Capítulo 1 #3
Oliver apartó la vista hacia la ventana, donde la mañana había terminado de asentarse sobre Londres con su mezcla de hollín y niebla. En el piso superior de su casa, Eveline ya estaría tramando su próxima travesura.
—No quiero una esposa que me obligue a dedicarle una atención constante —dijo.
—Entonces evita a las tontas, a las hermosas sin ocupación y a las jóvenes que consideran el matrimonio como una novela encuadernada en satén.
Oliver volvió hacia él la cabeza.
—Necesito una dama capaz de doblegar a Eveline. Eso no es tarea fácil.
—A una mujer que no pueda ser manipulada por una sonrisa ni intimidada por un portazo.
—Eveline ha reducido a lágrimas a institutrices formadas en internados franceses.
—Lo recuerdo —apuntó Arden.
Oliver permaneció callado unos instantes.
Un compromiso anunciado con rapidez desviaría la atención del periódico.
Una duquesa respetable le ofrecería a Eveline una vigilancia más difícil de burlar que cualquier dama de compañía contratada.
Un heredero cerraría la boca de su primo y de todos los parientes que contemplaban su muerte como una esperanza prematura.
Y, sobre todo, el matrimonio trasladaría el caos doméstico a unas manos más preparadas para gestionarlo que las suyas.
No era una idea agradable, pero sí práctica. Útil.
—Supongamos —dijo al fin— que aceptase considerar esa posibilidad.
—Por supuesto. Solo será un asunto académico. Dios nos libre de que reconozcas la sensatez en una propuesta de tu mejor amigo.
—Necesitaría una lista. —Estaba pensando si hacerle caso a Arden. ¿Podría casarse?
—Ya me lo esperaba.
Arden metió la mano en el interior de su levita y sacó un papel doblado.
Oliver alzó una ceja.
—¿Lo tenías todo preparado?
—Te conozco desde hace demasiado tiempo como para no saber cómo funciona tu mente.
De haber llegado a tu casa y haberte dado la lista de inmediato, la habrías quemado, tal y como has hecho con el periódico.
Hechos desesperados necesitan medidas poco ortodoxas.
Tu hermana apareció en Vauxhall con un libertino y una máscara escarlata.
Cualquier hombre responsable habría previsto que necesitarías la solución que tenemos sobre la mesa.
Oliver le quitó el papel de las manos sin agradecérselo.
Sus ojos leyeron los nombres escritos con la letra impecable de Arden.
Hijas de condes, viudas jóvenes, una sobrina de un marqués conocida por su carácter piadoso, dos muchachas con fortunas dignas y conversaciones probablemente insoportables…
Entonces se detuvo en un nombre que no esperaba encontrar allí.
Lady Alice Fairfax.
La hija del conde de Fairfax.
Durante unos segundos no dijo nada. Aquel nombre no le era desconocido, aunque tampoco pertenecía a esa clase de damas que llenaban conversaciones por su belleza, sus caprichos o la habilidad de sus madres para empujarlas bajo la lámpara adecuada en un baile a fin de explotar su gracia etérea.
Lady Alice había ocupado las columnas de sociedad siete años atrás, si la memoria no le fallaba, cuando acababa de debutar con dieciocho años y un compromiso ya anunciado que debía haberle asegurado una temporada tranquila, respetable y coronada por una boda sin sobresaltos.
El caballero elegido, un joven de buena familia y muy poca sesera, heredero de un vizconde, había resuelto de pronto que el honor era negociable cuando se mezclaba con el entusiasmo.
Rompió el compromiso con la hija de lord Fairfax y huyó con la hija de un comerciante, una muchacha sin fortuna suficiente para justificar la locura y sin un título capaz de volverla aceptable.
Londres, que rara vez le perdonaba a una mujer una desgracia a pesar de no haberla causado, se había preparado para contemplar la caída de lady Alice.
Pero ella se negó a convertirse en una víctima de las circunstancias.
Oliver recordaba aquello mejor de lo que habría admitido ante nadie.
Había esperado, como todos, que la muchacha desapareciera de la faz de la tierra, que se refugiara en el campo y regresara años después convertida en una sombra discreta que las familias conservaban en los márgenes, siempre cerca de una tía viuda o de la labor de aguja.
En cambio, lady Alice Fairfax había seguido asistiendo a los lugares donde se esperaba verla, con una compostura que no mendigaba lástima y una educación tan impecable que obligaba a los demás a comportarse.
En honor a la verdad, admiró su aplomo y tenacidad.
No había perseguido al hombre que la humilló, ni había permitido que la menospreciaran y, con el tiempo, logró algo bastante más difícil que un buen matrimonio, dado que había hecho que la sociedad volviera a respetarla.
Oliver había reparado en ella entonces, debido a la fuerza de su espíritu.
Una joven que sobreviviese a semejante afrenta sin volverse amarga en público ni aceptase la humillación…
Interesante. Y él no consideraba interesantes más que las libras y sus intervenciones en el Parlamento.
Si sus cuentas eran correctas, la dama debía de tener veinticinco años.
Edad suficiente para no confundirse con una debutante asustada, y no tan avanzada como para que el mundo la hubiera retirado del tablero.
Una mujer así sabría lo que costaba conservar una reputación, porque la suya había sido puesta a prueba cuando todavía no tenía edad para defenderse con armas verdaderamente eficaces.
Arden, que no se había perdido detalle de las reacciones del duque, estaba seguro de la candidata que le había causado tal silencio.
—¿La hija de Fairfax? —se aventuró a preguntar el conde.
—Admito que eres un diablo más inteligente de lo que siempre he pensado, amigo mío.
—Lo tomaré como un cumplido, pues bien podrías haberme comparado con Eva ofreciéndote la manzana, Statony.
—Jamás hago cumplidos —le recordó—. Y distas mucho de ser una tentadora Eva, Arden. No lo serías ni aunque tuvieses el fruto prohibido en la mano.
—Olvídate de eso. Recuerdas a la dama, ¿cierto?
—Estoy al tanto del escándalo que causó su compromiso roto.
—Todo Londres la puso a prueba. La diferencia entre tú y el resto es que, como eres un hombre inteligente, recordarás mucho al canalla que la dejó y lo que hizo ella después.
Oliver no apartó los ojos del nombre.
—La dama no se escondió en absoluto. Por cierto, no me adules, resultas demasiado evidente.
—¿Evidente en qué?
—No digas que soy inteligente para luego tratarme como si fuese un niño de pecho, Arden. Leíste la noticia sobre el escándalo de mi hermana nada más te levantaste y me elegiste una duquesa. Esta duquesa en concreto.
—¿Tan evidente resulto?
—Como siempre dices, me conoces bien, pero a veces olvidas que yo también a ti.
—¿Apruebas la elección de la dama?
—Lo estoy meditando. Sería una elección curiosa. Ella no suplicó compasión, ni permitió que la convirtieran en una desgraciada. Siguió adelante, y lo hizo con tanta firmeza que, al cabo de unos años, la misma gente que esperaba verla destruida empezó a llamarla respetable. Un dechado de virtudes.
—¿Un dechado de virtudes? —cuestionó algo asombrado su amigo.
—Creo que lo leí en algún sitio.
—¿Has estado siguiendo todo este tiempo la trayectoria de tu futura duquesa, Statony?
—No seas ridículo, Arden. No tengo tiempo de centrarme en tonterías semejantes. Solo he hecho un comentario inocente.
—Nada en ti es inocente —murmuró su mejor amigo—. Es interesante que no hayas negado mi pronóstico de convertirla en tu duquesa.
—Sigo pensando. No me molestes —le ordenó.
Arden suspiró. Decían que él era más intransigente que el mismo duque. Eso era porque no conocían en verdad a Statony.
El duque tenía que admitir que la sugerencia de Arden, por incómoda que le resultara, era bastante lógica.
Lady Alice tenía exactamente la clase de temple que él necesitaba bajo su techo.
Una muchacha dócil no duraría una semana junto a Eveline.
Una belleza vanidosa se dejaría manipular por una lágrima o una insolencia bien armada por parte de su hermana.
Una dama demasiado joven confundiría la rebeldía con el encanto, y unida a Eveline podría organizar un motín en casa.
Lady Alice Fairfax, en cambio, conocía el precio del ridículo público y había aprendido a enfrentarse a quienes disfrutaban administrándolo.
—Una mujer así no aceptará ser utilizada —dijo finalmente.
—No —respondió Arden—. Por eso tendrás que ofrecerle algo que necesite.
Oliver levantó la mirada.
—Bueno. Pensándolo mejor, ella tiene veinticinco años y no creo que tenga perspectivas de convertirse en esposa. Ofrecerle mi mano en matrimonio haría que ella saltase y comenzase a aplaudir.
—Si hiciese algo como lo que dices, echarías a correr.
—Tienes razón. Lo que trato de decirte es que no se negará.
—¿Tan seguro estás de que te aceptará de inmediato?
—¿Lo dudas tú? ¿Quién podría negarse a convertirse en mi duquesa? Tendrá mi título, mi protección, pondré mi fortuna a sus pies y será la madre del próximo duque de Statony. Voy a convertir todos sus sueños en una realidad.
—¿No estás suponiendo demasiado, amigo mío?
—No lo creo. ¿Sigue siendo tan sencilla como la recuerdo?
—¿A qué te refieres?
—No era una muchacha bonita —le aclaró.
—¿Quieres decir que si no es una beldad no te casarás con ella?
—Al contrario. Si es algo como lo que dices, echaré a correr también. Quiero una duquesa…
—Que no te dé problemas —terminó su amigo.
—Sí. Redactaré el anuncio de mi compromiso de inmediato. Tal vez pueda salir en la próxima edición del periódico.
Arden se alarmó.
—¿Vas a lanzar la noticia sin hablar con la dama?
—Tengo que comenzar a barrer el estropicio que ha creado mi hermana lo antes posible.
—¿Y si ella no te acepta, Statony? —le preguntó con suavidad.
—Improbable. No la recuerdo como una mujer estúpida, y se convertiría en una si no aceptase el gran privilegio de ser mi esposa.
—Espero que tengas razón.
—Siempre la tengo. No olvidaré este favor que me has hecho, amigo mío. Cuando necesites algo solo tienes que pedírmelo, ¿lo sabes?
—¿Podría usar el comodín que me ofreces para que no anunciases tu compromiso sin haber hablado con la mujer, Statony?
—¿Dudas de mi capacidad de persuasión, Arden?
—Lo que me preocupa es que…
—Tengo que redactar una nota para el periódico, una lista de las obligaciones que espero de mi inminente duquesa, hablar con mi hermana y…
—¿Vas a echarme? —preguntó con los ojos bien abiertos.
—Veo que lo entiendes. Ten un buen día.
—Espero que la mayor cualidad de la mujer que se convertirá en tu esposa sea la paciencia, Statony —le dijo, pero el duque ya no le estaba prestando atención.
Arden volvió a suspirar. Había actuado por el bien de su amigo, pero si su idea llegaba a salir mal, el gran duque de Statony lo haría responsable de cada acción.
¿Y si él secuestrase a lady Eveline y la enclaustrase en un convento escocés para terminar con el problema de su mejor amigo?
Desechó la idea de inmediato. La sola posibilidad de estar en presencia de la muchacha le causaba urticaria. No había arpía igual en toda la ciudad. ¿Cómo solo en todo Londres? ¡No podía haber semejante bruja en ningún lugar del mundo!