Capítulo 24 #3
—Sigues sin entender, Evelina. Puede que yo no sea el hombre que haga feliz a Tracie, pero ten por seguro que seré el hombre que se asegure de que nadie la haga infeliz.
—¿Así sea que la haga infeliz seas tú mismo?
—No sería la primera vez que me apartara de su camino, Evelina.
Pero no seré yo el único que se aparte. Hoy tú has decidido aguarle la fiesta; has conseguido que Tracie deje de sonreír, aunque sea por un instante…
No quiero tener que ser más específico sobre lo que sucederá si persistes en tu afán de dañarla.
—¿Me amenazarás de muerte como a Edmund Clarke?
—Por favor, Evelina, soy un caballero. Hay otras formas de hacer miserable a la gente, no me pongas a prueba.
Hayden esperaba haber sido claro. Le tomó por sorpresa la respuesta de ella. Lady Evelina alzó la mano; él aguardó la bofetada. En lugar de eso, recibió una suave caricia.
En los ojos de la mujer brillaba la victoria. Hayden se estremeció. Le apartó la mano de su rostro y la vio sonreír.
Siguió la dirección de sus ojos y vio a Tracie, que los observaba a los dos. Él con la mano en torno a la muñeca de Evelina, la palma de ella a centímetros de su piel, la cercanía de los cuerpos.
—Tracie…
***
Había perdido de vista a Hayden en la fiesta.
Eso podía significar únicamente una cosa: a su esposo se le había agotado la cuerda social.
Pidió a Honora que la relevara unos segundos y fue a buscarlo a los jardines.
Si lo hallaba cerca de los rosales, todo estaría en orden.
Si lo encontraba en las caballerizas, con Febo, la nueva yegua Leto, Whippet y ahora Archie, estarían en problemas y se vería en la obligación de fingir un incendio.
O hacerlo real.
Cuando lo vio en las sombras del jardín, soltó el aire, aliviada.
Al ver a la segunda figura, cogió aire de nuevo y lo calentó en su interior con el motor ardiente de su ira. Dio un paso al frente para intervenir; sintió que la vista se le nublaba y que los celos la enceguecían.
Había confiado en él. ¿Y ahora? ¿Eso significaba que estaba perdida?
Entonces lo escuchó:
—Sigues sin entender, Evelina. Puede que yo no sea el hombre que haga feliz a Tracie, pero ten por seguro que seré el hombre que se asegure de que nadie la haga infeliz.
—¿Así sea que la haga infeliz seas tú mismo?
—No sería la primera vez que me apartara de su camino, Evelina.
Pero no seré yo el único que se aparte. Hoy tú has decidido aguarle la fiesta, has conseguido que Tracie deje de sonreír, aunque sea por un instante…
No quiero tener que ser más específico sobre lo que sucederá si persistes en tu afán de dañarla.
—¿Me amenazarás de muerte como a Edmund Clarke?
No era un encuentro de amantes. Era Hayden siendo Hayden. Sus palabras la atravesaron. Era cierto, él se había apartado de su camino pensando que ella prefería a Clarke. Honora no le había mentido.
La falta de consumación era lo que la mujer le había dicho, una puerta de emergencia para huir. Pero no para que ella la usara, sino para que Hayden lo hiciera si consideraba que la hacía infeliz.
Estaba dispuesto a hacerse a un lado una vez más.
¡Dios, qué hombre más terco!
Dio un paso al frente y Evelina fue la primera en verla. La mujer no sabía cuánto había escuchado de la conversación, creyó que recién llegaba e intentó montar una escena para darle celos.
—Tracie… —El miedo a ser malinterpretado brilló en la mirada de Hayden.
—Hayden. Con razón dices que yo soy la persona más inteligente que conoces; mira también con las que te juntas —dijo ella, rodando los ojos—. Milady, de verdad, a estas alturas tendría que saber que no es buena idea hacer enfadar a mi esposo.
El alivio del barón fue total; el sonrojo de Evelina también.
—Milady.
—Aproveche los sorbetes de limón, están deliciosos. —Le señaló con la mano el camino de regreso al salón; la mujer se apresuró a marcharse. Su ardid había fracasado. Una vez que estuvo fuera de la vista, Tracie dejó escapar su chillido frustrado—. ¡Aggg!
—Tracie, no volverá a hacerte daño, yo…
—Tú te has asegurado de eso, ya lo oí. Como toda esa tontería de que tú eres capaz de hacerte a un lado por mi felicidad. De verdad, Hayden, eres la persona inteligente más tonta que conozco. ¿Por eso apartaste al señor Clarke? ¿No porque me quisieras para ti, sino porque él me haría infeliz?
—Tracie…
—Ya, no lo dirás. No lo dirás por miedo a herirme y por toda esa noble tontería tuya. Bien, esto se terminó —sentenció ella. Se volvió para regresar al salón; Hayden la detuvo de la muñeca y la acercó a él.
El más hondo terror se adivinaba en su rostro.
—¿A qué te refieres con «se terminó»?
—A lo nuestro, Hayden. Es evidente, no podemos seguir así.
Tracie sondeó los ojos azules del barón y parpadeó. ¿Eran lágrimas? ¿Esa capa brillante era agua salada a punto de derramarse?
—¿A-anularás el… el… el matrimonio? —balbuceó él.
Tracie frunció el ceño.
—¿Qué?
—Has dicho «se terminó». «Se terminó lo nuestro».
—Claro…
—Tracie, por favor, explícate antes de que muera aquí mismo.
—Espera, explícate tú primero, ¿me darías la anulación si la pido?
Hayden no respondió. Tracie repitió tres veces más la pregunta, hasta que su esposo consiguió articular:
—¿Eso quieres? ¿Eso te haría feliz?
—¡No respondas una pregunta con otra, Hayden! ¿Me darías la anulación?
El hombre parecía a punto de sufrir un ataque al corazón. Tragó saliva varias veces, intentó respirar. Ella aguardó paciente, aunque con menos piedad de la que la caracterizaba.
—No —susurró Hayden—, no puedo dejarte ir. Lo siento, Tracie, no soy tan altruista.
Cerró los ojos, rendido. Había fallado en hacerla siempre feliz, pero, cuando abrió los párpados, vislumbró la sonrisa de ella.
—Bien. Ahora sí podemos terminar con esto.
—Pero si he dicho…
—¡No con nuestro matrimonio, Hayden! Con esta tontería de no te perdono porque no sé, y no te digo porque soy incapaz de herirte. A eso me refiero…
—Ah… Aaah… Aaaaaaaah, a eso te refieres… —Hayden volvió a respirar.
—Sé que no me lo dirás, por esa tontería de «nada puede hacer sufrir a Tracie». Y yo no pienso perdonar lo que desconozco. Eso parece dejarnos en un punto muerto, pero no es así.
—¿No?
—No. Haré lo que debí hacer cuando Edmund Clarke entró cojeando a mi salón: averiguaré lo que ha sucedido por mis medios y listo. Tú no puedes evitar que yo me entere, pero no serás tú quien me hiera, y yo sabré qué tengo que perdonar, y ya podremos poner fin a lo nuestro.
—Deja de usar esa expresión, me aterra.
—Bien, te lo mereces.
—¿Y la disculpa bajo la lluvia?
—Ya nos encargaremos de eso cuando sepa de qué debes disculparte. —Tracie miró al cielo—. Lluvia en Inglaterra es lo que sobra; preocupémonos por los recursos escasos. Es decir, tus explicaciones.
—Entonces, ¿me dirás cómo piensas averiguar lo del señor Clarke?
—Pues con Louise, claro. Ahora entiendo la analogía de los muebles que hay que descubrir y dejar que junten polvo.
—Yo no, no entiendo de qué analogía hablas.
—Ven, nos corresponde una contradanza. Te explicaré lo que tu tía y Joyce me enseñaron sobre la red de cotilleos de los criados…
Los dos regresaron al salón. La familia de ella y de él los vio conversar en confidencialidad. Evelina no había triunfado; por el contrario, había cumplido un papel fundamental. La pareja atravesaba la primera crisis y salía airosa. Lo demás…
Lo demás decantaría por su propio peso.