Capítulo 26 #3
—Sí, ¿verdad? ¿Has visto? No tenías nada que temer.
—¿Entonces? ¿Qué viene ahora?
—¿Ansiosa?
—Un poco. Hay algo, Hayden, dentro de mí que me clama que terminemos con esto y no sé qué es.
Hayden la estudió, evaluó si se refería a terminar con ese mal momento o si necesitaba un orgasmo tan urgente como él.
La respuesta de Tracie fue física: se mordió los labios a la vez que cerraba las piernas con fuerza, ejerciendo presión en su centro.
Las caderas se movieron instintivamente, buscando ese alivio del que hablaba.
—Yo también lo siento —la tranquilizó.
Volvió a besarla.
Sus manos la exploraron, buscaron cada rincón sensible. Le acunó los senos, pasó los pulgares por sus pezones sensibles, besó la piel del esternón, el valle entre los pechos y bajó por el vientre hasta trazar círculos con la lengua en su ombligo.
Le hizo abrir las piernas y se situó entre ellas. El simple movimiento de abrirse para él hizo temblar a Tracie. Hayden respiraba más hondo, más rápido, y ya no quedaba vestigio alguno del frío del cubo de agua ni de la tormenta exterior. Era puro fuego.
—La primera vez puede ser algo incómoda para ti, Tracie.
—Vale, no importa.
Hayden rio una vez más. La ansiedad de ella lo estaba volviendo loco.
—Sí importa. Quiero que sientas placer. Quiero que desees esto, que me lo pidas cada vez que lo necesites, que nunca lo pienses como una obligación.
—Es que ya se siente muy bien, Hayden.
—Pero se puede sentir mejor.
—Lo dud…
No terminó su sospecha. Hayden la acarició en el centro mismo que palpitaba por atención. Esparció la propia humedad de Tracie por la entrada y buscó el punto exacto del placer femenino.
—Hayden…
La intensidad del placer la tomó por sorpresa.
No había mentido; hasta entonces, aquella era la experiencia más excitante de su vida, y, si le hubieran dicho que ahí terminaba todo, aun así, ella hubiese insistido en repetirla.
El calor, los cosquilleos, los besos… rayos, eso era más que suficiente.
Pero esto… esto excedía cualquier expectativa. No había nada mejor, no existía…
Hayden introdujo un dedo en ella, sin dejar de acariciar el punto sensible. Tracie soltó un gemido y sintió cómo los músculos de la pelvis se tensaban en torno a esa intromisión.
Quiso reír, quiso llorar. Eligió lo primero y, cuando el sonido de su risa se mezcló con los gemidos, Hayden sonrió y se inclinó sobre ella para besarla. Por supuesto, sin dejar de atender esa necesidad ardiente que crecía y crecía y crecía dentro de ella.
—Ahora sí estoy lista —dijo de manera entrecortada.
—Sí, cariño, ahora sí.
Tracie lo besó, lo acarició, mientras él continuaba construyendo su placer. Al decir que estaba lista se refería a algo más que a su cuerpo respondiendo a los estímulos; era la comprensión de lo que sucedería.
Buscó probar su descubrimiento, llevó una mano hacia abajo y acarició la longitud de Hayden. Movió la mano de acuerdo con el ritmo que le clamaba su propio cuerpo, un suave vaivén que les daba placer a los dos.
—Tracie… —gruñó él, posando su frente en la de ella.
Iba a perder el control, lo sabía. La caricia de su esposa era inexperta, sí, pero también jodidamente precisa. Tracie descubría el placer y era tan generosa como en los demás aspectos de su vida.
Solo que, en cuanto él entrara en su cuerpo esa primera vez, habría dolor y era posible que el goce de ella se retrajera. No podía permitirlo.
Se incorporó sobre sus rodillas; con eso consiguió apartarse de su caricia de fuego. Le cogió las piernas y las puso sobre sus hombros. Le besó las pantorrillas, las rodillas, los muslos, hasta llegar con su boca al centro de Tracie.
Con su lengua sobre el botón de placer y su dedo en el interior de ella, la llevó al orgasmo en pocos segundos.
Los suaves sonidos que hacía Tracie al alcanzar la cima eran merecedores de una sonata. La más bella sonata jamás oída.
—Hayden —suspiró ante el último espasmo.
—Eso es lo que deberías sentir. Siempre. Si alguna vez no lo consigo, no me lo perdones hasta que lo remedie.
—Lo mismo valdría para los dos, ¿verdad?
Tracie lo hizo regresar sobre ella. La mecánica del amor ya no guardaba tantos secretos; sabía lo que le faltaba al acto. Hayden se acomodó entre sus piernas y posó su miembro en la entrada húmeda de su esposa.
Lo demás fue natural; el deseo de él lo hacía empujar y el de ella se abría para recibirlo. Hayden fue lento, gentil. Atravesó la barrera de la virginidad con suavidad y mitigó el dolor de Tracie de esa primera invasión.
Ella no tuvo miedo; esperó paciente a que el placer regresara y, aunque la molestia le impediría alcanzar la cima una vez más, disfrutó del acto de igual modo.
Se deleitó al sentir el cuerpo de Hayden sobre el de ella, los besos hambrientos, las caricias precisas y, sobre todo, la belleza de su esposo al alcanzar el placer.
Cuando todo terminó, Hayden permaneció sobre ella unos instantes más, respirando agitado, con la frente apoyada en el hombro de Tracie.
Afuera, la tormenta seguía descargando su furia contra los ventanales, pero en aquella habitación no existía nada más que el calor de dos cuerpos y el sonido acompasado de dos respiraciones que poco a poco volvían a la calma.
—Entonces yo tenía razón —le susurró Tracie.
—¿En qué?, ¿en que debería haberte dado explicaciones antes?, ¿en que soy aburrido?, ¿en servir sorbetes de limón en nuestra fiesta?
—Vaya, al parecer tengo razón siempre.
—Es lo que empiezo a comprender. —Le dio un beso en el hombro.
—Pero me refería a otra cosa, a que cuando me besaste en el jardín eras preso de un estado febril delirante.
—¿Eso piensas?
—Y ahora me lo has contagiado. ¿Crees que tenga cura?
—Espero que no, que no haya remedio para esta fiebre que compartimos los dos.
Se adormecieron con el sonido de la lluvia golpeando en las ventanas.
Los dos soñaron lo mismo. Soñaron que eran marido y mujer, que ya no tenían nada que perdonarse ni explicarse, y se despertaron para comprobar la más bella de las verdades: que no hay que escatimar en sueños, porque los más maravillosos se hacen realidad.