Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1) Capítulo 1
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Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1)

Tentar a una dama (Hermanos de la Infamia 1)

Por Anne Lovelace

© inepub.com

Capítulo 1

Un auténtico desastre

El duque de Statony no solía leer los periódicos antes de despachar su correspondencia, revisar las cuentas de sus administradores y decidir qué asuntos merecían su presencia en la Cámara de los Lores.

El orden de prioridades le parecía una obligación crucial para imponerse a la ociosidad, y Oliver Hartwell, que había heredado el ducado a los veintiséis años junto con una montaña de importantes obligaciones, no toleraba bien los imprevistos.

A los treinta, había convertido la disciplina en su forma de vida y la frialdad en un escudo impenetrable, tan eficaz que pocos se molestaban en sociabilizar con él.

Pero, como todo gran duque, tenía un punto débil del que era imposible desentenderse. La que parecía ser su némesis se llamaba Eveline y tenía dieciocho años.

Aquella mañana, Statony había cambiado su estricta rutina y el periódico descansaba abierto sobre la mesa de caoba de su despacho, extendido entre una carta de su agente en Yorkshire y un informe que daba cuenta de los asuntos de los arrendamientos de Devonshire.

La luz gris de Londres entraba por los cristales empañados, dulcificaba el perfil severo de los muebles, aunque no hacía nada por suavizar el rostro del hombre que permanecía inmóvil tras el escritorio.

Oliver era alto, de hombros anchos y con un porte demasiado sobrio para despertar cualquier simpatía.

Tenía el cabello castaño oscuro, siempre apartado de la frente con una exactitud casi militar, y unos ojos grises que rara vez reflejaban calidez.

No era un hombre apuesto en el sentido amable que tanto complacía a las madres con hijas casaderas, pero poseía cierta clase de atractivo peligroso que lo hacía interesante.

Su mandíbula estaba muy marcada y su boca, incluso en reposo, tenía la expresión de un juez carente de emociones.

En esos instantes, no obstante, más que un duque severo o un hombre de ley, parecía un verdugo a punto de ejecutar una sentencia de muerte.

El periódico crujió bajo sus dedos cuando lo apretó con fuerza.

UN ESCÁNDALO ESCARLATA EN VAUXHALL

Cierta joven dama de ilustre apellido, hermana de un duque cuya severidad honra más a Westminster que a los salones, decidió anoche demostrar que la sangre azul no siempre discurre por cauces tranquilos.

Tras abandonar el baile de lady Chesselton con una máscara escarlata, la dama fue vista en los jardines de Vauxhall sin más protección que su imprudencia y acompañada por un caballero cuya reputación es escandalosa hasta decir basta.

Se asegura que la joven aceptó una apuesta para medir su valentía, sostuvo las riendas de un faetón a la salida de Vauxhall y lo condujo por Kennington Lane ante el asombro de varias personas distinguidas.

Y no contenta con semejante hazaña, terminó la velada arrojando una copa de ponche sobre el chaleco del canalla que pretendía reclamar de ella un premio en forma de beso.

Esta columnista, que por caridad omitirá otros datos más sustanciales, solo dirá que la hermosa aludida responde a una E.

muy musical y a un apellido que empieza donde acaban muchas ambiciones y responde a H.

¿Se ha llegado ya al extremo en el que un duque serio no puede controlar a una jovencita recién salida del cascarón? ¿Qué será del reino si los pares que pretenden dirigirlo no pueden poner orden ni en su propia casa?

Oliver leyó por tercera vez la columna social, aunque la había entendido desde la primera. Tal vez su empeño en la repetición de la lectura residiese en la esperanza absurda de que las palabras se transformasen en otras menos desastrosas. No ocurrió así.

El daño estaba hecho.

Lady Eveline Hartwell, su hermana de dieciocho años, que acababa de debutar en sociedad, había conseguido en una sola noche lo que ciertas familias arruinadas tardaban toda una temporada en lograr.

Y eso era atraer la atención del público, inquietar a la sociedad al completo, divertir a los hombres necios y poner el título de Statony en boca de personas que no tenían derecho a pronunciarlo.

La muy tonta no solo había arrastrado por el fango su reputación, sino que había puesto en entredicho la del propio Oliver.

El duque dejó el periódico sobre la mesa. Después se levantó, caminó hasta la ventana y contempló la calle con las manos enlazadas a la espalda. Un carruaje pasó frente a la verja de Statony House. La ciudad respiraba normalidad aunque la paciencia de Oliver acababa de extinguirse por completo.

Toda la vida dedicada a ser un modelo recto de moralidad y una hermana traviesa terminaba por dilapidar todo lo que él llevaba años cultivando.

—Lord Arden ha llegado —anunció el mayordomo desde la puerta.

Oliver no se volvió.

—Hágalo pasar de inmediato.

El sirviente desapareció sin hacer ruido, agradecido por no haber tenido que permanecer más tiempo en una estancia donde la temperatura parecía haber descendido varios grados con respecto al resto de la casa.

Nathaniel Greystoke, conde de Arden, entró poco después.

Era el mejor amigo de Oliver y ambos eran bastante parecidos en cuanto a creencias y obligaciones.

Tenían la misma edad. Lord Arden contaba con una figura sobria, tenía el cabello rubio ceniza y una mirada que en muchas ocasiones resultaba molesta.

Si Oliver era conocido por su frialdad, Arden había logrado algo más difícil, pues estaba considerado extremadamente austero incluso por quienes habían hecho de la severidad su credo más firme.

Ninguno de los dos bebía en exceso, apostaba demasiado, ni cortejaba a viudas por aburrimiento y jamás se reía de las desgracias de los demás, lo cual, en ciertos círculos, bastaba para tomarlos por misántropos.

El conde observó primero el perfil de Oliver, después se centró en el periódico abierto sobre la mesa.

—Lo he leído —dijo directamente el recién llegado.

—Todo Londres lo habrá leído antes del mediodía. Incluso los miembros del servicio de cada casa que sepan leer lo comentarán.

—Lo siento, Statony.

Oliver se giró al fin. Seguía teniendo su expresión bajo control, aunque había algo duro en su mirada.

—Mi hermana fue vista en Vauxhall, de noche, con un hombre al que no le habría confiado ni la custodia de mi mejor paraguas, seguro.

—¿Le has preguntado de quién se trata?

—No he hablado con ella aún.

—El desgraciado es Cedric Lancaster, vizconde Tentwall.

—¿Un canalla?

—De la peor clase —corroboró Arden.

—Así que la reparación de su reputación con alguien de tal calaña no está sobre la mesa. No podré casarla con él.

—No te lo aconsejo, amigo mío. Sería mucho peor el remedio que la enfermedad.

—¿Has hecho algo al respecto?

—No. Consideré que te gustaría a ti ocuparte de darle un par de razones por las que no debió haberse involucrado con tu hermana.

—No sé si quiero ni verlo. Confieso que tengo instintos asesinos.

—¿Hacia tu hermana o hacia el sinvergüenza?

—Ambos, Arden. Ambos. Tengo la capacidad de elaborar soluciones para los mayores problemas que atañen a la sociedad, pero no soy capaz de manejarla.

Eveline ha sido presentada hace apenas unos meses y ya ha logrado que un periódico la reduzca a cenizas.

Un beso y una apuesta estúpida —musitó—. ¿Qué haré con ella?

—En Escocia hay buenos conventos, Statony —sugirió como medida.

—La quemarían en la hoguera después de la primera hora. ¿Qué digo una hora? Dos segundos exactos. Siempre ha sido impulsiva, pero reconozco que no mejora con la edad. No la comprendo en absoluto. ¿Qué gana con destruirse a sí misma y dilapidar mis esfuerzos por ser respetable?

Arden aceptó la confesión sin mostrar sorpresa.

El duque caminó hasta la chimenea apagada, apoyó una mano sobre la repisa de mármol y miró el retrato de su difunto padre, cuya severidad pintada parecía haber encontrado por fin un motivo legítimo para sentirse ofendida.

—¿Dónde está lady Eveline?

—En su habitación. O debería estarlo. He ordenado que no salga sin mi permiso, pero a estas horas ya podría estar cabalgando desnuda por Hyde Park.

—¿La comparas con lady Godiva? Yo no mencionaría esa idea si ella estuviese delante; corres el riesgo de que se inspire.

—No tiene ninguna gracia.

—No pretendía tenerla. Doy gracias por no tener hermanas, Statony.

Oliver le sostuvo la mirada durante unos segundos. Se sentía irritado. Arden no estaba resultándole de ninguna ayuda, pese a que poseía el talento desagradable de decir las verdades manteniendo cierto humor.

—Despedí a su dama de compañía esta misma mañana —dijo Oliver—.

La señorita Morris me fue recomendada por tres personas que juraban haber encontrado al mejor de los dragones para proteger a Eveline.

Un dragón, Arden. Eso me prometieron. Me aseguraron que era implacable, que había vigilado a dos herederas con inclinación a la fuga y a una viuda demasiado dada a las partidas de cartas.

La mujer no ha durado ni seis semanas bajo mi techo.

—¿Qué explicación dio?

—Que Eveline la engañó.

—Eso no es una explicación. Es una confesión de inutilidad.

—Por eso se ha marchado sin referencias.

Arden inclinó apenas la cabeza. Un claro gesto de que acababa de dar su aprobación.

—Fue negligente. Es lo justo.

—Fue incompetente. Peor aún, fue sentimental. Me ha dicho que Eveline solo necesita comprensión porque lo único que desea es captar mi atención. ¿Puedes creerte que me ha echado a mí la culpa de sus acciones?

—Osada, sin duda.

—La osadía es la excusa de la incompetencia, Arden.