Capítulo 16 #2
—Tus palabras han sido bastante memorables, pero no sé si estoy convencida. En este momento, yo podría jurar que soy una anomalía del destino.
La doncella tuvo que contener las ganas de reír a carcajadas.
—No se preocupe, milady, no necesita estar convencida hoy de ello...
—¿Y cuándo debería convencerme?
—Cuando tenga pruebas suficientes.
—¿Y dónde se supone que voy a encontrarlas?
Edith sonrió. Se le acababa de ocurrir una idea. Una bien simple y funcional para la joven baronesa.
—Si le sirve como preparación para su nuevo papel, quizá debería empezar por escuchar las voces de quienes estuvieron aquí antes.
—¿Te refieres a la biblioteca?
—Sí, milady. Allí encontrará la historia de esta familia.
Y, si busca con atención, también encontrará la historia de las mujeres que ocuparon esta habitación antes que usted.
—Aseguró la trenza y el último mechón. Luego contempló satisfecha su trabajo.
Un recogido simple y elegante a la altura de la nuca.
Ideal para su primera mañana siendo baronesa—.
Dudo mucho que sea la primera mujer que se sintió fuera de lugar al llegar aquí.
Tracie observó nuevamente su reflejo. Ese tipo de peinado no era su elección habitual. Lo que tenía de simple, también lo tenía de sofisticado.
Giró el rostro hacia un lado. Luego hacia el otro.
Solo era cuestión de acostumbrarse, pensó. No le sentaba tan mal.
Edith cogió uno de los pequeños frascos de cristal, uno que contenía un delicado perfume a jazmín, y colocó una gota detrás de cada lóbulo de su oreja.
—De hecho, ahora que lo pienso, milady, quizá esos espejos tengan una finalidad más importante de la que imaginamos.
—¿Además de dejarme ciega antes del desayuno?
Una sonrisa divertida apareció en el rostro de Edith.
—Además de eso, sí.
La doncella tomó uno de los pequeños estuches de cristal que descansaban sobre el tocador. Lo abrió con naturalidad y reveló un bálsamo perfumado.
—Tal vez estén aquí para recordarles a las mujeres que habitaron esta habitación quiénes eran.
Tomó una pequeña cantidad con la yema del dedo y la acercó a los labios de Tracie. Por puro reflejo, la joven se echó hacia atrás. Los ojos de ambas se encontraron a través del espejo.
Edith no insistió. Solo esperó.
—Las anteriores baronesas tomaron decisiones —continuó con calma—, organizaron recepciones, administraron personal y sostuvieron el funcionamiento de este lugar durante años.
Mientras hablaba, volvió a acercar la mano. Esta vez Tracie no se apartó. Quizá porque estaba demasiado ocupada escuchándola. O quizá porque comenzaba a comprender que aquel ritual formaba parte de algo más grande que un simple bálsamo para los labios.
La doncella distribuyó el producto con movimientos suaves y precisos.
—Tal vez verse reflejadas una y otra vez les recordaba precisamente eso.
Cerró el estuche y tomó una pequeña brocha de mango nacarado.
—El lugar que ocupaban.
Tracie permaneció quieta mientras Edith aplicaba apenas un toque de color sobre sus mejillas.
En otra circunstancia habría protestado.
Habría dicho que no era necesario. Que podía hacerlo sola.
Sin embargo, allí estaba, permitiendo que alguien prestara atención a detalles que jamás había considerado importantes.
Parte de convertirse en baronesa consistía en eso: en dejar que otras personas hicieran aquello para lo que habían sido entrenadas.
Una idea inquietante para alguien como ella.
—Suena un poco aterrador cuando lo dices de esa manera —admitió finalmente Tracie.
—Todas las responsabilidades importantes suelen sonar aterradoras al principio, milady.
La joven baronesa americana apoyó el mentón sobre una mano.
—¿Y ahora es mi turno?
—Sí, milady. Ahora es su turno.
La respuesta llegó con tanta sencillez que, por algún motivo, resultó imposible refutarla.
Tracie dejó escapar un largo suspiro.
—No soy de las personas que se echan atrás con facilidad, Edith. Cuando alguien me dice que no puedo hacer algo, normalmente me esfuerzo el doble solo para demostrar que sí puedo.
—Entonces, milady, ¿cuál es el problema?
—Que ni siquiera sé cuál es la tarea. —Se dejó caer contra el respaldo de la silla—. Si me dijeran «trepa ese árbol», lo treparía. Si me dijeran «aprende griego», lo intentaría. Si me dijeran «conquista Europa», al menos pediría un mapa.
Edith soltó una risita.
—Pero...
—Pero el problema es que nadie parece capaz de explicarme qué significa ser una baronesa. Resulta bastante complicado hacer bien algo cuando ni siquiera entiendes en qué consiste. Uno pensaría que el título vendría acompañado de un pequeño manual de instrucciones.
—¿Y qué cree que significa ser una baronesa?
Tracie meditó la respuesta.
—De momento, abrir los ojos por la mañana, respirar y existir dentro de esta casa.
Edith ya había terminado de acomodar sus cabellos.
Se apartó un paso para contemplar el resultado y, satisfecha, se dirigió hacia el enorme armario que ocupaba una pared completa de la habitación.
Tuvo que morderse el interior de la mejilla para ocultar una sonrisa.
La joven baronesa poseía una habilidad extraordinaria para formular comentarios inesperados.
—Creo que se está dejando intimidar por el peso del título.
—¿Y cómo no hacerlo? —replicó Tracie observando su reflejo desde distintos ángulos—. Siento como si tuviera un examen que rendir.
Edith abrió las puertas del armario.
—No es para tanto.
—Lo es. Especialmente cuando me dicen «milady». —Se volvió hacia ella— ¿Cuántas veces me ha dicho «milady» desde que atravesó esa puerta?
La doncella examinó varios vestidos antes de seleccionar dos. Uno azul profundo y otro verde salvia bordado con delicados motivos florales.
—No llevo la cuenta, milady.
Tracie levantó una mano de inmediato.
—¿Ve? No lleva la cuenta, pero súmele uno más porque acaba de decirlo otra vez.
La sonrisa de Edith amenazó con escapar nuevamente.
—¿Cuál es su preferencia, milady?
—Que me llamen Tracie. Esa es mi preferencia.
—Me refería a los vestidos.
—Ah, eso... Bueno, el verde.
Edith asintió y dejó el vestido azul a un lado. Después se acercó con el otro cuidadosamente apoyado sobre los brazos, dispuesta a ayudarla a vestirse.
—Lamento decirle que su elección respecto a cómo debo llamarla no es la más conveniente. Si le sirve de consuelo, podría llamarla Lady Tracie en lugar de solo milady.
—¡Eso me gusta más!
—Lo imaginé.
—Lady Tracie suena a mí. Milady todavía me hace mirar por encima del hombro para comprobar si hay otra mujer detrás de mí.
Edith la ayudó a incorporarse.
—Le aseguro que no la hay.
—Eso dice usted.
—Porque es verdad.
—¿Y si aparece una lady más adecuada? ¿Una que sepa qué hacer con siete espejos, tres doncellas y una baronía entera?
—Entonces tendré que informarle que llegó varios días tarde.
Tracie la miró. Edith sostuvo la mirada con absoluta serenidad.
—Porque la baronesa de Sheffield ya está aquí. No tiene que aprender nada. Solo tiene que acostumbrarse a que los demás ya la reconocen como tal.
La joven baronesa dejó escapar una pequeña exhalación mientras permitía que la doncella retirara el salto de cama de sus hombros.
—Su perspectiva resulta bastante tranquilizadora, Edith.
—Me alegra oírlo.
Levantó los brazos para facilitarle la tarea de quitarle el camisón.
—Aunque sospecho que quizá me esté mintiendo.
—No lo hago, Lady Tracie.
Le colocó el vestido sobre los hombros y comenzó a acomodarlo con movimientos precisos.
—Todos la tratarán como una baronesa. Los empleados de esta casa, los comerciantes, los vecinos, la sociedad entera. —Mientras hablaba, ajustó la tela sobre su cintura—. No es tan complicado... —Se movió a su espalda y comenzó a tensar los cordones del corsé—. Solo observe...
Les dio un suave tirón a las cintas del corsé.
—Salude...
Otro tirón.
—Sonría.
Un tercer tirón.
—Y permita que los demás hagan el resto.
Tracie soltó una pequeña queja cuando Edith ajustó un poco más. La doncella lo aflojó de inmediato. Acomodó después las mangas del vestido, alisó una arruga y corrigió la posición del escote en forma de corazón.
—De un paso a la vez, Lady Tracie.
Se agachó para acomodar las capas de tela de la falda.
—De un día a la vez.
Se puso nuevamente de pie.
—Y descubrirá que ser baronesa es bastante más fácil de lo que imagina.
Tracie contempló su reflejo.
—El problema no es lo que imagino o no... sino el hecho de llevarlo a la práctica.
La doncella dio un paso atrás para contemplar el resultado. Después fue en busca de los zapatos más adecuados.
—No se preocupe. Ni bien salga de la habitación se encontrará con el público más exigente de todos. Será la práctica perfecta.
Tracie giró la cabeza.
—¿A quién se refiere?
—A su esposo, por supuesto.
Tracie emitió un largo gemido de resignación.
—Ah, sí. Gracias por recordármelo. Esa sí que es una prueba difícil.
Edith se arrodilló frente a ella para ayudarla con el calzado. Ajustó la delicada hebilla de uno de los zapatos antes de continuar con el otro. Terminó de acomodar el segundo zapato y se incorporó.
—Vuelvo a decírselo, Lady Tracie. Si está aquí es porque este es el lugar al que pertenece.
Tracie observó su reflejo una vez más. La muchacha del espejo seguía pareciéndole una desconocida. Pero quizá ya no tanto como al despertar.
—Y algo me dice —continuó Edith alisando una minúscula arruga en la falda— que Lord Hayden procurará hacerle las cosas más fáciles.
La mujer retrocedió un paso para observar el resultado final. El vestido estaba perfecto. El peinado también. Y, desde que había entrado en la habitación, la joven baronesa parecía mucho menos dispuesta a salir corriendo.
—Bien. Creo que ya está lista para descubrir que ser baronesa no es tan abrumador como piensa. —La doncella abrió la puerta de la habitación y se apartó para cederle el paso—. Lord Hayden la espera en el comedor para desayunar.
De pronto, la idea de enfrentarse a toda la nobleza británica le pareció muchísimo menos intimidante que enfrentarse a su propio esposo.