Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 24
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Capítulo 24

La casa campestre de la baronía de Sheffield lucía espléndida.

Los ventanales abiertos dejaban entrar la brisa fresca de la noche, Tracie se había asegurado de que respirar no fuera un privilegio de clase, y se veían los jardines iluminados por decenas de faroles.

Los senderos habían sido adornados con pequeñas lámparas de aceite y, más allá, las flores coloreaban la noche.

Los criados se movían con eficiencia impecable; en ese aspecto, la baronesa no tenía nada que ver.

Eran años de trabajo, sabían mejor que ella lo que debían hacer.

Todo estaba donde debía estar. Donde ella había decidido que estuviera. Lo cual resultaba una fuente adicional de ansiedad. Había asistido muchas veces a eventos en aquella residencia y siempre la había considerado la más hermosa de Londres. Jamás pensó que un día sería la señora de aquella casa.

Mucho menos que sería ella quien organizaría un baile.

Ni que este sería perfecto, al menos los primeros minutos.

Pero, sobre todo, nunca había imaginado que se atrevería a dejar su sello personal. Ese evento no se parecía a los anteriores, organizados por Lady Honora. Este contaba con mesas circulares, sin cabecera, para que nadie se sintiera superior o inferior a otro.

También había cambiado las flores, en lugar de rosas, optó por gardenias y lavandas, que en combinación perfumaban el ambiente.

Sin embargo, en ese momento temblaba, porque nada tan perfecto podía funcionar cuando estaba en sus manos.

Quizá, como lo que no funcionaba era su matrimonio, el mundo la había compensado con un baile impoluto.

—Tracie, tranquila… —le susurró Hayden a su lado.

Ella repiqueteaba los pies en la entrada, los carruajes empezaban a formar una línea tras la puerta enrejada y los lacayos guiaban a los cocheros con instrucciones claras para que no se formara alboroto al entrar.

El barón no parecía nervioso, estaba muy acostumbrado a esos eventos y parecía conforme con los cambios que Tracie había introducido.

—¿Ves esa mesa? —murmuró por lo bajo a Hayden—. La he comprobado tres veces. Sigo convencida de que en algún momento una pata cederá y el ponche terminará sobre un conde.

—Entonces hablarán de otra cosa en lugar de nosotros —respondió él.

Tracie volvió la cabeza.

—¿Eso era una broma?

—No. —Una tenue sonrisa asomó de sus labios.

Ella sonrió. Aquellos momentos empezaban a volverse frecuentes en Hayden.

Los invitados comenzaron a llegar. Joyce y Honora estaban unos pasos más allá, disfrutando de su merecido descanso. Su ayuda había sido invaluable. El barón estaba impecable en su frac negro, había cambiado su corbatín por uno turquesa que hacía juego con el vestido de ella.

—¿Y si me desmayo? —susurró.

—Te cogeré antes de que caigas.

—¿Y si me atraganto?

—Pediré agua.

—¿Y si piso a un marqués?

—Le diremos que en América eso es una muestra de respeto.

—¿Otra broma?

—Imposible… —se acercó a ella—, yo no hago bromas, ¿recuerdas?

—Eres el hombre aburrido más divertido que conozco.

—¿Eso fue un halago?

—No, una muestra de respeto exótica de los americanos.

—¿Eso fue sarcasmo?

—Imposible… —se acercó a él—. Yo no uso el sarcasmo.

El sonido de un carruaje los hizo volver la vista hacia la entrada.

—¡Mi madre! —exclamó Tracie.

La primera en descender fue Melissa Plageman, elegante como siempre, seguida por Lord Brett, que se apeó del vehículo con una sonrisa relajada.

—¡Madre! —Tracie prácticamente abandonó toda dignidad y descendió los escalones para abrazarla.

Melissa la estrechó con fuerza.

—Cariño, estás preciosa.

—Gracias.

—¡Brett! —Fue el turno de los primos de fundirse en un abrazo.

Hayden hizo una reverencia.

—Señora Plageman. Lord Brett.

Detrás de ellos, un segundo carruaje se detuvo.

—¡Francie! —Tracie sonrió hasta que le dolieron las mejillas. Hayden no le quitaba los ojos de encima.

Su hermana del medio descendió con elegancia, seguida por Lord Leopold Audley, que apenas puso pie en tierra levantó la vista hacia la fachada.

—Dios bendito —murmuró—. Han puesto más luces que en la coronación.

—No exageres —rio Francie.

—¿Exagerar?, y yo que pretendía arrastrarte a los jardines —dijo en un susurro que hizo a su esposa sonrojar—, Hayden es un aguafiestas.

—Cariño, estás hermosa —halagó Lady Francie a su hermana, ignorando las caricias disimuladas de su marido. Sabía que no hablaba en broma.

—Gracias.

—¿Estás nerviosa?

—Aterrada.

—Perfecto. Mi primer evento como lady me hizo vomitar con una semana de antelación.

—Eso fue el embarazo —dijo Tracie.

Su hermana ladeó la cabeza y contuvo la risa.

—No se habla de embarazos en las fiestas —la corrigió sin verdadera censura.

—No se habla de nada interesante en las fiestas.

Leopold besó la mano de su cuñada.

—Lady Tracie, siempre dueña de la razón —le dijo.

—Por supuesto —respondió Hayden por ella.

Leopold miró a su amigo. Los rumores eran ciertos, no cabía duda.

El barón y la baronesa exudaban tensión sexual no resuelta, pero lo que los rumores no decían era que los ojos Hayden brillaban cada vez que se posaban en su esposa, ni que Tracie se movía con ademanes sutiles frente a su esposo, pequeños gestos sensuales que buscan la aprobación de la mirada masculina.

—Has hecho un trabajo increíble, cuñadita. Tanto que espero con ansias pasar una temporada aquí. Eres exactamente lo que le faltaba a la baronía —agregó con intención.

—Tu esposa podría extrañarte —observó Hayden.

—No demasiado. Francie disfruta del silencio.

—Eso es mentira —protestó ella.

—Lo es. Mi mujer tiene el corazón más bondadoso de Inglaterra. Sería capaz de echarme de menos durante… tres días.

Francie le dio un codazo.

—Dos —corrigió él.

Otro carruaje se acercaba ya por el sendero.

—¡Noreen! —esta vez las dos hermanas clamaron juntas.

Su hermana mayor descendió sonriendo, y tras ella apareció Gail O'Rourke.

—¡Tracie! —Noreen la abrazó—. Todo está precioso.

—¿Verdad? ¡Y nada se ha incendiado!

—Podemos encargarnos de eso, si lo quieres, Tracie —observó Gail—. Nada como un buen incendio para acallar rumores.

—¡Gail! —protestaron las tres hermanas al mismo tiempo.

—¿Qué? Tracie no es de las que se anda con rodeos y yo no soy un lord, solucionemos esto al modo salvaje —propuso.

Tracie sonrió.

—Gracias por la propuesta y por mencionar el elefante en la habitación, pero de momento no tengo ninguna intención de incendiar mi casa.

—Me alegro de oírlo —murmuró Hayden.

Los invitados avanzaron para dar espacio a los demás, Tracie miró al grupo de sus allegados reunirse con Joyce y Honora. Ella volvió el rostro al frente y sonrió a un conde.

Tal vez sobreviviría a aquella noche.

Y si no…

Bueno, al menos su familia ya estaba allí para asistir al funeral.

Tras los saludos, Tracie aprovechó un momento de calma para secuestrar a su madre y a sus hermanas.

Las condujo hasta una esquina tranquila del salón, quería que la pusieran al corriente de sus sobrinos, de cómo estaba Alice, su antigua doncella, y de los avances de Brett. Pero ellas tenían otros planes.

—¿Y todo marcha… adecuadamente? —preguntó Melissa en voz baja. Sabía que, pese a estar en un rincón, en una fiesta lo que sobraban eran los oídos y si hablaban con franqueza, alguien podría confirmar que los rumores eran ciertos.

Las únicas que querían esa confirmación eran las Plageman. Tracie no les había dicho nada al respecto. Por supuesto, la consumación de un matrimonio no era algo que ocupaba las líneas de una carta corriente.

—¿Adecuadamente?

Su madre sonrió con cierta rigidez.

—Bueno… adecuadamente.

—¿La fiesta?

—Sí. Claro. «La fiesta» —remarcó. Tracie se encogió de hombros.

—¡Ah! Pues sí. Creo que sí. Nadie se ha desmayado, los sorbetes de limón no han matado a nadie y Lord Leopold no arrastró a mi hermana a los jardines...

—Todavía —aclaró Francie—. Porque lo importante es que los jardines «florezcan» a su debido tiempo. Una vez que salen las flores, los paseos por los jardines se dan solos —añadió Francie.

Tracie frunció el ceño.

—¿Qué jardines?

—¡«Los jardines», Tracie!

—Se rumorea que tu jardín no ha recibido el riego adecuado ni el suficiente sol, hija —dijo Melissa.

—Madre, lo que me faltaba, que además de hablar de mi consumación matrimonial, hablen del estado de mi jardín. —Tracie asomó el rostro y miró por la ventana—. Es un insulto, mis jardines son muy bonitos.

—¡Tracieee! —corearon las tres mujeres.

Noreen empezó a abanicarse con demasiada energía. La nueva baronesa se echó a reír a carcajada limpia. Soltó un par de lágrimas por la diversión.

—Ay, por favor, ya sé de lo que hablan, solo les estaba tomando el pelo. —Volvió a reír.

—¿Eso quiere decir que todo está en orden?, ¿que solo son rumores malintencionados?

—Los rumores son siempre malintencionados, madre. No entiendo por qué la gente no vive y deja vivir. «El jardín de la baronía» es asunto de la baronía.

Melissa sonrió, Francie y Noreen lo hicieron unos segundos después. Su pequeña hermana había aprendido la lección más importante de su nuevo rol: poner límites.

Incluso si esos límites las dejaban a ellas al otro lado, ponerlos y respetarlos eran formas de amor.

—Ya veo, «La fiesta» va mucho mejor de lo que cualquiera podía prejuzgar —sentenció la señora Plageman.

—Ya no… —El rostro de Tracie mutó.

Melissa y Francie siguieron la dirección de su mirada.

Las tres se tensaron.

Una mujer alta y bellísima acababa de entrar al salón. Lucía un vestido color marfil, como si fuera una maldita novia, y una expresión de absoluta confianza. Avanzaba con seguridad, el mentón en alto y soportaba el murmullo que la rodeaba con la altanería de una reina.

Y, por un instante, Tracie sintió que toda la alegría de la velada se evaporaba. Que su confianza y su sensación de triunfo temporal se desmoronaba. Lady Evelina Ashcombe era demasiado hermosa, los hombres parecían babear a su paso.

—Mira a Hayden, Tracie, y respira —le recomendó su madre.

Ella le hizo caso, halló al barón en el otro extremo del salón, estaba inmerso en una charla, probablemente la más aburrida de la historia.