Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 20
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Capítulo 20

Tracie se despertó temprano esa mañana. En ocasiones lo lamentaba, aunque intentaba hallar cosas para hacer, la casa de la baronía era tan eficiente que rara vez hallaba tareas. Edith era su única guía de momento, era quien mejor le explicaba qué se esperaba de ella.

—Tal vez tenga alguna idea nueva —se dijo al ponerse de pie. No hizo sonar la campanilla, ese aspecto de ser baronesa se le daba fatal. En general prefería valerse por sí misma la mayor parte del tiempo—. Y dado que aquí nadie me verá… —agregó.

La señora Bianchi tenía razón, los camisones eran importantes.

Hasta ahora, Hayden solo la había visto en ellos.

Cada noche, cuando la creía dormida, entraba a su habitación.

¿Para qué?, Tracie no lo sabía. A veces solo se quedaba de pie por un minuto, en el medio exacto, luego giraba sobre sus talones y regresaba a su alcoba.

Otras, se acercaba con sigilo. Tracie abrió los ojos en una ocasión y él lució espantado y apenado porque lo hubieran descubierto. Desde entonces, ella fingía dormir.

Pero lo sentía. Era imposible no hacerlo. Alguien debería advertirle a Hayden que su perfume era único y que lo rodeaba una especie de energía intensa.

—Insisto, no estoy hecha para cosas tan serias como ser baronesa.

¿Qué se le pasó por la mente a Lady Honora?

—refunfuñó tras lavarse la cara y las axilas con el agua de la jofaina.

Refrescada, se puso su camisola de algodón, el corsé frontal, el cual era más fácil de ajustar, y el vestido de tarde color aguamarina.

El vestido se cerraba por delante en una línea de botones forrados que terminaban en su cuello. Lo que más le gustaba a Tracie eran las mangas abullonadas, se miró en uno de los espejos, porque sí, la casa de campo también estaba repleta de ellos, y sonrió satisfecha.

Sentirse bonita la ayudaba a mantener el ánimo, y vaya si lo necesitaba.

¿Acaso Hayden se acercaba todas las noches a constatar la terrible esposa con la que había terminado casado?, ¿acaso lo hacía con la esperanza de que ella hubiera huido?

Se lo preguntaría de tener una posibilidad. Pero Hayden escapaba cada mañana antes del alba y volvía, discreto, después de las ocho para esconderse en su biblioteca.

Tracie suspiró. Cuadró los hombros y abandonó su habitación.

Bajó las escaleras en busca de Edith para preguntarle si se le ocurría alguna «actividad de baronesa» que pudiera llevar a cabo.

Tal vez supervisar como Louise pulía la platería, ¡vaya diversión!

, en especial porque a ella le daba lo mismo cuán brillante quedaban los cacharros.

O quizá era hora de que emprendiera una tonta renovación sin ton ni son en la casa de su marido.

—¡Oh!, es que las cortinas azules están pasadas de moda, ¿qué pensará la vizcondesa del Vizcondado? Bah —masculló de camino por la casa.

¡Rayos!, encima era enorme. Quizá con una tarea al día le bastaba, el resto de las horas las pasaría en los pasillos de esa mansión campestre tratando de llegar de su habitación a la cocina.

O a la biblioteca.

Las puertas de esta estaban abiertas al igual que las ventanas.

Los criados empezaban siempre la limpieza por allí, porque era el lugar preferido del barón.

Normalmente, Hayden pasaba la mayor parte del tiempo sentado ante el escritorio de estudio que se disponía justo frente a la ventana más grande.

Ahora no lo hacía. Parecía convencido de que mantener cierta distancia era lo mejor para ambos.

Se acercó al escritorio y revisó sin escrúpulos lo que había quedado sobre la superficie de madera.

Había un libro de David Hume, «Tratado de la naturaleza humana», y otro, completamente distinto, «El arte de la guerra» de Sun Tzu.

Leyó algunas palabras por arriba y vio que entre las hojas de los libros se hallaban papeles escritos de puño y letra por Hayden con sus observaciones.

Tracie sonrió sin darse cuenta al notar que su esposo podía ser más aburrido con sus observaciones que el libro en el que se basaban. Debía hallar esa característica del barón su peor atributo, en lugar de un aspecto con cierto encanto.

Siguió hurgando sin pena. Bajo los libros contables y sus anotaciones académicas asomaba una sección de folletines del periódico.

—¡Vaya, esposo! ¿Quién lo diría? —rio.

La risa se volvió carcajada al notar que Hayden había tomado las mismas minuciosas notas en «La doncella y el corsario» que en «Tratado de la naturaleza humana». Una de sus observaciones hizo que el corazón de Tracie diera un vuelco:

«De guiarme por esta, una de sus novelas preferidas, me veo impelido a concluir que Tracie prefiere los hombres osados, de comportamiento heroico, que los aburridos lores».

Tracie bajó el folio cosido en que Hayden había reunido todas las entregas del folletín. Se sentó en la silla de alto respaldar y subió las piernas, hasta ovillarse con la mirada en los jardines.

—No es mi novela preferida, tonto, es solo una historia divertida más.

Decidió que le dejaría eso por escrito. Buscó la pluma, pero las criadas ya habían ordenado todo y no estaban a la vista.

Abrió los cajones y las encontró, al igual que halló un libro más, aún envuelto en el papel de seda en el que solían entregarlos los libreros.

El lazo, en cambio, estaba desanudado. Hayden lo había hojeado, pero todavía no se había decidido sobre dónde colocarlo en la enorme biblioteca.

—La obra maestra de Aristóteles —leyó Tracie y negó con la cabeza—, realmente, Hayden, no necesitas más filosofía en tu vid… —La boca se le cerró al abrirlo—. ¡Esto no es un libro de filosofía!

El corazón se le aceleró. Sus mejillas ardieron. Recordó la charla de la noche de boda, de su queja porque no hubiera libros sobre «consumar». ¡Pues ese era un libro sobre consumar!

Pasó algunas páginas más y no tardó en encontrar la primera nota de Hayden y el motivo por el cual estaba oculto en un cajón:

«Demasiado moralista. Le falta rigor científico. La confundirá más».

—¿La? —preguntó en un susurro. ¿Lo había comprado para ella? A Tracie no le importó demasiado la falta de rigor científico y se pasó por alto todas las advertencias morales. De todos modos, las imágenes tampoco resultaron muy didácticas.

Lo regresó al cajón. Cogió en cambio la pluma y el tintero para dejar su nota. Escondida tras el respaldar, Edith y Louise no la vieron.

En cambio, ella sí las oyó.

—Chist, Louise, deja de ser tan bocaza —la reprendió Edith.

—Tú porque ahora fuiste elevada a doncella, pero bien que antes sí cotilleabas con nosotras.

—Sigo cotilleando con ustedes, ¡pero no de la intimidad del barón y la baronesa!

—¡De la falta de intimidad del barón y la baronesa! —corrigió Louise.

—Eso no lo sabemos. Nosotros nos vamos a dormir, puede que el barón…

—No te lo crees ni tú.

—Eso no importa, Louise, si no cierras la boca y dejas de hablar sobre la vida personal de nuestros señores, te meterás en problemas. ¡Y déjame decirte que no seré yo quien te defienda! Advertida estás —sentenció Edith.

Louise era demasiado cotilla. De momento había mantenido el rumor entre los criados de la baronía, pero en dos semanas tenía sus días libres y sería muy difícil que no fuera por allí esparciendo chismes.

Edith empezaba a pensar que era su trabajo guiar a sus señores antes de que Louise se fuera de boca.

Entró en la biblioteca para cerrar por fin las ventanas y encontró a Tracie en la silla. Dio un respingo.

—Milady…

—Lady Tracie, ¿recuerdas?

—Sí, Lady Tracie… —Edith se sonrojó.

—He oído que los criados están muy preocupados por mi incumplimiento de ciertas obligaciones. —Tracie mantuvo el mentón en alto en un gesto digno. Podía ser inocente, pero no era tonta.

—No escuche las tonteras de Louise.

—Es imposible no hacerlas. Como sea, hay tareas que no puedo llevar a cabo sola, ¿verdad?

—Tiene usted más razón que un santo —respondió la doncella con firmeza. Ella era de la idea de quien fallaba en ese matrimonio era el barón. ¿Por qué?, no lo entendía.

—Quiero hablar de mis otras obligaciones, Edith. De las que hace una baronesa a solas. No puedo obligar al barón a encontrarme bonita, pero tal vez si soy un poco más apta…

—Lady Tracie, dudo que esto tenga que ver con cómo la encuentra el barón. Me temo que se ha casado con un hombre… mmm… complejo.

—Vaya eufemismo —rio Tracie.

—Milady… ustedes se han casado porque el barón la besó. Dos veces. Eso no lo hace un hombre que no la encuentra atractiva.

—La segunda vez se lo pedí yo. Solo nos queda la primera vez, seguro tenía fiebres.

—Sí, bueno, si ahora a eso le llamamos fiebre… —masculló Edith.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Lady Honora esparció cada detalle.

—¡Rayos! Esa mujer y su pico enorme. Debe ser muy buena amiga de Louise. ¿Qué le costaba mantenerse en silencio?

—Lady Honora es metiche —reconoció la criada en un susurro, porque no le correspondía hablar mal de la tía de su señor—, pero desde que la conozco jamás ha obrado con mala intención. Si hizo lo que hizo, fue porque lo consideró mejor.

—Otra a quien han afectado las fiebres. Seguro los Kensington estaban pasando por una grave enfermedad y ahora estamos todos atrapados aquí.

—Milady, ser una baronesa no es una condena. El hecho de que no tenga obligaciones, ni una… —agregó, rodando los ojos—, es porque el barón al parecer es reacio a someterla a ellas. Y eso es algo bueno, puede hacer lo que desee que su esposo no se opondrá. ¿Qué le gusta hacer?

—Pintar, pasear, montar, leer… Bordar se me da mejor que a mis hermanas, pero no soporto estar tantas horas quieta. Mmm… no lo sé. Conversar. No tengo muchas personas con las que conversar, Joyce está en Londres y tú no puedes negarte, porque soy baronesa… —Rodó los ojos.

Edith rio.

—No me obliga, milady. Y si tanto le gusta conversar, entonces ser baronesa es el mejor rol para usted.

—Ahora eres tú quien tiene fiebres. —Tracie posó su mano en la frente de la doncella en un gesto gentil.

Edith sonrió ante la frescura de su señora.

—No tengo fiebre. El mayor trabajo de una baronesa es conversar.