Capítulo 22 #2
—Bien, qué hablen. Lo único que saco en limpio de esto es que Hayden siempre tiene razón, hay que desoír los rumores y punto.
Llevaban más de una hora reunidas. Sobre la mesa había listas, borradores, invitaciones, muestras de papel, catálogos de flores, sugerencias de menús y suficientes documentos como para organizar una invasión militar.
Tracie empezaba a sospechar que las invasiones militares eran más sencillas.
—Escúchame bien —dijo Honora—. Hayden rompió con Lady Evelina mucho antes de comprar tu anillo.
—Eso dices tú.
—Porque es verdad.
—También dijiste que los burgueses no servíamos para la nobleza.
—Y me equivoqué.
—Eso no ayuda a tu caso. Serías una pésima abogada —expuso Tracie.
Honora suspiró.
—Por Dios bendito.
—Además, esa mujer anda diciendo que recuperará a Hayden.
—Esa mujer anda diciendo muchas tonterías.
—Una de ellas es que recuperará a Hayden —agregó la baronesa con un mohín.
—Porque está desesperada.
—¿Y si no lo está?
—Lo está.
—¿Y si no?
—Tracie —Honora suspiró su nombre.
—¿Qué?
—Confía en tu esposo —dijo la mujer.
Joyce volvió a estudiar a ambas. Recién se enteraba de que Hayden había querido casarse con Tracie antes de la aparición del señor Clarke.
En su opinión, esa teoría tenía mucho sentido y explicaba cada uno de los sucesos posteriores, incluido los dos arrebatos de irracionalidad del barón: un intento de homicidio y un beso escandaloso.
Pero cuando los poetas dicen que el amor es ciego no se refieren a que no ven los defectos, se refieren a que no ven las obviedades. Y Tracie parecía ignorar una verdad del tamaño de una ballena.
La baronesa se ovilló sobre la silla.
—Hayden no confió en mí —susurró la muchacha.
El comentario provocó un breve silencio. Honora la observó.
—¿A qué te refieres?
—A que él estaba convencido de que yo elegiría al señor Clarke.
—Bueno... —intervino Joyce con cautela—. ¿No íbamos a elegir al señor Clarke?
Tracie abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla. No salió ninguna palabra.
Joyce ladeó la cabeza. Honora sonrió lentamente.
—Es distinto.
—¿Lo es? —insistió Joyce.
—Claro. Primero, yo estaba soltera. Segundo… Segundo… ¡y tercero!
—Así no se enumeran las razones.
—Es que no necesito más razones. En especial cuando no soy adivina. Hayden me miraba como si yo fuera una especie de animal exótico.
—¡Exacto! —dijeron Joyce y Honora al unísono.
—Eso no es halagüeño. ¿Han visto un animal exótico alguna vez? Yo una vez vi una anaconda. Pues así me miraba él, a veces me mira igual. Como si fuera una terrible anaconda a punto de asfixiarlo y comérmelo.
—¡Exacto! —volvieron a corear.
—Se supone que, si me dan la razón, están validando mi razonamiento, no me pueden dar la razón y a la vez llevarme la contra. Eso forma una paradoja insalvable.
—Es que la que se atrapa sola en paradojas eres tú, Tracie —suspiró su amiga.
—¡Joyce! No te envíe un telegrama para que te unieras al enemigo.
—Yo tampoco vine para descubrir que no solo no se había muerto nadie, sino que todo esto se debía a que estabas celosa.
—¡No estoy celosa!
Honora y Joyce la miraron.
—Nada de esto tiene que ver con los celos —añadió.
Las otras dos siguieron mirándola.
—Absolutamente nada.
—Tracie —dijo Joyce con dulzura—. Has intentado asesinar a Lady Evelina con la mirada tres veces durante esta conversación y ella ni siquiera está presente.
—Eso demuestra mi gran capacidad de concentración.
Honora soltó una carcajada.
—Querida, si sigues así, acabarás admitiendo que estás enamorada de mi sobrino.
—No digas tonterías. Hemos decidido de mutuo acuerdo que nos odiaríamos.
—El odio y el amor no forman parte del contrato social, querida —insistió Honora—, no es algo que se pueda acordar.
—Eso dicen ustedes, pero si el amor se construye ladrillo a ladrillo, también el odio.
—¿Y cuántos ladrillos llevas puestos en esa empresa?
—Uno.
—Que se sostiene ¿dónde? —preguntó Joyce, conteniendo la risa.
—En el aire —reconoció Tracie—. Pero es que él se niega a poner el cimiento del odio, no me quiere decir por qué obró como lo hizo. Una vez confiese, el primer ladrillo ya va a estar bien colocado.
—Veo. La arquitectura no es lo tuyo, Tracie.
—Además, aunque estuviera enamorada de él... —Las dos mujeres se inclinaron hacia delante. Tracie palideció—. Que no lo estoy…
—No, claro. Una pena que sea solo un escenario ficticio.
Tracie tomó una galleta.
—Lo que quiero decir es que eso no soluciona nada, puesto que no se puede probar al mundo algo intangible como el afecto.
—Claro que se puede —insistió Honora.
—Con el dolor de mi corazón, porque detesto dejar a alguien sin empleo, despediré a Louise para que no haya más rumores que desmentir y listo.
Honora dejó la taza sobre el platillo.
—No. Esa es una decisión poco inteligente.
—¿Por qué? Sé que ha sido ella quien corrió el rumor —insistió Tracie.
—Precisamente.
—Eso no parece una ventaja.
Joyce intercambió una mirada con Honora.
—¿Quieres explicárselo tú o lo hago yo? —preguntó la joven lady.
—Adelante.
Joyce se acomodó en el sillón.
—Los criados siempre hablan, Tracie. Es inevitable. Y cuando algo es inevitable no se puede evitar.
—Eso está en la definición de inevitable, Joyce. No puedes definir algo usando la misma palabra. Es la base de…
—¡Ya hablas como tu esposo! —se quejó Joyce, rio a la vez que rodó los ojos. ¿Cómo no veía que eran tal para cual?
—Eso no quita que estás dando un giro de trescientos sesenta grados para terminar donde empezamos. Los criados siempre hablan, ¡evitémoslo!
—No puedes. Si despides a Louise, otra u otro ocupará su lugar. Las casas nobles producen chismosos con la misma facilidad con que producen polvo.
Tracie pareció horrorizada.
—¡No sabes la cantidad de polvo que aparece aquí! Te juro, Joyce, en mis listas, «sacar el polvo» aparece dos veces por día. ¡Dos!
—Y con la misma frecuencia debes «sacar los cotilleos» —explicó Honora.
—¿Y no sería eso igual a sacar al que cotillea? —preguntó Tracie como si fuera una obviedad.
—No, porque eso sería como tirar todos los muebles de la casa. Una casa necesita muebles, aunque junten polvo, como necesita criados, aunque cotilleen.
Tracie pestañeó.
Joyce continuó:
—Lo importante es que sepas qué muebles juntan más polvo para cubrirlos cuando no quieras repasarlos siempre y descubrirlos cuando los necesites.
—Ya no estamos hablando de polvo, ¿no? —Tracie suspiró—. Odio las analogías. Amo la literalidad. ¡Viva la literalidad!, ¡ojalá algún día, si he de morir, que sea de literalidad!
—No se puede morir de literalidad, Tracie.
—¡Ja!, ¿lo ven? Las analogías, las hipérboles y todos esos recursos literarios solo deberían existir en los libros, no en… ¡Las organizaciones de eventos sociales!
—¿Has terminado?
—Sí. —Tracie sonrió satisfecha tras su desahogo.
—Lo que quiero decir —continuó Joyce—, es que, si mañana necesitas que la sociedad crea algo, ya sabes delante de quién debes fingirlo.
—Eso es manipulador.
—Sí.
—Eso es horrible.
—También.
Tracie se dejó caer contra el respaldo.
—Esto parece la corte isabelina.
—Porque lo es, querida —intervino Honora—. Nada ha cambiado, salvo quizá la forma de cortar cabezas.
—Bienvenida a la aristocracia —dijo Joyce, con una sonrisa forzada. Ella había nacido en la nobleza, entendía muy bien lo horrible que podía ser.
Tracie se cubrió el rostro con ambas manos.
—Quiero volver a ser una simple señorita americana.
—¿Y dejarle el camino libre a Lady Evelina Ashcombe? —picó Joyce.
Tracie se descubrió el rostro y la miró con odio.
—¡Jamás!
Las otras dos sonrieron. Ya no había más qué discutir, la decisión estaba tomada. Aunque nada más que discutir no era preciso, aún debían considerar:
Invitados. Músicos. Flores. Menú. Alojamiento. Mesas. Tarjetas. Velas. Criados adicionales. Carruajes. Más invitados. Todavía más invitados.
Más invitados… Más… Más… Más…