Capítulo 25
La fiesta había resultado un éxito rotundo. La mayoría de los invitados se había convencido de que los rumores sobre ese matrimonio solo podían ser producto de mentes fabuladoras y aburridas.
—Por fin se puede ver un matrimonio con decoro —dijo el anciano Lord Mawson a quien quisiera escucharlo—. Que las nuevas generaciones se hayan inclinado por demostraciones excesivas de afecto en público, que no hacen más que incomodarnos a todos, no quiere decir que esas formas sean las correctas.
Esa fue la sentencia del éxito. Esa y el sorbete de limón, claro. Lady Honora no dejaba de repetir que había escuchado cómo la marquesa prometía repetir esa elección en su gran evento de la temporada.
Evento al cual, desde ya, la nueva baronesa estaba invitada.
El problema con el éxito de esa fiesta era que los invitados seguían allí. A muchos de ellos les habían facilitado alojamiento en la casa, con todo lo que eso implicaba: más listas.
Tracie iba y venía, atendiendo cada necesidad de personas a las que nunca les había visto la cara.
Hayden, por su parte, se ocupaba de su parte de anfitrión. Tracie se compadecía de él y, por supuesto, de Whippet, Archie, Leto y Febo, quienes debían cumplir un papel de apoyo emocional para el barón cuando este se agotaba de la interacción social humana.
Más de una vez lo había observado tras las vallas de las caballerizas, en silencio, cepillando a Febo al tiempo que dejaba ir, con cada pasada del cepillo, la tensión acumulada. Con Whippet reía y con Archie… con él empezaba a amigarse.
Como fuera, ni Hayden ni Tracie tuvieron tiempo para abordar la conversación pendiente. Ella sabía que su esposo quería hacerla desistir y él sabía que su esposa preferiría una confesión de su parte.
Ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder.
No solo porque la nueva baronesa hubiera entendido que, si quería que ese matrimonio funcionara, necesitaría, en ocasiones, igualar en terquedad a su marido, sino porque, además, Inglaterra estaba decidida a brindarles extraños días de sol. No habría lluvias en los próximos días.
—Joyce, te necesito —anunció Tracie en una de sus idas y vueltas.
—Si es para corretear como tú, pues me haré la sorda. Mi trabajo como amiga ha terminado con el cierre de la velada; ahora soy solo una invitada más.
—No, no es para que trabajes. Necesito que me enseñes cómo y cuándo descubrir los muebles para que junten polvo.
—¿Qué? —Joyce la obligó a sentarse, aunque fueran cinco minutos—. Cualquiera diría que te la estás pasando bien como baronesa.
—Es un infierno —se quejó Tracie. Tenía las mejillas sonrosadas y la piel perlada por el sudor.
Joyce ladeó la cabeza.
—Hay demonios en el infierno que danzan menos felices que tú.
Tracie sonrió.
—Reconozco que tiene su parte buena. He descubierto que, si siento a un economista renombrado con un político con poder, puedo conseguir que, entre juegos de naipes, se pongan de acuerdo en cómo mejorar los ingresos de los trabajadores fabriles.
O si consigo que cierta lady quede satisfecha con cierta otra, las dos emprenden una obra benéfica para los huérfanos…
—Vaya, has aprendido rápido.
—Y no es necesario que mienta ni sea sarcástica.
—La mejor parte. Lo que me lleva a recordarte que me has dicho algo del polvo que creo que ha sido una analogía de las que odias. Así que dime, ¿qué quieres averiguar?
—Quiero averiguar los secretos de Edmund Clarke.
—¡¿Qué?! —Joyce lució realmente sorprendida—. Creí que era un capítulo cerrado. ¿No habrás caído en la trampa de Lady Evelina, verdad? ¿No…?
—¿A qué te refieres?
Joyce bajó la voz.
—¿Pretendes reabrir esa herida en el barón por venganza?
—¡Joyce, no! Me conoces mejor que eso.
—Sí, pero es que te vi tan celosa anoche…
Tracie hizo un mohín.
—Lo estaba. Muy celosa, ciega de celos, Joyce. No podía soportar la idea de que Hayden hallara en otra mujer lo que… lo que…
—Lo que debería hallar en ti.
—Sí. Los celos se evaporaron cuando lo oí con Evelina; no tenía ninguna intención de retomar su relación. Lo que me lleva al problema de nuestra relación. Yo no quiero abrir viejas heridas, sino cerrarlas. Lady Honora tenía razón, Joyce. Aún me cuesta creerlo, pero Hayden sí quería este matrimonio.
—Ooooh. —Joyce posó el rostro entre las manos y compuso un gesto ensoñador.
—Pero no fue por eso por lo que amenazó a Clarke de muerte.
—Ooooh. —En esa ocasión sonó a lamento.
—Oye, que esa es una buena noticia. Imagina estar casada con un hombre que no controla sus arrebatos posesivos.
—Ooooh. —Volvía al tono ensoñador.
—¡Joyce!
—Bien, bien. Hayden tuvo otros motivos para querer asesinar a Clarke, otros menos importantes que su deseo de hacerte suya. Suya y solo suya.
—¡Joyce!
Tracie se sonrojó y Joyce carcajeó.
—¿Y qué quieres saber exactamente?
—Al parecer, el otro motivo posible por el que Hayden hubiera actuado de ese modo irracional es porque…
—Te ama.
—Porque Clarke iba a herirme, Joyce.
—Y eso le preocupaba al barón porque te ama. Ooooh —volvió a exclamar.
Tracie aceptó la idea con una sonrisa.
—No me lo ha dicho con esas palabras.
—No, te lo ha dicho con un montón de acciones, que son mucho más bonitas.
—Como sea, quiero perdonarlo y, para perdonarlo, necesito saber. Y para saber…
—Necesitas descubrir el mueble y dejar que junte polvo. Lo tengo.
—Pero yo no sé cómo se hace eso.
—Muy sencillo. —Joyce bajó la voz y se inclinó hacia su amiga. Tracie hizo lo mismo y sus rostros se unieron en el centro de la mesa para susurrar con complicidad—. Tienes que enviar a Louise al mercado el miércoles…
—Mañana.
—¿Mañana es miércoles? Rayos, el tiempo vuela. Bien, mañana. Louise tendrá que comentar que el barón no ha invitado al señor Clarke a esta fiesta y listo. La rueda está en marcha.
—¿Y cuándo me entero de lo que quiero?
—Eso nadie puede saberlo con certeza. El río de cotilleos tiene corriente y contracorriente.
Cuando tú lances la información hacia ese lado, la respuesta regresará hacia aquí.
Por eso Louise debe mencionar que Clarke no fue invitado; de ese modo, los criados conjeturarán los motivos en función de la información que tienen.
En una semana, a más tardar, alguien le estará contando a Louise todos los sucios secretos de Edmund Clarke que sostengan la sabia decisión del barón de no invitarlo.
—Oh, Dios mío. Si hubieras nacido en la época napoleónica, Joyce, la guerra hubiera durado tres días.
—Una semana, Tracie —corrigió Joyce con falsa humildad—; al fin y al cabo, no puedo ir más rápido de lo que viaja el mensaje.
Tracie rio. El ama de llaves la llamó y debió marcharse.
—Separen más pastel de chocolate y cerezas para Lady Joyce —ordenó—, se lo ha ganado con creces.
Tras lo cual, fue directa a hablar con Louise.
Louise fue consciente de que su lady le había permitido conservar el puesto de trabajo. Desde entonces, se convirtió en su fiel servidora. En cuanto ella le explicó lo que deseaba averiguar, la criada tomó la tarea como una misión de vida o muerte.
—Milady —susurró tras llamar a la puerta—. El gato está en la caja.
—¿Qué?
—El gato —repitió, guiñando un ojo—, está en la caja. —Otro guiño.
—Sabes que detesto el maltrato animal.
Louise cerró la puerta.
—Que he averiguado lo que me pidió.
—Ah, y dilo así. Pasa, pasa. ¿Té? —Tracie le sirvió la infusión a su criada, algo que seguía desconcertando al personal—. Cuéntame.
—¿Está segura?
—¿Tan grave es?
—No, pero…
—Tal vez hiera mis sentimientos —completó Tracie. Se lo esperaba, ya había adivinado que ese era el motivo de Hayden para ocultarle la información.
—Edmund Clarke está arruinado. La empresa de su padre irá a la quiebra, pero mucho antes de eso fue desheredado. Su libertinaje, sus apuestas y el gasto en queridas exceden por mucho el presupuesto de cualquier persona, pero mucho más el de él.
—O sea que me pretendía por el dinero.
Louise hizo silencio. Bajó la mirada.
—Dilo, por favor —insistió Tracie. Louise se sentía mal.
—Clarke ha comentado en varias ocasiones que usted era la «presa perfecta»: ingenua, rica, lo bastante atractiva para cumplir con las obligaciones matrimoniales sin demasiados sacrificios, y lo suficientemente tonta para no darse cuenta cuando su esposo tuviera amantes, pero, en especial, querida por su familia…
—Vaya, qué halagüeño. —Tracie sintió el nudo en la garganta, no por el dolor de saber que no fue querida por el señor Clarke; eso le importaba un pimiento, sino por haber sido burlada.
No pudo evitar pensar que quizá el muy maldito tuviera razón y fuera tonta después de todo.
Su esposo pensaba que ella era lista, eso la consolaba.
Hayden había sabido que esa verdad le dolería, pero no contó con la otra parte: que él podía hacer que dejara de doler, que se sintiera como apenas una espinita fácil de remover.
Porque —y rio al pensarlo— ella era la elegida por un hombre mil veces mejor.
El único tonto en esa ecuación era Edmund Clarke.
—¿Qué tiene que ver mi familia en todo esto? —preguntó.
—Sabía que su familia no la desahuciaría jamás, milady. Que, mediante usted, podía sacarle a su madre y a su primo todo el dinero que quisiera. Otras familias podrían desentenderse de sus hijas, no los Plageman.
Tracie sintió que le faltaba el aire.
—Rayos, Hayden tenía razón —dijo, con la vista nublada por las lágrimas—, sí que duele. Oh, Louise, hubiera arrastrado a mi familia a la desdicha por mi estupidez. Por ser tan tonta de no ver… de no ver…
—Que el señor Clarke era un crápula.
—No, Louise, por no ver que Hayden siempre estuvo allí. Por ser demasiado cobarde para admitir que era a él a quien quería, pero pensaba que era imposible. Por ser tan ingenua de creer que hay sueños imposibles. —Se cubrió el rostro—. Casi quedo atrapada en una pesadilla por temer soñar.
—¿Milady?
Tracie se mordió el labio para contener el temblor y las lágrimas que arremetían contra ella. ¡Qué tontos los dos! Ella por no atreverse a fantasear, por esconder tras la palabra «pragmatismo» lo que era renuncia; y Hayden por pensar que ella podía ser feliz sin él.