Capítulo 19
El problema no era quererla. El problema era ser incapaz de no hacerlo. Porque, incluso ahora, cuando la culpa lo acompañaba a todas partes y se reprochaba haberla arrastrado a una vida que ella no había elegido, él no conseguía arrepentirse.
Lo había intentado.
Dios sabía cuánto lo había intentado.
Pero cada vez que la veía sonreír al entrar en el comedor, cada vez que encontraba una tostada preparada como a él le gustaba o escuchaba su voz alegre llamándolo con absoluta naturalidad, comprendía que ya era demasiado tarde.
Era egoísta, pero, aun así, seguía convencido de algo.
Tal vez no pudiera convertirla en la mujer más feliz del mundo. Tal vez jamás aprendiera a ser el marido que ella merecía. Pese a ello, mientras viviera, haría todo cuanto estuviera a su alcance para no convertirse en una causa de su infelicidad.
Si no sabía cómo hacerla feliz, al menos aprendería a construir una vida en la que pudiera sentirse cómoda.
Y, para lograrlo, estaba dispuesto a modificar cuanto fuera necesario.
Sus rutinas, la rígida distribución de sus horarios, y la forma en que organizaba sus jornadas.
También algunos de esos pequeños hábitos y manías que durante años habían definido lo que para él significaba la tranquilidad.
Por supuesto, las responsabilidades del condado seguirían existiendo.
Nada podía cambiar eso. Pero ahora también existía ella.
Le gustara o no, Tracie se había convertido en una responsabilidad distinta.
No una carga, jamás una carga. Sino una de esas cosas valiosas que uno debe proteger y cuidar con dedicación.
Y esto implicaba cambios. Más cambios de los que había imaginado.
Llevaba toda una vida siendo quien era, construyendo horarios, costumbres y una existencia ordenada, una estructura tan firme que, en ocasiones, ni siquiera él mismo sabía dónde terminaban las obligaciones del barón y dónde comenzaba simplemente Hayden.
Comprendía que, de todas las modificaciones posibles, la más difícil sería cambiarse a sí mismo.
Aun así, si ella lo necesitaba... Lo intentaría.
Aunque sospechaba que una sola vida quizá no bastaría para aprender a ser un Hayden diferente.
Cuando Tracie descendió al comedor esa mañana, lo hizo con la certeza de que encontraría la silla de su esposo vacía. Por eso mismo se detuvo en seco al descubrir a Hayden en su lugar, periódico en mano y una taza con café frente a él.
La sonrisa que iluminó su rostro consiguió que una parte importante del cansancio acumulado durante los últimos días desapareciera del cuerpo del barón.
—No pensé encontrarte aquí —dijo sorprendida y feliz.
—Yo también lo pensé cuando me levanté esta mañana —admitió él—. Pero, al revisar mi agenda, descubrí que algunos asuntos podían esperar.
Para el barón de Sheffield, eso equivalía a una pequeña revolución.
En una versión no tan lejana de sí mismo, esos asuntos jamás habrían esperado.
Habría considerado irresponsable cualquier retraso, por mínimo que fuese.
Pero el hombre que se sentaba junto a ella esa mañana era una versión que intentaba ser mejor para Tracie...
una que postergó aquello que, hasta entonces, había considerado inamovible.
La respuesta de Hayden consiguió que la sonrisa de Tracie se ampliara un poco más. Quizá fuese un cambio pequeño, pero seguía siendo un cambio. Y, dentro de la extraña dinámica de su matrimonio, decidió considerarlo una victoria.
—Entonces tendremos un desayuno como corresponde.
—Eso parece. —Hayden apoyó la taza sobre el plato—. Aunque me gustaría que definieras qué es un desayuno como corresponde.
Tracie se sirvió té. La tetera había sido colocada más cerca de su lugar, un detalle que Hayden había dispuesto para evitar que tuviera que estirarse.
—Bueno... —meditó ella—. Supongo que lo primero sería que dos personas desayunen juntas. Eso ya me parece algo bastante civilizado. Creo que ninguna persona debería desayunar sola...
—Ahora que lo dices y lo pienso, tienes razón. Aunque reconozco que en mi caso uno termina acostumbrándose.
—Como bien dices, en tu caso, tiene sentido. Después de todo, eres hijo único. Yo soy la menor de tres hermanas. Los desayunos en soledad nunca existieron para mí...
Hayden añadió una cucharada de azúcar a su café, y no porque le gustara, jamás bebía café con azúcar.
Pero, después de escucharla, descubrió que incluso el mejor café del mundo podía resultar amargo.
No por la bebida en sí. Sino por la simple idea de imaginar a Tracie sentada sola frente a una mesa.
—Además de desayunar juntos, ¿qué más entra en la categoría de un desayuno como corresponde? —preguntó Hayden.
—Una conversación casual, tal vez.
—Entonces tengamos una conversación casual. —Llevó la taza a sus labios—. Dime, ¿de qué quieres hablar?
Ella sonrió.
—A esta hora de la mañana... no lo sé. Podríamos hablar del clima.
—¿Del clima? —repitió Hayden.
—Sí. ¿Acaso no es de eso de lo que habla la mayoría de las personas cuando se encuentran?
—No tengo la menor idea. Llevo años rodeado de administradores, abogados y contables. Te aseguro que ninguno de ellos ha mostrado jamás el más mínimo interés por las nubes.
—Eso es porque los abogados son criaturas tristes por naturaleza. —Tracie untó mermelada sobre su scone—. Se pasan la vida encerrados en sus despachos. Cualquier persona que permanezca demasiado tiempo encerrada y absorbida por sus responsabilidades termina volviéndose un poco triste.
Hayden arqueó una ceja.
—Una teoría interesante. Señor Graves —dijo Hayden volviendo la cabeza hacia el hombre—, ¿se considera usted una criatura triste?
—Solo antes del primer café, milord.
Tracie soltó una pequeña risa y aplaudió suavemente, satisfecha.
—¿Ve, milord? El señor Graves comprende al dedillo la importancia de las conversaciones casuales.
—En ese caso, señor Graves, ya que se ha convertido en nuestro experto en conversaciones triviales, dígame... ¿qué novedades tiene con respecto al clima?
El mayordomo aceptó esa responsabilidad con la misma solemnidad con la que habría anunciado una visita real.
—Creo que disfrutaremos de una mañana soleada.
—¿Cree? —repitió Tracie.
—Permítame corregirme. Es una mañana soleada. Y, según mis observaciones, es muy probable que el tiempo se mantenga agradable durante el resto del día.
—¡Magnífico! —celebró Tracie—. Entonces es un día perfecto para que tú y Whippet salgan a pasear.
La perra levantó la cabeza desde su lugar junto a la chimenea.
—En realidad, la única que pasea es Whippet. Yo solo me limito a realizar el recorrido habitual de cada mañana. La que disfruta del paisaje, de perseguir ardillas y de olfatear cada árbol es ella.
Tracie giró la cabeza hacia el animal.
—Oh, entonces dime, Whippet, ¿hacia dónde te llevará hoy? ¿Lo sabes?
—Al despacho del señor Blackwood —respondió Hayden.
—¿El abogado?
—El mismo.
Tracie observó a la perra con compasión. Frunció el ceño.
—Pobrecita Whippet... obligada a convivir con criaturas tan tristes.
Antes de que Hayden pudiera defender el honor de los abogados, tres golpes resonaron en la puerta principal.
El barón hizo un leve gesto con la cabeza. El mayordomo abandonó su posición y se encaminó hacia el vestíbulo.
Un instante después, se oyó el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse. Acto seguido, un auténtico estruendo procedente del recibidor hizo desaparecer cualquier posibilidad de conversación civilizada.
Se escucharon pasos apresurados. La voz alarmada de Barnaby Graves. Y el inconfundible ruido de unas patas deslizándose sobre el mármol recién lustrado.
—¡Deténgase, joven caballero peludo! —se oyó exclamar al mayordomo.
Fue en vano, no se detuvo.
Al cabo de unos segundos, una pequeña criatura blanca con manchas beige irrumpió en el comedor con la fuerza destructiva de un vendaval.
—¡Cielos! —exclamó Tracie.
La peluda criatura, conocida también como Archie, pasó por debajo de la mesa a toda velocidad. Whippet se incorporó de inmediato. En la mente de la perra, aquello solo podía significar una cosa... Un invasor.
Archie derrapó sobre la alfombra, cambió bruscamente de dirección y salió disparado hacia el otro extremo del salón.
Whippet fue tras él emitiendo un bufido que, traducido al lenguaje humano, probablemente significaba:
¿Qué demonios estás haciendo en mi casa?
Por supuesto, Archie, fiel a su naturaleza, interpretó ese recibimiento como una entusiasta invitación al juego. Comenzó a correr alrededor de las patas de las sillas, debajo de la mesa y entre los muebles.
Hayden tuvo que levantar las piernas cuando ambos perros pasaron por debajo de su asiento a una velocidad alarmante.
El pequeño fugitivo, convencido de que Whippet, autoproclamada dueña absoluta de la residencia, estaba a punto de darle alcance, se lanzó hacia el único lugar que consideraba seguro: El regazo de Tracie.
—¡Oh! Hola, pequeñín...
Archie comenzó a lamerle las manos con un entusiasmo desmedido, como si acabara de reencontrarse con una vieja amiga.
—¿Me has extrañado? —preguntó ella entre risas mientras le acariciaba las orejas y permitía que continuara llenándole las manos de besos caninos—. Oh, yo también te he extrañado. Muchísimo.
El perro respondió redoblando su entusiasmo.
—Sí, sí, ya lo sé. Parece que hace siglos que no nos vemos. Una vida entera, ¿verdad?
Archie emitió un pequeño gemido feliz y volvió a lamerle las manos.
—Sí, sí, pequeño travieso. Tú sí sabes cómo tratar a una dama.
Tracie sonrió con una felicidad tan espontánea y luminosa que Hayden no pudo evitar sonreír también. Esa expresión despreocupada en el rostro de su esposa consiguió que el comedor, la agenda del día y hasta las obligaciones del condado parecieran perder toda importancia.
En ese momento, unos nuevos pasos resonaron en el corredor.
—¡Archie! —La voz de Brett resonó desde el corredor un segundo ante de que él mismo apareciera en el umbral—. Discúlpenme. En mis planes no figuraba interrumpir vuestro desayuno, pero al parecer en los de Archie sí.