Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

La felicidad de Tracie pareció aumentar todavía más.

Depositó al cachorro sobre el piso y se incorporó de inmediato.

Si las circunstancias hubieran sido otras, habría corrido a abrazar a su primo.

Pero ahora era Lady Kensington y, poco a poco, debía acostumbrarse a ciertos comportamientos. Incluso con su propia familia.

—¡Brett!

—Buenos días, prima.

El recién llegado dirigió una respetuosa inclinación de cabeza hacia Hayden.

—Lord Kensington. Espero que sepa disculparme —carraspeó mientras dirigía una rápida mirada hacia el corredor por el que acababan de desaparecer Archie y Whippet.

Durante una brevísima fracción de segundo, Brett y Hayden intercambiaron una mirada que pasó inadvertida para Tracie.

Ninguno de los dos hombres necesitó explicación alguna, solo fingir que todo se daba en un marco de casualidad y espontaneidad.

En realidad, el responsable de aquel desastre peludo a tan temprana hora de la mañana no era Archie.

Ni siquiera Brett. Era Lord Hayden Kensington.

—No es necesario que se disculpe, milord —respondió Hayden con tranquilidad.

—Oh, sí que lo es. Aunque no por lo que ha sucedido hace unos instantes, eso es solo un daño colateral.

—Tomó asiento en la silla que Graves le indicó—.

Un daño colateral que llevamos sufriendo en Kinloss desde que Tracie se marchó.

Así que me he visto en la obligación moral de restablecer cierto equilibrio familiar.

Espero que esto no nos convierta en enemigos, milord.

—Por favor. —Hayden llevó la taza con café a sus labios—. No suelo tener especial inclinación por los enemigos. Requieren demasiado tiempo, energía y una cantidad considerable de paciencia. Prefiero invertir esos recursos en otras cosas.

—Me tranquiliza saberlo.

—¿Desea café? —preguntó Hayden.

—No, gracias. En breve partiré hacia Eton.

Tracie frunció el ceño. Apenas recordaba en qué fecha se encontraban. Desde la boda, los días parecían transcurrir con una extraña rapidez, como si todavía no terminara de asentarse en su nueva vida.

—¿Eton? —preguntó sorprendida—. ¿Ya ha terminado tu receso académico?

—Sí. Precisamente por eso, antes de marcharme, quiero dejar ciertos asuntos en orden, y eso incluye a Archie.

Porque, verá, milord —continuó Brett con su habitual tono solemne e impostado—, la última vez que me marché a Eton, la persona responsable de Archie era cierta joven americana...

—Dirigió una mirada hacia su prima. Tracie sostuvo la suya.

Durante un segundo, ambos sonrieron— que, por desgracia para nosotros, ha decidido convertirse en la baronesa de Sheffield.

Las mejillas de Tracie se tiñeron de un suave rubor. Bajó la vista hacia su taza y bebió un sorbo de té para disimular.

—Por tanto —prosiguió Brett—, me he visto en la obligación moral de traerlo aquí.

—¿Piensas dejarlo? —balbuceó Tracie con notoria preocupación. Daba por hecho que la idea le sentaría pésima a Hayden.

—No solo lo pienso. Acabo de hacerlo.

—¡Es tu perro!

—Hace mucho tiempo que dejó de serlo.

Brett se volvió hacia Hayden.

—De hecho, milord, me atrevería a afirmar que todos los defectos de carácter de Archie han sido inculcados por mi prima.

Hayden carraspeó con evidente incomodidad. Miró a Brett de soslayo, y la expresión del joven vizconde cambió de inmediato. Interpretó perfectamente el mensaje silencioso del barón.

No exageres. Te estás excediendo. Mantente dentro de los límites razonables.

—Bueno... —se corrigió con rapidez—. Quizá «todos» sea una palabra excesiva. Digamos que mi prima solo es responsable de una cantidad considerable de ellos.

—¡Brett! —protestó Tracie—. Siendo justos, Archie ha colaborado activamente en su propia educación.

—¿Eso es un argumento en defensa a tu favor? —preguntó Brett, arqueando una ceja.

—No, pero me parece importante repartir las culpas de forma equitativa —argumentó Tracie, convencida de la solidez de su afirmación.

—Eso no mejora en absoluto tu situación.

Hayden, conocedor de la dinámica habitual entre aquellos dos y poniendo en práctica años de experiencia sobreviviendo a intercambios semejantes, decidió mantenerse al margen. Cogió el periódico y lo abrió frente a él.

—Lo sé, pero considero injusto cargar con toda la responsabilidad cuando Archie también ha tomado decisiones cuestionables por voluntad propia —replicó Tracie, elevando ligeramente la voz. Al no sentir la mirada del barón sobre ella, parecía recuperar por completo a la Tracie de siempre.

—Como sea, gran parte del desastre sigue siendo culpa tuya —insistió Brett.

Detrás del periódico, Hayden pasó una página con tranquilidad, como si no escuchara nada.

—¡¿Sobre mí?!

—Por supuesto. Y, en consecuencia, considero justo que asumas las consecuencias de tus propios actos.

Otra página del periódico cambió de lugar.

—¡¿Mis propios actos?!

—Sí. ¡Fuiste tú quien convirtió a ese pequeño demonio peludo en un ser incapaz de respetar la autoridad, las normas y el espacio personal ajeno!

—¡Eso es una exageración!

El periódico se agitó apenas y Hayden carraspeó con suavidad.

Brett bajó el tono de su voz. Solo ella tenía permiso para alzar la voz en esa casa.

—¿Lo es? —Señaló hacia el corredor por el que habían desaparecido los dos perros—. Escucha con atención y dime cuántos segundos tardaremos en oír un desastre.

Los tres guardaron silencio.

Un estrépito procedente de la cocina resonó a la distancia.

Hayden pasó otra página del periódico.

—Ahí lo tienes. Mi argumento acaba de ser validado. —Brett asintió con satisfacción.

Detrás del diario, una de las comisuras de los labios del barón se elevó apenas.

Sabiendo que prolongar demasiado la conversación con su prima podía llevarlo a revelar ciertos detalles que era mejor mantener en secreto, Brett decidió abandonar el campo de batalla. Tomó una tostada del plato más cercano y se puso de pie.

—Como sea, no voy a seguir discutiendo esto contigo.

Se volvió hacia Hayden.

—Milord, viendo y considerando que usted hizo una promesa en el altar y pronunció aquello de "en la salud y en la enfermedad" y todas esas frases solemnes...

Hayden bajó el periódico.

—...debo informarle que todo eso también incluye al perro. Así que, si me disculpan, me retiro. Usted no es el único hombre con responsabilidades. Yo también tengo las mías.

Se inclinó hacia su prima.

—Buena suerte, prima.

Después dirigió una respetuosa inclinación de cabeza hacia Hayden.

—Milord.

—Lord Grenville —respondió el barón—. Buena suerte para usted también en Eton.

—Gracias, la necesitaré.

Antes de que alguien pudiera detenerlo, el joven vizconde abandonó el comedor con la misma rapidez con la que Archie había irrumpido en él.

Tras su marcha, solo quedaron el silencio... Y, en algún lugar de la casa, el inequívoco sonido de otro objeto rompiéndose.

Los días que siguieron fueron, sencillamente, caóticos.

Caóticos para todos los habitantes de la residencia, sin excepción alguna.

Desde la más joven de las doncellas hasta el propio barón, todos terminaron sufriendo el asedio constante de esa pequeña criatura peluda, hiperactiva y exageradamente cariñosa llamada Archie.

Si había algo que reconocerle al perro, era que poseía una capacidad inagotable para amar y una absoluta incapacidad para comprender los límites.

Los jardines de la residencia resultaron insuficientes para su energía.

Los paseos por los alrededores tampoco ofrecieron mejores resultados.

Archie saludaba con idéntico entusiasmo a todo ser vivo que se cruzara en su camino.

En especial, a las damas. Esa excesiva amabilidad había provocado un pequeño incidente con Lady Haversham, la respetable viuda que residía en la calle contigua, cuando Archie decidió que una falda embarrada era una muestra válida de afecto.

Sin embargo, las verdaderas tragedias comenzaban al caer la noche, cuando Archie lloriqueaba.

Lo hacía con una perseverancia digna de admiración y una capacidad de manipulación emocional bastante alarmante.

Después de tres noches consecutivas de protestas, gemidos lastimeros y un intento de excavación debajo de la puerta de la recámara, se tomó una decisión.

Archie dormiría en la habitación de la baronesa.

La solución pareció satisfacer a todo el mundo... A todo el mundo menos a Lord Hayden Kensington.

El perro no solo dormía en la habitación, dormía sobre la cama. Y eso, por alguna razón que el propio barón se negó a analizar, hería profundamente su orgullo. Si él no compartía la cama con su esposa, ese pequeño peludo tampoco lo haría.

En consecuencia, otra decisión fue tomada... Partirían hacia la casa de campo.

Allí habría espacio suficiente para que Archie corriera hasta el agotamiento.

Prados enteros para perseguir mariposas, espantar ardillas y desfallecer finalmente de cansancio.

Con un poco de suerte, también habría paz.

Porque, aunque Hayden jamás lo habría admitido en voz alta, comenzaba a sospechar que estaba perdiendo una silenciosa batalla contra un perro enamorado de las faldas de su esposa.

Aun así, se descubrió incapaz de odiar al pequeño intruso, pues debía reconocerle algo. Archie le había devuelto la alegría a Tracie. El perro había llenado de caos la residencia, sí, pero también había llenado de vida unos silencios que, hasta entonces, habían resultado demasiado pesados.

Hayden comenzó a notar que la tristeza y la incertidumbre que habían acompañado a su esposa durante los primeros días parecían disiparse poco a poco.

De hecho, el Manual incompleto para futuras baronesas de Sheffield había quedado olvidado en el cajón del escritorio de su habitación, sin nuevas anotaciones.

Sin nuevas advertencias para las generaciones venideras.

En algún momento entre las carreras de Archie, los bufidos indignados de Whippet y las constantes persecuciones por los corredores, Tracie había dejado de pensar en cómo convertirse en una baronesa. Simplemente había vuelto a ser ella… su Tracie.