Capítulo 17 #2
Giró el cuello para mirar hacia la ventana y... Crac.
Esta vez fue la cervical de Hayden la que decidió intervenir en la conversación.
Se miraron. Y ese fue el contacto visual más sincero desde que se habían convertido en marido y mujer. Yo finjo. Tú finges. Los dos sabemos que fingimos. Y así nos encontramos a gusto. ¡La base fundamental para todo buen matrimonio!
—Bueno... —dijo ella finalmente—. Creo que podemos concluir que ambos hemos dormido de maravilla.
—Por supuesto...
Tracie intentó alcanzar la tetera. Pero la tetera estaba demasiado lejos. Se estiró un poco más manteniendo su postura recta y rígida.
¡Maldición! No pudo. Todavía estaba demasiado lejos. Se estiró aún más.
Hayden suspiró, tomó la tetera y comenzó a servirle té.
—Gracias.
—De nada... Sabes, cualquier árbol del jardín tiene más movilidad que tu cuerpo en este momento.
Ella parpadeó con un notorio brillo de ofensa en sus ojos.
—¿Hay algún inconveniente con mi postura?
—Uno no... Muchísimos inconvenientes. —Hayden dejó la tetera sobre la mesa—. Se supone que una persona debería ser capaz de mover el cuello sin producir sonidos similares a los de una carreta atravesando un camino de piedra.
Tracie ignoró el comentario. Aunque destacaba la creatividad en la comparación.
—¿No se supone que así es como debo comportarme?
—¿Así cómo?
—Como una baronesa.
—¿Perdón?... —Hayden no pretendía ser tan directo. Quería buscar formas más amables. Al fin y al cabo, recién estaban en horario de desayuno. Ya tendría tiempo para comportarse como él a lo largo del día; de momento, optaba por hacerse el desentendido.
—El porte... la actitud de una baronesa —concluyó alzando un poco más el mentón.
—Tracie... —dijo acompañando su nombre con una sutil exhalación.
—Lady Tracie... —Lo corrigió ella con una sonrisa. Sorbió el té.
De una vez por todas, Hayden hizo el periódico a un lado. Ahora sí, le dedicaría toda su atención.
—Lady Tracie...
—Sí, Lord Hayden, dígame.
—¿De dónde ha sacado esa idea, milady?
—De ningún lado. Solo estoy improvisando. —Volvió a sorber de su taza.
—Lo he notado.
—Me habría encantado leer algún manual sobre cómo ser baronesa, pero nadie tuvo la cortesía de proporcionármelo.
—¿Acaso existe un manual?
—No lo sé. Usted es el noble aquí.
—Y usted también lo es ahora.
—¡Por eso mismo!... Estoy esperando instrucciones. De lo contrario, seguiré improvisando.
—¿Así es como piensa improvisar todo el día?
Ella hizo un pequeño gesto con la mano.
—Sí. ¿Qué tal le parece mi desempeño?
Hayden la observó. Su mirada fue tan profunda que Tracie tuvo que dejar de beber para no atragantarse.
—Pésimo —respondió él.
Tracie abrió mucho los ojos. Estaba enojada y ofendida en partes iguales. Había esperado un poco más de consideración de su parte.
—¡Qué grosero!
—Prefiero ser grosero si con eso procuro tu bienestar físico.
—Volvió a coger el periódico. De lo contrario, no podría apartar la mirada de ella.
Demasiada belleza y ternura juntas a tan temprana hora de la mañana.
No estaba acostumbrado a ello—. Como sigas así, vas a quedarte rígida antes del mediodía.
—¡Eso no es...! —exclamó alzando la voz. Pero corrigió su tono de inmediato cuando una vocecita dentro de su cabeza le susurró:
Las baronesas no elevan el tono.
Carraspeó y repitió con un tono más suave y armónico:
—Eso no es cierto...
Volteó su rostro en dirección a él y, al hacerlo, las cervicales volvieron a crujir.
—Pues tu cuello opina lo contrario...
—No, mi cuello se está acostumbrando a su nuevo rol social, eso es todo.
Hayden cerró los ojos durante un instante. Respiró profundo. Se masajeó con dos dedos el puente de la nariz y después las sienes. Aquella mañana se había propuesto ser él mismo. Pero no demasiado.
Tomó su taza con café. Bebió un largo sorbo. Respiró otra vez.
—Hablas de la nobleza como si no conocieras nada al respecto.
—Porque no conozco nada al respecto —mintió Tracie.
En el mismo instante en que esas palabras abandonaron sus labios supo que estaba exagerando. La sonrisa apenas insinuada que apareció en el rostro de Hayden y la ceja que arqueó con evidente escepticismo le confirmaron que él también lo sabía.
—¿Acaso tengo que recordarle, milady, que desde el día en que puso un pie en Inglaterra ha vivido bajo el techo del vizcondado de Kinloss?
—Eso es diferente —alegó ella.
—¿Diferente en qué sentido? —preguntó él sin apartar sus ojos de los de ella. Había aparecido en sus ojos ese brillo tan característico que ella conocía demasiado bien. El brillo azul oscuro cautivante que siempre precedía a uno de sus razonamientos.
Ese brillo que, para desgracia de Tracie, la llevaba a querer escucharlo durante horas.
—En el sentido de que el joven vizconde en cuestión es mi primo. Solo sobre él recae el peso del legado y del protocolo. No sobre mí.
Lo dijo sabiendo que la realidad era muy distinta.
Tal como Hayden acababa de señalar, desde que había llegado a Inglaterra había asistido a toda clase de compromisos sociales.
Y no solo Brett había sido educado para desenvolverse dentro de las normas que se esperaban de un joven miembro de la nobleza.
También ella, sus hermanas, incluso su madre.
Todas las Plageman conocían al dedillo las absurdas reglas que regían la vida de la nobleza británica.
Por supuesto, siempre que había tenido oportunidad, se había encargado de infringir algunas de ellas por pura rebeldía.
Una pequeña forma de preservar las raíces americanas que tanto se negaba a abandonar.
Podía fingir desconocimiento, pero no ignorancia.
Entonces, ¿por qué seguía insistiendo con aquello?
Porque, en realidad, el problema nunca había sido aprender a ser una baronesa. Lo que temía era dejar de ser Tracie. Y, por encima de todo, perder al hombre con quien podía discutir durante horas sobre cualquier tontería.
—Como sea —concluyó Hayden—, has convivido con la nobleza, ¿no es así? —Volvió a interrogarla con aquel brillo particular en los ojos que tanto la fascinaba. Quizá por eso lo único que Tracie fue capaz de balbucear fue un pequeño:
—Sí...—Tenía preparada en su mente una réplica y varios argumentos en contra, pero una simple mirada de Hayden bastaba para desarmarlos todos.
Era una habilidad irritante... Y fascinante.
—Has aprendido a desenvolverte entre ella, ¿verdad?
—Sí, pero...
—Sin peros, milady. —Se inclinó hacia ella—. De hecho, le recuerdo que ha sobrevivido una de las pruebas más difíciles de toda Inglaterra. Ha sobrevivido a mi tía...
—¡Eso no vale! —protestó perdiendo la compostura de baronesa que tanto se esforzaba en mantener—. Utilizar la carta de Lady Honora es hacer trampa.
—¿Hacer trampa? —Contuvo sus ganas de sonreír. Por fin, su Tracie estaba ante él—. Yo lo llamaría un argumento sólido.
—Un argumento sólido y cuestionable —replicó ella—.
Porque, precisamente, si hablamos de Lady Honora, sabemos que ante ella y ante los ojos de buena parte de Londres seguiré siendo una muchacha americana.
—Suspiró resignada. Suficiente. Actuar como baronesa le sentaba pésimo—.
Quitarme ese título será imposible. Dudo incluso que el de baronesa consiga vencerlo.
Hayden guardó silencio durante unos instantes. ¿Qué podía decirle para que se sintiera cómoda? Eso era lo único que le importaba.
—No hay necesidad de elegir uno u otro —dijo finalmente—. Puedes conservar ambos. Piénsalo de esta manera. Ahora, además de ser una muchacha americana, también eres una baronesa americana... Eres Lady Tracie Kensington.
Aquellas tres palabras pronunciadas por él provocaron un extraño estremecimiento en su interior.
Por primera vez desde la boda, escuchar su nombre completo —su nuevo nombre completo— no le resultó ajeno.
Fue casi como si acabaran de bautizarla.
Como si, de repente, pudiera aceptar ese nuevo papel.
Y lo más absurdo de todo era que comprendió que ni la reina, ni la sociedad, ni siquiera el arzobispo que había oficiado la ceremonia tenían el poder de hacerla sentir así. Solo él...
Solo Lord Hayden. El mismo hombre que, sin proponérselo, había terminado otorgándole un lugar en el mundo mucho antes de convertirla en su esposa.
—Lady Tracie Kensington —repitió ella en voz baja. Pronunció esas palabras despacio, casi saboreándolas. Luego dejó escapar una pequeña exhalación—. Cuando sale de mis labios suena todavía más extraño.
—Solo se trata de repetición y costumbre —respondió Hayden con tranquilidad. Esa era la dinámica de su vida.
Tracie sonrió apenas. Su mirada se perdió vagamente por el comedor, recorriendo las flores, las ventanas y la luz de la mañana que se filtraba en el interior.
—Si hay algo que he aprendido es que la vida suele consistir en acostumbrarse a lo inesperado. —La expresión de su rostro cambió, se volvió más serena—. Creo que, en los últimos años de mi vida, todo lo importante ha sido inesperado. Así que supongo que tienes razón. Es cuestión de costumbre.
Hayden permaneció observándola en silencio.
La tierna mirada de Tracie vagando por el salón, la suave luz de la mañana sobre sus cabellos castaños y aquella tranquilidad que se reflejaba en sus facciones lograron que, durante unos segundos, olvidara por completo el periódico, el desayuno y cualquier otro asunto del mundo.
Incluso olvidó aquel egoísmo que la había convertido en su esposa.
Y, por un instante, se permitió agradecerlo. Porque finalmente la tenía a su lado.
—Si te sirve de consuelo, no eres la única que debe acostumbrarse a lo inesperado. —Tomó la taza con café entre sus manos—. Yo tampoco tengo la menor idea de cómo debe comportarse un marido.
Los ojos de Tracie se abrieron de golpe.
—¡Cielo santo! —La exclamación fue tan repentina que incluso golpeó la mesa con una mano.
—¿Qué sucede? —preguntó él, desconcertado.