Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—¿Ah, sí?

—Debe escribir cartas a sus amigos, muchas, una por día, contándoles cualquier nimiedad. Y claro, para tener algo sobre lo que escribir, debe visitar a otros amigos, de modo de poder contarle a un grupo lo que le sucede al otro y viceversa.

—Vaya…

—En cada carta debe ser cuidadosa de preguntar por el tema que quedó pendiente en la anterior, así la otra persona se sabe escuchada y tiene que dejar un pequeño detalle para indicarle a su receptor qué punto espera usted que sea considerado.

—Parece toda una ciencia.

Edith rio.

—Más bien un arte. Luego están los vecinos y las personas que trabajan para la baronía.

Muchos no saben leer ni escribir; a esos tendrá que visitarlos, para que ellos sepan que usted no hace diferencias.

Aquellos que sí saben leer deben recibir breves notas de su puño y letra en que les informa algún detalle, para que puedan alardear con sus vecinos.

Ellos también necesitan tejer esa red de escuchar y ser escuchados.

Una baronesa es la pequeña reina de un subreino.

—Sin presiones —palideció Tracie.

—No se asuste. De verdad, es imposible que lo haga mal. Usted es encantadora y, aun si fuera horrible, ellos no se atreverían a decirlo.

—Peor, ¡me mentirán!

—Milady, de verdad, se preocupa en vano. A los vecinos les gustará enseguida y comprenderán la elección del barón sin lugar a dudas. Algo que le vendrá muy bien… —agregó en un tono serio.

—¿A qué te refieres?

—A que la sacará del aburrimiento —mintió Edith.

Lo que Tracie necesitaba era evacuar las dudas sobre ese matrimonio; si alguien sabía que no había sido consumado… ¡ardería Troya! Y peor aún, no existiría encanto de Tracie que la salvara de las malas lenguas.

—Bien, eso haré, iré a visitar a los vecinos. Tendríamos que preparar una canasta, ¿verdad? Y necesito averiguar dónde viven, cómo se llaman…

—El cochero la guiará. Él conoce a todo el mundo, ya verá, milady. Empecemos por la canasta, es una gran idea.

Tracie se puso de pie con entusiasmo. Edith miró el libro que ella estaba hojeando y lo cerró de un golpe antes de regresarlo al cajón.

Esa lectura no la ayudaría en lo más mínimo, lo que su lady necesitaba era estar cerca de su esposo y dejar que la naturaleza siguiera su curso.

Algo imposible si el barón huía como un cobarde cada mañana.

¡Hombres!, suspiró y siguió a Tracie al jardín.

Tracie había formado tres ramilletes de paniculata, lavanda y dalias con las flores de los jardines. Estaba bastante conforme con el resultado. Sumó a la canasta un par de obsequios más, algunos dulces de mora que tenían en las cocinas y pan recién horneado.

El señor Barker preparó la calesa más hermosa para su señora, esa que necesitaba de dos caballos de tiro y lucía el escudo a los lados. Esperaba que los vecinos la vieran pasar, pese a que no tendría tiempo de visitarlos a todos.

—¿No se sentirán ofendidos los no elegidos? —preguntó Tracie, asustada. Se inclinó hacia delante para poder hablar con el cochero.

—Claro que no, entienden que ya les llegará su turno. Pero, por eso mismo, si me permite la sugerencia…

—¡Desde ya!

—Empiece por la señora Porter, tiene noventa años y nadie piensa que vaya a sobrevivir el invierno.

—¡Barker!, por favor.

—Es el ciclo de la vida, milady. Como sea, los vecinos entenderán que empiece por ella y no habrá celos.

Luego, lo mejor será la señora Finch, es la esposa del vicario y, por último, al señor Pritchard.

Él es muy pobre, ha perdido a sus hijos en la guerra y su hija hizo un mal matrimonio.

Su vida es muy triste y le alegrará estar entre los primeros elegidos por la baronesa.

—Vaya… Claro. Así lo haré. Espero que su hija pueda librarse pronto de ese mal matrimonio.

—Todos lo deseamos, aunque sepamos que no hay que pedirle a Dios ese tipo de cosas.

—Bah, Dios de seguro lo entiende.

Barker sonrió. Dudaba que Dios fuera tan flexible como su señora.

Llegaron a la casa de la señora Porter. Parecía acogedora, contaba con un pequeño jardín delantero algo descuidado porque la anciana no podía hacerse cargo. Tracie pensó que eso también podía ser el rol de una baronesa y que le diría a su jardinero que se pasara a ayudarla.

Una anciana diminuta les abrió la puerta luego de que Barker golpeara con tanta fuerza como para derribarla.

—¡Señora Porter! —saludó con entusiasmo el cochero—. Lady Tracie ha venido a saludarla.

Tracie se acercó a la puerta.

—¿Cómo dice?

—Qué he venido a visitarla —dijo Tracie.

—Es usted muy joven. —La señora entornó los ojos como si quisiera enfocarla.

—Gracias, supongo.

—¿Le gustan las ciruelas?

—Eh, sí… —respondió la baronesa. Buscó al señor Barker con la mirada, necesitaba saber si la situación iba bien o lo estaba echando a perder. No entendía nada.

—Qué bien.

—He venido a visitarla —repitió, aún de pie ante el umbral.

—¿A felicitarme?

—¿Por qué?

—Porque sigo viva.

Tracie se echó a reír. La mujer le ganaba en franqueza.

—Bueno, también.

La señora Porter abrió la puerta de par en par.

—Entre antes de que me muera.

La anciana la condujo al interior de la vivienda. Tracie dejó la canasta sobre la mesa.

—Le traje algunas cosas.

—Vaya, qué amable —agradeció la mujer.

—Traje pan… —empezó Tracie, pero la señora Porter frunció el ceño.

—¿Un galán? ¡Pero si yo no estoy para esas cosas a mi edad!

—No, pan —repitió Tracie—. ¡PAN!

La mujer era algo sorda.

—Oh. Para esas cosas sí que estoy, aunque me falten los dientes.

Tracie empezó a sospechar que la anciana no estaba oyendo ni la mitad de la conversación y, por orgullo, se inventaba lo que no oía. Sin embargo, parecía feliz.

—También traje dulces.

—¿Nueces?

—Dulces.

—Perfecto.

La conversación siguió a los gritos. En un momento, Tracie se rindió y comprendió lo que Edith le había dicho. La mujer quería ser escuchada, de modo que la dejó conversar sin corregirla.

La charla se dio rara, pero sobre todo, divertida.

La señora Porter hablaba de cualquier tema y cuando ella le hacía una pregunta, entendía otra palabra y desde allí conectaba a la siguiente conversación.

¿Cómo se llama su madre?, Melissa, ¡Oh, sí, la melisa es muy buena para los nervios!

, y para los calambres; ¡claro que había comido calamares!

Cuando Tracie finalmente se levantó para marcharse, la señora Porter la tomó de la mano.

—Mire, yo soy corta de vista y sorda, así que si le digo que usted es bonita o buena conversadora, le estaría mintiendo.

—Gracias por la franqueza —sonrió Tracie.

—Pero yo conocí tres baronesas y usted es la primera que ha soportado mi parloteo por tanto tiempo, eso habla muy bien de usted.

—Lo mismo dicen de mi parloteo. Quizá por eso congeniamos.

—Bah, yo estoy vieja. Tome mi consejo, si alguien se muestra incómodo con su charla, hable más. Mucho, mucho, mucho. Que a las mujeres siempre nos han querido en silencio, no llegue a mi edad para hacerse oír.

La joven sonrió.

—Gracias. Es un gran consejo.

—Saludos al barón, él también es de los que escuchan bien. El problema con el hombre es que no habla.

—¡Ya lo creo!

Le dio una palmada en la mano.

—Ahora me comeré ese pan y me dormiré en la mecedora, si no le importa, milady.

—Es un plan perfecto.

Tracie fue hacia la puerta junto a la señora Porter. El señor Barker esperaba a por su lady en el coche, partieron de inmediato hacia la siguiente visita.

La conversación con la señora Finch no tuvo nada de memorable.

Tracie no era dada a pensar mal de las personas, pero si buscaba en su fuero íntimo, tendría que reconocer que la esposa del vicario era demasiado esnob.

Después de la baronesa, se consideraba la persona más importante del lugar y le encantaba resaltarlo.

Era condescendiente y Tracie se dio cuenta de que no era sincera, cada halago había tenido el fin de congraciarse y ni una verdad salió de su boca.

De todos modos, ella le dejó el ramillete de flores, el dulce de mora y un pan recién horneado.

Ya era media tarde cuando pudo terminar con las extensas despedidas de la señora Finch e ir a su último destino.

La cara de sorpresa del señor Pritchard quedó grabada en la retina de Tracie. Él hombre se apresuró a acomodar tanto como pudo su casa para darle la bienvenida.

—No se preocupe, señor, su casa es encantadora —lo tranquilizó.

Se sentó frente al hogar que estaba apagado y limpio, el hombre ahorraba leña para los días más fríos. Vio que tenía algunos libros viejos y ajados, y lo invitó a hacer uso de la biblioteca de la baronía cuando quisiera.

Que cada palabra de ella empujara al hombre al borde del llanto impactó hondo en Tracie. Había creído que ser baronesa era un rol banal, que se daba de cara a personas vanidosas como las que había conocido en Londres.

Nada más lejos de la realidad. Al menos, en la baronía de Sheffield.

Sabía que muchos lores se desatendían de esas obligaciones del pasado, propias de la época feudal.

No Hayden. Él había mantenido esos lazos comunales, todos sabían que podían contar con el barón para solucionar algunos de sus problemas.

—Lord Hayden habló con mi yerno —contó el señor Pritchard—. Ha intentado que recapacite… Pero cuando ese hombre bebe, se transforma.

—Cuánto lo siento.

—Y yo, milady. Y yo.

Tracie se despidió recordándole la invitación a la biblioteca, era siempre bienvenido. El hombre pareció rejuvenecer un par de años ante sus ojos. El dolor era inevitable, pero saberse oído aliviaba la pena.

La baronesa se acercó a la calesa y Barker lo vio en su rostro.

—Sí, milady, es triste. Pero que la consuele saber que hoy ha pensado un poco menos en su sufrimiento gracias a su visita.

—Es muy amable.

El cochero le sostuvo la portezuela. Tracie miró al cielo, estaba despejado, y había una brisa agradable.

—Regresaré a pie, Barker.

—Milady, permítame disuadirla.

—Tranquilo, he hecho caminatas así de extensas. No me perderé en el bosque ni me agotaré a mitad de camino.