Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Una conversación necesaria

Lady Eveline Hartwell consideraba que el peor lugar del mundo no era una prisión, ni un convento escocés —recinto al que se imaginaba que estaría valorando su hermano enviarla—, ni siquiera la sala de visitas de una dama anciana empeñada en hablar de hígados enfermos durante el té.

El infierno en la tierra era el despacho de su hermano, y el momento más nefasto, cuando Oliver guardaba silencio.

Y aquella mañana había sido convocada a la guarida de Lucifer.

Eveline entró con la barbilla en alto y las manos enlazadas por delante para no cometer el error de retorcer los dedos.

Llevaba un vestido de mañana con pequeñas flores bordadas sobre un fondo blanco, y su gesto se asemejaba al arrepentimiento.

Esperaba ser convincente en su defensa. Por desgracia, en cuanto vio a su hermano de pie junto al escritorio, tan recto, tan frío y tan condenadamente severo, comprendió que solo le quedaba confesar su pecado y aceptar el castigo.

Lo cual era injusto. Ella se había portado muy mal. Bueno, quizá no tan mal. ¿Quién no había hecho alguna temeridad por amor?

—Has mandado llamarme —dijo.

—Siéntate.

—Preferiría permanecer de pie —le comentó ella.

—Y yo hubiese preferido haberme despertado en una casa donde mi hermana no hubiera proporcionado entretenimiento a todo Londres antes del desayuno. Ninguno de los dos tendrá lo que prefiere.

Eveline apretó los labios y se sentó.

No era ninguna consentida, por mucho que su hermano lo creyera en sus peores momentos.

Una mujer mimada habría entrado llorando, le habría echado la culpa de su desgracia al mundo entero y se habría refugiado en la excusa de sentirse incomprendida.

Eveline no se hubiese perdonado hacer algo tan sencillo.

Sabía que habría consecuencias y las aceptaría.

Lo había sabido desde la noche anterior, cuando Cedric Lancaster, vizconde Tentwall, un hombre al que consideraba irresistible, empezó a mostrar la vulgaridad de un canalla con las manos demasiado largas.

¿Por qué se tenía que haber enamorado de un hombre así?

Estaba loca por él. Ese canalla la había visto de verdad, a ella, una muchacha de dieciocho años, sola entre los salones donde todos la miraban más por ser hermana de un duque que por lo que era en verdad.

Era una mujer que quería brillar sin estar a la sombra de su hermano.

Cedric le había sonreído, le había ofrecido cumplidos, y ella se enamoró.

Así de simple. Eveline, que llevaba años sintiéndose una obligación más en la agenda de Oliver, se había aferrado a aquella atención como si fuese un madero en mitad del océano.

La apuesta, la máscara escarlata, las riendas del faetón, la copa de ponche arrojada sobre su chaleco…

todo había sido un disparate, sí, pero también la única manera que se le ocurrió para que Cedric la mirara con algo parecido a la admiración.

Y cuando él intentó cobrarse el premio con un beso delante de toda aquella gente, ella hizo lo que debía.

Aquello no pensaba contárselo a Oliver. Ni lo del beso ni lo referente a que estaba loca por un hombre al que no sabía cómo conquistar.

¿Y si le confesase a su hermano que todo aquel disparate de la noche anterior lo hizo para que el vizconde se fijase en ella y se quedase asombrado por su audacia?

No. Eso irritaría muchísimo más al gran duque de Statony.

Su hermano no entendería el amor ni aunque Cupido se plantase ante él con un arco, una flecha y un certificado firmado por el arzobispo de Canterbury.

—Espero —empezó Oliver— que seas consciente del alcance de tus acciones más recientes, Eveline.

—Soy consciente de que Vauxhall tiene más ojos que árboles y de que la prensa social carece de cualquier sentido de la proporción. Estoy segura de que no es tan grave como…

—La prensa de sociedad no te obligó a abandonar un baile con una máscara escarlata —la interrumpió.

—Era una máscara preciosa.

—Eveline —la reprendió de modo formidable. Solo un duque como él podía emplear un sencillo nombre con tal autoridad sin levantar la voz.

—Lo siento. —Disculparse era lo más acertado.

Oliver cerró los ojos durante un segundo. Solo uno. Ella conocía ese gesto. Era la silenciosa petición de auxilio a Dios para no terminar asesinándola.

—Fuiste vista en los jardines con Cedric Lancaster, quien de honorable tiene bien poco. ¿Entiendes quién es él, hermana?

—No estuve a solas con él en una alcoba, Oliver.

—Por amor de Dios… —masculló—. No me obligues a sentir alivio por un matiz tan pobre. Eres una dama correcta; ni tan siquiera deberías decir esas locuras en alto y en mi presencia.

—No sé qué más puedo alegar, Oliver. Es obvio que tú ya me has condenado.

—¿Condenado? Esa palabra está muy lejos de lo que debería hacer contigo. ¡Ese hombre es un canalla de la peor clase! —exclamó furioso.

—Ya lo sé. Supongo que por eso me resulta tan… —Se silenció de inmediato.

—¿Tan qué? —la presionó él.

—Es un canalla de lo más interesante —murmuró.

La respuesta salió demasiado rápido.

Oliver la miró con mayor atención, y Eveline se arrepintió de inmediato por su sinceridad.

Había cosas que una no debía dejar asomar ante un hermano inteligente, y menos todavía cuando ese hermano poseía la desagradable habilidad de convertir cualquier emoción en una sentencia irrevocable y era un duque.

—¿Canalla interesante? ¿Te das cuenta de que estás diciendo que ese hombre no merece ni que le ofrezcas un vaso de ratafía y tú…? —Se detuvo y tomó una larga bocanada de aire—. ¿Qué voy a hacer contigo, Eveline?

—Lo admiro —volvió a murmurar.

—No puedes admirarlo.

—Es fácil de decir, pero no de hacer, Oliver.

El duque rodeó el escritorio y apoyó una mano sobre el respaldo de la silla que tenía delante.

Eveline deseó que se sentara. Cuando Oliver permanecía de pie, la estancia se volvía más pequeña y ella, por pura contradicción, sentía ganas de ponerse también en pie, subirse a una mesa y declararle la guerra.

No lo haría. Él podría acabar enclaustrándola en un convento. ¿Cuántas veces la había amenazado con hacer algo así? Seguro que la idea había surgido del bobo conde de Arden.

—El escudo que te proporciona mi título no es tan impenetrable como te crees.

Hay cosas que no soy capaz de deshacer. Podrías estar irremediablemente arruinada por un canalla al que dices admirar —dijo él—.

Ese hombre te reclamó un beso tras una apuesta, diste un paseo en faetón…

¿Tienes idea de cuántas familias han repudiado a sus hijas por menos?

Eveline tragó saliva con fuerza.

—¿Vas a repudiarme? ¿Eso es lo que estás diciéndome?

—¿Por qué siento que todas las locuras que haces buscan castigarme, Eveline?

—No lo besé. No estoy tan demente como para besar a un hombre al que admiro, pero que sé que no se siente tentado por mí, por más que yo sea la hermana del gran duque de Statony y mi dote incluya una fortuna.

—¿Entonces por qué has causado todo este gran estropicio? Un hombre que no está interesado en el matrimonio no merece tu atención.

—No lo entenderías.

—Lo que entiendo es que le arrojaste ponche encima. No. Eso tampoco lo entiendo. Lo cierto es que no comprendo absolutamente nada, hermana. Te pidió un beso ante los ojos de media sociedad…

—¿Quieres que me disculpe por no haber permitido que me besara?

—Quiero que te disculpes por colocarte en una situación en la que un hombre creyó que podía intentarlo. Está en tu mano alejar a canallas que solo te causarán un gran dolor.

Aquello sí que dolió más de lo que Eveline esperaba. Era cierto que se había comportado como una tonta. El amor la tenía así de cegada. Su hermano no podía comprenderla. Amaba a ese canalla sin escrúpulos hasta tal punto que no lograba sacárselo de la cabeza.

—Lo siento —repitió una vez más—. No por la columna de sociedad, ni por tu orgullo, ni por la mancha que recae en tu título. Lo siento porque fui una necia al pensar que podría manejar una situación que no logro comprender del todo. Se llama amor, hermano —se atrevió a confesarle al fin.

El rostro de Oliver no se ablandó, aunque algo cambió en sus ojos. Algo minúsculo, tan breve que otra persona que no lo conociese como ella o Arden habría pasado por alto. Era preocupación auténtica.

—No eres una necia, Eveline. Eso es lo que vuelve el asunto más intolerable. Es tu juventud lo que nos ha traído aquí. También mi ineptitud para comprenderte.

—¿Te estás echando la culpa de mis acciones, Oliver? —le preguntó con gran asombro.

Él suspiró.

—Eres impulsiva, imprudente y posees una habilidad desoladora para detectar un incendio peligroso y lanzarte a las llamas con entusiasmo cuando en realidad deberías huir de inmediato.

—Un talento extraño —ironizó por lo bajo.

—A eso se le llama buscar la ruina. Nada de talento.

Eveline soltó un suspiro y bajó la vista.

Luego volvió a observar con atención a su hermano.

Había esperado una entrevista plagada de gritos, un castigo ejemplar, amenazas con encierros en el campo o la contratación de un regimiento de damas de compañía a las que no lograse evadir.

Oliver era capaz de todo eso y mucho más.

Lo que no esperaba era aquel cansancio algo comprensivo, o esa manera de hablarle que no destilaba solo ira.

¿Estaría usando una nueva táctica con ella?

—¿Qué vas a hacer conmigo? —preguntó con cautela.

—Nada.

Eveline parpadeó intranquila.

—¿Nada? —Eso sí que no se lo esperaba.

—He decidido resolver el problema desde otro ángulo.

—¿Vas a volcar tu ira sobre el vizconde Tentwall? —preguntó inquieta. Esa posibilidad no se le había ocurrido.

—Crees que no te conozco, Eveline, pero lo hago más de lo que sospechas. Si hiciese eso que sugieres, tu admiración por ese canalla se dispararía todavía más. No quiero tener que perseguirte hasta Gretna Green para evitar que te cases con él sin mi autorización.

—Oliver…

—Voy a casarme.

Eveline se quedó muy quieta.