Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 17
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Capítulo 17

Lord Hayden Kensington conocía cada sonido de aquella casa.

El crujido particular de las vigas cuando la temperatura descendía durante la madrugada.

El silbido tenue que producía el viento al colarse por una de las chimeneas del ala oeste.

Los pasos del personal de servicio incluso antes de que aparecieran en un corredor.

Por eso mismo supo, antes de apoyar la cabeza sobre la almohada, que esa noche no sería una noche normal.

Había un sonido nuevo... Uno que jamás había existido en la planta de la residencia. Al otro lado de la puerta que comunicaba ambas habitaciones.

Durante horas permaneció acostado mirando la oscuridad del dosel de su cama. Intentó leer. Intentó convencerse de que necesitaba descansar. Incluso pensó en asuntos administrativos, en tierras, en contratos, en cualquier cosa remotamente razonable.

No funcionó.

Cada vez que el silencio se instalaba volvía a escucharla. Un movimiento de las sábanas, un cambio de postura, una exhalación. El roce de unos pasos sobre la alfombra.

Pequeños sonidos insignificantes para cualquier otra persona. Pero no para él. Sabía que ella tampoco estaba durmiendo, y eso lo empeoraba todo.

Más de una vez abandonó la cama, caminó hasta la puerta comunicante y apoyó la mano sobre la madera. Solo una absurda y ridícula puerta era todo lo que los separaba.

Su mente insistía una y otra vez en la misma idea.

Ve con ella... Habla con ella. Pero cada vez terminaba obligándose a retroceder, no sabía si su presencia la tranquilizaría o lograría lo contrario.

Una parte de él temía descubrir que ella prefería mantener la puerta cerrada. Y no solo por esa noche...

En más de una ocasión contempló su reflejo en el espejo y no pudo evitar maldecirse.

¡Maldito egoísta!

¡La arrastraste a una vida que nunca pidió!

Así transcurrió la noche. Entre pasos silenciosos, idas y vueltas, y pensamientos que jamás habría confesado en voz alta. Una lucha constante contra el impulso irracional de abrir la puerta solo para sentarse junto a ella y asegurarle que todo estaría bien.

Cuando el cansancio terminó imponiéndose, lo encontró sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared y la cabeza ladeada hacia la puerta. Lo último que recordaba era haber escuchado un largo suspiro femenino al otro lado de la madera.

—Milord.

La voz grave del mayordomo lo arrancó de un sueño breve e incómodo.

Hayden abrió los ojos.

El hombre permanecía de pie a pocos pasos de distancia con la expresión imperturbable que lo caracterizaba.

—Buenos días...

Hayden miró la ventana. La luz de la mañana ya atravesaba las cortinas.

—Eso aún está por determinarse, Graves.

El señor Graves observó la posición en la que lo había encontrado.

—Veo que ha hallado una nueva dinámica nocturna. ¿Qué tal le ha resultado? ¿Ha descansado bien, milord?

—Preferiría no calificar la noche... en ninguno de sus aspectos.

La tensión en su cuello era insoportable. Hizo crujir las cervicales moviéndolas de lado a lado. Luego apoyó una mano contra la pared y se incorporó. Se arrepintió de inmediato. Todos los músculos de la espalda protestaron al mismo tiempo.

—Dios santo... —gruñó entre dientes.

—Permítame ayudarlo, milord.

—No será necesario, Graves.

Lo que le faltaba, llegar al punto en que un hombre que prácticamente lo doblaba en edad tuviera que asistirlo para ponerse de pie. ¡Inconcebible!

Dio un paso. Se detuvo. Volvió a enderezarse. Y, una vez más, los músculos se manifestaron en su contra.

¡Rayos!

—Quizá sí sea necesario... —extendió una mano hacia el señor Graves.

El mayordomo disimuló una sonrisa.

—Eso pensé.

Unos minutos después, mientras el personal preparaba la ropa del día, el hombre le alcanzó una taza de café recién servido.

Quizá eso era lo que necesitaban su cuerpo y su mente para afrontar la aventura de aquel nuevo día.

No era habitual en él beber café de una manera tan precipitada.

Y por precipitada debía entenderse beberlo de pie, lejos del salón comedor y sin un periódico en la mano.

Pero la situación lo ameritaba. El aroma resultó tan sabroso como milagroso.

En cuestión de minutos sintió que parte de la vitalidad regresaba a su cuerpo.

—Gracias.

—Nada que agradecer, milord. —Terminó de acomodar el nudo de su corbata—. La señorita... perdón. Lady Tracie ya ha recibido asistencia para prepararse. ¿Desea que el desayuno se sirva en el comedor principal?

Hayden permaneció pensativo unos segundos. La pregunta era simple. La respuesta también debería haberlo sido. Por alguna extraña razón, sintió que estaba organizando algo mucho más importante que un desayuno.

—Sí.

Después añadió:

—Pero antes...

Le entregó la taza de café a Graves y, a paso rápido, abandonó la habitación.

—¿Antes qué, milord? —Barnaby Graves salió tras él con la chaqueta olvidada en la mano—. ¡Milord!... ¡Milord!

El comedor principal de la residencia podía albergar sin dificultad a varias decenas de personas; sin embargo, parecía casi vacío.

En circunstancias normales habría al menos media docena de empleados entrando y saliendo con absoluta discreción.

Pero esa mañana Lord Hayden había reducido la presencia del personal al mínimo indispensable.

Solo Barnaby Graves permanecía en el salón.

El mayordomo se encontraba cerca de la puerta que comunicaba con los corredores de servicio. Un poco más allá, apenas visible desde la mesa, una joven empleada aguardaba instrucciones junto al acceso que conducía a la cocina.

La inmensa mesa de desayuno estaba preparada para dos personas.

Y, por primera vez en muchos años, tampoco lucía igual.

La vajilla de preferencia del barón, sin ningún rasgo decorativo, había desaparecido.

En su lugar descansaban delicadas piezas de porcelana decoradas con pequeños motivos florales en tonos rojos, azules y marfil.

Entre los platos habían colocado arreglos de flores frescas que aportaban color al conjunto.

Sobre la mesa se distribuían bandejas con bollería recién horneada, tostadas, scones dulces, mantequilla, azúcar, frutas y varias cafeteras de plata junto a sus correspondientes juegos de té.

La escena poseía un aire mucho más cálido de lo habitual. Menos formal e intimidante. Todo estaba tal como lo había indicado. También él, por supuesto, sentado en la cabecera leyendo el periódico.

Levantó la vista por encima del borde del periódico cuando escuchó pasos aproximándose desde el corredor principal.

Tracie apareció acompañada por Edith.

El simple hecho de verla provocó que una parte importante de la tensión acumulada durante la noche abandonara su cuerpo. Hayden disimuló su sonrisa. Una nacida luego de oír una vocecita en su cabeza que decía:

Respira tranquilo, maldito egoísta. Ella está bien.

La joven baronesa se detuvo unos instantes al ingresar al comedor.

Su mirada recorrió la estancia... la mesa con el desayuno dispuesto, la decoración de flores y la escasa cantidad de personal presente.

De manera casi imperceptible, dejó escapar una pequeña exhalación.

Un gesto mínimo que solo Hayden notó. Sin duda, se había sentido aliviada.

—Buenos días, milady —saludó Graves.

—Buenos días, señor Graves.

Edith hizo una pequeña reverencia.

—La dejaré aquí, Lady Tracie.

—Gracias, Edith.

La doncella se retiró y ella avanzó hacia la mesa. No sin antes dejar atrás el repentino alivio recién sentido. Pues una baronesa no podía sentirse relajada, ¿verdad?

Bueno, sí, debía sentirse relajada siendo quien era. Pero no ella... Ella era una baronesa principiante.

¡Rayos! El examen había comenzado.

—Buenos días, milord —dijo con un exagerado tono solemne.

Hayden bajó el periódico.

—Buenos días, milady...

Arqueó una ceja y se quedó observándola. Algo extraño estaba ocurriendo...

Caminaba como si estuviera participando en algún tipo de competencia internacional de equilibrio. Los hombros hacia atrás, la espalda bien recta, la barbilla elevada, y el cuello estirado varios centímetros más de lo humanamente razonable.

Cada paso que daba era lento, controlado. Era la caminata menos Tracie Plageman que había presenciado en toda su vida.

Barnaby se adelantó para apartar la silla que le correspondía, la del lado derecho. Carraspeó con disimulo cuando notó que la joven lady se encaminaba hacia el lado izquierdo de la mesa.

Hayden bajó la vista en el preciso instante en que ella caía en cuenta de su error. No hubo contacto visual entre ambos. Los dos fingieron desconocimiento de lo sucedido y, con un rápido giro sobre sus talones, Tracie se encaminó al lugar que le correspondía.

—Gracias, señor Graves —dijo ella con una gesticulación mínima. Una economía de movimientos faciales jamás vista en Tracie Plageman.

Tomó asiento manteniendo la misma actitud forzada. Espalda recta, casi inmóvil. Tensa, muy tensa. Como si alguien hubiera reemplazado su columna vertebral por una barra de acero.

¡Hasta se le marcaban todos los músculos y tendones del cuello!

—¿Qué te sucede? —preguntó Hayden en voz baja cuando Graves regresó a su posición junto a la puerta—. ¿Te encuentras bien?

Tracie tomó la servilleta y la acomodó sobre su falda.

—Perfectamente. ¿Acaso no se nota?

—No. Por eso lo pregunto.

Ella tomó la taza vacía y la sostuvo entre las manos.

—Pues entonces, pregúntame otra cosa, porque yo me encuentro muy bien.

—Ya veo... —Alzó el periódico a una altura bien estratégica, una desde la cual podía observarla sin que ella se diera cuenta—. Entonces preguntaré otra cosa. ¿Has dormido bien?

—Dormí muy bien... casi como un bebé —carraspeó y estiró aún más el cuello—. ¿Y usted, milord?

Giró la cabeza en dirección a él y... Crac.

El sonido de su cervical protestando resonó con claridad.

Hayden bajó el periódico y la miró. Tracie desvió la mirada.

—Eso ha sonado doloroso —comentó Hayden.

—No lo fue.

Ambos guardaron silencio por unos segundos.

—No me ha respondido, milord... ¿Cómo durmió?

—Igual de bien que usted, milady.