Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

Los ojos de él se alzaron por encima de su interlocutor y se fijaron en los de ella, un segundo, tras el cual regresó a lo suyo. No miró a Lady Evelina, no mostró atisbo de notar su presencia ni la premió con su atención por esa llegada tarde con pretensiones teatrales.

Lady Evelina quería echar leña al incendio de rumores, Lord Hayden no le otorgaría esa victoria.

—No puedo creer que haya asistido —expresó Lady Honora entre dientes a una Tracie algo desanimada.

—¿Cómo no puedes creerlo? ¡Si tú has insistido en que debía invitarla!

—Claro, pero con la idea de que ella no viniera. Tenía que dar por perdidas sus esperanzas en cuanto viera la invitación.

—Tracie… —Joyce se acercó a ella y la salvó de caer en el abatimiento—, es hora de que dé inicio el baile.

—Rayos.

Hayden fue a su encuentro a paso firme. Se detuvo frente a ella y le hizo una leve reverencia antes de extenderle el brazo para que ella lo cogiera.

—Juro que intenté evitar esto —murmuró Tracie; forzó una sonrisa al notar las miradas sobre ellos.

—Todo saldrá bien.

—No te lo crees ni tú.

—Pues si me pisas, diremos que es la última moda en baile y que ellos son unos paletos que no entienden de arte.

Tracie rio.

—Eso tampoco te lo crees ni tú, pero gracias.

—Confía, Tracie. Solo confía.

Llegaron al centro de la pista y el resto de las parejas los rodeó. La apertura era un vals; había normas que Hayden jamás rompería. La baronesa notó que las demás parejas tomaban distancia de ellos y casi rio de nuevo.

—Al menos no seré la única que sufra.

—Nadie sufrirá.

—¿Puedes hablar de algo?

—¿De qué?

—No lo sé, de alguno de tus temas. Podrías revelarme cómo haces para llegar siempre a tiempo a todos lados.

El primer acorde sonó. Hayden posó una mano en la cintura de Tracie, tomó con la otra la de ella y condujo a su esposa por el salón.

Tracie empezó a destiempo, como era de esperarse.

—Mírame a mí —le ordenó él—. No eres mala bailando, son los demás los que te distraen. Tú dices que yo manejo el tiempo, pero en realidad el problema es que tú quieres estar en más de un sitio a la vez. No puedes observar el baile y ser parte de él al mismo tiempo.

—Pues ellos pueden, no nos quitan la mirada de encima.

—Y así se pierden de disfrutar la música.

—Shh, no lo digas —murmuró ella, cerca del oído de él—, pero la orquesta no es muy buena. La que quería Honora no podía viajar desde Londres y debimos conformarnos con esta.

Hayden contuvo la sonrisa.

—Entonces, los culparemos a ellos de nuestros errores. Como sea, deja de ir al pasado al futuro; quédate en el presente. Ese es el secreto de llegar siempre a tiempo: no vivir en otro momento que no sea el presente.

—Muy filosófico de tu parte, Hayden, pero me suena a patrañas.

—¿Sabías que antes, en la antigüedad, solo podían medir el tiempo de día?

—Ahí vamos…

—¿Empiezo a aburrirte?

—No. Empiezas a ser tú. Sigue.

—Pues usaban obeliscos que proyectaban su sombra; de esa manera podían estimar qué hora era. De allí vienen los relojes de sol…

Hayden siguió con su exposición sobre el avance de la tecnología hasta llegar a los relojes mecánicos y la fabricación de su reloj de bolsillo.

Tracie siguió la conversación; olvidó que junto a ella había más parejas, que ese era su primer baile como baronesa y que se suponía que era torpe.

Cometió algunos errores, fue por momentos a destiempo, pero confió en él y el resultado fue un baile bastante digno.

***

—Hacen una pareja hermosa, ¿verdad? —comentó Honora a Lady Evelina.

—En apariencia —murmuró Evelina Ashcombe.

—Eso es más que apariencia, milady.

—No es lo que se dice…

—Oh, pero se dicen muchas tonterías —agregó Honora. Sorbió de su copa de champaña—. Por ejemplo, tú dices que volverás a ser su preferida. ¡Vaya sandeces que una tiene que escuchar!

—Ya lo creo, milady. Soy una respetable viuda y una simple amiga del barón. No sé de dónde saca la sociedad eso de asumir que nuestra relación es menos que respetable.

Honora ladeó la cabeza.

—Tal vez del hecho de que te hayas vestido como una novia despechada para asistir al primer baile de su baronesa. Pero… ¿quién es una para opinar sobre moda?

Evelina no se ofendió; su teatral entrada cumplió su cometido. Pese a que Hayden la ignoraba, se notaba que lo hacía por pura voluntad.

—A veces se necesita encender un faro para guiar a los marineros perdidos.

—Mi sobrino ni es marinero ni está perdido, milady. Y por algo los faros quedan solos en una roca lejana.

—Esperaba más simpatía de su parte…

—Querida, la simpatía no nos impide ver la estupidez de una congénere ni tampoco el atisbo de crueldad. Tus celos te han cegado, Evelina —agregó en tono más confidencial.

—No estoy celosa.

—No, es verdad. No son celos, es envidia. Un sentimiento aún más bajo.

Evelina hizo rechinar los dientes.

—No tengo nada que envidiar. Sé que los rumores son ciertos; esa clase de cotilleos no se genera en el vacío. El matrimonio del barón no funciona y, tarde o temprano, buscará fuera lo que no halla dentro.

—Tal vez. Lo que me resulta curioso es que pienses que serás tú la elegida.

—Es que lo conozco.

—No lo conoces de nada, Evelina. Podrás saber que tiene una marca de nacimiento justo en la cadera izquierda, pero, muchacha, eso hasta lo sé yo y soy su tía.

La mujer se sonrojó; recordaba muy bien esa marca de nacimiento. Honora tomó la delantera.

—Haber visto a un hombre desnudo no te hace conocerlo. Si de verdad supieras cómo es él, habrías adivinado que no dejará pasar por alto este intento de dañar a Tracie.

—Él no ama a su mujer, todos sabemos que se casó por presión suya, milady.

—Otra vez demuestras no conocerlo. —Sorbió de su copa una vez más hasta que no quedó nada—. Iré a por otra de estas, ¿le apetece?

—No, gracias.

—Usted se lo pierde, milady. Es muy buena champaña y lo único de la baronía que va a poder disfrutar esta noche. —Hizo un leve asentimiento de cabeza antes de marcharse—. Espeo que mi advertencia fuera suficiente, porque si Hayden tiene que explicárselo, va a ser mucho menos gentil.

La fiesta avanzaba ya a su propio ritmo, como solía suceder. Había eventos que requerían que el anfitrión los condujera, que se asegurara de que las conversaciones avanzaran, no se hicieran silencios, no hubiera damitas abandonadas junto al empapelado ni caballeros ebrios que generaran problemas.

No era el caso. Tracie había hecho muy buen trabajo. Sí, con la guía adecuada, pero no dejaba de ser mérito suyo.

Aprendía rápido y…

Empezaba a disfrutarlo.

Se la notaba radiante, sonreía con naturalidad. El cambio de atuendo había sido un acierto; los presentes percibían a la verdadera Tracie, no a la impostada muchacha que sentía que una baronía le quedaba inmensa.

La veían a ella, a la americana que le había robado el corazón.

Buscó aire en los jardines. También él era quien era, sin imposturas.

Un hombre que se agotaba de la interacción social y al que se le terminaban los temas banales para motivar conversaciones.

Un hombre que, si fuera por él, haría sonar la campana del reloj y enviaría a todos a dormir para poder estar unos minutos en paz en la biblioteca, con un coñac y un libro, hasta que el sueño le apagara el cerebro y se durmiera sin pensar.

Pero todos tenían que hacer sacrificios. Tracie se vio obligada a bailar; él podía hacer el esfuerzo de conversar un poco más.

Solo después de respirar y disfrutar unos segundos del silencio de la noche. Desde pequeño llamaba a eso «vaciar los oídos». En las fiestas siempre terminaba con un molesto zumbido que resonaba más en su cerebro que en sus tímpanos; lo detestaba.

—Hayden…

La voz femenina rompió su único momento de armonía y, como no era la de Tracie, la única voz que no le generaba zumbidos, se volvió hacia la intromisión con bastante mala cara.

—Milady…

—¿Ahora soy milady para ti?

—Sí. La fiesta se halla tras esas puertas acristaladas, ¿te has perdido?

La sonrisa de la mujer mutó por completo. La advertencia de Honora tomó verdadero significado y Evelina comprendió que, aunque en tono poco amistoso, la mujer había sido gentil.

«No conoces al verdadero Hayden», y debía agregar: «y no quieres conocerlo».

—No me he perdido, esperaba hablar contigo.

—Puedes pedir una cita; estaré en Londres en un mes aproximadamente. —Una leve reverencia de su cabeza esperaba dar por zanjado el asunto.

—¿A eso se ha reducido nuestra amistad?

El rostro de Hayden cambió de fría cordialidad a frío cabreo.

—A eso la has reducido tú, Evelina, al asistir al primer evento de mi esposa vestida de color marfil, como una especie de novia olvidada en el altar. ¿Crees que soy imbécil?

—Yo… —Evelina palideció.

—Tú, ¿qué? ¿Creías que mi esposa no se sentiría insultada por la asistencia de mi examante? Para ese pasado en común, Evelina, se necesitaron dos. Tomo mi parte de responsabilidad, pero también te recuerdo que hubo mutuo consentimiento…

—Claro.

—Un entendimiento de dónde comenzaba nuestra relación y dónde terminaba. Los límites son importantes.

—Hayden, sé que tu matrimonio…

—Y mi matrimonio es uno de esos límites, Evelina. Pensé que no tendría que remarcar lo obvio —siseó él. Dio un paso al frente.

—No pretendo inmiscuirme en tu matrimonio, sé muy bien qué entra en los límites del juramento y qué queda afuera. Nuestra relación habita los confines externos.

—Nuestra relación no habita ni en el mapa ni en los confines, porque desde que decidí hacer a Tracie mi esposa, no existe entre nosotros relación alguna.

—No fue tu decisión, eso sí que no fue un rumor. Estaba en esa fiesta, Hayden, sé que fue tu tía te empujó a esto.

—Es verdad, fue mi tía la que nos empujó a esto, pero te equivocas al pensar que mi afán de alejarme de Tracie fue por falta de deseo… El único motivo por el que me alejo de ella es porque no estoy seguro de ser quien la haga feliz.

—Y aquí estoy yo, Hayden, para que no hagas más profunda esa soledad.

Hayden arqueó las cejas.