Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

El cochero no parecía feliz con la decisión, pero debió claudicar. La vio partir en dirección a los campos sembrados de la baronía y recién cuando la perdió de vista, se subió a la calesa y regresó a casa.

Un recuerdo la embargó. Sus pies seguían el sendero natural en el terreno. Se había formado de tanto andar, no era producto de un ingeniero ni de una orden gubernamental. Simplemente las personas habían decidido caminar por allí y la tierra se había adaptado. No se necesitó fuerza, sino constancia.

Mientras lo transitaba, una imagen vívida apareció en su mente.

Estaban en su casa de América y ella tendría unos seis años, tal vez.

Su padre aún vivía, pero lo mismo daba; apenas lo veían.

Tracie se había escapado de la lección con su institutriz, le gustaba desafiar las normas desde tan pequeña, y se había escondido en el armario de la ropa blanca.

Asomó su nariz por una hendija, escuchaba la voz lejana de la institutriz que la buscaba con fastidio.

Tracie se había tapado la boca para contener la risa, acuclillada tras la puerta de madera.

Entonces apareció su madre. Ella pensó que era para reprenderla o ayudar a la institutriz a buscarla.

Se equivocaba. Melissa Plageman acompañaba a un trabajador a la puerta, el hombre estrujaba en sus manos una boina y, pese a la dureza de sus facciones, a la piel curtida y las manos ásperas, en sus ojos brillaban las lágrimas de agradecimiento.

—De verdad, señor —insistía Melissa—, es lo que corresponde.

Su madre tendía un sobre. Tracie pegó el ojo a la hendija para ver. La solapa estaba apenas abierta y asomaba el inconfundible ribete de un par de billetes de dólar.

—No se lo pediría, pero mi hija… su accidente… —balbuceaba el señor.

—No tiene que decir más.

—El señor Plageman…

Tracie estaba de espaldas, no pudo ver la expresión de Melissa. Sí notó cómo cuadraba los hombros y cómo su voz cambiaba de matiz.

—El señor Plageman no lo sabrá. Me encantaría decir que solo el delito tiene que esconderse de la luz, pero cuando son tiempos de crisis moral, son las buenas acciones las que se hacen en secreto.

El hombre había asentido una vez más antes de que Melissa lo despidiera con amabilidad y la promesa abierta de que habría más si lo necesitaba.

A Tracie le había quedado grabado en la memoria el modo en que su madre posó la espalda sobre la puerta de madera cerrada tras de sí, cómo los hombros se le hundieron un instante; parecían cargar demasiado peso. El peso de la responsabilidad.

—Tracie… —escuchó la voz de la institutriz y vio que su madre volvía a enderezarse, a sonreír y a dejar atrás ese momento de pesar.

—¿Tracie…? —la llamó Melissa.

Ella volvió a taparse la boca para no reír, pero su madre la conocía. No tardó en abrir la puerta del armario y clamar:

—¡Aquí estás!

Ella se echó a reír y pareció olvidar de inmediato al señor, la ayuda que le había prestado su madre y la certeza de que su padre hubiera mirado al costado. Pero no lo había olvidado. Lo tenía muy presente.

Siempre había pensado que los lores eran unos holgazanes, que los burgueses se abrían camino con ingenio y trabajo, mientras los nobles esperaban solo heredar.

Ahora sabía que no. Su padre había sido un burgués tacaño, indiferente al dolor, mientras que Hayden era un noble que estaba al tanto del sufrimiento de sus vecinos.

Y ahora ella también podía hacerlo.

—Enviaré al jardinero para la señora Porter e insistiré en que Hayden vuelva a hablar con el yerno del señor Pritchard.

El problema con mi esposo es que es muy correcto, lo que ese hombre necesita son arañas en la cama.

¡Sí, señor! O el equivalente a arañas en la cama de personas adultas.

Mmm… ¿Con qué se asusta a un hombre mayor?

Tracie alzó la vista al cielo, era un gesto que le nacía cuando pensaba.

—¿Les tienen miedo los hombres a las arañas? La señora Saleman era mayor y chilló como una niña. ¡Y eso que me aseguré de que no fuera una especie venenosa! Pero creo que el yerno del señor Pritchard merece una con mucho veneno…

Cuando bajó la mirada se detuvo en seco.

—Coincido contigo, Tracie, el yerno del señor Pritchard se merece una araña venenosa —dijo Hayden.

Tracie se quedó paralizada. Su esposo estaba sin camisa. ¡Sin camisa! Y los tirantes caían a los lados, formando dos arcos por encima de la rodilla. Tenía el cabello húmedo, echado hacia atrás.

—Estoy casi segura de que tu tía Honora consideraría esto indecoroso.

—¿Bañarme en el arroyo que pasa por mis tierras? Pues no.

—¿Bañarse en público?

—No esperaba público —se defendió él.

—Febo podría horrorizarse —insistió Tracie.

El caballo estaba amarrado a un árbol y pastaba de lo más tranquilo.

—Si mi presencia resulta impropia, solo tienes que decirlo, no necesitas fingir que lo haces por el pudor de Febo.

—A mí no me importa cómo andas, ni siquiera te estoy mirando.

—En efecto. Haces tanto esfuerzo por no mirar que te romperás el cuello.

Hayden cogió su camisa y se la pasó por encima de la cabeza. Arremetió con poco esmero la parte frontal en la cinturilla del pantalón. Fue en vano, como tenía la piel húmeda, la tela se pegó a su cuerpo y lo mismo daba vestirla que andar desnudo.

—Hoy he ido a conocer a los vecinos —comentó Tracie, aún incómoda.

Hayden se sentó en la hierba a cierta distancia de su esposa. La embargó una extraña sensación al verlo, una mezcla de decepción y de ira.

—No necesitas hacer esas tareas, ya sé cuán odioso encuentras el rol al que te he empujado con este matrimonio.

Tracie lo imitó. Se sentó a unos dos metros de él, sobre la hierba.

—Pues me equivocaba.

Hayden volvió la cabeza hacia ella a gran velocidad. Tracie rio.

—Ahora serás tú el que te romperás el cuello.

—Sin dudas. Pero es lo bueno de estar soñando, no puedes morir en un sueño.

—¿Qué sueño?

—Tú diciendo que no odias todo lo que implica la baronía de Sheffield.

—Vaya sueño más aburrido, Hayden. Deberías probar leer más novelas y menos tratados filosóficos. ¡Ah!, e intentar no analizar tanto las novelas, les quitas la gracia.

Hayden frunció el ceño.

—¿Has husmeado entre mis cosas?

—En mi defensa, las dejaste sobre el escritorio.

Él se dejó caer sobre el césped, con la mirada al cielo.

—Igual sí husmeé en un cajón. ¡Buscaba la tinta!

Tracie pudo jurar que Hayden contenía la risa.

—Como sea, Hayden, prueba soñar cosas más divertidas. No sé… que Whippet es un dragón o algo así.

—Me gustan mis sueños —dijo él en su defensa.

—¿Yo como baronesa? Debe ser un sueño febril. Una vez, cuando cogí paperas, soñé que flotaba cerca del sol y trataba de llamar a mi madre, pero no me salía la voz. Ese fue un sueño menos delirante que el tuyo, Hayden.

—Vale.

—¿No piensas discutir?

—No.

—Es aburrido si no discutes.

—Soy aburrido, ¿recuerdas?

—Lo que eres es muy rencoroso —rebatió ella.

—¿Yo? Eres tú quien todavía no quiere perdonarme.

—Nunca dije que no quiera perdonarte…

Una vez más, Hayden volvió la cabeza con demasiada fuerza. En esa ocasión hasta le sonaron las cervicales.

—¿Eso quiere decir que me perdonas?

—No, eso quiere decir que estoy dispuesta. Pero necesito que me expliques tus motivos, el perdón nunca puede ser un cheque en blanco —dijo Tracie.

Se echó sobre el césped también, con la mirada al cielo. Verlo tan relajado empezaba a hacerla flaquear en su decisión.

—Tracie…