Capítulo 22
El carruaje no se había detenido aún frente a la entrada principal cuando Tracie salió disparada de la casa.
—¡Joyce!
La muchacha apenas tuvo tiempo de bajar el último escalón antes de verse envuelta en un abrazo.
—¡Tracie! —respondió, la estrechó con la misma efusividad—. ¿Quién ha muerto?
Tracie parpadeó.
—Nadie ha muerto… todavía.
Joyce se apartó lo suficiente para verla a la cara.
—¿Todavía?
—Estoy trabajando en ello.
—¿Qué está pasando? —preguntó, alarmada. Las dos avanzaron por el camino de gravilla hasta la entrada principal.
—Tengo que organizar una fiesta. —Tracie volvió a estremecerse—.
Es decir, no tengo, tengo… pero debería.
O no sé. Hayden dice que no necesito verme en la obligación, pero Honora sí.
Y yo no lo sé… Honora me convenció de las ventajas, o, mejor dicho, me mostró las desventajas de no hacerlo. ¿Conoces a Lady Evelina Ashcombe?
Joyce se quedó inmóvil.
—Oh, oh…
—¡La conoces! ¿Cómo es que todo el mundo sabe todo menos yo? Como sea, ahora quiero organizar esa fiesta. Quiero y no quiero. Tú me entiendes.
—No, Tracie, no te entiendo —rio Joyce—, pero no necesito entenderte para ayudarte. Lo único que me resta preguntar es… ¡¿Para eso me enviaste un telegrama?! Pensé que había muerto alguien. Las personas envían notas, misivas… ¡No telegramas que digan: «Urgente. Ven. Crisis en Sheffield House»!
—Es que no quería enviar uno que dijera «Urgente. Ven. Ha habido un homicidio» ¡Estoy a punto de matar a Lady Honora! La urgencia era evitarlo.
—¿Lady Honora está aquí?
—Hace una semana. Llegó sin previo aviso, encima Hayden le rehúye como a la peste. Justo que había conseguido que dejara de irse al alba —agregó lo último en un murmullo.
Joyce observó la enorme mansión, luego a su amiga y finalmente volvió a mirar la mansión.
—Vaya, la situación está peor de lo que pensé… y oí —sumó también en un murmullo.
—Lo sé. Ven.
Atravesaron el vestíbulo mientras los criados saludaban a la nueva visitante. Tracie le indicó a una doncella que preparara té y algunos dulces y continuó avanzando por los corredores.
—¿Dónde está? —susurró Joyce.
—¿Quién?
—Lady Honora.
Tracie miró hacia ambos lados antes de responder en voz aún más baja.
—En alguna parte.
—Eso no es una respuesta.
—Precisamente. Es lo aterrador.
Llegaron al salón de la baronesa. Allí, por fin, Tracie cerró las puertas tras ellas y soltó un largo suspiro.
—Bien. Ya estamos relativamente seguras.
—¿Relativamente?
—Si aparece detrás de una cortina, no me sorprendería.
Joyce dejó escapar una carcajada y se acomodó en un sillón.
—Tracie, me has dado un susto enorme. Recibí tu telegrama y salí de Londres con lo puesto. Voy a tener que enviar una nota para que me traigan más vestidos.
—Lo siento.
—¡Hasta empaqué un vestido de duelo!
—¿De duelo?
—Claro. Cuando alguien manda un telegrama, una asume que ha ocurrido una tragedia.
—Bueno, técnicamente sí ha ocurrido.
—¿Quién?
—Yo. —Se lanzó a su butaca tras el escritorio con dramatismo—.
La vieja Tracie ha muerto, y necesita renacer como baronesa.
¿Cómo rayos se consigue eso? Pensé que con visitar a los vecinos era suficiente, ¿sabes?
Además, esa parte se me da bien. Ya hice amigos, o eso creo.
Es difícil saber quiénes son amigos y quiénes lacayos cuando una tiene un título, pero estoy segura de que el señor Pritchard me aprecia de verdad, al igual que la señora Porter…
Y luego, tú, la única que me quiso cuando era plebeya…
—soltó en tono shakesperiano. Por su mente pasó el recuerdo de la charla con Honora, tal vez Joyce no era la única que la quiso cuando era plebeya. Se estremeció.
Desde que había hablado con Honora, no tuvo ocasión de hacerlo con Hayden.
Sin embargo, cada vez que se cruzaban, ella lo miraba como si pudiera adivinar qué le pasaba por la cabeza, o peor, por el corazón, y él le devolvía las miradas cargadas de intensidad.
A veces parecía dar un paso hacia ella, un impulso vital en su dirección, para luego detenerse en seco, darse la vuelta y volver a huir.
Tracie podía jurar que en sus ojos ardía el mismo fuego que la noche del beso, que ese impulso era el que esa noche lo había empujado a besarla…
Pero no podía estar segura. Ya no estaba segura de nada. El suelo bajo sus pies se había vuelto arena movediza, se hundía más y más.
Joyce soltó una risita al ver la turbación externa e interna de su amiga.
—No exageres, Tracie.
—No es exageración, ¡es una fiesta!
La criada apareció con el té. Ambas esperaron a que terminara de servir y saliera del salón.
En cuanto la puerta se cerró, Tracie se inclinó sobre la mesa.
—No podía pedir ayuda a nadie más —dijo la baronesa.
—¿Por qué?
—Porque eres la única lady que conozco que no sea Lady Honora.
La última parte la dijo en un susurro.
Joyce volvió a reír.
—Creo que jamás había escuchado a nadie decir su nombre como si estuviera invocando a un demonio.
—Es porque vive aquí.
—Pobre de ti.
—Y no quería preocupar a mi madre con esto.
—Pues claro que voy a ayudarte. Aunque sigo ofendida por el susto que me has dado.
—Lo merezco.
—Muchísimo.
—Lo sé.
Joyce cogió su taza de té.
—Bien. Lo mejor que puedes hacer para no abrumarte es elaborar una lista.
Tracie la miró con expresión sombría.
—Siempre hago listas. Es la espada de una baronesa.
Listas, listas y listas. ¡Y no por día! Ja, ja.
Eso sería muy sencillo. ¡Por semestre, Joyce!
Tengo listas de hasta cuándo debo pedirle al jardinero que plante los bulbos de tulipanes.
—Como ya estaba de pie, debió incorporarse para luego dejarse caer con teatralidad.
Joyce contuvo el nuevo arrebato de risa.
—Entonces haz una para la fiesta, será mucho más sencilla.
—La hice, por supuesto. No hubiera enviado un telegrama urgente sin explorar todas mis alternativas previas.
—Perfecto. Déjame verla.
Tracie abrió un cajón del escritorio y le tendió una hoja.
Joyce la tomó con alivio.
—¿Ves? Ya estamos avanzando.
Comenzó a leer.
Su expresión fue cambiando lentamente.
—Tracie...
—¿Sí?
—¿Qué es esto?
—Mi lista.
Joyce carraspeó.
—Primer punto: estrangular a Lady Honora.
—Es una posibilidad razonable.
—Segundo punto: enterrarla bajo los rosales.
—Los rosales son preciosos y el jardinero no permitiría jamás a un detective de Scotland Yard que arranque sus adoradas plantas solo por resolver un crimen. ¡Prioridades!
—Tercer punto: asegurarme de que los criados no vean nada.
—Es una parte importante de cualquier plan —agregó Tracie—. Odiaría tener que además empezar a matar testigos.
—Cuarto punto: especialmente Louise.
—Esa muchacha escucha a través de las paredes.
—Quinto punto: esperar que Hayden me perdone alguna vez en la vida.
Tracie se encogió de hombros.
—Es una lista muy completa. Además, si mato a su tía, la situación con Hayden se equipararía bastante. Él no quiere confesar por qué amenazó de muerte al señor Clarke, yo puedo guardarme para mí los motivos de asesinato de Lady Honora.
Joyce dejó el papel sobre la mesa.
—Esta no es la lista que necesito.
—Lo imaginaba. Pero por las dudas, no la elimines. —La recogió y la regresó al cajón—. Aún no descarto por completo la posibilidad.
—¿Qué está pasando realmente?
Tracie se dejó caer sobre el respaldo del sillón.
—Lady Honora quiere organizar una fiesta a todo lo alto.
—¿Y?
—No quiere invitar solo a los vecinos.
—¿Y?
—Quiere invitar a medio Londres.
Joyce abrió los ojos.
—Ah.
—¡Exacto! ¡Ah!
—Ahora sí entiendo el telegrama.
—¿Verdad?
—Sí.
—Ya no puedo más, Joyce.
—Tracie...
—Hay listas para la comida, listas para las flores, listas para los invitados, listas para las listas... Creo que pronto tendré una lista para recordar dónde he dejado las demás listas.
Joyce rio.
—Eso último no es tan mala idea.
—Necesito tu ayuda.
—La tienes.
—¿Aunque haya interrumpido tu vida, te haya hecho viajar hasta aquí y te haya obligado a abandonar Londres?
—Sí.
—¿Aunque Lady Honora esté involucrada?
Joyce guardó silencio unos segundos.
—Eso reduce considerablemente mi entusiasmo.
—Lo sabía.
—Pero igual te ayudaré.
Tracie dejó escapar un suspiro tan largo que pareció vaciarse por completo.
—Gracias.
Joyce sonrió y tomó una hoja en blanco.
—Muy bien, Lady Tracie Kensington…
—No me llames así.
—Muy bien, Tracie. Vamos a organizar esa fiesta.
Y, por primera vez desde que Honora había pronunciado la palabra «baile», Tracie sintió que tal vez sobreviviría a aquello.
—No pienso invitar a Lady Evelina Ashcombe.
Tracie lo declaró con firmeza, sonó igual que Hayden cuando daba uno de sus ultimátums, solo que era consciente de que ella tenía la voluntad menos férrea que su esposo. Luego tomó una galleta y le dio un mordisco tan violento que parecía que la galleta era la propia Lady Evelina.
Lady Honora, sentada frente a ella, levantó una ceja.
—Sí que lo harás. Escúchame…
—No.
—Querida, esto empieza a parecer una conversación entre dos niñas de cinco años.
—Perfecto. Porque los niños tienen más libertad que los adultos, no se someten a estas tontas reglas sociales. ¡Tienes que enfrentar a la amante de tu marido! Es una tontería…
—¡Examante! —corrigió Honora.
—Que pretende regresar a su puesto —agregó Tracie. Cruzó los brazos sobre su pecho, justo a la altura en donde sentía un puñal clavado.
Joyce, sentada entre ambas, observó cómo la discusión avanzaba hacia un precipicio.
—¿Debo intervenir o esperan llegar a las agresiones físicas primero?
—Ella quiere que invite a la examante de mi marido —acusó Tracie.
—Ella quiere organizar una fiesta que silencie rumores y debe empezar por ese —corrigió Honora.
—Pues ya que le gustan tanto los rumores, que Lady Evelina se entere de nuestra felicidad conyugal por uno. En especial por uno que llegue a Australia, donde espero que se mude en breve. ¡Ay!, la de arañas que hay en Australia… —fantaseó.
—Debes invitar a todos, querida. Si la dejas a ella afuera, confirmarás el temor que le tienes y darás más que hablar.