Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 25 #2
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Capítulo 25 #2

Se puso de pie y caminó por el salón hasta procesar lo descubierto. Poco a poco revisó su historia, cada instante, cada momento.

Ahora que tenía la información que le faltaba para perdonar, el perdón era innecesario. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de una actriz más en esa historia.

—La señorita Hilton.

Louise la miró.

—¿Qué dicen de la señorita Hilton?

—Pues que es el reemplazo perfecto —expuso la criada—. Incluso mejor, porque Lucy Hilton es hija única, ha sido criada entre algodones y es más inocente que usted. Los padres la proveen de todo; incluso han incluido una paga en los acuerdos matrimoniales.

—¿Aún no se ha casado entonces?

—No. Lo harán a fin de mes.

Tracie volvió a respirar.

—Gracias, Louise. ¡Gracias! —Tracie la abrazó y la muchacha se quedó tiesa por la sorpresa—. Es hora de que salvemos a la señorita Hilton. No todo el mundo tiene la enorme fortuna de contar con Lord Hayden Kensington en su vida.

La charla con los Hilton fue mucho más sencilla de lo que Tracie había imaginado. No había llevado pruebas, solo la firme convicción de que no podía permitir que otra mujer cayera en la misma trampa en la que ella estuvo a punto de caer.

El señor Hilton escuchó en silencio. La señora Hilton se llevó una mano al pecho varias veces y la señorita Lucy Hilton, muy pálida, acabó por comprender que aquel compromiso no era una bendición, sino una desgracia.

Tracie no necesitó añadir dramatismo. Bastó con describir quién era realmente Edmund Clarke y lo que había averiguado. Al final, la madre abrazó a su hija entre lágrimas y el padre prometió ocuparse personalmente del asunto.

—Gracias, Lady Kensington —susurró Lucy—. No tenía que hacer esto por mí.

—Sí tenía —respondió Tracie con una sonrisa—. Las mujeres deberíamos advertirnos unas a otras cuando vemos un precipicio.

Rechazó quedarse a cenar y abandonó la residencia satisfecha. Antes de que bajara el último escalón de la escalera de ingreso, un coche frenó en la puerta. Edmund Clarke descendió de él con una sonrisa arrogante que murió al instante al verla.

—Señorita Plageman…. Oh, lo olvidaba, Lady Tracie Kensington.

—Señor Clarke.

La expresión de él se endureció.

—¿Qué demonios haces aquí?

—¿Qué cree que hago aquí? —repreguntó ella.

Clarke adivinó que Tracie ya no era la inocente muchachita que creyó conocer. Tal vez nunca lo fue.

—¿Has hablado con ellos?

—Sí.

El rostro de Edmund enrojeció.

—¡Maldita zorra entrometida! —escupió él—. Eras demasiado estúpida para darte cuenta de lo que tenías delante, pero supongo que hasta una idiota puede arruinar la vida de un hombre.

Tracie sintió hervir la sangre.

—Debería apreciar la suerte que tuvo de que Lord Hayden fuera más civilizado de lo que merecía.

—¿Civilizado? —rio Clarke—. Ese lunático me amenazó de muerte. ¿Y sabes qué? No hizo nada. Porque no tiene agallas.

—¿De verdad? —preguntó una voz tranquila que se acercaba por la acera. Llevaba las riendas de Febo en la mano izquierda y hasta el caballo pareció mirar a Clarke con desdén.

Edmund empalideció.

Tracie se volvió de golpe.

—Hayden… —parpadeó ella.

—Buenas tardes, cariño —saludó él—. Creo tener entendido que Joyce te explicó bien que el río de los cotilleos tenía dos corrientes —sonrió. La mirada azul del barón se posó sobre Clarke—. Y, Edmund, debo protestar. Jamás dije que fuera a matarte.

Clarke tragó saliva.

—Yo…

—Dije que podía hacerlo y te di posibilidades. Son conceptos distintos.

—Milord…

—También te recuerdo que sigo contando con esa capacidad.

Tal vez tengamos que rediscutir los puntos de nuestro contrato, Clarke.

En aquel entonces era que Tracie no se enterara de que eres un hijo de perra, basura, que insultabas su buen corazón y ensuciabas su inocencia con viles actos.

Pero mal me temo —agregó en dirección a su esposa—, que mi curiosa baronesa no ha querido dejar las cosas tal como estaban.

Verás, tiene, entre todas las virtudes que ya he mencionado, un alto concepto de la justicia.

De modo que tendrá que darme otros buenos motivos para no matarlo.

Edmund miró a Tracie con todo el odio del mundo reflejado en su mirada. Sabía que el barón decía la verdad, fue ella quien no solo le arruinó las posibilidades de salvarse mediante Lucy Hilton, sino que también le colocaba el precio a su cabeza.

—Maldita…

—Chist —lo calló ella—, no le recomiendo los insultos. Porque yo soy la única que le puede dar las razones a Hayden para que no lo asesine.

—Es cierto —coincidió Hayden.

—Porque, querido —dijo Tracie acercándose a su esposo—, si lo matas, irás a prisión y eso me haría desdichada. Mucho más que saber que el señor Clarke fue, es y siempre será un zopenco.

—En tal caso, me veo atado de pies y manos. Deberé aguardar a que la prisión de deudores haga el trabajo por mí.

—Los dos están locos —gruñó Clarke.

La puerta principal de los Hilton se abrió, y Edmund supo que era solo para ponerle el último clavo al ataúd. Estaba muerto en vida.

—Oh, no —lo corrigió Hayden—. Los locos son impredecibles. Yo soy un hombre metódico. Si alguna vez decidiera matarte, créeme, lo sabrías con bastante antelación.

Clarke palideció aún más. Podía sonar a una broma llena de sarcasmo, pero Hayden no bromeaba, estaba exponiendo un hecho.

—Aléjate de nosotros —dijo finalmente Hayden, desapareciendo toda nota de humor de su voz—. Ya has intentado arruinar suficientes vidas.

Edmund no respondió. Estaba sitiado. Subió al carruaje y ordenó partir, aunque ya no había destinos posibles. Todas las herederas estarían advertidas por los Hilton.

Tracie observó cómo desaparecía calle abajo.

—¿Querías evitar una vez más que sufriera? —preguntó, volviéndose hacia su esposo.

—No —se lamentó Hayden—. He entendido que es imposible evitarte todo mal.

—¿Entonces?

—Quería recordarte que, aunque el dolor a veces sea inevitable, atravesarlo a solas es opcional. Siempre contarás conmigo, Tracie.

—Y tú conmigo.

El beso que compartieron en la puerta de los Hilton fue visto por los criados de los Hilton, que se lo dijeron a la dama de compañía de Lady Wigley, que lo comentó con la doncella de la señorita Bakebell, que no tardó en compartirlo con el cochero de los…