Capítulo 4
Una decepción a medias
El señor Jackson regresó a Statony House con la carta lacrada en el bolsillo interior de la levita y la firme convicción de que, si alguna vez abandonaba el servicio de Su Gracia, abriría una mercería en Bath, porque las cintas no daban órdenes y los carretes de hilo rara vez arruinaban la paz espiritual de un hombre.
Estaba aterrado.
Oliver Hartwell, duque de Statony, lo recibió en su despacho sin levantarse del escritorio.
Eso ya era mala señal.
—Jackson.
—Su Gracia.
—Ha tardado. Ya sabe que no me agrada que me hagan esperar.
—La dama me ofreció té.
El duque alzó la vista de inmediato.
—¿Aceptó usted té durante una misión urgente?
—Consideré que rechazarlo habría resultado descortés.
—Le envié a obtener una respuesta matrimonial, no a cultivar amistades, aunque supongo que no haber aceptado la invitación de la dama hubiese sido lamentable.
—Sí, Su Gracia, eso pensé yo también.
Jackson no añadió que la amistad había sido bastante más agradable que la misión matrimonial. No tenía ningún deseo de morir joven.
—¿Y bien? —preguntó Statony, al tiempo que dejaba la pluma sobre el escritorio—. ¿Prefiere fijar la fecha ella o que lo haga yo?
El secretario tragó saliva con gran dificultad. Statony se dio cuenta, pero se negó a ponerse nervioso.
—Lady Alice Fairfax me ha dado una carta para usted.
—No le he preguntado si escribe con soltura. Le he preguntado sobre fechas para la boda.
—La carta contiene su respuesta, Su Gracia.
Algo en la quietud del duque cambió. No mucho. En Statony, los cambios de humor solían ser casi inapreciables, aunque para quienes lo conocían bien podían percibirse con la intensidad de un seísmo.
—Entréguemela y siéntese.
Jackson obedeció de inmediato.
El duque cogió el sobre, rompió el lacre y lo abrió sin mayor demora.
Leyó la primera línea sin alterarse. Luego la segunda.
Después avanzó por el resto de la carta con una lentitud que hizo que Jackson empezara a preguntarse si el despacho tenía suficiente aire para sobrevivir en caso de catástrofe.
Cuando terminó, Statony no habló. Volvió al principio y leyó de nuevo. Oliver dobló la carta una vez. Luego la desdobló. Después la dejó sobre la mesa.
—Esto no ha salido como me imaginaba. Ella parece que no está satisfecha.
Jackson asintió.
—No lo está, Su Gracia.
—¿Por qué no está satisfecha?
El secretario se quedó muy quieto.
—¿Por qué, Su Gracia?
—Ha afirmado con gran seguridad que ella no estaba satisfecha, así que intuyo que sabe más de lo que le gustaría. Hable —lo urgió.
Jackson miró la carta, luego al duque, y comprendió que había llegado a uno de esos momentos donde la verdad podía costarle el puesto y la mentira, la vida. La verdad tenía, al menos, cierta dignidad.
—¿Puedo hablar con sinceridad?
—Hágalo —lo volvió a urgir.
—Creo que lady Alice se sintió disgustada después de leer la relación de expectativas.
—¿Disgustada?
—Profundamente.
—La relación era clara.
—Lo era, Su Gracia.
—Razonable.
Jackson estaba tardando más de lo aconsejado en responder. El duque esperó su observación.
—Desde cierto punto de vista.
Statony entrecerró los ojos.
—¿Desde cuál no lo era?
—¿Puedo hablar con sinceridad?
—¿Puede no volver a preguntar eso y hacerlo de una maldita vez, Jackson?
El otro afirmó con la cabeza.
—Desde el punto de vista de una dama que acaba de recibir una proposición matrimonial a través de un secretario y descubre, antes incluso de conocer al caballero interesado, que se espera de ella obediencia, vigilancia, fertilidad puntual y una notable ausencia de exigencias sentimentales.
Statony apoyó los dedos sobre la carta. Uno a uno. Sin prisa.
—Está exagerando. Además, mientras lo redacté, usted no mostró su desacuerdo en absoluto —masculló. Y evitó decirle que era igual de exagerado que su hermana Eveline.
—¿Puedo hablar con…? —La mirada helada del duque detuvo la pregunta. Así que el secretario procedió a hablar con franqueza—: No me competía a mí desaconsejar a Su Gracia sobre su relación de exigencias para su nueva esposa.
—No le envié en busca de mi duquesa con una ofensa bajo el brazo, Jackson. Los puntos eran para que no hubiese confusión posible. La lógica impera para que un matrimonio sea… —se detuvo para buscar la palabra. Cuando la encontró dijo—: cordial. Sí, eso es. Cordial.
—No, Su Gracia. No me mandó para ofenderla, pero eso no ha evitado que ella se sintiese ofendida.
—¿Ha leído la carta que ella me ha mandado? —preguntó con suspicacia.
—No, Su Gracia. Ella dijo que eso era solo para usted.
—¿Entonces cómo sabe que estaba tan ofendida?
—Porque lo veía en sus gestos —razonó con sencillez.
Oliver se puso en pie.
Jackson lamentaba no haber aceptado una segunda taza de té en casa de la dama. O no haberse alistado en la Marina a los doce años.
—Lady Alice Fairfax es una mujer de buen juicio —dijo el duque—. Arden me aseguró que lo era.
—Me ha dado esa impresión, Su Gracia.
—¿A pesar de haberse negado a convertirse en mi duquesa?
—Yo… No sé qué debería responder a eso.
—Diga que ella debería haber entendido el valor de mi ofrecimiento.
—Lo entendió.
—¿Y aun así me rechaza?
—Me temo que así ha sido.
—Inaceptable.
—Sí, Su Gracia.
—Es inaceptable que una dama me venga con exigencias antes siquiera de haberse casado.
Jackson se permitió levantar un dedo, un gesto temerario que habría hecho palidecer a cualquier empleado con un auténtico instinto de conservación.
—Con el mayor respeto, Su Gracia, lady Alice no hizo ninguna exigencia en mi presencia.
—¿Ah, no?
—No. Ha declinado su proposición. Las exigencias, según parece, iban en el documento que usted me hizo entregarle.
El silencio que siguió tenía una claridad peligrosa.
—Jackson, está al límite de mi paciencia. Ese honor solo le corresponde a lady Eveline, y usted dista mucho de ponerse unas enaguas. ¿Me comprende?
—Sí, Su Gracia.
—No estoy de humor para su ingenio —recalcó.
—Por supuesto, Su Gracia. Solo me limitaba a constatar los hechos.
Oliver lo miró durante un largo segundo. Tan largo que parecieron cinco. El secretario le sostenía la mirada con una valentía que en realidad no estaba sintiendo.
—Ella no puede rechazarme —dijo el duque.
—Lo ha hecho.
—¿Quiere dejar de decir obviedades?
—Por supuesto, Su Gracia. ¿Qué quiere que diga?
—Lo que ocurrió en la entrevista para que haya salido tan condenadamente mal. Ella no quiere ser mi duquesa. —No lo entendía, y decirlo en alto resultaba humillante.
—Lady Alice pareció especialmente molesta por el hecho de que Su Gracia no hubiese acudido en persona. Eso fue lo primero que noté.
Oliver arqueó una ceja al más puro estilo ducal.
—¿Cree que ese puede ser su gran reparo?
—Entre otros.
—¿Otros?
—Eso creo, Su Gracia.
—¿Pretendía que abandonara mis obligaciones parlamentarias para sentarme en una salita rosa, con cojines bordados, y le recitase poesía para luego arrodillarme y pedirle matrimonio, cuando me bastaba con enviarle la proposición con perfecta eficacia y por escrito?
—Creo que le hubiese gustado ser tratada como una dama a la que se desea convertir en esposa, no como una propiedad que se valora mediante un informe.
—Por Dios, está sonando como mi hermana —se quejó el duque—. Yo no valoro propiedades mediante ningún informe. Las inspecciono.
Jackson asintió.
—Tal vez debió haberla inspeccionado, Su Gracia.
—¿Inspeccionarla? ¿Acaso tiene alguna tara? —preguntó alarmado.
—Salvo la de no haber valorado su propuesta de matrimonio, creo que no la tiene.
Se ve valiente y segura de sí misma. Es una mujer muy agradable, con una preciosa sonrisa y unos ojos vivaces, de un color extraño.
Entre verdes y azules, y cuando sonríe… ¿Le he dicho que tiene una sonrisa de lo más increíble y que…
? —Cuando vio que el duque lo miraba con cara de pocos amigos se detuvo.
—Veo que aprueba a mi duquesa.
—Completamente.
—No me diga… —ironizó.
—Lo hago completamente —repitió el secretario—. Sí. Es una mujer fascinante y… —volvió a callarse en cuanto Statony alzó su ducal ceja.
—¿A pesar de que se niega a ser mi esposa la encuentra fascinante?
—Creo que eso es precisamente por lo que la estoy admirando completamente.
—¡Jackson! —tronó para llamarlo al orden.
—Su Gracia me ha dicho que podía hablar con sinceridad —se excusó, al tiempo que se sacaba el mismo pañuelo que había empleado en casa de la dama y se limpiaba el sudor de la frente.
—Tal vez debería pedirle que se casase con usted.
—Si supiese que me aceptaría, lo haría.
—¡Jackson! —lo reprendió con intensidad.
—¿Quiere Su Gracia que hable con honestidad o no? —preguntó envalentonado. Si la dama se había negado a casarse con él y Statony no había llamado al magistrado para que la apresaran, tal vez su patrón no era tan temible como siempre había pensado.
—Diga algo coherente que remedie esta terrible situación.
—¿Desea casarse con ella a pesar de que le haya dado una negativa?
—¿Cuánto hace que es usted mi secretario?
—Yo… Unos cinco años; cuando falleció el secretario de su padre ocupé su lugar.
—¿Y en todo ese tiempo me ha visto rendirme alguna vez?
—No, Su Gracia.
—Entonces diga cómo puedo arreglar todo este inconveniente de modo rápido.
El hombre se quedó pensativo.
—Creo que toda dama merece ser cortejada, Su Gracia.
—¿Cortejarla? —preguntó con aversión.
—Eso he dicho, Su Gracia. —Jackson comprobó que seguía vivo y decidió no desperdiciar aquel milagro—: Si me permite hablar con franqueza…
—¿Otra vez con eso?
—Lady Alice no parecía una mujer impresionada por su título.
Tampoco creo que sea una mujer que piense demasiado en las joyas, la protección o la promesa de convertirse en duquesa.
Creo que le molestó su falta de consideración.
Y, aunque no soy un experto en damas, me atrevería a sugerir que quizá un gesto más… amable podría resultarle útil.