Capítulo 18 #2
—Un vestido nunca es demasiado, milady. Al menos no en usted.
—Esa respuesta ha sido demasiado halagadora.
—Solo ha sido honesta.
Cuando descendió al comedor, la escena que encontró fue muy distinta a la del día anterior. Hayden ya había desayunado. El periódico descansaba doblado sobre una esquina de la mesa y una taza vacía permanecía junto a él.
El señor Graves ayudaba al barón a colocarse la chaqueta.
—Buenos días —saludó Hayden al verla.
—Buenos días... —Tracie se detuvo—. ¿Ya te marchas?
—Lo siento. Hoy me he levantado más temprano de lo habitual —respondió él, apartando la mirada.
—Oh...
La pequeña decepción en la voz de Tracie no escapó a nadie. Mucho menos a Hayden.
—Si hubiera sabido que te levantarías tan pronto, habría esperado.
—No es necesario que me esperes —respondió ella con una sonrisa conciliadora—. Tus responsabilidades te necesitan.
Sus palabras tomaron a Hayden desprevenido.
—Supongo que sí...
—Además —añadió ella mientras se dirigía hacia su lugar en la mesa—, todavía estamos aprendiendo a ser lo que somos.
Una vez más, esa simple frase logró conmoverlo.
—Sí —respondió él con una pequeña sonrisa—. Todavía estamos aprendiendo.
Tomó los guantes que Graves le ofrecía.
—Volveré antes de la cena.
—Perfecto.
—Vamos, Whippet.
La perra abandonó su posición junto a la chimenea y se acercó a él moviendo la cola.
Tracie observó la escena y arqueó una ceja.
—Ah... ¿Whippet también se marcha?
—Siempre me acompaña.
—Claro... Whippet siempre te acompaña.
La perra la miró apenas un instante antes de salir tras su amo.
—Que tengas un buen día —dijo ella.
—Tú también.
Cuando la puerta principal se cerró, el silencio regresó al comedor.
Tracie tomó asiento.
La mesa seguía preparada para dos. Contempló las tostadas, los scones y los pequeños recipientes de mermelada.
—Señor Graves.
—¿Sí, milady?
—Puede retirar las tostadas. Creo que los scones serán suficientes.
—Como desee, milady.
Para tranquilidad de Tracie, el barón cumplió su promesa. Volvió antes de la cena.
Cuando escuchó el inconfundible sonido de la puerta principal y voces en el corredor, una sonrisa apareció en su rostro.
Se había cambiado hacía poco. El vestido color ocre que Edith había escogido para ella resultaba elegante sin ser excesivo y, aunque jamás lo habría reconocido en voz alta, había dedicado más tiempo del habitual a su peinado...
Deseaba que él la viera y pensara, aunque fuera por un instante, que su esposa era hermosa.
En cuanto oyó que los pasos se aproximaban al salón, se puso de pie. Ansiosa e ilusionada. Una ilusión que se evaporó y una ansiedad que se acrecentó al ver que Lord Hayden ingresaba no solo acompañado por Whippet, sino también por el señor Stern.
La sonrisa de Tracie vaciló una fracción de segundo antes de recomponerse.
—Lady Tracie —saludó el hombre con una pequeña reverencia—. Le ruego me disculpe por esta inesperada intromisión.
—No hay nada que disculpar, señor Stern. Es usted bienvenido.
Hayden se quitó los guantes con evidente incomodidad.
—Lo siento. Ha surgido un asunto urgente. Stern y yo debemos revisar unos libros contables.
—Oh...
Esa pequeña sílaba, pronunciada con un inevitable matiz de decepción, bastó para que una nueva punzada de culpa atravesara el pecho de Hayden. Él conocía perfectamente el peso del legado, había convivido con él toda su vida. Ahora, ella comenzaba a experimentarlo también.
—No quiero alterar tu rutina —añadió con rapidez—. Cenaremos algo en mi despacho mientras trabajamos.
—¿En el despacho?
—Sí.
Tracie asintió. Sonrió con condescendencia.
—Por supuesto. Los asuntos del condado son importantes.
—Intentaré no demorarme demasiado.
—No te preocupes... —Volvió a sonreír—. Disfruten la cena en el despacho. Yo la disfrutaré aquí, sola, en el salón comedor.
El señor Stern, que parecía más incómodo que el propio dueño de la casa, volvió a disculparse.
—Lamento mucho las molestias, milady.
—Por favor, señor Stern. Ustedes tienen sus obligaciones y yo tengo las mías.
Luego se volvió hacia el mayordomo.
—Señor Graves, por favor, ocúpese de llevarles la cena al despacho.
—De inmediato, milady.
Whippet permaneció junto a Hayden. Y, cuando ambos hombres se alejaron por el corredor, la perra se marchó detrás de ellos sin siquiera mirar atrás.
Tracie los observó hasta ver cómo desaparecían al otro lado del corredor, solo entonces tomó asiento.
Comenzaba a comprender muchas de las cosas de las que tanto se hablaba en los libros de historia de la familia. Sobre todo, una...
Las responsabilidades del barón siempre parecían encontrarse del otro lado de las puertas de la casa.
Las de la baronesa, en cambio, se desarrollaban dentro de ellas. En la mayoría de los casos, en soledad.
Esa noche, mientras el vestido color ocre permanecía tan impecable como cuando Edith la había ayudado a colocárselo, Lady Tracie Kensington cenó sola una vez más.
Más tarde, sentada en el sillón junto a la ventana, abrió su cuaderno.
Día dos siendo baronesa de Sheffield.
Las obligaciones del condado son infinitas.
Un vestido bonito puede resultar completamente innecesario.
La vida de una baronesa parece transcurrir entre salones, tazas de té y una cantidad alarmante de tiempo para pensar. En especial, en mi caso, esto último.
Empiezo a sospechar que la compañía más constante de un barón no siempre es su esposa, sino sus responsabilidades... y, en este caso, también su perra.
Añadió una última línea.
Nota importante para futuras baronesas: si van a ilusionarse con una cena, asegúrense primero de no estar compitiendo contra un libro contable.
Después sopló la tinta fresca y, pese a todo, sonrió.
Porque si algo había aprendido de las mujeres Plageman era que incluso las pequeñas decepciones merecían una nota al pie.
La noche anterior, antes de retirarse a descansar, Tracie había tomado una decisión. No volvería a perderse un desayuno.
—Escúchame bien, Edith —le había dicho con toda la solemnidad de una mujer que se disponía a librar una batalla—. En cuanto descubras que el lord de esta casa se ha levantado y pretende desayunar, sin importar la hora que sea, aunque todavía no haya salido el sol, vendrás a despertarme.
—¿Aunque todavía no haya amanecido, milady?
—Especialmente si no ha amanecido.
—¿Y si el milord se levanta antes que los gallos?
—Entonces yo me levantaré antes que los gallos.
—Muy bien, milady. Si usted lo pide, así lo haré.
—Ah, y una cosa más.
—¿Sí?
—Si es necesario, arrástrame fuera de la cama.
—Procuraré que no sea necesario.
Fiel a su palabra de doncella, así lo hizo.
Apenas tuvo noticia de que el barón ya se encontraba despierto y dispuesto a bajar al comedor, Edith acudió de inmediato a la habitación de su señora.
No hubo largas deliberaciones sobre atuendos ni peinados, tomaron el primer vestido disponible del armario, uno sencillo pero elegante. El cabello quedó recogido en una trenza sencilla. Nada de elaborados rizos ni adornos innecesarios.
Unos minutos después, Lady Tracie Kensington descendía las escaleras prácticamente a la carrera.
Por su parte, Lord Hayden ya se encontraba en el comedor.
Había dormido poco. Las obligaciones del título se acumulaban sobre su escritorio desde antes de la boda.
Durante semanas había pospuesto reuniones, correspondencia y decisiones importantes para ocuparse de los preparativos y cumplir con las exigencias de la temporada social.
Ahora todo lo postergado reclamaba su atención al mismo tiempo.
Como si eso no bastara, aquella mañana en particular había traído consigo una nueva exigencia: una reunión extraordinaria en la Cámara de los Lores a primera hora.
Por eso, mientras sostenía la taza con café entre las manos, otra nueva e incómoda sensación de culpa lo acompañaba. Porque ya sabía, incluso antes de verla, que una vez más tendría que marcharse.