Capítulo 2
Una propuesta inquietante
Lady Alice Fairfax se había dado cuenta muy pronto que la desgracia no siempre llegaba para aniquilarlo todo.
A veces entraba en una sala de baile con una preciosa sonrisa, le prometía a una un futuro ante media sociedad londinense y, unas semanas después, huía con la hija de un comerciante.
De acuerdo. Sí. La desgracia siempre lo destruía todo.
Ella llamaba a aquel suceso «el desastre», porque cualquier nombre más simple le parecía una burla.
Lo bueno de ser inteligente fue que pudo hacer su camino y convertir la necesidad en una virtud.
Alice tenía casi veintiséis años, el cabello pelirrojo de un tono suave, más cercano al cobre apagado que a las llamaradas con las que los poetas podrían aburrir a las damas al compararlo con el fuego, y unos rasgos sencillos que rara vez provocaban exclamaciones al contemplarla.
A Alice no le importaba ser poco agraciada.
Había comprendido hacía tiempo que la belleza podía abrir muchas puertas, por descontado; sin embargo, la voluntad servía para atravesarlas cuando alguien intentaba cerrarlas desde el otro lado.
Y voluntad tenía de sobra.
Tras la muerte de su padre, varios años atrás, había llevado las riendas de su propia vida y de la de su madre con una entereza que algunos llamaban dignidad y otros, cuando creían que ella no escuchaba, suerte.
A Alice le traían sin cuidado las opiniones.
Había cuentas que revisar, criados que conservar, una casa que no debía venirse abajo y una madre que merecía su preocupación incansable.
Cuando ocurrió el desastre , Londres había esperado verla marchitarse en silencio.
No lo hizo. En parte porque Margot Marwood, condesa viuda de Ashbury, bendita fuese, la había tomado bajo su protección con la autoridad de una mujer que conocía demasiado bien la crueldad social como para no saber frenarla.
La condesa no le enseñó a gustar ni a esperar compasión.
Sus lecciones fueron muchísimo más útiles.
Le repitió una y otra vez que el valor no consistía en echarse a temblar, sino en alzar la cabeza y seguir hacia delante con dignidad.
Le aconsejó no detenerse ni a lamerse las heridas, porque la dama consideraba que la valentía no entendía de géneros, aunque una mujer debía demostrarla mucho más ferozmente que un hombre.
Alice se irguió y trató de desafiar a la sociedad entera con su aplomo cuando su prometido la abandonó.
Y no se rompió por más que desearon verla caer.
Por eso, en esos momentos, mientras permanecía sentada en la modesta salita de recibir visitas de la casa Fairfax, frente a un hombre muy serio que aseguraba ser el secretario personal del duque de Statony, Alice tenía la extraña sensación de que alguien, en algún lugar de Londres, había decidido gastarle una broma bastante cruel e imperdonable.
Por fin, Alice se permitió mirar de nuevo al hombre sentado frente a ella con mucha atención.
No parecía un bromista. Ningún tonto habría elegido una levita tan discreta, unos guantes tan impecables ni estaría manteniendo la espalda tan recta como lo hacía él.
En realidad, sí que se veía como el hombre de confianza de un noble de elevado rango.
Tenía aspecto de saber recibir órdenes y llevarlas a buen puerto.
—Perdone —habló Alice, después de que se produjese un silencio que ya empezaba a dejar de ser cortés—. Ha dicho usted que viene de parte del duque de Statony, ¿es correcto?
—Así es, milady.
—¿Y que Su Gracia desea hacerme una proposición?
—Una proposición matrimonial, para ser exactos. Sí.
La dama apoyó las manos sobre el regazo. No las cerró. Habría sido una lástima arrugar la muselina de su vestido por culpa de un duque que, al parecer, ni siquiera sabía insultar a una dama en persona. ¿Quién era Statony y por qué querría casarse con ella?
—Comprendo —mintió.
El secretario pareció aliviado.
—Me complace que lo vea con serenidad. Su Gracia consideraba que una dama de su buen juicio sabría apreciar la magnitud del honor.
—Qué considerado por parte de Su Gracia otorgarme la oportunidad de apreciarlo sin haber tenido la molestia de presentarse para preguntarme en persona.
—No era que las proposiciones de matrimonio no se ofrecieran entre personas que ni tan solo se conocían, lo que le resultaba alarmante era que él ni tan siquiera se hubiese presentado ante ella para preguntarle.
¿Quién diantres sería Statony? No lograba ubicar al duque.
El hombre parpadeó varias veces sorprendido tras su observación.
No era tonto porque la comprendió de inmediato; Alice se lo concedió.
Sencillamente, trabajaba para un tirano al que debía obedecer ciegamente.
Ella no conocía a un solo duque que fuese un hombre amable.
De acuerdo. No había conocido jamás a ningún duque, pero con tal nivel de poder, seguro que se creía al mismo nivel que un rey.
—Su Gracia es un hombre extremadamente ocupado.
—¿Está fuera de Londres acaso? —se interesó.
—No. Ahora mismo se encontrará repasando el discurso que dará en breve en la Cámara de los Lores.
Es un hombre extremadamente organizado. Su Gracia es un caballero de enormes responsabilidades —insistió—.
Sus obligaciones parlamentarias, la administración de sus propiedades y ciertos asuntos familiares de carácter urgente le impiden dedicar tiempo a ceremonias preliminares que, con todo respeto, no modificarían la sustancia del ofrecimiento.
Ella se abstuvo de poner los ojos en blanco. Seguro que Statony le habría dicho algo en ese sentido antes de mandarlo a su casa para pedirle matrimonio.
¿Por qué le pediría un duque que parecía ser un dechado de virtudes, según su empleado, matrimonio a ella?
—¿La sustancia?
—Un matrimonio con el duque de Statony.
—Ah. Esa sustancia. Ya veo…
—Una de peso considerable. Un gran honor, si me permite el atrevimiento de opinar, milady.
Alice inclinó un poco la cabeza, con una dulzura tan perfecta que habría alarmado a su madre de haber estado presente.
—¿Debo entender que Su Gracia me ha elegido por mi encanto personal, por una admiración secreta cultivada durante años o por algún otro motivo igual de conmovedor? —No estaba bien burlarse tan abiertamente de un hombre que había sido, sencillamente, enviado a hacer su trabajo. No pudo resistirse.
El secretario bajó la vista hacia el maletín que había dejado a un lado del lugar donde se encontraba sentado, y luego dejó la taza de té en la mesita que tenía a la derecha.
—Su Gracia admira su reputación.
—Naturalmente. Nada enamora tanto a un duque como una reputación sobria, irrompible y sin manchas recientes —consideró.
—Yo… Disculpe, no sé qué debería decir ante su observación, milady.
—Eso es porque no le compete a usted pedir mi mano, señor Jackson.
Si el duque está interesado en casarse conmigo y está en la ciudad, ¿por qué no se ha tomado la molestia de venir en persona?
Tal vez me hubiese visto y con una simple mirada hubiese decretado que yo no era lo que estaba buscando.
—No era que ella estuviese tomando en consideración el ofrecimiento, pero le parecía curioso que el interesado no hubiese acudido, al menos, a evaluarla. Todo resultaba muy extraño.
—Pero es la misión que Su Gracia me ha encomendado, milady. Estoy aquí porque es mi cometido —le aseguró—. Y sí… Esto, me ordenó entregarle una relación de las condiciones que considera necesarias para la armonía del acuerdo.
El hombre abrió el maletín con evidente cuidado y extrajo un papel doblado.
Alice miró la hoja que él le tendía.
Durante un instante muy breve, pensó en olvidar toda la educación recibida, señalarle la puerta y enviar al duque de Statony, por medio de su infortunado emisario, a un lugar donde ninguna dama debería tener siquiera vocabulario para ubicarlo.
La tentación fue intensa. También impropia. Y, por desgracia, injusta.
Aquel hombre no había concebido la ofensa. Solo la transportaba.
Alice cogió el documento.
La letra era firme, masculina y exacta.
Entonces leyó el texto.
Expectativas relativas a la futura duquesa de Statony que exige Oliver Hartwell, duque de Statony:
Primero. La dama aceptará la posición con pleno conocimiento de que el matrimonio servirá al orden de la casa, la reparación de ciertos daños sociales recientes que se desvelarán en el momento oportuno y la continuidad del linaje.
Segundo. La dama asumirá la supervisión moral, social y doméstica de la que será su hermana por matrimonio, lady Eveline Hartwell, con especial atención a bailes, paseos, amistades —femeninas y masculinas— dudosas.
Tercero. La dama no exigirá del duque de Statony manifestaciones sentimentales, galanterías innecesarias, obsequios frecuentes, paseos sin propósito o conversaciones destinadas únicamente al entretenimiento.
Cuarto. La dama presidirá la casa con dignidad, economía y puntualidad, sin alterar los horarios de Su Gracia salvo en caso de incendio, muerte, enfermedad grave o escándalo capaz de llegar a causar el caos.
Quinto. La dama facilitará, dentro de los límites de la decencia matrimonial, el nacimiento de un heredero en un plazo razonable.
Llegados a ese punto, ella gimió. ¡Por amor de Dios! Se tragó una maldición que no sería apropiada emitir y continuó. La cosa no podría empeorar después del último punto que acababa de leer.
Sexto. La dama se abstendrá de interferir en los asuntos parlamentarios, económicos o políticos de Su Gracia, salvo que su silencio ponga en peligro la reputación de la familia.
Séptimo. La dama recibirá una asignación generosa, residencia, protección, rango, joyas adecuadas a su posición y el tratamiento debido a la duquesa de Statony.