Capítulo 15 #2
Edith rio en complicidad y le repitió las mismas palabras que le había dicho su madre:
—No se preocupe, milady, el barón la guiará y, además, es bastante natural.
Con esas palabras que buscaban tranquilizarla, la dejó frente a su reflejo en el tocador.
—¡¿Por qué nadie me dice qué sucederá?! No puede ser tan difícil —se quejó, dando un nuevo rodeo por la habitación—. Si es tan natural, tendrían que existir mil libros sobre el tema y yo no he encontrado ¡ni uno!
La puerta que unía su alcoba con la del barón se abrió.
Tracie intentó ver el decorado de la habitación de Hayden, pero su esposo le obstruía la visión y la distraía.
Alcanzó a ver que era inversa a la suya, no solo en posición: las camas estaban enfrentadas como si esa puerta también fuera un espejo.
Las paredes eran azules y las cortinas, color mantequilla.
—¿También tienes un exceso de espejos en tu alcoba? —le preguntó.
—¿Cómo? —Hayden parecía incómodo.
—Aquí hay demasiados. Mira, si me paro aquí…
Hayden inhaló hondo y exhaló con lentitud.
—Puedes quitar cuantos espejos quieras, Tracie.
—¿Tú has quitado los tuyos?
—Solo los que apuntaban a mi cama —reconoció.
—¿Por qué?
—De pequeño me daban miedo y me ha quedado la manía.
Tracie fue hacia la cama y se sentó en ella, buscó el reflejo y asintió con cara de espanto.
—¡Tienes razón!, es tétrico. —Fue hacia su armario y buscó el salto de cama. Cubrió el espejo y regresó, más serena, a su lugar.
—Solo venía a preguntarte si estabas bien y cómoda.
—Lo estoy. Es imposible no estarlo.
—Me alegro. Entonces, buenas noches, Tracie.
El barón se dio la vuelta. Tracie lo detuvo en el sitio exacto en que su imagen se volvía infinita. Mala decisión, desde allí observaba a Hayden en cada ángulo y… y todos le sentaban bien.
—¿No yaceremos? —preguntó ella.
Hayden abrió y cerró la boca varias veces antes de poder reaccionar.
—¿Es lo que quieres?
—Es lo que corresponde, ¿no?
—No es lo que he preguntado, Tracie.
—No sé, la verdad. Nadie me ha dicho en qué consiste yacer.
Es decir, yo he yacido muchas veces, ¿no?
Es como echarse o dormir. De hecho, la señora Bianchi me dijo que este camisón te gustaría, y cuando le pregunté en qué momento verías tú mi camisón, me dijo que en el momento en que yaciéramos juntos.
Y entonces me surgió la duda, porque yo he yacido con muchas ropas; una vez me quedé dormida con mi vestido de tarde.
¡No es nada cómodo, Hayden! Me quedaron marcas del polisón en el trasero, pero, como sea, se puede yacer con otra ropa.
Indagué sobre el asunto y tal parece que eso es posible, por lo que sigo sin entender por qué debería parecerte bonito mi camisón.
Y Edith, mi nueva doncella, que, por cierto, gracias, es muy amable…
Como sea, ella dijo que mi camisón también te gustaría porque mezcla mi inocencia con «ya tú sabes», pero es que yo no sé.
Y aunque mire mi camisón en los mil reflejos de esta habitación, no logro encontrar el «ya tú sabes» que debería saber, y solo puedo concluir que tiene que ver con eso de yacer.
Pero si yacer es como dormir, déjame decirte, Hayden, que este camisón no es muy práctico…
—Se puso de pie junto a la cama y la gasa de la prenda cayó, vaporosa, a sus lados—.
Es demasiado ceñido aquí —marcó su cintura— y tiene demasiados volados.
Entonces, o bien todos se equivocan, o bien yacer no es dormir.
¿Tú estás cómodo con tu atuendo de yacer?
, ¿debería yo encontrarlo más bello que cualquier otro?
, ¿o estos camisones ridículos son solo otra de esas cosas que debemos hacer las mujeres de las que los hombres están exentos?
Hayden parpadeó e intentó asimilar la diatriba nerviosa de su fragante esposa.
—No sé qué decir, Tracie, me has dejado sin palabras. Creo que tú las has usado todas.
—Mal vamos, porque tanto mi madre como Edith dicen que tú sabrás qué hacer. Tal vez tengamos que ir a la biblioteca; en la casa del vizcondado no hallé nada, pero he visto que tu biblioteca está mejor equipada. ¿Tienes algún libro sobre yacer?
—Creo que el problema es etimológico, Tracie. Lo que hombre y mujer hacen no es precisamente yacer… eso es… una metáfora, ¿tal vez?
—¿Y qué haremos?
—Nada —susurró, algo frustrado—. No te obligaré a nada, bastante has sido arrastrada hasta aquí y… y no puedo hacerte eso.
—¿Eso?, ¿yac…?
—Deja de decirle yacer, por favor.
—¡Oh! Ya sé, consumar. Esa es otra palabra que he escuchado, ¿es más precisa?
Hayden suspiró.
—Un poco, sí.
—Mejor, esa palabra me tranquiliza más. Busqué su definición y dice que viene del latín consummāre y significa «llevar a su perfección». Bien, pues tú eres perfeccionista, de modo que todo saldrá bien, ¿verdad?
—Tracie… —Hayden se veía nervioso.
La muchacha volvió a la cama y se sentó en el medio del colchón.
Encogió las rodillas y las abrazó, apoyó el mentón entre ellas y lo miró con toda su inocencia.
El barón sintió cómo su esposa lo estudiaba centímetro a centímetro, y era demasiado genuina y transparente para ocultar que detrás de su nerviosismo no había asco ni miedo, sino la ansiedad propia ante lo desconocido.
—Te has quedado en silencio y me miras raro, ¿es porque busqué la palabra en latín?
—No.
—Porque no quiero que pienses que le doy tanta importancia a nuestras charlas, ¿sabes?
Hayden sonrió apenas.
—¿No quieres que piense eso porque no es verdad o porque no quieres que lo sepa?
—Porque te pones un poco engreído… Pero ¡no te vayas del tema!
—Dios, no sabes lo mucho que quiero irme del tema —siseó él.
Apoyó las manos en los pies de la cama. Un metro lo separaba de Tracie y su cuerpo respondía feliz a su cercanía.
—¿Qué has dicho?
—¿Aún me odias?
—No has dado explicaciones, ¿recuerdas? Y esa era la condición para dejar de odiarte.
—¿Y la lluvia?
—Es prescindible, pero preferible. Mientras más pasen los días y tú no expliques por qué has sido tan déspota, más tendrá que llover el día que te disculpes.
—En tal caso, no te obligaré a yacer con alguien que odias.
—Habíamos acordado que emplearíamos la palabra consumar.
—Lo mismo…
—Pero tú has dicho…
—¡Tracie! —se frustró el barón. Rayos, qué difícil se lo estaba haciendo. Hubiera sido mil veces más fácil negarse si ella se mostrara reacia, molesta, enojada… No tan dispuesta a… a aprender—. Hay otra forma en que se le llama al acto entre hombre y mujer…
—¿Cómo?
—Hacer el amor. No podemos hacer el amor si me odias, no podemos consummāre, llevar a la perfección algo, si te ves obligada a eso en lugar de hacerlo por libre voluntad…
—Tú tampoco estás aquí por libre voluntad, ¿verdad? Tu tía Honora te ha obligado.
Hayden contuvo el aliento.
—Me han obligado a muchas cosas en la vida, Tracie.
Ser barón es sinónimo de tener obligaciones.
Tú… tú no eres una de ellas. Y yo jamás te forzaré a que compartas mi destino.
Has dicho que me odiabas y has dejado en claro que encuentras ser baronesa una tragedia; no haremos tu vida más difícil.
Llevar algo a la perfección no es forzarlo, es dejarlo ser lo que deba ser. Buenas noches, Tracie.
Hayden se alejó de ella. Tracie lo miraba desde el hueco entre sus rodillas. Él se volvió una vez más, pero no la miró directo, sino que hizo contacto con uno de sus mil reflejos.
—Por cierto, la señora Bianchi tiene razón, el camisón es precioso y vale cada libra, pero como no es práctico para dormir, puedes usar otro esta noche.
Y cerró las puertas que unían las alcobas tras de sí.