Capítulo 1 #2
Oliver volvió a la mesa, apartó el periódico y abrió una pequeña caja de plata que contenía rapé.
La volvió a cerrar. Tenía que haber empezado la mañana con una audiencia prevista con su secretario político, para luego atender dos cartas que exigirían una respuesta urgente y preparar, más tarde, una sesión parlamentaria en la que pensaba intervenir sobre una cuestión que afectaba a sus tierras del norte.
En lugar de eso, se veía obligado a hablar de máscaras escarlatas, jardines públicos y faetones conducidos por una muchacha que no parecía comprender la diferencia entre la valentía y la ruina.
—¿Tienes alguna solución en mente?
—No puedo estar vigilándola a todas horas —dijo, más para sí que para Arden—.
Tengo una hacienda que dirigir, arrendatarios que dependen de decisiones importantes y una posición en la Cámara que no puedo abandonar cada vez que Eveline se aburre.
Mi padre la educó con demasiada indulgencia, mi madre murió antes de poder corregir el daño, y yo heredé un pesado título y a una hermana que sonríe cuando se le prohíbe algo porque considera que la prohibición es solo una sugerencia.
Eveline tenía catorce años cuando su padre murió.
En realidad, el anterior duque no se había preocupado mucho por ella.
La niña había llorado en silencio durante el funeral, con los ojos demasiado grandes para un rostro infantil, y esa misma noche se había metido en el despacho de Oliver para preguntarle si él también desaparecería por culpa de ser duque.
Él le había prometido que no, que siempre estaría para ella.
Tal vez en ese momento había empezado el desastre.
La había protegido de la única manera que sabía; ocupándose de su ducado y contratando a institutrices competentes para que se ocupasen de ella.
Luego la había enviado a un centro especializado para damas.
Sus generosas donaciones habían evitado varias expulsiones.
Había hecho todo lo necesario, salvo estar.
Y Eveline, que ya no era una niña, se lo estaba cobrando con intereses.
—¿Y si le buscas un buen esposo?
—Lo volverá loco antes de que el ministro de Dios termine de oficiar la boda. O peor todavía, se quedará su dote y la encerrará en Bedlam. Yo mismo me siento tentado a dejarla allí un par de días para ver si así recupera la sensatez. ¿No te casarías con ella, Arden? Seguro que podrías enderezarla.
—No quiero ofenderte, Statony, porque es tu hermana, pero ella… —No se atrevió a terminar la frase.
—Lo siento, ha sido una idea descabellada —se apresuró a decir el duque.
—Creo que sí. Porque la dama no me tolera lo más mínimo.
El duque miró con atención a su mejor amigo.
—¿Tu reticencia a mi planteamiento se basa solo en que a ella no le eres simpático?
—¿Simpático? Tu hermana usaría esa lengua ágil que Lucifer le ha concedido para azotarme sin descanso cada día. No te ofendas, amigo mío.
—¿Y si te tomases el reto personal de domesticarla? Dios sabe que no fallas en nada que te propones.
—¡No puedes estar pensando en serio que podría casarme con tu hermana! —se quejó el otro.
—¿Por qué no? Necesitas una esposa para perpetuar tu linaje. Con un poco de mano dura, Eveline podría ser una buena esposa para ti.
—Tú necesitas una mujer más que yo. Eres un duque y eres varios meses mayor que yo.
Durante un momento, la tensión se quedó suspendida entre ambos. Oliver arrojó el periódico al fuego, cosa que resultó satisfactoria, aunque muy poco útil. Las llamas no deshacían el enredo.
—Maldita sea…
—¿Estás blasfemando, Statony?
—No se me ocurre una ocasión mejor para hacerlo.
—El asunto es desagradable, pero todavía puede manejarse.
—Explícame cómo. Y procura no decirme que la envíe al campo. Ya lo había pensado, pero se escaparía antes de que el carruaje llegase a Hounslow. —Así se llamaba su principal casa ducal.
—No iba a sugerir el campo después de haber hablado de un convento.
—¿Una nueva dama de compañía?
—Tampoco.
Oliver entrecerró los ojos.
—¿Me lo dices de una vez o sigo adivinando lo que se te ha ocurrido?
Arden se situó frente al escritorio. No se sentó. Había en su postura una gravedad que el duque reconoció de inmediato, pues era la misma que su mejor amigo empleaba en los clubes cuando un hombre iba a recibir una advertencia antes de que las consecuencias de su necedad se volvieran irreparables.
—En realidad la solución la has tenido tú.
—¿Qué solución es esa?
—Debes casarte, Statony.
El silencio que siguió habría satisfecho al más dramático de los dramaturgos, aunque Oliver no era un hombre dado a apreciar los efectos teatrales cuando él figuraba en el centro de la escena.
—No seas ridículo.
—No lo soy. Piénsalo detenidamente.
—He dicho que necesito resolver el problema de mi hermana, no crear otro de carácter permanente.
—Tu matrimonio resolvería más de un problema.
Oliver lo miró con una incredulidad tan helada que el conde pensó que acabaría congelándolo.
—Esa frase ha arruinado a más hombres de los que ha salvado.
—Solo a los que eligieron mal. Tú no eres como el resto.
—Todos creen haber elegido bien hasta que comprenden la fatalidad de su acción. Quiero deshacerme de mi hermana, Arden, no añadir otra mujer a mi colección privada de desgracias.
—Necesitas una duquesa y si abrieses un poco esa mente tan cerrada que tienes, lo verías.
—¿Y tú me hablas de mentes cerradas a mí? Te ofendiste porque aquella viuda pechugona quiso invitarte a su cama.
—Me invitó a su cama mientras tenía el pensamiento de retozar también con su lacayo.
—¿Ah, sí?
—Sí, Statony.
—No lo recordaba así —se defendió.
—Escúchame. Necesitas una duquesa —repitió—.
Y tienes que elegirla bien. La noticia de tu compromiso ocuparía espacio en los mismos periódicos que hoy se han divertido relatando las excentricidades de tu hermana.
Una boda ducal tiene el mérito de lavar muchas manchas, incluso aquellas que el agua común no se atreve a tocar.
Tendrías a una esposa adecuada para presidir tu casa, una mujer con autoridad social suficiente para vigilar a lady Eveline y, ya que tanto te gusta hablar de tus obligaciones, debo recordarte que has ignorado con admirable constancia una muy importante.
—¿Cuál? —preguntó con interés.
—Traer al mundo a tu heredero. ¿Quieres que ese tonto primo herede todo lo que te pertenece?
Oliver sintió que las entrañas se le removían. No era la primera vez que él mismo pensaba en ese asunto. Su hermana le quitaba el sueño y no había tenido tiempo para planear su propia vida más allá de sus deberes como duque. Un heredero era un asunto serio.
—Mi título no está en peligro inmediato, pero sería agradable compartir la carga que supone Eveline.
—¿Compartir, Statony? No eres un hombre al que le guste compartir ni sus obligaciones.
Deja que tu duquesa obre su magia con la chica.
Se quedó sin una figura materna al año siguiente de que vuestro padre muriese.
Tú no precisabas tanto a una mujer a la que cuidar, pero tu hermana sí debió haber crecido al amparo de una dama que la instruyese.
—Pagué muy generosamente por su educación. Te aseguro que Eveline habría arruinado a Midas. ¿Y de qué me ha servido?
—No veo otra salida, amigo mío. Ella tendrá a una amiga que contará con tus bendiciones y tu esposa se ocupará bien de tu hermana para no provocar tu ira. Todo son ventajas, te lo aseguro.
Oliver apoyó ambas manos sobre el escritorio.
La madera era sólida. Casi todo lo que poseía podía ordenarse, comprarse, venderse, reformarse o protegerse con suficiente vigilancia.
Las personas, por desgracia, tenían la fastidiosa costumbre de no comportarse como propiedades bien administradas. Eveline era la prueba más evidente.
—No tengo tiempo para cortejar a nadie. Tampoco tengo intención de perseguir sonrisas en los bailes, enviar flores a muchachas sin conversación ni fingir interés por acuarelas mediocres.
—No he sugerido ningún cortejo. Es más, ya preveía que no querrías perder tiempo en tonterías de esa índole. Tienes que buscar a una mujer, no a una jovencita. Alguien que requiera respeto y ofrezca utilidad a cambio.
Oliver se quedó pensando en la sugerencia con gran detenimiento.
Una mujer útil. No una belleza caprichosa ni una criatura moldeada por madres ambiciosas para suspirar ante un título, sino una dama de reputación sólida, educación severa y carácter suficiente para enfrentarse a Eveline sin retroceder.
Una futura duquesa que comprendiera el valor de su tiempo.
Alguien capaz de entrar en Statony House y hacer con su hermana lo que ni los dragones profesionales habían logrado: manejarla correctamente.
—Hablas del matrimonio como si fuera la contratación de una institutriz con mejores joyas.
—En tu caso, sería un progreso respecto a la alternativa romántica.
—No soy romántico.
—Por eso aún hay esperanza para ti. Si aplicas la lógica te irá bien.
Oliver se enderezó despacio. Su cólera no había desaparecido, pero empezaba a adquirir una forma más manejable. Él siempre había sido partidario de enfrentarse con valentía a los problemas que podían solucionarse con una buena estrategia.
—Una duquesa no aceptaría convertirse en la carcelera de mi hermana.
—No si se lo planteas así.
—¿Y cómo propones que lo plantee?
—Con honestidad selectiva, una renta generosa y el atractivo nada desdeñable de convertirse en la duquesa de Statony.
Oliver le dedicó una mirada helada.
—Me conmueve tu fe en la vanidad femenina.
—No es cuestión de fe. Es una observación. Además, no necesitas una muchacha enamoradiza, sino una dama adecuada. Alguien que quiera lo que tú puedes ofrecerle a cambio de lo que ella está dispuesta a darte.
La idea no era desagradable por lo mucho que se parecía a la lógica.
—Una mujer adecuada —murmuró.
—Muy adecuada.
—De buena familia.
—Naturalmente.
—Con una reputación impecable.
—Eso es imprescindible.