Capítulo 26 #2
—Oh, no. Eso ya lo sabía. Lo dijiste con acciones; las palabras son lo de menos. Más cuando puedes empezar a disertar sobre la etimología de las palabras querer, amar y demás.
—Puedo…
—¡No lo hagas!
Tracie rio y él se sumó con su sonrisa.
—Entonces, ¿por qué no puedo besarte?
—Porque falta tu parte del pacto.
Los dos miraron al cielo. Un nubarrón negro se veía en el horizonte y el viento había cambiado. Pronto llovería.
—¿De verdad tengo que esperar a que llueva?
—Es verdad, es en vano esperar.
—¿Lo ves?
Volvió a intentar besarla. Tracie lo apartó una vez más.
—¡Tracie! Vas a volverme loco.
—Lo sé. Ya hablas solo, ahora haces bromas… —Se volvió hacia la puerta; se oía el ir y venir de los criados—. Aguarda aquí un segundo.
—¿Tracie?
—¡No te muevas!
Ella corrió al interior de la casa. Hayden dudó entre quedarse o entrar tras ella. Demonios, le picaban los labios del deseo de besarla. ¿Dónde había ido? ¿Por qué tardaba tanto?
—¡Tracie! —la llamó.
—¡No te muevas! —repitió ella. Su voz le llegó desde la primera planta. Hayden alzó la vista, sorprendido y…
¡Plaf!
Tracie vació un cubo de agua sobre su cabeza. Antes de que pudiera responder, ella regresó corriendo.
—Ahora sí, estás empapado como corresponde.
Un trueno sonó a lo lejos.
—¿No podía esperar? —preguntó él, pero reía. Ya no eran tenues sonrisas o atisbos de humor. Era una risa franca y sincera.
—Ya hemos esperado mucho.
—Tracie, te amo. Nunca imaginé que, en mi afán de protegerte de cualquier sufrimiento, podía ser yo quien te hiriera.
Perdóname. Luego de lo de Clarke, un motivo más egoísta me hizo guardar silencio.
No solo deseaba preservarte del dolor, sino que también temía que te quedaras conmigo por un tonto sentido del agradecimiento.
—¡Ay, Hayden! Esto sucede porque analizas demasiado las novelas de folletín.
—¿Qué?
—¿Cómo crees que me enamoré de ti? No sufrí un vahído ante tu figura sobre Febo —rio; él también—, ni me atravesó un rayo al ver el modo en que el sol arrancaba destellos dorados de tu cabello…
—Tracie.
—Me enamoré de ti por quien eres, y eres lo que haces, Hayden. Y has hecho algo maravilloso por mí y por mi familia; te lo agradezco de todo corazón, pero, más aún, te amo de todo corazón por ello.
—¿Ahora sí puedo besarte?
—Sí, por favor.
Hayden posó sus labios sobre los de ella, y el agua que caía de su cabello empapó el cuello de Tracie. Un nuevo trueno resonó en el cielo, las nubes parecieron romperse y el aguacero se precipitó sobre el barón y la baronesa.
—No —repitió él sobre los labios de Tracie—, ya no podíamos esperar ni esos cinco minutos a que el clima nos propiciara el escenario perfecto.
—Es que, de ahora en más, nosotros nos encargaremos de escenificar nuestra vida. ¿Qué es eso de depender de algo tan inestable como el clima de Londres?
Hayden rio una vez más, con tanta naturalidad que cualquiera diría que era un hombre dado a la risa. Cogió a su esposa en brazos y cruzó el umbral. Era hora de consummāre ese matrimonio, de llevarlo a su perfección.
La tormenta ya azotaba las ventanas. Hayden cargó a Tracie en brazos hasta su habitación. Los criados se apartaron de su paso, no sin antes echar alguna mirada sorprendida por el comportamiento de su lord.
¿Desde cuándo era Hayden un hombre dado a arrebatos pasionales? Desde Tracie.
Con ella apenas podía contenerse; el primer beso había sido prueba de ello. En cuanto la tenía cerca, perdía la razón, la compostura.
Posó a su esposa en la cama con quizá menos delicadeza de la que hubiera pretendido. Tracie no parecía ofendida por eso; al contrario, rio cuando su trasero rebotó sobre el colchón.
—¿No deberías cambiarte de ropa? —preguntó ella—. Cogerás una fiebre si sigues así.
—Tienes razón. Ya empiezo a entrar en un estado febril.
La instó a apoyar la espalda en el colchón y la cubrió con su cuerpo. Volvió a besarla y Tracie olvidó que desconocía mucho sobre lo que iba a suceder. Iba a confiar, tanto en Hayden como en su instinto. La humanidad llevaba haciendo aquello desde tiempos inmemoriales, ¿verdad?
Sintió los labios de Hayden sobre los suyos y abrió la boca para recibirlo. Recordaba muy bien las sensaciones que la embargaron en el jardín, en aquel primer beso; esta vez era aún más intenso.
El peso de su esposo sobre ella se sentía delicioso; parecía desmentir que pesaba sus buenos ochenta kilos.
Ni siquiera la humedad de sus prendas arruinaba la experiencia.
Al contrario, podía pasar las manos por la espalda y palpar sus músculos, la forma en que se movían los omóplatos cuando Hayden ondulaba la espalda; era capaz de sentir el calor de su piel a través de la tela.
Y todo sin dejar de apreciar lo que la lengua masculina hacía en su boca. Una especie de danza suave y sensual, cargada de promesas que Tracie aún no podía dilucidar.
—Entonces, sí se puede hacer esto con ropa —dijo cuando la boca de Hayden bajó por su cuello.
—Se puede hacer de muchas formas, Tracie, pero hoy…
esta primera vez… —Llegó con sus labios a los botones frontales del vestido de tarde de su esposa.
Lo desabrochó hasta revelar la piel clara y los montículos que formaban sus senos por el borde del escote—.
Esta vez lo haremos desnudos. No quiero que nada se interponga entre tú y yo.
La reacción inicial de Tracie fue la sorpresa y una dosis de pudor.
—¿Y si no te gusto? Siempre me has visto vestida, Hayden.
Hayden rio. Su esposa lo miró sin entender.
—Eres tan graciosa. —Volvió a besarla en los labios—. ¿No gustarme? —y la risa se mezcló con besos.
Ella quedó algo obnubilada por la risa de él; era tan escasa que cada vez que lo escuchaba se sentía como una ópera. Por el brillo en su mirada supo que no se burlaba; solo hallaba absurdo presuponer que no podría gustarle.
Hayden se incorporó, poniendo las rodillas sobre el colchón, para empezar a desvestirse. Tracie olvidó sus inseguridades. En cuanto el pecho de su esposo estuvo al desnudo y se maravilló de verlo así, comprendió que su propia desnudez tendría el mismo efecto en él.
El pudor se evaporó; fue reemplazado por un sentimiento de poder. La forma en que Hayden la miraba la hacía sentirse más que bella; los adjetivos como bonita, atractiva o agraciada quedaban cortos. Para él, Tracie era la mujer más absolutamente majestuosa del mundo.
Cuando llegó el momento de la última prenda, Tracie sintió que ardía. Ella aún estaba vestida; él le obsequiaba su desnudez a modo de demostración de confianza.
La guiaba, le mostraba el camino y le hacía experimentar cada sensación a modo de enseñanza.
«Esa misma atracción que sientes, la siento yo».
«Ese fuego que te atraviesa, me atraviesa a mí también».
«Ese palpitar hambriento, que crece, crece a su vez en mí».
Hayden terminó de quitarse la ropa interior y el pudor perdió la batalla en Tracie. Observó cada rincón de su anatomía, se puso también de rodillas y extendió la mano.
—¿Puedo?
—Te lo suplico —respondió él.
Tracie lo acarició. Empezó por los hombros, los brazos, hasta las muñecas. Luego fue hacia los pectorales, el vientre plano y más abajo. No se atrevió a tocar, y notó cómo la respiración de Hayden se aceleraba por la expectación.
Quería que lo tocara, pero le daba tiempo.
Ella desvió su mano hasta las caderas de su esposo; eran tan distintas a las de ella… No se redondeaban, sino que los huesos se adivinaban por debajo de una musculatura firme, fruto de horas de equitación.
Tracie lo miró a los ojos, juntó coraje y empezó a desvestirse. Se mostró algo insegura, indecisa con cada botón. Pero cuando dudaba, le bastaba unir sus ojos a los de Hayden para leer en ellos el infierno y el paraíso que ardían en su interior.
Era compartido. Ella también lo sentía así; era extraño. Se trataba de la experiencia más excitante de su vida, a la vez que una fuerza dentro de ella buscaba ponerle fin.
Ni siquiera sabía cómo debía terminar eso, pero su cuerpo clamaba la culminación. La consumación.
Se quitó el vestido y quedó en camisola. El corsé era frontal; desató los lazos y ganchillos.
—¿Me ayudas? —pidió—. Quitar todos los lazos es más molesto que solo quitarlo por encima de la cabeza.
Tracie alzó los brazos y Hayden deslizó la prenda hacia arriba. La camisola era de un algodón tan fino que transparentaba más de lo que ocultaba. De todos modos, ella se la quitó. Se cubrió de inmediato los senos con el antebrazo. La respiración se le agitó al notar que tenía los pezones sensibles.
Él la adoró con la mirada; no le pidió que se descubriera ni que siguiera hasta quitarse la última prenda. Aguardó, calmo, a que Tracie descubriera que la inseguridad no tenía sitio entre ellos dos. En sus manos estaba el poder; él era un feligrés pidiéndole a una diosa que le otorgara su gracia.
Cada segundo de espera se hizo eterno y, con cada respiración, la excitación de Tracie crecía. Desvestirse ya no era algo que hacía por él; necesitaba arrancarse las prendas. Cada roce de sus pololos, la misma presión que ella hacía sobre sus senos, la estaba volviendo loca.
Se le ocurrió una única solución. Se acercó a Hayden, se pegó a él, hasta que sus senos quedaron cubiertos por el pecho de él, y lo besó.
Hayden soltó un suave gruñido de victoria y la pegó más a él. Cada centímetro de piel, sin que cupiera siquiera un alfiler. En esa unión, Tracie pudo sentir el calor de su miembro sobre el vientre y lo deseó.
Esa parte sí se la sabía; lo había visto con los animales. Él tenía que entrar dentro de ella. Intentó imaginarlo y, sin conseguirlo por completo, las pocas imágenes que se proyectaron en su mente bastaron para hacerla arder.
Él la volvió a recostar sobre el colchón. Le quitó los pololos y, en esa ocasión, Tracie contuvo el impulso de pudor. No se cubrió; dejó que Hayden la devorara con la mirada.
—¿Cómo debo ponerme?, ¿debo darme la vuelta?
—Así estás bien.
—Estoy lista —dijo, dándole ánimos.
Hayden sonrió.
—Mmm.
—De verdad, estoy lista —insistió ella—. De hecho, no sé cómo describirlo, pero se siente…
La sonrisa de Hayden se amplió.