Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 21
80%

Capítulo 21

—¿Esperamos visitas? —Tracie se puso de pie y fue hacia la ventana.

Esa mañana Hayden no había marchado tan temprano. Había desayunado al horario de los criados, pero decidió ir él mismo a por su taza de café al desayunador. Se paró junto a su esposa y observó al carruaje acercarse. Frunció el ceño.

—No.

—Quizá se nos traspapeló una nota…

Tracie se puso nerviosa, giró sobre sus talones dispuesta a ir a revisar la correspondencia. Tras dos pasos, Hayden la detuvo cogiéndola de la muñeca.

—No se te ha traspapelado nada, Tracie. Siéntate y termina tu desayuno en paz.

—Será descortés recibir a un invitado así, hasta una torpe americana sabe eso.

—No es una invitada, es mi tía. Termina tu té en paz y reúne fuerzas, a estas alturas la conoces tan bien como yo.

Hayden ocupó la cabecera opuesta a la de su esposa, aunque no había sido la intención esa mañana. Sin siquiera pedirlo, un criado le trajo el periódico y algunas tostadas para que acompañara la infusión. Tracie se sintió algo incómoda.

—¿No piensas salir a recibirla?

—Si mi tía pretendía esa cordialidad de mi parte, hubiera escrito una nota.

—Pero tal vez…

—No la hemos perdido, Tracie… Aguarda y verás.

Extendió el periódico, pero Tracie pudo ver el ceño fruncido del barón por encima del borde de papel.

—Lady Honora… —anunció el mayordomo.

Hizo una reverencia y la mujer entró en el salón comedor.

—Querido, querida, ¿por qué no me han salido a recibir?

Tracie se sonrojó, a la vez que hizo un gesto en dirección al barón que clamaba «Te dije». Hayden alzó apenas sus ojos azules de las líneas escritas.

—Porque no estaba al tanto de que vendrías, tía. De lo contrario, hubiera hecho sacar la alfombra roja para tu llegada.

Hayden rara vez empleaba el sarcasmo. De hecho, le había dejado en claro que lo detestaba, solo podía implicar una cosa: estaba enojado.

—¿Cómo no? ¡He enviado una nota! Muchacha… —le dijo a una de las criadas—, tomaré el té y algo de pan. Siempre termino con el estómago revuelto después de varias horas de viaje.

—Deberías cuidar tu salud, tía, y no emprender esos incómodos viajes.

—La obligación y el afecto son más importantes que mi estómago. Lady Tracie, ¿cómo se adapta a su nuevo rol?

—Bien, supongo… —respondió sin sacarle la mirada a Hayden. Empezaba a darse cuenta de que no lo conocía enojado de verdad, con ella nunca se enfadaba.

—Lo sabía, querida. Con la guía perfecta, podrás ser la perfecta baronesa de Sheffield.

—Ya es la perfecta baronesa de Sheffield, tía —respondió Hayden sin mover el periódico. Tracie no sabía si ese pedazo de papel lo escudaba a él o las escudaba a ellas de su furia contenida.

—¡Claro!, claro… Pero debes reconocer que el rol puede ser algo intimidante.

Hayden plegó el papel, reveló su rostro a su tía.

Honora mostró apenas un atisbo de intimidación, pero enseguida sonrió.

Tracie la admiró y detestó en partes iguales, ya quisiera ella conocer el carácter del barón tan profundamente como para poder leer sus emociones.

Para Tracie, la mayoría de los sentimientos de Hayden seguían siendo un completo enigma.

—Milady, ha llegado una carta para usted… —anunció una criada y trajo la correspondencia en bandeja de plata.

—Déjame adivinar —murmuró Hayden—. ¡Es la nota de mi tía Honora anunciando su llegada!

Tracie miró el sello y la letra, necesitó pegar sus labios en una fina línea para no soltar una carcajada.

—Vaya, Hayden, es que tus poderes de prestidigitador no dejan de asombrarme. Dada tu capacidad de llegar a todos lados a la hora puntual y ahora la de adivinar de quién son las cartas antes de leerlas, tendré que aceptar que me casé con un mago.

La comisura de la boca de Hayden se tensó en un asomo de sonrisa. Lady Honora los observó. Tracie estaba en una cabecera de la mesa, Hayden en la otra, la distancia física era evidente, al igual que la tensión sexual no resuelta.

Pero ella lo llamaba Hayden, y él sonreía pese a su evidente furia. Tan mal no iba el asunto, pensó la mujer. Con ayuda de su enorme destreza social, pensó, y su gran conocimiento del espíritu humano, pondría a esos dos en camino.

—¡Qué increíble! He llegado yo antes que la nota. Tendremos que hacer algo con el sistema de correo, sobrino. ¿No conoces a alguien que promulgue alguna ley?

Hayden ladeó la cabeza.

—¿Qué te trae por aquí, tía? ¿Debo preparar una estancia prolongada o breve? Ponme al día de tus planes, los cuales suelen ser dos: o permanecer aquí y organizar una fiesta, o arrastrarnos a Londres y…

—Organizar una fiesta —completó Honora—. Pero es que, querido, si no te recuerdo yo que tus obligaciones de barón también implican disfrutar, tú te convertirías en un ermitaño.

—Me temo, lady Honora, que Hayden no considera las fiestas una forma de divertimento —comentó Tracie.

—¡Qué bien lo conoces! Por eso, querida, tendrás que ser tú quien se lo recuerde. Y, por favor, llámame tía. Que ya somos familia.

—¿Quieres hacer una fiesta, Tracie? —preguntó Hayden y volvió a alzar el periódico como escudo.

—No, gracias. Preferiría comer alacranes vivos —respondió ella.

—Asunto solucionado. Ahora que has visto coartados tus planes, ¿qué tipo de estancia eliges, tía?, ¿larga o breve?

—Mediana.

—Ya veo, hasta que consigas que mi esposa cambie de parecer o ceda por hartazgo. Tracie, sé fuerte.

Tracie sonrió, pudo jurar que Hayden también lo hacía, pero su boca estaba oculta por el papel.

—Lo intentaré.

—¡Ay, ay!, se han complotado en mi contra. Querida, ¿tendrás pastel de chocolate? —le preguntó a una criada.

Fingía estar ofendida por la complicidad de Hayden y Tracie cuando, en realidad, soltaba el aire, aliviada. Había esperado encontrar una situación mucho más compleja.

—No, milady. Hay tarta de peras al almíbar, si le apetece.

—Podré conformarme con eso. Gracias.

—¿Y su estómago delicado, Honora? —preguntó Tracie.

Hayden soltó el aire por la nariz en un intento de contener la risa.

—Hay que ver lo fuerte y saludable que estoy últimamente. Estaba pensando, querido, que ahora que tienes a tu baronesa y luego de que, claro, esté encaminada en su nuevo rol, yo podré tomarme unas vacaciones en Bath…

—Tracie ha cumplido de maravillas su rol, tía, puedes tomarte tus merecidas vacaciones cuando lo desees.

—Eso no es lo que se murmura… —soltó la mujer en tono cauteloso.

—Es una suerte que murmuren en lugar de gritar, tía, así podemos no escucharlos.

Tracie bajó la mirada y trató de esconder su sonrojo. ¿Podía una ciudad saber lo que pasaba, o mejor dicho, lo que no pasaba en su alcoba?

—Los murmullos son molestos.

—Muchas cosas son molestas y vivimos con ellas.

Hayden se puso de pie.

—Tracie no será obligada a hacer nada que no desee, tía, y ese es un ultimátum.

Honora alzó el mentón, pero aceptó la orden de su sobrino.

—Jamás la obligaría a nada, aunque no me puedes acusar, sobrino, por intentar mostrarle que sus obligaciones pueden… disfrutarse mucho.

Y arqueó las cejas al soltar la palabra «disfrutarse».

Para total sorpresa de Tracie, Hayden se sonrojó y no fue de furia.

—Hasta lo disfrutable se convierte en infierno cuando te fuerzan —remarcó el barón.

—Hasta lo disfrutable puede dar miedo cuando es la primera vez, es solo cuestión de que alguien más experto en esas lides guíe con gentil mano y con… seducción.

Tracie los miraba como si de un partido de tenis se tratara. Uno, el otro. Uno, el otro.

—La seducción sin consentimiento es también una forma de violencia, tía.

—Pues, en tal caso, intentaré conseguir primero el consentimiento de mi nueva sobrina para celebrar su…

primera fiesta. Y luego se la presentaré con todas sus ventajas y momentos gozosos, para que nunca sienta que debe hacerlo por obligación y pueda empezar a hacerlo por gusto.

Ya verás cómo se le da de manera natural.

¡Hasta habrá ocasiones en que ella te pida…

celebrar una fiesta sin que tú le tengas que decir nada!

¿No sería eso el epítome de la dicha matrimonial?

Hayden miró a Tracie, ella notó que estaba tan sonrojado que hasta le dio algo de pena, aunque no captaba del todo el significado de esa conversación sobre eventos sociales.

—Ya soy dichoso, tía. Pedir más sería avaricia.

—Bah, todos tenemos derecho a ser algo codiciosos. ¿No es así, Tracie?

—No me atrevo a responder, algo me dice que no están hablando ni de fiestas ni de dinero.

Honora sonrió. Hayden cerró los ojos un segundo y se marchó con apenas un gesto de cabeza como saludo.

—Dejémoslo escapar por hoy, lo he asustado. ¡Oh, ahí llega la tarta de peras! Dime, Tracie, ¿qué codicias tú?

—No lo sé —reconoció—. Tengo todo lo que pueda desear.

—De lo que conoces. Es hora de ampliar tus horizontes. Sírvanle una porción de tarta a la baronesa —ordenó a la criada—, que esta charla se da mejor con el estómago lleno.

Honora no volvió a abordar el asunto de la fiesta ni de los rumores. Halagó la tarta de peras al almíbar y le pidió a Tracie que le contara qué había hecho hasta el momento.

—La señora Finch es insoportable —coincidió Honora—. Pero es la esposa del vicario, no queda más que hacer el esfuerzo. ¿Y hoy?, ¿qué planes tienes?

—Tendría que consultar mis notas. Las tareas de la baronía son tantas que debo anotarlas y no hay día que ponga fin a esa lista. —Tracie pareció desinflarse.

—¿Tanto sufres en tu nueva posición? —preguntó Honora.

Tracie se puso de pie y la criada de inmediato recogió las cosas del desayuno. La baronesa la detuvo:

—Por favor, no hay premura. Honora puede querer repetir una porción de tarta.

—Oh, no, estoy más que satisfecha. —La lady se puso de pie también—. ¿Te molesta si te acompaño a tu salón? Me encantaría ver esas listas.

Tracie se detuvo un segundo. Cogió aire y cuadró los hombros.

A sus hermanas, poner límites se les daba mejor que a ella.

Una vez más la invadió la sensación de que el rol de baronesa le quedaba enorme y que era la menos apta para él.

Pero allí estaba, le gustara a quien le gustase, y la responsable era Honora Kensington.