sentirse ofendido.

Irritado, más bien.

Colérico, en el mejor de los casos.

La dama lo había rechazado por escrito, había ridiculizado su ofrecimiento y había tenido la audacia de hacerlo con una réplica tan fina que hacerle cualquier reproche a ella parecería vulgar.

Y, sin embargo, lo que sentía era ansia.

La sensación de convertirse en un depredador que iba a darle caza a su presa le hacía palpitar el corazón con una intensidad que jamás había habitado en él. Una dama capaz de negarse a ser conquistada por su rango, fortuna y conveniencia exigía su esfuerzo.

Para su sorpresa, Oliver descubrió que aquello no le disgustaba en absoluto. La expectación lo tenía maravillado.

—Muy bien —dijo.

—¿Muy bien, Su Gracia?

—Flores.

—Sí, Su Gracia.

—Dulces.

—Por supuesto.

—Y una visita.

—Excelente decisión.

—No exagere.

—No lo hago, Su Gracia.

—Averigüe qué flores prefiere.

Jackson abrió la boca.

—¿Cómo?

—Si voy a enviarle flores, no serán unas inadecuadas.

—Comprendo.

—Y dulces. Algo decente. No quiero que parezca un soborno barato.

—Naturalmente.

—Tampoco caro en exceso. No deseo transmitir desesperación.

—No, Su Gracia. Nada de desesperación. Solo… consideración.

Oliver frunció el ceño ante la palabra, pero no la corrigió.

—Pronto le haré una visita. Tal vez sea esta tarde.

—¿Pretende ir hoy mismo?

—El anuncio del compromiso ya habrá llegado a la imprenta. Es posible que salga en breve publicado en The Times. ¿O lo ha olvidado?

Jackson palideció. Sí que se le había olvidado.

—Su Gracia…

—No me mire así. Es una complicación, no una derrota. Lo sé bien.

—Lady Alice tal vez no lo interprete de ese modo. Si ella se entera de que…

—La persuadiré antes de que se entere de que está comprometida conmigo por el periódico —lo interrumpió.

—¿Solo con flores?

—Con flores, dulces y una petición de matrimonio en persona, tal como la dama me ha exigido.

—No estoy seguro de que lo exigiera.

—Lo insinuó con bastante insolencia en su carta, créame. De todos modos, no puede usted dudar ahora de sus ideas. ¿No ha sido todo eso parte del mejor consejo que ha podido usted darme, Jackson?

—Sí. Eso sí que es verdad. ¿Por qué no le envía algunas chucherías para ablandarla y luego se presenta debidamente? ¿Después de un par de días tal vez? No es bueno precipitarse.

Oliver cogió la carta, la dobló con cuidado y la guardó en el cajón central del escritorio. No la arrojó al fuego. El secretario reparó en ese detalle y, por pura supervivencia, decidió no mencionar nada al respecto.

—¿Cree que sería sensato ir tan poco a poco?

—No se lo hubiese propuesto si no lo pensase.

El duque valoró la sugerencia.

—Sí. Lo haré como dice. Ella no podrá negarse de nuevo después de todo el despliegue —apuntó el duque con satisfacción.

—Las damas pueden sorprendernos, Su Gracia.

—No si uno emplea bien sus argumentos y acciones.

—Por el bien de todos, espero que los bombones sean excelentes —murmuró más para sí mismo que para el otro.

Oliver le dirigió una mirada fría.

—Jackson.

—¿Sí, Su Gracia?

—Si vuelve a convertir mi futuro matrimonio en una cuestión de confitería, reconsideraré su salario.

—No volverá a ocurrir —prometió.

—Bien. Continúe con sus obligaciones en otra parte.

—Por supuesto.

El secretario se levantó, hizo una reverencia con la cabeza y se dirigió hacia la puerta con una rapidez nada decorosa. ¡Había salido con vida!

—¿Jackson?

El hombre se detuvo y lo miró.

—¿Sí, Su Gracia?

—Asegúrese de que las flores no sean… excesivamente sentimentales, pero sí hermosas. Que vayan acordes con esa sonrisa que lo ha dejado tremendamente impresionado.

El secretario sonrió.

—Haré cuanto esté en mi mano, y lo que no —precisó—, para encontrar unas flores igual de bonitas que la sonrisa de su futura duquesa, Su Gracia.

—No sea impertinente.

—Jamás, Su Gracia —le aseguró sin borrar su sonrisa, pero lleno de solemnidad.

Cuando la puerta se cerró, Oliver se sintió satisfecho con su decisión de no rendirse.

Sobre la mesa seguían aguardándolo informes, cartas, cuentas y deberes mucho más importantes que una dama ofendida.

Aun así, ninguno reclamó su atención con la misma fuerza que la imagen de lady Alice Fairfax inclinada sobre un escritorio, escribiendo una negativa destinada a herir su orgullo sin disimulo.

¿Seguiría siendo ella tal y como la recordaba? No era sencilla del todo, a pesar de que eso le había dicho a Arden. Tampoco una beldad, pero siempre había considerado que la dama tenía algo que…

—Deja de pensar en ella, tonto —se dijo a sí mismo.

Si lady Alice Fairfax quería ser tentada, el duque de Statony la tentaría de un modo que no pudiese rechazarlo. Y sabía bien qué táctica utilizaría si el resto fallase.

Y después, cuando aceptara, ambos podrían volver a un mundo lleno de obligaciones importantes, sensato y razonable.

¡Por supuesto que ella lo aceptaría!

La alternativa era impensable.