Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 20 #4
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Capítulo 20 #4

—No, Hayden. Conozco ese tono de resignación, como si sobre tus hombros estuviera el peso de cargar con una misión dolorosa e inevitable. No es inevitable.

—No estoy tan seguro.

—El rencor no es malo, ¿sabes? Al contrario, tiene una enorme utilidad —dijo Tracie.

Rodó y se puso de lado, formó una almohada con sus manos bajo la cabeza.

—Hace que recordemos lo que nos hizo daño y lo evitemos en un futuro.

Si perdono sin entender, no vale nada. No es que supe qué hiciste, por qué lo hiciste y decidí que merecías indulgencia…

simplemente decreté que no me importaba lo suficiente como para ahondar y sacrificar mi paz en busca de respuestas.

—Quizás eso sea lo que en realidad te pido, que no sacrifiques tu paz por mis acciones.

—Pero eso significaría que no me importas en lo más mínimo. ¿Eso quieres?

Hayden cerró los ojos con fuerza. Tracie bufó.

—Además de eso, perdonar no es olvidar, pero se le parece un poco. Y si olvido lo que has hecho, podrás hacerlo de nuevo. La primera vez es culpa tuya, Hayden, pero si dejo que lo hagas de nuevo, ya será culpa de los dos.

—Lo entiendo.

—¿Me explicarás? —preguntó ella.

—No.

—¿Por qué?

—Porque temo que te hiera.

Tracie volvió a mirar al cielo.

—O porque crees que soy tonta y no lo entenderé.

—Jamás.

—Tus acciones no se condicen con tus palabras. Dices que no me crees tonta, pero actúas como si lo fuera.

—No, Tracie. Eres la persona más lista que conozco, por eso me gus… por eso me casé contigo.

—Te casaste porque te ha obligado tu tía.

—Tracie… Sé que eres demasiado lista para comprar el juego de mi tía.

Honora las adora a ustedes, las Plageman, porque son las únicas tan inteligentes como para entender las reglas del juego y no ser piezas, sino jugadoras.

Nuestro juego, Tracie, no fue concertado por mi tía, sino por nosotros.

Estamos aquí por nosotros y los dos somos lo suficientemente listos para no engañarnos.

—¿Quieres decir que los besos no fueron producto de un delirio febril?

Hayden rio. Tracie sonrió al escucharlo reír.

—Era preso de un delirio febril, sí.

—¿Será posible que cojas esas fiebres de nuevo? Empiezo a sospechar que nuestra falta de fiebres está despertando curiosidad.

—Vivo en este estado febril —murmuró Hayden.

—¿Qué?

—Tú lo has dicho, Tracie, no puedes perdonarme sin saber. Lo entiendo. Como también comprendo que puedas querer terminar esto. Mientras no consumamos, puedes anularlo.

Tracie palideció.

—¿Eso quieres?, ¿anularlo?

—No, pero puedes quererlo tú.

—¿Tan grave es lo que has hecho? Es decir, sí, amenazaste de muerte a un hombre, pero no lo mataste. E igual, si lo hubieras hecho, querría escuchar los motivos.

Hayden sonrió.

—No, no fue tan grave lo que hice. Excepto lo de amenazar de muerte, claro.

Entre los dos se hizo un largo silencio. Los dos miraban al cielo y, tras unos minutos, volvieron los rostros en sus respectivas direcciones.

—¿Sabes qué otro rasgo tuyo me hace estar seguro de que eres la persona más inteligente que he conocido?

—¿Mis dotes de bailarina?

Hayden sonrió.

—Tu franqueza.

—Ah, yo esperaba que tú fueras menos franco y halagaras mi destreza en el vals.

—A eso me refiero. En Londres, la ironía, el sarcasmo, la astucia malintencionada son considerados rasgos de inteligencia.

Pero, claro, son los mismos sarcásticos malintencionados los que dictan qué es ingenio y qué es tontería…

Sin embargo, para mí el mayor rasgo de lucidez es hablar con la verdad o callar. Tú hablas siempre con franqueza…

—Y tú siempre callas por consideración…

Por supuesto, no respondió, pues o decía la verdad que podía herirla o callaba en beneficio de ella.

Tracie hizo uso de su don, empleó la palabra:

—Supongamos que sí, soy muy lista, pero en honor a mi elevada franqueza debo reconocer que soy muy torpe. ¿No dirás nada?

—No.

—Te amparas en el silencio gentil.

—Sí.

Tracie sonrió.

—Vale. Pues soy torpe, lo digo yo y tú lo callas. Hay algo que me sucede seguido…

—¿Qué? —Hayden se sentó, la observó mientras ella cortaba hierba con los dedos.

—Cuando tomo el té o ayudo en la cocina, a veces se me caen algunas cosas: una cucharilla de café, una naranja… y al intentar cogerlas, hago un desastre mayor. Por querer capturar la cuchara antes de que toque el suelo, tiro todo el juego de té. Por coger la naranja, derramo el jugo ya exprimido…

Hayden asintió. Por intentar no herirla, la estaba hiriendo más.

—Tal vez solo tengas que dejar que la cucharilla toque el suelo, Hayden. ¿Qué es lo peor que puede pasar?

Tracie se incorporó y se quitó la hierba del vestido. Tras lo cual, agregó:

—Dime cuándo estarás en el despacho, quiero coordinar contigo para que el jardinero ayude a la señora Porter y tal vez puedas, una vez más, amenazar a alguien de muerte.

¿Lo ves? Hay situaciones que lo ameritan, solo debes probarme que el señor Clarke era una de esas situaciones.

—Se dio la vuelta y dio un par de pasos; se volvió una vez más, con una sonrisa—.

Recuerda hacerlo bajo la lluvia. Mientras más terco seas, más torrencial tendrá que ser.

Se marchó sin ver la sonrisa que pujaba en los labios de su esposo.