Capítulo 21 #2
—¿Has venido a supervisar que no sea un completo desastre?
Honora se tensó. Tras lo cual, formó una amplia sonrisa.
—¡Sabía que tenías el material! Mi sobrino nunca se equivoca. El don de gentes que tiene Hayden es legendario.
—No entiendo de qué estás hablando.
—¿No te lo ha dicho? No, claro que no te lo ha dicho. Vamos, Tracie, vayamos a tu salón. No pretendo supervisarte, sino, por el contrario, confirmar mi sentido común.
—Hoy están los dos, Hayden y tú, en el modo más críptico. Es lo más odioso de los Kensington, cuando no dicen nada y lo que dicen debe ser interpretado con un traductor de eufemismos.
Honora no se ofendió.
—Me alegro, querida, de que consideres que ese es nuestro peor defecto.
Tracie abandonó el salón comedor y se dirigió a su salón personal. Honora estaba muy acostumbrada a esa casa; hasta entonces, había interpretado el papel de señora. Conocía a los criados por su nombre y detuvo a uno para que le alcanzara el bolso marrón de piel con el que había viajado.
Las dos mujeres entraron al salón. Tracie no había hecho cambios, Honora la instó a llevarlos a cabo.
—Tienes que hacerlo, querida. Lo que sea, algo que imprima tu sello en el lugar.
—¿Por qué?
—Porque así será por fin tuyo y te sentirás la dueña del lugar.
Tracie asintió sin estar del todo de acuerdo. Era verdad que se sentía sapo de otro pozo, pero dudaba que eso cambiara al redecorar el lugar. El criado dejó el bolso marrón junto a Honora. La baronesa se sentó en la silla tras el escritorio y cogió sus notas.
—Aquí están, puedes revisarlas y criticarlas si quieres.
—Que aun así no las cambiarás. ¡Perfecto! —dijo Honora, feliz.
Tracie no entendía el cambio en la mujer. Lo cierto es que desde el beso con Hayden no había comprendido ni un acto de la lady. Había estado segura de que fingiría no ver para que no tuvieran que casarse, y luego estuvo convencida de que Honora pretendía juzgarla por cada error.
Lo que sucedía era lo contrario y la tenía por completo desconcertada.
—Esta lista está muy bien, Tracie. Pareces tener todo bajo control.
—Gracias, supongo.
—Te noto muy recelosa —dijo la mujer—. Y lo entiendo. Siempre he sido de la idea de que las muchachitas burguesas no estaban hechas para la nobleza.
—¿Has cambiado de parecer?
—No. He considerado la posibilidad de que tú seas la excepción que confirme mi regla.
—¿Y mi hermana Francie?
—Bah… Tu hermana Francie se ha casado con un Audley, son ellos los que no están hechos para la nobleza. Y no lo digo como algo malo, es solo una observación objetiva de la realidad.
—No existen observaciones objetivas.
Honora arqueó las cejas.
—Supongamos que así sea, en tal caso, no me puedes juzgar. Mi sobrino es para mí el ejemplo de lo que debe ser un lord, Audley es el opuesto…
—Sin embargo, son amigos.
—Exacto. Porque Hayden tiene la capacidad de ver más allá de las simples apariencias, un don que yo no he heredado. Supongo que lo sacó de su madre.
—No esperaba vivir para oírla reconocer un defecto.
Honora rio.
—Te has vuelto más franca aún. Una pena que esa franqueza se tiña de cierta amargura, Tracie. ¿No eres feliz, cariño?
Tracie se amparó en la sabiduría de Hayden. Si no puedes decir la verdad, no digas nada.
—Como ves, Honora, tengo muchas tareas. Tal vez prefieras dormir una siesta…
—Oh, no. Quería hablar de la fiesta que debes organizar.
—Ya has escuchado a Hayden. Ni a él ni a mí nos apetece…
—En este caso, sus deseos son irrelevantes —la interrumpió Honora.
Tracie intentó mantener el temple, pero la mujer tenía razón, su carácter se estaba agriando un poco y considerar que podía deberse a la infelicidad le golpeó hondo.
—¿Y los del barón?
—Tracie, seré franca contigo. Hay rumores de que este matrimonio no funciona.
—Lo tendría que haber pensado antes de empujarnos a él, Honora. Hayden no quería casarse conmigo, y yo intento hacer lo mejor que puedo, pero tienes razón, no soy feliz. Estamos aquí atrapados y…
—Y han dejado la puerta de auxilio abierta por si uno de los dos quiere escapar.
—¿Qué? —Tracie la miró con asombro.
—La falta de consumación, es eso, ¿verdad?
—No puedo creer que la gente hable de semejantes cosas privadas. —Tracie se sonrojó. Se puso de pie y anduvo por el salón, algo nerviosa.
No le preocupaban los escándalos. Al menos, eso había creído. Pues siempre había pensado que, de vivir uno, sería por escapar con un caballero o enamorarse de un libertino. No estaba lista para que la sociedad hablara ¿de qué?, ¿de que el barón la despreciaba como mujer?
—Es de lo que más le gusta hablar a la gente.
Honora sacó de su bolso un grupo de cartas reunidas con un lazo. Se las tendió a Tracie, eran las misivas de sus amistades. La baronesa las leyó en diagonal, deteniéndose en las menciones de ellos dos.
Cogió una y Honora palideció.
—¡Esa no! —intentó arrebatársela y Tracie fue más rápida.
—Oh, no. Ya no puedes devolver a la fiera a la jaula.
Tracie la abrió y se encontró con la línea que Honora no quería que leyera.
—Lady Evelina Ashcombe se siente afortunada, está convencida de que pronto volverá a ser la favorita del barón… —leyó la baronesa en voz alta.
Honora le sacó el papel de las manos.
—No hagas caso a esos rumores.
—Ya veo, hay rumores… y rumores. —Ladeó la cabeza—. ¿Es la amante de Hayden?
La furia con la que soltó esas palabras la sorprendió hasta a ella. ¡Estaba celosa! Y furiosa. Y ultrajada. Y con ganas de hacer el mundo arder.
—No. Lo fue.
—Pero está convencida de que pronto volverá a ser la favorita del barón —repitió en un tono burlón, algo infantil, que escondía el enojo supino que la embargaba.
—Son tonterías de una mujer que no acepta que ha perdido. Como sea, lo importante es que monten una fiesta y silencien todas esas voces.
Tracie frunció todo el rostro por la ira. Hasta golpeó el suelo con el taco del zapato.