Capítulo 3 #2
Después, sin poder evitarlo, soltó una risa breve, incrédula y bastante poco prudente dadas las circunstancias. Al ver que su hermano no movía ni un solo músculo, ella dejó de reírse.
—Perdona. ¿Has dicho que vas a casarte, y lo has dicho de verdad?
—Sí.
—¿Tú?
—Eso es.
—¿Casarte?
—¿Quieres dejar de repetir eso, Eveline?
—Pero es que… ¿Casarte? —insistió por cuarta vez.
—Sí. ¿Cuántas veces quieres que te lo confirme? El duque de Statony piensa casarse.
—Yo… No me lo puedo creer aunque lo hayas dicho varias veces —alegó con sinceridad.
—Eveline —la amonestó.
—Es solo que… —Lo miró de arriba abajo, no con crueldad. Estaba perpleja—. ¿Con quién? ¿Con una estatua griega? ¿Con una columna dórica? ¿Con una mujer que haya sido criada en una biblioteca y no sepa que los maridos deberían hablar alguna vez de algo que no sean cuentas, discursos y obligaciones?
—Eres tan insufrible e insolente… —farfulló.
—¿Yo soy insufrible e insolente, Statony? —Usaba el titulo cuando quería fastidiarlo.
—Lo eres, Eveline.
—De acuerdo, te lo concederé, pero si lo soy es porque he aprendido del mejor. Ahora dime quién es la gran dama que te ha hecho plantearte la idea del matrimonio. Dios la debe haber sacado de tu costilla para que quieras casarte con ella.
—Mi futura duquesa es perfectamente adecuada aunque no sea la mismísima Eva.
—Claro que no sería Eva. La hubieses reprendido por ofrecerte una manzana e inducirte a pecar —musitó ella.
—Te he oído, hermana.
—¿Estás enamorado? —preguntó con los ojos como platos.
—El matrimonio es un asunto serio donde no cabe el enamoramiento ni la admiración. Fíjate en lo que te ha hecho a ti centrar tus atenciones en un canalla.
—El matrimonio es un asunto humano donde están implicados los sentimientos.
—El matrimonio es una institución.
—Ahí está el problema. Tú no quieres una esposa, quieres una institución con faldas.
—No sabes de lo que hablas.
—No confundas mi juventud y necedad con la falta de inteligencia, Oliver. Soy tu hermana; no eres el único inteligente de la familia.
—¿Te consideras inteligente? —preguntó asombrado.
—No me has repudiado todavía, ¿cierto? Si eso, después de todas las faltas que he cometido, no es admirable, no sé qué lo sería.
—Dios santo…
—No te veo cortejando a ninguna dama —continuó—. No tienes tiempo para preocuparte por mí, siempre estás ocupado con tus obligaciones ducales, así que no sé de dónde sacarás tiempo para hacer que una mujer se enamore de ti.
—No necesito que se enamore de mí.
Eveline lo miró con lástima, y aquello pareció irritarlo más que cualquier insolencia anterior.
—Claro que lo necesitas.
—¿No me has estado escuchando? Nada de amor.
—Todo el mundo necesita ser amado. Y tú más que nadie, Oliver.
—Una afirmación propia de una joven que anoche estuvo a punto de arruinarse porque confundió la atención con el afecto de un canalla.
Ella palideció. Se recompuso de inmediato. Eso también lo había aprendido de él.
—No te lo tendré en cuenta porque sé que cuando te sientes atacado respondes con un ataque más salvaje. Necesitas amor en tu matrimonio, Oliver —regresó al punto importante.
—No. Entiendo que el amor, cuando se usa como excusa, resulta extraordinariamente peligroso. Todo es mejor cuando se sustenta en la lógica y en un acuerdo aceptable.
—Eso es porque tú crees que el amor es una enfermedad contagiosa.
Oliver apretó la mandíbula.
—El amor no mantiene una casa, no te da de comer, no protege un título, no paga las deudas, no preserva una reputación ni garantiza que una esposa sepa ocupar su lugar… ¿Quieres que siga?
—No, claro que no. Conozco demasiado bien tu procedimiento lógico. Para eso tienes listas, secretarios y esa maravillosa capacidad tuya para convertir cualquier sentimiento en una infracción intolerable.
—Mi lógica es la razón por la que esta familia conserva todo lo que posee.
—¿Y qué conserva de verdad, Oliver? —preguntó ella con menos rabia de la que pretendía mostrar—.
Tienes casas, tierras, criados, carruajes, votos en la Cámara y una reputación tan intachable que hasta los periódicos se burlan de ella.
Pero no sabes qué hacer cuando alguien te quiere con todo su ser y solo se mete en problemas para mendigar un poco de tu atención.
Eveline deseó no haber sido tan sincera.
Él no respondió de inmediato.
—No creo que sea momento de hablar de… eso —dijo él al fin.
—Nunca lo es.
—Estamos hablando de tu seguridad, tu reputación y tu futuro.
—Mi futuro parece estar siempre en manos de personas que aseguran saber más que yo. Esos sois Arden y tú.
—Anoche demostraste que, en ocasiones, así es. Nosotros dos somos los únicos que siempre velaremos por tus intereses sin esperar nada a cambio.
Eveline apartó la mirada hacia la ventana.
Londres seguía ahí fuera, con sus calles húmedas, sus carruajes, sus voces y todas esas mujeres que sabían que debían dejar su bienestar en manos de los hombres, porque ellas eran criaturas débiles que debían ser protegidas incluso de sí mismas.
Ella no era una de esas mujeres. Nunca lo había sido.
Sentía demasiado, hablaba con sinceridad y se lanzaba rápidamente hacia cualquier cosa que prometiera romper la jaula invisible en la que Oliver la mantenía encerrada.
—¿Quién es ella? —preguntó.
—Lady Alice Fairfax.
Eveline volvió a mirarlo, sorprendida.
—La hija del conde de Fairfax.
—La misma.
—La recuerdo. Una vez me la pusiste como ejemplo de admiración.
—Te equivocas, Eveline —negó de inmediato.
—No. Lo recuerdo muy bien, porque me sorprendió muchísimo que hablases de una forma tan apasionada sobre una mujer que había caído en desgracia.
—Lo que dices no es algo que yo haría.
—¿Es la dama del compromiso roto? ¿Su prometido no huyó con la hija de un mozo de cuadras o algo así?
—La hija de un comerciante —la corrigió el duque.
—¿Lo ves? Es la misma de la que me hablaste.
—Eso no es relevante ahora mismo. Lo que sí lo es, es que su reputación es intachable.
—Porque sobrevivió a una humillación que habría aplastado a muchas. Tal vez haya esperanza para ti, hermano, aunque dudo que la haya para la dama si acepta ser tu esposa—musitó la última parte en voz muy baja.
Él la oyó.
—Será la duquesa de Statony. No la estoy condenando a una tragedia. Ella comprende muy bien que tiene un trabajo muy importante que hacer. —Esta última reflexión esperaba que así fuese. Su secretario no debería tardar en llegar para darle buenas noticias.
—¿Amarte? —se aventuró la joven a preguntar.
—No seas más insolente de lo que ya eres. Ella se ocupará de ti.
—¿La estás eligiendo para que se ocupe de mí?
—Entre otras cosas.
—Qué romántico —ironizó—. ¿Se lo has dicho antes o después de informarle de que su principal cometido es salvarme de mí misma? ¿Me llevará con una bonita correa de paseo cuando salgamos? Debes tener mucha fe en ella, pues esperas que allá donde tú has fracasado, tu duquesa triunfe.
—Arden tiene razón. Tu lengua está cargada de veneno.
Eveline se encogió de hombros.
—No me molestaré por tu observación. Podrías haberme dicho algo mucho peor y lo que opine Arden de mí no me afecta en absoluto. ¿Cómo has logrado que te acepte, Oliver?
El duque frunció el ceño ante tal pregunta.
—¿Por qué se negaría? Le ofrezco un rango elevado, protección, seguridad y una casa más digna que la que le proporcionó su nacimiento.
—Por Dios santo, Oliver. No mencionaré de nuevo el amor para no irritarte más, pero ¿y el cariño?
—No seas infantil.
—¿Respeto? —probó de nuevo.
—Por supuesto.
—¿Y qué harás cuando ella no piense de igual modo que tú? —Oliver tardó demasiado en responder. Eveline sonrió sin alegría—. Eso pensaba. La respetarás hasta que consideres que se equivoca porque tú no podrías estar equivocado jamás.
—No voy a convertir esta conversación en un debate sentimental. Lady Alice Fairfax es una mujer sensata. Comprenderá el valor de mi ofrecimiento.
—¿Comprenderá? ¿Cómo que comprenderá? ¿No has dicho que ibas a casarte con ella?
—Mi secretario debe estar ocupándose del asunto en estos instantes.
Eveline abrió mucho los ojos.
—Has enviado a tu secretario —apuntó como si eso fuese un pecado mortal.
—Jackson es un hombre muy competente —se defendió, aunque no entendía a qué venía la acusación que escondía la afirmación de Eveline.
—Oliver, has enviado a un hombre de negocios a pedirle matrimonio a una dama.
—No es un hombre de negocios. Es mi secretario personal —apuntó como si esa diferencia fuese de vital importancia.
—¡Eso no mejora nada! —exclamó derrotada.
—Exageras.
—No. Por primera vez desde anoche, creo que estoy viéndolo todo con absoluta claridad.
—Eveline se inclinó hacia delante e incapaz de contenerse añadió—: ¿Te das cuenta de lo insultante que es lo que has hecho?
Una mujer no es una finca que se adquiere con intermediarios.
No puedes mandar a Jackson con una oferta, una reverencia y, Dios nos ampare, quizá una lista bajo el brazo.
—Oliver apartó la mirada de su hermana de inmediato.
Ella se tensó—. Por favor, dime que no hay una lista…
—El silencio de él la alarmó—. ¿Hermano?
—La claridad evita malentendidos —se volvió a defender. Él había actuado perfectamente. Su hermana era demasiado joven para entender cómo actuaban los duques.
Eveline se llevó una mano a la frente.
—Has enviado una lista.
—Una relación de expectativas.
—Oh, cielos… Es peor de lo que me imaginaba.
—Una futura duquesa debe conocer sus obligaciones. Nos ahorrará a ambos muchos dolores de cabeza.
—Una futura duquesa debería conocer primero al hombre que pretende casarse con ella. ¿O acaso te conoce? Si sabe quién eres, podría sentirse menos humillada por tu proceder —conjeturó—. Dime que ella te conoce y podrá perdonarte tu falta de cortesía.
—Me conocerá —dijo sencillamente.
—Oh, Oliver… Te conocerá después de que tu secretario le haya explicado cómo debe comportarse, respirar y Dios sabe qué más habrás puesto en esas expectativas. ¿No lo entiendes?
—No dramatices.
—No puedo dramatizar a la altura de esta situación, créeme. La realidad nos ha dejado atrás tal circunstancia hace eones.
Oliver se irguió.
—Harías bien en agradecer mi sacrificio en lugar de ridiculizarlo.
Podría haber tomado la decisión más obvia, y buscarte un esposo de inmediato para cerrar el escándalo que has creado y que me ha salpicado de lleno.
Esa habría sido la opción razonable. Un marido adecuado, elegido con rapidez, habría apartado a Tentwall y silenciado a quienes ya especulan sobre ti.
Eveline sintió que la sangre se le helaba.
—¿Pensaste en casarme?
—Pensé en todas las soluciones posibles…
—Qué tranquilizador —ironizó una vez más por lo bajo.
—… Y elegí trastocar mi propia vida antes que entregar la tuya a un hombre solo para reparar una imprudencia que es obra tuya. De modo que no vuelvas a acusarme de no protegerte, Eveline. Tal vez no lo haga como deseas, pero llevo años haciéndolo de la única manera que sé.
La joven quiso responder con algo brillante, cruel quizá, una de esas frases que la salvaban cuando sentía que estaba a punto de echarse a llorar.
No encontró ninguna. Su hermano era intransigente, desesperante y tenía la sensibilidad de un pescado frío, pero también era el hombre que había elegido cargar con el escándalo en lugar de venderla al primer caballero conveniente.
Dios sabía lo que le habría costado a Statony tomar la decisión de meter a otra mujer en su vida.
Eso no lo hacía menos insoportable. Solo lo volvía más difícil de irritar.
—No quiero que arruines tu vida por mí —dijo.
—No la arruinaré. Además, he pospuesto demasiado el asunto de… de…
—¿De? —lo azuzó ella.
—Mi heredero. El título tiene que perdurar.
—Oh. Esa pobre mujer no sabe lo que se le viene encima —dijo en voz muy baja.
Él la escuchó.
—Lady Alice será tratada con todo el respeto debido a su rango.
—Que Dios la proteja de tus respetos. Suenan agotadores.
—¡Basta! —rugió al fin.
Eveline se recostó en la silla. Había llegado a ese punto de la conversación donde había terminado por completo con la paciencia del duque. Podría seguir hablando hasta quedarse sin voz, y él continuaría allí, convencido de que la razón era una propiedad vinculada al ducado y solo él la poseía.
—Muy bien —dijo al fin—. Cásate con tu dama sensata, entrégale tus reglas y espera que se sienta honrada por la oportunidad de vivir bajo el mismo techo que tu reloj de bolsillo y tus horarios parlamentarios.
—Me alegra que hayamos llegado a un entendimiento. —Él sabía que eso sería lo mejor que conseguiría de su testaruda hermana.
—No hemos llegado a un entendimiento. He decidido conservar mis fuerzas para una batalla donde exista alguna posibilidad de victoria.
—Una decisión prudente. La apruebo.
—No te acostumbres. Sigo sintiendo admiración por cierto vizconde… —Statony gruñó y antes de que pudiese soltar su ira, ella añadió, al tiempo que se levantaba—: ¿Puedo retirarme ya, Su Gracia?
—No uses ese tono conmigo. No me queda paciencia —la avisó.
—Entonces no me hables como si yo fuese un problema que debe resolverse antes de la sesión parlamentaria.
—Eveline…
—Lo siento por lo de anoche —lo interrumpió, y esta vez la sinceridad le salió más natural—: Lo siento de verdad.
No me importa que Londres hable, pero sí sé que me equivoqué con él, fui estúpida y pensé que alguien me veía al fin.
Resultó que solo quería divertirse a mi costa.
Lo admiro, pero creo que es hora de olvidarme de él.
¿Te basta con eso? —Oliver guardó silencio.
Ella asintió despacio y luego dijo—: No, claro que no es suficiente. A ti nunca te basta nada.
—Me basta con que estés a salvo —apuntó con firmeza.
Eveline sintió un nudo en la garganta, inoportuno y molesto.
—Entonces quizá deberías empezar a olvidar tus obligaciones ducales y centrarte en atender las que tienes como hermano, y, ya puestos, las que piensas adquirir como esposo. Cuando te miro, no eres Statony, eres solo Oliver.
No esperó respuesta. Hizo una reverencia breve, más por costumbre que por obediencia, y salió del despacho con la dignidad que pudo reunir.
En el corredor, lejos de la mirada de su hermano, apoyó un instante la espalda contra la pared y cerró los ojos. Cedric Lancaster era un canalla, Oliver era un tirano y ella, por mucho que intentara negarlo, había contribuido con admirable eficacia a su propio desastre.
Era una calamidad con patas, pero no una consentida. Y la diferencia, aunque su hermano tardara una eternidad en comprenderla, importaba muchísimo.