Capítulo 18
Quizá todos aquellos escenarios catastróficos que había imaginado durante la noche habían resultado, al final, innecesarios. Contra todo pronóstico, el desayuno había sido agradable.
Más que agradable. Había sido reconfortante.
Por supuesto, terminada la mañana, el barón de Sheffield tuvo que ocuparse de sus responsabilidades.
Reuniones con los administradores, contratos, asuntos imposibles de comprender para una simple muchacha americana que llevaba apenas un día ejerciendo de esposa y baronesa.
Por tanto, si él tenía obligaciones de barón, ella debía comenzar a descubrir cuáles eran las obligaciones de una baronesa.
Para su fortuna, contaba con Edith. La doncella la acompañó durante gran parte del día mientras recorrían dependencias que Tracie ni siquiera había conocido durante la visita guiada de Lady Honora.
Descubrió una elegante sala de bordado y a la costura, otra reservada para la música y, para su absoluta sorpresa, un pequeño salón pensado exclusivamente para la baronesa de la casa, un lugar en el que podía recibir a otras damas para reuniones o encuentros vespertinos.
También recorrió las pequeñas dependencias destinadas al personal y las amplias despensas, allí comprendió que la organización de una gran casa era mucho más compleja de lo que había imaginado.
Lo que más la sorprendió fueron los enormes armarios de blanquería con una extensa colección de cortinados, manteles, juegos de sábanas y toallas, todos clasificados por color y decorados con el escudo de la baronía.
Por último, tal como se habían propuesto desde el principio del recorrido, se dirigieron hacia la biblioteca.
—Creo que aquí encontrará parte de las respuestas que busca, milady.
Tracie observó las estanterías con la esperanza de hallar lo que deseaba encontrar, aunque ni siquiera ella misma supiera con exactitud qué era.
Información, sí. Eso era evidente. Pero la naturaleza exacta de lo que buscaba todavía no estaba del todo definida.
Así que se lanzó a la aventura de explorar las páginas de los volúmenes.
Al cabo de dos horas, toda la esperanza había desaparecido por completo.
—No hay nada —exclamó.
Edith levantó la vista. Había permanecido cerca durante todo ese tiempo, a la espera de asistirla.
—¿Nada, milady? —preguntó sorprendida. La había visto abrir libros, cerrarlos, releer párrafos y abandonarlos para pasar al siguiente.
—Nada útil. Por lo menos para mí. —Cerró con decisión el enorme volumen que había ocupado la última media hora de su atención—. Reconozco que las anteriores baronesas debieron de ser mujeres muy eficientes, pero también dramáticas y aburridas.
Edith hizo un admirable esfuerzo por no reír.
—Bueno, quizá se está precipitando con el análisis, milady. Puede que la información obtenida no sea suficiente para elaborar una conclusión tan… específica.
—Créeme, lo es. —Tracie hizo una mueca y señaló otro de los libros que había abandonado minutos antes—. Aquí hay treinta páginas sobre la organización de un baile benéfico y quince más sobre la correcta ubicación de las cucharillas para el postre.
—Supongo que, si le dedicaron una extensión tan considerable, será porque se trata de un asunto importante.
—Tú lo supones. Yo lo supongo. Y, por lo visto, ellas también lo suponían.
No digo que no sea importante, pero para una baronesa principiante que necesitara ayuda, esto no le serviría en absoluto...
Si algún día necesito saber dónde colocar las cucharillas de postre, estoy bastante segura de que la señora Wilson sabrá la respuesta.
—La señora Wilson, efectivamente, lo sabría.
—¿Ves? Entonces es una preocupación que puedo delegar.
—Volvió a abrir otro libro—. Mira esto...
—Leyó en voz alta—: «La responsabilidad de una baronesa es sostener el honor de la familia» —Alzó la vista—.
Sostener el honor de la familia —repitió la frase lentamente—.
Es una línea preciosa, con mucho peso emocional y una gran capacidad para impresionar a quien la escuche.
Pero ¿qué significa? ¿Cómo se sostiene? ¿Con las manos?
¿Con una cuerda? Porque agradecería que alguien me diera una pista.
—Supongo que es una forma de hablar.
—Una forma de hablar demasiado poética para mi gusto... Si una está confundida o no sabe qué hacer, esto no ayuda para nada.
—Tiene razón, milady. Quizá el tipo de ayuda que necesita no se encuentra en estos libros. La perspectiva de las mujeres que los escribieron es muy distinta a la suya.
—¿Qué quieres decir? Explícalo mejor.
—Que quizá debería escribir usted lo que le habría gustado encontrar. Sus nuevas experiencias, sus dudas, aquello que vaya aprendiendo ahora que es la baronesa de Sheffield.
—Tienes razón, Edith. ¡Eso es brillante!
La doncella se sonrojó. No estaba acostumbrada a que sus señoras se interesaran por sus opiniones, y mucho menos a recibir elogios por ellas.
—Gracias, milady, pero no creo que sea para tanto.
—No, hablo en serio. Es una idea brillante. —Se puso de pie de inmediato—. Necesito papel, tinta y pluma.
—Por supuesto, milady.
Edith se dirigió hacia uno de los escritorios de la biblioteca y regresó con un hermoso cuaderno de tapas de cuero verde musgo, cuidadosamente cosido y decorado con el escudo de la baronía.
Los ojos de Tracie se iluminaron.
—Es precioso. —Acarició las tapas con una expresión casi reverente—. Nunca había tenido un cuaderno tan bonito.
Tomó la pluma y escribió con decisión:
Manual...
Se detuvo.
Frunció el ceño. Continuó escribiendo:
Manual incompleto para futuras baronesas americanas de Sheffield.
Edith leyó por encima de su hombro.
—Tal vez debería eliminar la palabra americanas, milady.
—¿Por qué?
—Porque podría ser la única en toda la historia de la familia.
—Buena observación.
Tachó esa palabra.
Manual incompleto para futuras baronesas de Sheffield...
—Bueno, incompleto por ahora —murmuró satisfecha—. Ya me encargaré de completarlo.
Al caer la tarde, Tracie decidió que quizá la cena sería una buena oportunidad para extender la agradable sensación que el desayuno había dejado en ambos.
—¿El vestido azul o el de color ocre? —le preguntó a Edith mientras observaba las dos opciones tendidas sobre la cama.
—El de color ocre favorece mucho más el tono de su piel, milady.
—¿Sí? ¿No me hace parecer demasiado pálida?
—En absoluto. De hecho, creo que el barón estaría de acuerdo conmigo.
—Entonces será el de color ocre.
Mientras Edith la ayudaba a prepararse, Tracie no pudo evitar sonreír. No aspiraba a nada excepcional. Solo una cena tranquila. Otra conversación como la del desayuno. Tal vez contarle la brillante idea del manual para futuras baronesas.
Justo cuando se disponía a cambiarse detrás del biombo, unos discretos golpes resonaron en la puerta.
—Es el señor Graves, milady —informó Edith.
—Oh. Señor Graves, puede hablar. Disculpe, justo me estaba cambiando.
—Por favor, milady, disculpe usted la interrupción —respondió la voz del mayordomo desde el otro lado—. El barón me pidió que le transmitiera que los asuntos del condado se han prolongado más de lo previsto y le ruega que no lo espere para cenar.
Tracie permaneció inmóvil y en silencio por unos instantes. Luego le respondió:
—Oh, por supuesto. Los asuntos del condado son importantes. Gracias, señor Graves.
—Una cuestión más, milady. En vista de las circunstancias... ¿Desea cenar en el comedor principal?
La joven imaginó la inmensidad de aquella mesa preparada únicamente para ella.
—No. Si el barón no estará presente, prefiero permanecer aquí.
—Una decisión muy sensata, milady.
Cuando el mayordomo se retiró y la puerta volvió a cerrarse, Edith guardó silencio a la espera de nuevas indicaciones.
—Bueno, Edith... —dijo finalmente Tracie—. Creo que el vestido ocre ya no será necesario.
—¿Desea cambiarlo por otro?
—Por otro vestido, no... por un camisón.
La doncella sonrió con ternura.
—Muy bien, milady.
—Y en lugar de una cena... creo que un té será suficiente. Quizá un emparedado.
—¿No tiene apetito?
Sí, lo tenía. Pero descubrió que su apetito era mucho mayor cuando podía compartirlo con alguien.
—Con un tentempié bastará.
Más tarde, instalada en uno de los sillones de su habitación, con una taza de té tibio, un pequeño emparedado y el hermoso cuaderno sobre la falda, Tracie abrió la primera página.
Día uno siendo baronesa de Sheffield.
Los espejos siguen siendo excesivos.
La señora Wilson sabe más sobre cucharillas que todos los libros de la biblioteca juntos.
Edith tiene excelentes ideas.
Las obligaciones de un barón parecen interminables.
Una baronesa puede cenar sola. Todavía no sé si eso es una ventaja o una desventaja.
Añadió una última línea.
Nota importante para futuras baronesas: nunca esperen demasiado de una taza de té. Se enfría y sabe horrible.
Sonrió satisfecha.
Sin darse cuenta, con el cuaderno todavía apoyado sobre la falda, terminó quedándose dormida.
El agotamiento acumulado, la actividad del día y las pocas horas de sueño de la noche anterior hicieron que descansara como un bebé.
Cuando abrió los ojos a la mañana siguiente se encontró cómodamente instalada en la cama. Le resultó extraño, lo último que recordaba era el sillón, el cuaderno sobre la falda y la taza de té ya fría.
Enseguida se encogió de hombros. Sus hermanas siempre habían insistido en que, cuando estaba muy cansada, desarrollaba ciertas conductas extrañas durante el sueño. Tal vez había sido una de esas ocasiones.
Cuando Edith llegó a la habitación la encontró con una actitud más alegre que la mañana anterior.
—Buenos días, milady.
—Buenos días, Edith. Sí, definitivamente hoy es un buen día.
—¿Ha descansado mejor?
—Mucho mejor. Creo que hoy me siento un poco más baronesa que ayer.
La doncella sonrió.
—Me alegra oírlo.
—Aunque no sé si exagero.
—No creo que sea posible exagerar en una cuestión tan importante, milady.
Ni bien dieron inicio los preparativos de la mañana, Tracie volvió a debatirse entre varios vestidos.
—¿Este es demasiado para un desayuno?