Capítulo 23
Edith abandonó la habitación en busca de almidón de maíz. Tracie se quitó los zapatos y movió los dedos de los pies.
—Libertad… —suspiró.
Los zapatos nuevos le hacían doler cada punto de sus pies. Se incorporó para andar descalza por la habitación. Dudaba que el almidón de maíz ayudara, pero ¿qué alternativa tenía?
—Debí quitar más espejos aquí también—soltó al encontrarse atrapada en los reflejos.
La casa de campo no fue la excepción, el gusto de las anteriores baronesas por verse a sí mismas la perseguía a donde quiera que fuese.
Tracie se observó y sintió el peso de su ropa, del colgante de diamantes enorme en su cuello que empezaba a picar, de la tirantez de su peinado y de la notable palidez de su rostro.
¡Ella!, siempre acusada de no cuidarse del sol, lucía pálida en contraste con el verde intenso de su vestido de terciopelo.
Se alejó de los espejos y se sentó, algo derrotada, en la cama.
—Será solo una noche, Tracie, tú puedes —se arengó.
Llamaron a la puerta. Pensó que era Edith, que regresaba con el almidón de maíz, por lo que respondió «Adelante», al tiempo que dejaba caer su espalda sobre el colchón.
—No me van a entrar esos zapatos, ¡pero mira el lado bueno! Al menos, en unas horas, mi expresión compungida va a ser la esperada de una damita inglesa.
—Si los zapatos te incomodan, deberías usar otros.
La voz de Hayden la hizo incorporarse de golpe, tanto que se mareó. Él se acercó a ayudarla y dejó una enorme caja junto a Tracie en el colchón.
—Siéntate, un moratón en el rostro sí que dará que hablar.
—Bueno, pero al menos hablarán de otra cosa.
—Dirán que te golpeo, Tracie —dijo Hayden, y su esposa lo miró espantada.
—¡Por favor!, realmente Londres necesita más distracciones. ¿No puedes proponer algo en la Cámara de los Lores? Un circo constante, por ejemplo.
—No lo aprobarán, la Cámara de los Lores odia la competencia.
—¿Eso ha sido una broma? —Tracie sonrió—. ¡Ha sido una broma!
—El intento de una, al menos.
—Bueno, algo tenemos que hacer, Hayden. De verdad, no entiendo por qué despertamos tanta curiosidad en la ciudad. Tú eres aburrido y yo torpe, ¿no tienen a alguien más vivaz que los entretenga?
—Me temo que tus hermanas se han encargado de quitar del medio a los dos hombres que se daban a la labor…
—¿Eso ha sido otra broma?
Hayden apenas sonrió.
—¿Qué te trae por aquí? —preguntó Tracie—.
Si pretendes cancelarlo todo, lamento informarte que es tarde.
E inútil. Intenté boicotear la fiesta ocho veces antes de hoy, pero Lady Joyce resultó una traidora y se ha aliado con tu tía para que todo salga bien.
¡Que todo salga bien! ¿Puedes creerlo? Yo solo debo aparecer y sonreír, y ya.
—Tracie, has hecho mucho más que solo esperar a que los demás resolvieran el asunto.
—Ya… Pero ahora no tengo nada que hacer, excepto esperar y tratar de caminar en mis zapatos nuevos hasta que se ablanden.
¿Y tú?, ¿tienes algo que hacer?, puedo ayudarte.
Incluso llenar libros contables parece una tarea agradable dado el panorama.
No puedo pensar más, Hayden… —dramatizó—, mi cabeza no deja de mostrarme uno tras otro los posibles errores que cometeré, lo torpe que seré…
«Lo que pensará tu examante», agregó, y sus dientes rechinaron.
—Lo siento, yo estaba tan ansioso como tú y he terminado todas mis actividades del mes.
—Vaya… ¿Qué harás mañana?
—Empezaré con las actividades del mes entrante.
—Estamos a día quince. En algún momento se te terminarán los pendientes.
—No en la baronía.
—Ni me lo recuerdes. Pero no has respondido, oh… ¿y qué es esta caja?, ¿y esta otra? —Tracie miró ambas con renovada sorpresa.
—Tenían que llegar ayer —dijo él.
—Eso no es respuesta.
—Ábrelas —ordenó.
Tracie deshizo los lazos de seda. Empezó por la caja más grande, como Hayden sabía que haría. Apartó los papeles de seda y reveló un vestido de fiesta.
—¿Hayden? —Tracie lo cogió del escote y lo extendió delante de ella.
—Sabía que mi tía y, ahora, la traidora de Lady Joyce —sonrió— te obligarían a llevar el vestido verde de terciopelo.
—Es el más adecuado para el evento.
—Lo odias, Tracie.
—El verde me sienta bien —insistió, poco convencida.
Hayden la miró de lado.
—Sí, lo admito, lo odio. Odio lo que pesa, el calor que me da, odio este escote que está al límite de mostrar mi camisola. Detesto que me quede tan estrecho en la cintura. Ya sé que resalta mi figura, pero es que… es que…
—Si el corsé ajusta, no es tu figura.
—¡Exacto!
—No tienes que ajustarte el corsé para encajar.
—Sí, es que, si no, el vestido no abrocha. ¡Te juro! Le pedí a Edith que no…
—No hablo del corsé, Tracie.
—Pero si has dicho…
—Me refiero a que no debes ser alguien que no eres para encajar.
Tú eres la baronesa. No lo que esos mequetrefes esperan de ti, no lo que tu cabecita crea que debas ser…
no necesitas un vestido de terciopelo, ni ajustar el corsé, ni usar una joya de cien años.
Baronesa es solo un título. Quien le da vida eres tú…
Tú, Tracie, la defines a ella, no ella a ti.
Él estaba de pie; su esposa, sentada en el borde de la cama. Los dedos de Hayden le alzaron el mentón y sus ojos hicieron contacto.
—Tú, Tracie, eres mi esposa. Y no tienes que probar una mierda.
Los ojos de Tracie se abrieron ante el exabrupto de él.
—Hoy has reído y has soltado un juramento, ¿quién eres y qué has hecho con mi Hayden?
—¿Tu Hayden? —preguntó él. Un mar de emociones atravesó sus ojos azules. Tracie se sonrojó.
En los últimos días no había dejado de tener actos fallidos, desde los celos por Lady Evelina, hasta el reconocimiento de que el señor Clarke no era digno ni de lustrarle los zapatos a Hayden.
Su Hayden.
—¿Qué hay en la otra caja?
—Te acusaría de cobarde, pero eso me haría a mí un hipócrita —murmuró Hayden de manera apenas audible—. Ábrela, también es para ti.
Bajo el envoltorio, había una caja de terciopelo azul. Tracie levantó la tapa, pero antes de ver su interior sondeó los ojos de Hayden. Descendió la mirada y abrió la boca por la sorpresa.
No pudo contener la emoción y chilló como una niña.
—¡Es… es…! ¡Es hermosísimo! Turquesas, ¿verdad?
—Recordé una conversación nuestra, hace años, en la que cometí el error de decirte de dónde venían los diamantes. Desde entonces, los odias.
—Te dije que me gustaban las turquesas y te negaste a decirme si eran extraídas por los mismos medios inhumanos.
—Me aseguré de que estas sean de Egipto, el único sitio en que son extraídas sin esclavitud de por medio ni saqueo.
Tracie sonrió. En efecto, en la cajilla estaba el sello de autenticidad del orfebre.
—¡Me encanta! —Se impulsó y lo abrazó sin pensar. Los brazos de Hayden tardaron en reaccionar, pero terminaron por cerrarse en torno a su esposa.
La baronesa volvió a ver el vestido, era dorado y, por supuesto, tenía detalles turquesa. Sonrió aún más.
—Me cambiaré.
—Solo si te sientes más tú, Tracie, nunca fue mi intención imponerte el cambio…
—¡Calla, Hayden! —rio ella y corrió tras el biombo. Regresó de inmediato—. No está Edith, tendrás que ayudarme.
—Mejor esperemos a Edith —dijo él. Miró la línea de botones en la espalda de Tracie y comenzó a sudar.
—Venga, no quiero esperar. Por favor… —pidió, y él sucumbió.
Los dedos de Hayden trabajaron con destreza, intentaron mantenerse lejos de la piel de Tracie. Joder, no era tan fuerte. Percibía el calor de su cuerpo a través de la tela de su camisola, estaba tan cerca que su perfume cítrico le inundaba la nariz.
—El corsé está muy ajustado… —soltó con voz ronca.
—Afloja un poco los cordones, solo tienes que deshacer el lazo y…
Demonios. Había ayudado a muchas mujeres a desvestirse antes; de hecho, hallaba el proceso tan erótico que era uno de sus preliminares preferidos. Sin embargo, con Tracie era una tortura, porque aún no habían acordado ir más lejos.
Aún lo odiaba, ¿verdad?, aunque lo llamara «su Hayden», aunque lo abrazara, aunque le pidiera que le desatara el corsé…
—¿Así está bien? —preguntó tras conseguir que su dedo medio atravesara las cintas del corsé.
—Sí, ahora puedo respirar.
—Qué suerte, yo no —murmuró.
Tracie regresó tras el biombo sosteniendo el vestido verde contra su pecho para que no cayera. Hayden permaneció de pie, expectante, en medio de la alcoba.
Solo alcanzaba a ver la coronilla de su esposa por la parte superior y los pies, por la inferior. Miró alrededor y encontró los zapatos negros que iba a usar esa noche. Abrió la ventana y los lanzó por ella; cayeron en los rosales y se perdieron entre las flores.
Fue hacia el armario y rebuscó hasta dar con unos que demostraban un par de usos. Perfecto. Esos no le harían doler. Los depositó junto a la cama en el momento exacto en que Tracie reaparecía sosteniendo el nuevo vestido sobre su pecho.
—Mismo problema… —Le dio la espalda. Le echó una mirada sobre el hombro y Hayden volvió a sudar. Él también tendría que cambiarse de atuendo, parecía un colegial en pleno despertar sexual.
Cerró la botonera en la espalda de Tracie y ella se volvió, dando una vuelta de más para que él pudiera apreciar cada ángulo.
—¿Qué tal?
—Perfecto.
Tras la aprobación de Hayden, se paró frente a uno de los espejos y se observó.
El vestido era mucho más liviano; aunque tenía partes de brocato que pesaban, compensaba con las zonas de seda turquesa.
Las mangas le llegaban al codo y el escote era cuadrado, se sostenía en los hombros, en lugar de caer de modo sugerente, lo que conseguía que Tracie dejara de temer un percance y que uno de sus senos fuera el nuevo escándalo de la temporada.
—Ahora quítame estos diamantes tortuosos. Torturan a quienes los extraen y a quienes los usan. ¿Cuándo dejaremos de lado este absurdo?
—Hoy. Hoy dejarás de lado este absurdo.
Hayden desabrochó el seguro del colgante de diamantes, pieza importante de la baronía. Fue a por el nuevo de turquesas engarzadas en oro. Lo colocó en el cuello de su esposa con cuidado. El pulso le tembló un poco cuando cerró el seguro.
Cogió aire para apartarse, ya había hecho su trabajo. Ya le había dado a Tracie el obsequio, era hora de irse. Era hora de apartar sus manos de la piel de sus hombros.
No, no debía deslizarlas por allí hasta alcanzar su cuello.
Ni tenía por qué llevar su palma a la parte delantera y cerrarla, cual gargantilla, en torno a Tracie.
Era completamente innecesario que acercara su nariz al cabello de su esposa y aspirara su perfume cítrico, y más aún que descendiera con la punta de la nariz hasta el lóbulo de su oreja.
Sin dudas, era inapropiado que con la otra mano viajara hacia el vientre de Tracie e hiciera presión para pegar el cuerpo de ella al suyo. Y todavía más fuera de lugar resultaba la búsqueda de la mirada de su esposa a través del espejo para constatar si el deseo era mutuo.
Porque, ¿qué haría si veía el brillo en los ojos castaños de Tracie?, tal vez posar sus labios en la piel que rodeaba la nueva gargantilla y depositar un suave beso allí, donde el pulso de su esposa latía frenético.
—He conseguido el almidón…
Hayden dio un paso atrás, Tracie se tambaleó por la falta de sostén. Edith quiso que la tierra la tragara, que Satanás le diera la bienvenida y abrazar las llamas del infierno por inoportuna.
—Vuelvo en otro momento, eh… Ya no es necesario el almidón, por el cambio de atuendo. Y lo regresaré, granito a granito, de a uno, a la alacena… —Giró sobre sus talones y se dispuso a marchar.
—No es necesario que se vaya, Edith, ya me iba yo —dijo el barón.
—¡Noooo! —se lamentó la criada.
Tracie estaba demasiado turbada para reaccionar.
Hayden hizo una leve reverencia y empleó la puerta que conectaba ambas alcobas para desaparecer.
—Si me despide, Lady Tracie, lo entenderé —dijo Edith.
Tracie consiguió sonreír.
—No será necesario, menos en este momento en que te pediré algo que hará que me odies.
—Caminaría hasta sobre brasas encendidas para purgar mis pecados.
Edith ya hablaba con el mismo dramatismo que su lady.
—Bastará con que me cambies el peinado. Haz algo más sencillo, por favor, y que me tire menos de las sienes.
—Por supuesto.
La doncella dejó el almidón de maíz y se puso manos a la obra.