Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 26
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Capítulo 26

No necesitaron ponerse de acuerdo. Tracie se subió al coche con el que había ido a la casa de los Hilton y Hayden montó a Febo a la par de este; juntos recorrieron las calles que los separaban de la casa londinense.

En vano era emprender un viaje mayor hacia la casa de campo. A Barnaby Graves, el mayordomo, le daría un soponcio por la sorpresa, pero el barón esperaba que se recuperara. ¿Lord Hayden arribando sin dar aviso? Ese tipo de improvisación no era propia de él.

Pero ahora estaba Tracie en la ecuación.

Cuando Hayden supo que ella era la indicada, no fue por ningún motivo lógico. Aún recordaba el rostro de su tía Honora la tarde en que le informó de su decisión.

«Haré a la señorita Plageman mi esposa y espero que respetes mis deseos», dijo, sin siquiera ser consciente de cuáles eran estos.

Sentía la certeza en sus entrañas, en el cosquilleo que le recorría la piel cuando estaba cerca de ella, en el modo en que las comisuras de sus labios siempre formaban sonrisas ante las ocurrencias de la muchacha, la expectación que lo invadía al saber que la vería en un evento, que sus caminos volverían a cruzarse, que él intentaría conversar con torpeza y ella…

Ella siempre lo escuchaba.

Hayden tenía absoluta conciencia de ser uno de los hombres más aburridos de Londres.

Había sido un niño aburrido tras la muerte de sus padres, un joven aburrido cuando sus amigos se divertían con andanzas y, para sorpresa de nadie, un hombre aburrido en su adultez.

Notaba cómo las personas bostezaban a su alrededor o el modo en que las damas buscaban cambiar de tema cuando él se embarcaba en alguna de sus disertaciones.

Con los años, dejó de ofenderse y aceptó que así fuera siempre.

Incluso aprendió a sacar ciertas ventajas: elegía los temas de conversación más tediosos para castigar a ciertas personas que habían sido crueles o recurría a alocuciones eternas cuando un amigo necesitaba una distracción para escapar con una amante o plantear una jugarreta.

No sería nunca el estratega de una diversión, pero había aprendido a participar, a su manera, de la diversión ajena.

Se había conformado con ese rol en las sombras.

Hasta Tracie.

Ella lo escuchaba, siempre, y no solo por cortesía.

En la siguiente conversación, sacaba a colación algún tema pendiente.

Los diamantes, la disposición de los jardines, las corrientes de aire, el latín…

Daba muestras de haber registrado la charla e incluso de haber ahondado en los temas.

Jamás lo callaba, salvo cuando lo hacía para tomarle el pelo.

Y, sobre todo, nunca fingía. Si Tracie te ponía atención lo hacía de verdad y, si se aburría… sencillamente lo decía.

«Está aburriendo a todos, milord». Tan simple como eso. Luego soltaba una sonrisa que ponía de manifiesto que detrás de su expresión no había atisbo de crueldad y listo.

Pero de todo eso no fue consciente entonces. Lo sabía su cuerpo antes que su cabeza y, en un arrebato demencial, se levantó una mañana, fue a un joyero y compró una alianza. Habló con su tía y…

Y apareció Edmund Clarke.

Desde ese instante hasta el presente, Hayden hizo un acto de reflexión tras otro. Analizó con mente crítica y metódica cada razón detrás de sus sentimientos; concluyó lo obvio:

Amaba a Lady Tracie Plageman de Kensington. La había amado entonces y la amaba más ahora.

La quería por su terquedad, la adoraba por no haberse doblegado a la responsabilidad marital, la veneraba por su sentido de justicia, que la había llevado a Londres a advertir a los Hilton, algo que él no había hecho por miedo a que Tracie se enterara de la verdad detrás de las acciones de Edmund Clarke…

La amaba porque, en lugar de conformarse con ser baronesa, les había dado tiempo a los dos de conocerse de verdad, de poner en palabras ese mar de sensaciones que siempre había flotado entre ellos.

Parecía contradictorio, pero le agradecía que no lo hubiera perdonado ni dejado pasar sin más lo sucedido.

Ahora veía con claridad que empezar esa relación sobre una mentira o una verdad a medias era una traición a los sentimientos que compartían.

Significaba conformarse con migajas cuando podían tenerlo todo.

Aunque ella hubiera llorado por eso.

De recordarlo, quería darse la vuelta con Febo, buscar a Edmund Clarke y cumplir sus amenazas.

Supo que Tracie había averiguado todo cuando la oyó llorar a través de la puerta que unía sus alcobas. Escuchó sus sollozos ahogados y la conversación susurrada con Edith.

«Estuve a punto de arrastrar a mi familia a la desdicha», era su lamento. No un corazón roto, como temió en un principio, ni su orgullo herido.

Tracie estaba por encima de esas banalidades.

Ella había llorado porque por poco su ingenuidad hacía infeliz a alguien más que a ella misma.

Hayden se dio cuenta de que había cerrado las manos en firmes puños al notar que Febo tiraba de la rienda.

—Y el muy capullo tiene el descaro de insultarla —masculló.

Tracie asomó el rostro por la ventanilla.

—Hayden, estás hablando solo.

—Lo sé, pero es que no encuentro otro modo de purgar mi ira y me has prohibido matarlo, ¿recuerdas? Dijiste que no querías que terminara en prisión.

—Tampoco en un manicomio.

—Tus requisitos son cada vez más difíciles de cumplir.

Tracie rio.

—Cada día se te da mejor eso de bromear…

—No era una broma. —Hayden sonrió.

—Ya.

El carruaje de ella se detuvo en la puerta de la casa londinense de la baronía. Hayden bajó de su montura. Barnaby Graves apareció ante ellos con el rostro blanco como el papel.

—Milord, milady… no los esperábamos. —Hizo una reverencia y corrió despavorido de regreso a la casa.

El barullo inició de inmediato. Gritos, vozarrones, órdenes. Las cortinas se abrieron, el ayudante de cuadra salió arremetiéndose la camisa en los pantalones para recibir las monturas, las criadas pasaban recogiendo las sábanas blancas que cubrían los muebles del polvo…

—Démosles unos segundos —propuso Tracie, de pie en el umbral de la puerta—. Mientras tanto, puedes explicarme cómo te has enterado de dónde estaba y de qué estaba haciendo.

Hayden dio un paso al frente. Quedó un escalón por debajo de ella. Por primera vez, las alturas parecían igualadas. Nadie debía alzar el rostro o bajarlo demasiado para mirarse a los ojos.

—Te oí llorar y obligué a Edith a confesar.

—Ya veo, seguro te costó mucho —dijo Tracie, rodando los ojos.

—Pues me costó más que otras criadas. Louise no tuvo reparos en delatar su parte en la investigación.

Tracie rio.

—Debo recordarme cubrir a Louise para que no junte polvo.

—¿Qué?

—Algo que me enseñaron tu tía y Joyce.

Hayden se estremeció.

—Cualquier cosa que te haya dicho mi tía, olvídalo, por favor.

—¿Por ejemplo, que tú querías casarte conmigo antes de la aparición de Edmund Clarke? ¿Debo olvidar eso?

El barón la miró nervioso.

—Tracie… yo…

—¿Tú qué?

—Yo no soy un maldito maquinador —dijo con sus ojos azules fijos en los de ella—. No te besé porque quisiera arrastrarte aquí, no soy un manipulador ni…

—No, esa es tu tía. Lo sé. —Tracie sonrió. Hayden volvió a respirar.

—No quiero que pienses que te engatusé para que te casaras conmigo. Estaba dispuesto a renunciar a ti por tu felicidad. Que yo haya deseado desde antes este matrimonio no quiere decir…

—Hayden… —Tracie le puso el índice sobre los labios—. Shhh. No pienses más; por un segundo, pon en pausa esa maquinita que tienes dentro de la cabeza. Piensas tanto que piensas hasta lo que no sucede, imaginas mil escenarios ficticios y te preocupas por todos ellos. ¡Debes de estar agotado!

Los hombros del barón cayeron.

—La verdad… sí, estoy un poco agotado.

Tracie sonrió.

—El problema de pensar tantos escenarios es que confundes el real con los ficticios, Hayden. Has pensado en renunciar a este matrimonio para hacerme feliz, cuando solo este matrimonio puede hacerme feliz.

Hayden sondeó los ojos castaños de Tracie, leyó en ellos la verdad y el peso sobre sus hombros pareció desaparecer.

—Dejaste en claro que ser baronesa te parecía una condena.

—Lo sé. En ocasiones, miento.

—Tú nunca mientes.

Tracie rio a carcajadas.

—¡Claro que miento! Dije que no fui yo quien puso las arañas en la cama de la señora Saleman y le mentí a mi madre sobre adónde fui cuando te vi ebrio, recitando el discurso del ex primer ministro.

También mentí al decir que me gustaba el vestido de terciopelo verde, porque era demasiado costoso y creí que pensarían que era una muchacha sin sentido del gusto…

—Esas son mentiras inocentes.

—Y mentí cuando dije que odiaría ser una baronesa, Hayden. Esa mentira no es tan inocente, ¿verdad?

—¿Por qué lo dijiste?

—Pues… Seguro lo has oído de tu tía: «Las Plageman somos el epítome del pragmatismo».

—Para mi tía eso es un halago.

—Lo sé. Para mí también. Mi madre ha sido pragmática toda la vida, por eso mi tía la eligió tutora de mi primo.

Noreen estuvo dispuesta a fingir un compromiso por pura practicidad.

Francie era capaz de conformar un matrimonio con un amigo, porque entendía que una mujer soltera era una carga y, si debía renunciar al amor, al menos se podía aferrar a la amistad…

—Tracie se mordió el labio—. Mi forma de pragmatismo fue no soñar con lo que no podía tener.

Si empezaba a comparar a todos los hombres contigo, no me iba a enamorar de ninguno, Hayden.

Has puesto la vara muy alta, ¿sabes? Empecé a repetirme que tú no eras el indicado para poder enfocarme en los que sí lo fueran; es una pena que el único que se creyó tamaña mentira hayas sido tú.

Porque yo, en el fondo, jamás logré convencerme a mí misma de que existía alguien más que tú.

Hayden se quedó sin palabras. Llevó la mano a la nuca de ella; quería saborear en sus labios esa confesión. Beberla, degustarla, probar la dulzura de saber que era querido.

Ella lo apartó.

—¿Tracie?

—Es que ahora te toca a ti.

—Te quiero.

Volvió a acercarse para besarla. Ella se alejó una vez más y le sonrió.