Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 16
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Capítulo 16

La alcoba principal de la baronía era preciosa. Ese no era el problema. El problema era que no parecía suya.

Durante buena parte de la noche permaneció despierta mirando el dosel de la enorme cama, incapaz de conciliar el sueño por más que lo intentara.

Sin duda, la cama era la más cómoda que había probado en toda su vida.

El colchón parecía fabricado con nubes, las sábanas eran suaves, las mantas ligeras y confortables.

Incluso alguien había colocado pequeñas bolsitas de lino rellenas con lavanda seca y pétalos de rosa bajo las almohadas para favorecer el descanso.

Todo era perfecto... y ajeno. Porque aquella no era su cama. No era su habitación. No era su casa. Y, por extraño que resultara admitirlo, tampoco sentía que fuese ella misma dentro de esas paredes.

La sensación le recordó a las ocasiones en que se quedaba unos días en casa de Noreen o en la de Francie. Esos primeros momentos después de apagar las velas en los que una permanece acostada escuchando los sonidos de un lugar que no conoce del todo.

La diferencia era que aquellas casas pertenecían a sus hermanas.

Esta pertenecía a Lord Hayden... El barón de Sheffield, su esposo.

La palabra seguía resultándole extraña. Igual que el apellido Kensington asociado ahora a su nombre.

Por eso, cuando finalmente el sueño llegó, fue apenas una rendición temporal del agotamiento y no una victoria del descanso.

A la mañana siguiente, cuando llamaron a la puerta, ella ya estaba despierta. Llevaba varios minutos sentada en medio de la cama, abrazando una almohada, observando con expresión crítica uno de los tantos espejos distribuidos por la habitación.

—Adelante —respondió.

La puerta se abrió y Edith ingresó con discreción.

—Buenos días, milady.

Tracie levantó una mano a modo de saludo.

—Buenos días.

Edith avanzó unos pasos.

—¿Desea que abra las cortinas?

—Sí, por favor.

La doncella se acercó a los ventanales. Las gruesas telas se deslizaron hacia los lados y la luz matinal irrumpió en la alcoba. Los rayos del sol rebotaron contra los espejos y terminaron impactando directamente en los ojos de Tracie.

—¡Ah! —Se cubrió el rostro con ambas manos—. No, esa no. Esa cortina no. Vuelve a cerrarla.

Edith obedeció sin formular preguntas.

—Pero no del todo... solo un poco.

La doncella ajustó la tela. El rayo de sol dejó de refractarse en el espejo. Tracie pudo abrir los ojos sin sentir una punzante molestia luminosa.

—Perfecto...

Ahora que tenía la capacidad visual recuperada, volvió a mirar alrededor.

Observó un espejo. Luego otro. Y otro más.

—Tenemos que quitar algunos.

—¿Algunos espejos, milady?

—Sí. Varios.

Edith paseó la vista por la habitación.

—¿Cuáles, milady?

—No lo sé. —Tracie señaló una pared—. Ese...

Abandonó la cama y se ubicó en el centro de la habitación. Giró hacia un lado y apuntó con el dedo a otro espejo.

—Ese también... —Giró hacia el otro lado.

Una vez que halló su reflejo en el espejo, movió un poco las caderas.

Observó su perfil durante un par de segundos—.

Bueno, no... ese puede quedarse. Pero aquel...

—Señaló uno que estaba ubicado junto a la puerta que comunicaba con la habitación de Hayden—. Ese se va.

Edith intentó seguir el cálculo mental.

—Milady, si quitamos todos esos, apenas quedarán tres.

—Vaya... cualquiera diría que tres espejos es una cantidad razonable. —Asintió satisfecha con la decisión—. Créame, ninguna persona necesita verse reflejada desde tantos ángulos distintos antes del desayuno.

Edith observó los espejos.

—Por lo visto, milady, la anterior baronesa, y las anteriores a ella, consideraron prudente tenerlos.

Tracie giró hacia la doncella.

—¿Prudente?

—O necesario.

—No estoy segura de que existan siete situaciones distintas en una mañana que requieran siete espejos.

Edith pareció debatirse entre responder con absoluta seriedad o permitirse una pequeña sonrisa. Terminó optando por un punto intermedio: una seriedad matizada por una sonrisa discreta.

—Quizá las anteriores baronesas pensaban diferente a usted.

—¿Hace mucho que están aquí?

—No me alcanza el tiempo de vida para responder esa pregunta, milady.

Por alguna razón, su respuesta hizo vacilar a Tracie. Hasta ese momento había estado señalando espejos con la misma ligereza con la que señalaba flores en un jardín o pastelitos en una bandeja.

Ese. Aquel. El otro. ¡Fuera! Como si se tratara de una decisión insignificante.

Pero en esta ocasión tal vez no lo era.

Tal vez esos espejos los había elegido alguna antigua baronesa cuyo retrato descansaba en la galería de la casa. Tal vez otra Lady Kensington había pasado años contemplándose en ellos cada mañana. Tal vez otra había enseñado a sus hijas frente a aquellos mismos reflejos a comportarse como damas.

Y allí estaba ella, instalada en la habitación desde hacía apenas unas horas, dispuesta a declarar una revolución decorativa antes incluso de aprender dónde guardaban las cucharillas del desayuno.

La duda le produjo una sensación incómoda. Porque, si era sincera, aún no se sentía dueña de nada allí. ¿Quién era ella para decidir qué debía permanecer y qué debía desaparecer de una tradición familiar que llevaba generaciones existiendo?

—¿Tan antiguos son?

—Lo único que puedo decirle es que ya estaban aquí cuando entré al servicio de la casa y servía a la madre de Lord Hayden. De hecho... —miró alrededor— creo que siempre han estado aquí.

Tracie contempló los espejos y exhaló con resignación.

—Conociendo el temperamento de Lord Hayden, uno que intuyo ha sido heredado de generación en generación, me atrevo a decir que construyeron la casa alrededor de los espejos.

—Bromear siempre resultaba la mejor alternativa para Tracie.

De esa manera conseguía hacer las paces con aquello que le tocara afrontar.

Edith parpadeó. Estaba ante una versión inesperada de nueva baronesa.

Una versión refrescante. Y no precisamente por su juventud, sino por su naturaleza alegre, sincera y espontánea.

La clase de mujer que parecía incapaz de fingir lo que no sentía, cuyo carácter jamás sería doblegado por normas, protocolos o expectativas ajenas.

La clase de muchacha que nadie habría imaginado como la elección del severo y perfeccionista barón de Sheffield.

—Tiene un punto interesante, milady. No lo había pensado de ese modo... pero tampoco me sorprendería.

Tracie se cruzó de brazos y giró sobre sí misma. Lo hizo tan lentamente que pudo contemplar cómo su imagen aparecía una y otra vez reflejada en cada uno de los espejos. Aquello empezaba a parecer una reunión social de Tracies.

Terminó el giro y negó con la cabeza.

—¿Quién iba a pensar que las baronesas de Sheffield fueran tan vanidosas?

La doncella decidió que ese comentario no requería respuesta.

—Entonces, milady, ¿qué hago con ellos? ¿Los retiro?

—Mmm... Si varias generaciones de baronesas convivieron con ellos, quizá deba darles una oportunidad. —Hizo una pausa—. Que se queden...

—Muy bien, milady.

Tracie volvió a observar su reflejo multiplicado por toda la habitación. Demasiadas Tracies para una sola mañana. Exhaló con lentitud.

—Al fin y al cabo... ¿quién soy yo para tomar una decisión así? —Lo dijo en voz baja. Casi para sí misma. Pero Edith la oyó.

—Disculpe, milady.

Tracie giró la cabeza hacia ella y frunció el ceño.

Edith continuó:

—Creo que ese es exactamente el problema.

—¿Cuál?

—Que todavía no se acostumbra a que la llamen así.

—¿Milady?

Edith asintió.

Tracie hizo una pequeña mueca de desagrado.

—No me gusta demasiado.

—Lo sé. Se nota.

—Suena extraño... Cada vez que alguien lo dice siento que está llamando a otra persona.

—Eso le sucede porque todavía se piensa como una invitada.

La doncella fue en busca del salto de cama, la cubrió con él y la condujo hasta la mesa de tocador ubicada junto a la ventana. Tracie tomó asiento frente al espejo mientras Edith organizaba con meticulosa precisión los cepillos, peines y pequeños frascos de cristal antes de disponerse a peinarla.

—Pero usted no es una invitada —finalizó Edith.

Luego comenzó a cepillar con delicadeza los largos cabellos castaños de Tracie, separando los mechones con paciencia antes de volver a pasarlos por las cerdas.

—Sí, tiene razón. No soy una invitada... Soy una intrusa.

—No, milady. Ni una cosa ni la otra. Me parece que todavía no termina de comprender que ahora usted es la lady de esta casa.

Tracie observó su reflejo en el espejo del tocador.

—Es una comprensión bastante difícil para mí. —Bajó la vista hacia sus manos—. Solo soy una simple muchacha americana. Una que, sin duda, ocupa un lugar que no le pertenece.

La resignación en su voz fue imposible de ocultar.

Edith guardó silencio unos segundos mientras continuaba ordenando los mechones rebeldes de su cabello. Después habló con cautela.

—¿Puedo ser honesta con usted, milady?

Tracie soltó una pequeña exhalación.

—Sí, por favor. De hecho, espero que lo seas... Necesito a alguien que sea honesto conmigo en esta casa.

Se sentía completamente desorientada. No estaba su madre...

no estaba Brett. Ni las doncellas de su antiguo hogar.

Ni siquiera se reconocía a sí misma dentro de esa habitación.

Los espejos devolvían su rostro desde todos los ángulos imaginables, pero ninguno parecía capaz de responder la pregunta que llevaba horas haciéndose.

¿Quién era ella ahora?

Así que sí, necesitaba un aliado. Una amiga. Alguien que le dijera la verdad cuando ella no supiera encontrarla.

Edith sostuvo su mirada a través del reflejo del espejo.

—Entonces lo seré, milady... Siempre he creído que Dios nos coloca exactamente donde debemos estar.

—Tomó otro mechón de cabello y comenzó a trenzarlo—.

El lugar que habitamos en este momento es el lugar al que pertenecemos.

De no ser así, ni usted ni yo estaríamos aquí...

Esa es mi opinión honesta, milady. Usted está donde tiene que estar.

Tracie guardó silencio por unos segundos.