Capítulo 2 #2
Octavo. La dama aceptará no contradecir a Su Gracia en público, ni cuestionar sus decisiones ante criados, familiares, invitados o cualquier persona cuya opinión pueda afectar al prestigio de su título.
Toda discrepancia deberá comunicarse en privado, con la debida moderación y siempre que el asunto merezca verdaderamente interrumpir las obligaciones del duque.
Noveno. La dama comprenderá que, una vez convertida en duquesa, sus opiniones serán bien recibidas siempre que contribuyan al orden de la casa, a la educación de lady Eveline o al bienestar del heredero, y no cuando respondan a caprichos, susceptibilidades personales o inclinaciones improductivas.
Alice llegó al final sin cambiar de postura. Después de todo, sí que podía ser más humillante. Esas dos últimas consideraciones eran bastante desagradables. Dobló el papel con cuidado, porque no deseaba arrugarlo, dado que el duque tendría que mostrarle la lista a otra candidata.
—Podría haber exigido también una determinada condición física, color de ojos o cabello —murmuró para sí.
—¿Cómo dice, milady?
Ella carraspeó.
—Es un documento muy… completo —dijo en cambio.
—Su Gracia valora la claridad —apuntó el otro lleno de orgullo.
—No me cabe la menor duda. ¿Está seguro de que su patrón no busca una perfecta figura decorativa en vez de una esposa, señor Jackson?
El secretario tosió una vez, con discreción heroica.
—Milady, estoy seguro de que Su Gracia no pretendía ofenderla.
Ah. Interesante. El secretario personal de Statony la había entendido a la perfección.
—Entonces posee un talento natural. Lograr semejante resultado sin proponérselo demuestra una eficiencia admirable.
El hombre se sacó un pañuelo y se lo pasó por la frente. Estaba sudando.
—Esto… Yo… Es decir… —carraspeó para aclarar sus ideas—. El duque de Statony ofrece una posición que muchas damas considerarían extraordinaria —acabó diciendo muy seguro de sí mismo.
—No lo dudo. Muchas damas poseen más ambición que amor propio. Algunas incluso logran vivir felices en el infierno.
—¡Milady! —se sobresaltó por el exabrupto.
—Oh, disculpe. ¿Lo ha ofendido mi interpretación de la realidad?
—Su Gracia pensó que usted apreciaría la estabilidad, la protección y el rango que se le ofrece —defendió al duque.
—Su Gracia ha pensado demasiado en sí mismo y muy poco en mí al ofrecerme tal acuerdo.
El hombre apretó los labios. Alice vio entonces el cansancio bajo su corrección, una sombra leve junto a los ojos.
—Milady —dijo él con voz más baja—, ¿debo entender que su respuesta es negativa?
—Debe entender que mi respuesta no es solo negativa, sino rotunda. Tan negativa que la proposición de Su Gracia casi merece un réquiem.
El secretario palideció.
—Comprendo.
No parecía entender nada, salvo el desastre que lo aguardaba al regresar a Statony House, supuso Alice. Entonces volvió a pasarse el pañuelo por la frente, el rostro y el cuello. Estaba transpirando a mares.
—¿Se encuentra usted bien, señor Jackson?
—Yo… yo…
Ella se asustó; parecía que al hombre iba a darle un ataque de apoplejía.
—Respire poco a poco.
—Le agradezco su benevolencia. Pero usted no lo entiende…
—No es benevolencia. Y entiendo muy bien lo que le ha causado semejante estado de desasosiego.
Usted no ha decidido pedir la mano de una dama mediante un empleado y una lista de instrucciones muy ofensivas.
Esa hazaña le pertenece entera a Su Gracia.
Y, por lo tanto, no podrá culparlo a usted cuando le transmita mi rotunda negativa a su desastrosa proposición —le aseguró con firmeza.
El señor Jackson miró hacia la puerta. A buen seguro, el buen hombre estaría calculando la distancia entre aquella salita humilde y la ira ducal que lo esperaba en alguna mansión mucho más imponente.
—Me temo que no lo verá de ese modo. Me dio una misión y yo he fracasado —se lamentó.
Alice sintió que la irritación, aunque no menguaba, encontraba un cauce más útil. Un sirviente tan fiel no merecía ser colocado frente a un cañón por culpa de la soberbia de su amo.
—Haremos una cosa, señor Jackson. Como soy una dama, le escribiré mi respuesta en una carta y usted se la entregará. Usted no sabrá mi decisión porque yo no debo comentarla con nadie. Así que cuando le transmita el veredicto a Su Gracia, no podrá acusarlo de nada.
—Pero…
—Le doy mi palabra de que el duque no lo hará responsable de mi decisión —lo interrumpió.
Los ojos del aludido brillaron llenos de esperanza.
—Milady, no es necesario que se moleste por mí.
—Insisto. En esta casa conservamos algunas costumbres importantes. Entre ellas, responder por escrito a los caballeros que olvidan presentarse cuando pretenden ofrecer su mano en matrimonio insultando sin disimulo a la dama —apuntó tajante.
Se levantó y fue hasta el pequeño escritorio situado junto a la ventana.
La madera tenía una marca vieja en una esquina y el tintero no era de plata, pero todo estaba limpio, ordenado y dispuesto con una dignidad que ningún ducado podía comprar.
Alice cogió una hoja, mojó la pluma y escribió sin titubear:
A Su Gracia el duque de Statony:
He recibido, por medio del amable y encantador señor Jackson, la proposición matrimonial que ha tenido usted la bondad de hacerme llegar, junto con una relación de expectativas tan precisa que casi he lamentado no poder recomendarle un ama de llaves para que la considere su futura duquesa.
Me veo obligada a declinar el honor de su petición.
No dudo de que su título, su fortuna y su protección puedan tentar a muchas damas. Yo, sin embargo, no me considero digna de cumplir ni uno solo de sus criterios.
Carezco, por desgracia, de la obediencia necesaria para no contradecir a un caballero cuando se equivoca, de la mansedumbre suficiente para recibir órdenes con gratitud y de la admirable capacidad de confundir una proposición matrimonial con una oferta de empleo ducal.
Tampoco poseo la delicadeza de aceptar que mi futuro esposo me enumere mis futuras obligaciones por escrito y delegue en otro hombre el placer de insultarme en mi propia casa.
Y, por descontado, no está en mi mano poder controlar mi fertilidad.
Me atrevo a sugerirle, para su próxima candidata, que dedique al menos unos minutos a ofrecer su mano en persona, siempre que Su Gracia no se encuentre enfermo, de viaje, retenido por asuntos de Estado o impedido por alguna otra calamidad de fuerza mayor, como una repentina falta de cortesía.
Sin otro particular, le deseo mis mejores deseos en la búsqueda de esposa.
Lady Alice Fairfax.
Leyó la nota una última vez. Con eso bastaría para ahuyentarlo a toda prisa. Nunca más volvería a saber del denominado Statony. Después la dobló, la introdujo en un sobre y vertió cera sobre el cierre. Cuando presionó el sello de los Fairfax, se sintió muy satisfecha consigo misma.
Al volverse, el señor Jackson, que se había puesto en pie en cuanto ella se levantó, seguía de pie junto a la silla.
Alice le entregó el sobre.
—Aquí tiene mi respuesta. Está lacrada, de modo que no podrá usted suavizarla, empeorarla ni morir por el camino intentando interpretarla. Piense que tal vez, mientras la escribía, yo haya podido cambiar de idea sobre el matrimonio.
—Es usted muy considerada, milady.
—Su Gracia tiene muchísima suerte de tener a un hombre tan eficiente y leal como usted. Estoy segura de que todo saldrá bien.
Por primera vez desde que había entrado en la casa, el secretario mostró algo parecido a una sonrisa.
El señor Jackson inclinó la cabeza.
—Le haré llegar su carta de inmediato.
—Hágalo. Y, señor Jackson…
—¿Sí, milady?
Alice miró el sobre lacrado, luego al hombre que tendría que ponerlo en manos del duque de Statony y suspiró.
—Si las cosas se complican mucho por mi causa, por favor, búsqueme. No tengo tantos contactos como Su Gracia, pero le aseguro que lo ayudaré.
—No tema, el duque es duro pero justo. Se molestará… en caso de que usted haya declinado su propuesta, pero estoy seguro de que no me despedirá. —Hubiese resultado más convincente si él no hubiese tragado saliva con dificultad tras su reflexión.
—Le deseo buenos días, señor Jackson. Ha sido un placer tomar el té con usted.
—Lo mismo le digo, milady. Tenga buen día usted también.