Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

—¡Acabas de recordarme algo! No solo tengo que aprender a comportarme como baronesa ¡También tengo que aprender a ser una esposa! —Llevó ambas manos a sus mejillas—. ¡Cielo santo, Hayden! ¡Son demasiadas cosas!

La familiaridad con la que pronunció su nombre pasó inadvertida para ella. No así para él.

—Ni siquiera sé por dónde empezar —continuó lamentándose.

Hayden no pudo evitar compartir internamente la misma preocupación. Siendo honesto consigo mismo, él tampoco tenía la menor idea de por dónde comenzar.

¿Cómo se suponía que debía comportarse un marido? ¿Existía algún manual para eso?

Su mente comenzó a barruntar distintas posibilidades. Buscó una respuesta razonable. Un punto de partida. Algo... No encontró nada.

El señor Graves carraspeó una vez... luego otra, con más insistencia.

Finalmente, ambos giraron la cabeza hacia él.

—Si me disculpan, milord, milady... —dijo el mayordomo con su habitual serenidad—. Quizá podría permitirme hacer una sugerencia.

Los dos respondieron al unísono.

—Nos encantaría una sugerencia, señor Graves.

Tracie se inclinó hacia adelante para no perderse ningún detalle. Fue Hayden quién continuó:

—Somos todo oídos, señor Graves.

Si existía alguien autorizado para opinar sobre la vida matrimonial, ese era Barnaby Graves. El hombre superaba los cincuenta años, llevaba más de tres décadas de matrimonio y era padre de cuatro hijos. Sin duda, poseía más experiencia que ellos.

—¿Qué les parece si comenzamos por algo sencillo?

—Me encantaría comenzar por algo sencillo, señor Graves —declaró Tracie con entusiasmo—. Me pondré en manos de su sabiduría.

—Entonces, mi sugerencia es la siguiente... —El hombre hizo una breve pausa—. Desayunen...

Tracie parpadeó. Hayden también.

—¿Desayunar? —repitieron al mismo tiempo.

—Sí, milord... Sí, milady. Me parece una excelente manera de comenzar. Marido y mujer... Barón y baronesa, simplemente desayunando.

Tracie observó los apetitosos scones, los bollos tibios que desprendían ese delicioso aroma a recién horneados. Oh, las uvas y los higos. Su estómago decidió intervenir en la conversación con un sonoro gruñido.

—Traidor —murmuró para sí misma. Entre la boda y todas las emociones del día anterior, apenas había probado bocado—. Sí... creo que me gusta ese plan, señor Graves.

La mirada de Tracie se detuvo sobre uno de los pequeños recipientes de cristal distribuidos sobre la mesa. Uno que contenía mermelada de naranja.

—Una pequeña cosa, señor Graves.

—Dígame, milady.

—¿Sería posible pedir otra mermelada?

Hayden frunció el ceño. La mermelada de naranja fue idea suya, había ordenado sustituir la habitual por esta. A él las mermeladas cítricas le resultaban demasiado ácidas. Pero estaba convencido de que era la favorita de Tracie.

—Por supuesto, milady —respondió Graves mientras hacía una discreta señal a la joven empleada que aguardaba junto al corredor de servicio—. ¿Tiene alguna preferencia?

—Si fuese posible, preferiría una que no fuera cítrica. —Sonrió con timidez—. Quizá de melocotón... o cualquier otra que sea más dulce.

—Como guste, milady.

La joven empleada hizo una reverencia y desapareció hacia la cocina.

Al cabo de unos minutos, una nueva bandeja apareció sobre la mesa con la habitual mermelada de melocotón, la favorita del barón.

—¿Qué estaba leyendo, milord? —preguntó Tracie de pronto.

Hayden levantó la vista. Por algún motivo, ese milord le provocó una sensación extraña.

Una cosa era el milord pronunciado con ironía, con complicidad o incluso como parte de alguno de los juegos verbales que ambos habían compartido durante años.

Pero ese milord era diferente. Muy distante para su gusto.

—¿Qué estabas leyendo? —repitió entonces él con suavidad.

—Oh... —Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Tracie. Había comprendido la corrección—. De acuerdo. ¿Qué estabas leyendo? Me refiero al periódico... Antes de que yo entrara parecías muy concentrado.

Hayden miró el ejemplar apoyado junto a su plato.

—Nada interesante.

—Que usted diga que eso no significa nada...

—replicó Tracie. Hayden arqueó una ceja y ladeó la cabeza.

Tracie carraspeó de inmediato y volvió a formular la misma oración —.

Que tú digas que eso no significa nada se traduce en lo opuesto...

Cuando tú dices que algo no es interesante, se trata de una de esas cosas terriblemente aburridas que tanto te gusta leer.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Hayden. Fue una sonrisa auténtica, amplia, con luz propia. Para Tracie, ese tipo de sonrisas en él tenían algo de milagroso. Y, como ocurría siempre, verlo sonreír la hizo sonreír también.

—Sí —admitió él—. Estás en lo cierto, es una de esas cosas terriblemente aburridas.

—Perfecto... —Tracie se acomodó en su asiento y tomó su taza. Se olvidó del porte fingido de baronesa—. Entonces, cuéntamelas.

—¿Mis cosas aburridas?

—Tus cosas aburridas.

—¿Está segura, milady?

Ella sonrió. Siguió su dinámica de juego.

—Muy segura, milord.

—Luego no diga que no la advertí.

—Prometo no hacerlo.

Hayden tomó nuevamente el periódico.