Capítulo 15
La melodía nupcial hizo eco en la iglesia cuando Tracie atravesó la gran puerta junto a Brett. Los presentes se volvieron a verla. Los murmullos apenas se oyeron por encima del órgano de tubos.
Tracie buscó a su madre en el gentío. Se hallaba al lado izquierdo, junto a Francie y Leopold y Noreen y Gail. Les sonrió por debajo del velo, por lo que ellos no pudieron ver lo tranquila que estaba al caminar al altar.
Había esperado cierta ansiedad o resquemor ante su boda, al fin de cuentas, insistía en que se casaba con un hombre al que había decidido odiar. Sin embargo, ninguna sensación desagradable la atravesaba. Fue en el instante en que Hayden se volvió cuando notó cierto cosquilleo.
Sus pies se detuvieron sin intervención de la cabeza. Brett casi tropieza al siguiente paso.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó su primo.
Tracie miró a Hayden a través del velo. Frunció el ceño al verla paralizada en el corredor; se le notaba el cuerpo inquieto, como si quisiera ir a su encuentro y arrastrarla hasta el altar.
—Sí, sí. Pisé mal —mintió, y retomó su andar. Hayden pareció suspirar aliviado.
No tenía a quién decírselo. Tal vez a Joyce, en alguna de sus charlas confidentes, pero lo que la había hecho vacilar era haber notado al fin cuán guapo era el barón.
Hasta entonces se había obligado a ignorar el aspecto físico del hombre; incluso durante el beso había obviado esa parte.
Era en vano mirar a un caballero si no tenías ninguna posibilidad de que se convirtiera en tu esposo, o así lo había considerado siempre Tracie.
Ella sabía que estaba destinada al matrimonio y había querido una unión por amor, razón por la cual había puesto todo su esmero en solo apreciar hombres que estuvieran a su alcance.
El barón no lo estaba.
Era un error casarse con él. Un terrible malentendido. Un beso que no tendría que haber sucedido. Una consecuencia evitable que ninguno de los dos había hecho el menor esfuerzo por impedir.
Ahora él sí estaba a su alcance. De hecho, tres metros la separaban de Hayden y podía verlo con claridad.
Lucía un frac negro; por debajo, un chaleco azul noche, del mismo tono de sus ojos, y una camisa blanca impoluta.
En lugar de corbatín o moño, había completado su atuendo con una pañoleta color bronce, como sus cabellos.
El atuendo resaltaba su altura y el ancho de su espalda.
Brett la dejó junto al barón y fue a posicionarse al lado de Melissa. El órgano detuvo su melodía y el obispo empezó la ceremonia.
—Estamos aquí reunidos…
—¿Puedes dejar de fruncir el ceño? —le murmuró ella a Hayden.
—No estoy frunciendo el ceño.
—¡Claro que lo haces! Te saldrán arrugas. Ya bastante mayor eres.
—¿Mayor? No llego a los treinta.
—Puf, por un año solamente.
—Un año es un año…
—Pues lucirás de cuarenta si te arrugas.
Las cejas de Hayden pasaron de una contracción a una extensión, formaron dos arcos sobre sus ojos. El obispo fue el siguiente en contraer el ceño.
—¿A él no le dirás que se arrugará? —murmuró Hayden.
—Ya está arrugado. Además, se ha casado con Dios, y a Dios no le importan las arrugas —replicó Tracie.
—Pero a ti sí.
—Y… teniendo en cuenta que tendré que ver tu rostro hasta que la muerte nos separe…
—Vaya condena —respondió él, con cierto tono amargo.
—Las hay peores.
—Gracias.
El obispo carraspeó con tanta fuerza que casi pareció golpearlos con el sonido. Les correspondía ponerse de rodillas sobre el reclinatorio.
—Podrías haberte negado —le susurró Hayden.
—Tú también —le recordó ella.
El obispo les puso su gran manota en la cabeza y los empujó hacia abajo de manera poco gentil.
—Al parecer he hecho algo que te ha molestado…
—¿Además de besarme?
—Además de besarte…
—Esta conversación hubiera sido un poco más cómoda de haber tenido lugar en un salón.
—¡Amén! —clamó el obispo, saliéndose del ritual.
Los presentes miraron sorprendidos al hombre, quien maldijo de manera poco cristiana por el enojo que le estaban despertando esos dos.
—Pensé que no querrías verme.
—Pues la sociedad piensa que quien no quiere verme eres tú.
—Es mejor a que crean que somos unos impúdicos que no soportamos ni un minuto sin acariciarnos.
—No lo sé, ¿es mejor?
—¡Sí! —siseó el obispo.
—¡Pero ahora todos piensan que soy fea! —le respondió al prelado. El hombre intentaba seguir con la ceremonia sin cometer más errores.
—Nadie piensa que eres fea, Tracie.
—Y torpe.
—Eso sí. Pero no fea.
—E incapaz de gustarte…
—De pie —ordenó el prelado.
Los dos lo hicieron, era el momento de los votos.
—Eso no lo niegas… —suspiró Tracie.
—Es que es absurdo —respondió Hayden.
La señorita Plageman bajó la mirada.
—Ya lo sé, es absurdo pensar que te gusto, pero al menos podrías mentir un poquito.
—Yo no dije…
—Lord Hayden Kensington —elevó la voz el obispo para hacerlos callar—, barón de Sheffield, ¿acepta por esposa a la señorita Tracie Plageman, para amarla, respetarla…
—Bajó la voz—, y por todo lo sagrado, hacerla sentir bonita…
—regresó a su tono normal—, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe?
—Sí, acepto.
—Y usted, Tracie Plageman, ¿acepta a Lord Hayden Kensington como esposo para amarlo, respetarlo —Bajó la voz—, tratar de entender que muestra más con acciones que con palabras… —regresó a su tono normal—, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe?
—Sí, acepto.
—Si nadie tiene nada en contra —Miró a los invitados con un cabreo evidente y con el mismo enojo a los novios—, y con el poder que me da Dios… por fin… —se le escapó suspirar— los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
Hayden se giró, lo mismo hizo Tracie. Ella alzó el rostro y él apartó el velo. Los dos permanecieron quietos, incapaces de moverse.
—Puede besar a la novia —repitió el obispo.
El barón miró su boca, la nueva baronesa se relamió porque sentía los labios secos. Apenas podía parpadear.
—¡Ya bese a la novia! —siseó el prelado.
Hayden bajó la boca y, en el último momento, decidió que no era tan fuerte. Posó los labios en la frente de Tracie.
El obispo compuso un gesto de resignación, como cuando no tenía el coraje de decirle a la cocinera que las gachas estaban horribles y las comía con fingido apetito.
Tracie se mordió los labios y guardó silencio, sonrojada y apenada por ese casto beso. Los invitados soltaron exhalaciones decepcionadas y empezaron a murmurar, mientras la ceremonia tocaba a su fin.
Los dos se encaminaron hacia la puerta; el carruaje los esperaba para conducirlos a la casa londinense donde habían organizado un agasajo.
—Era mucho pedir que mintieras en una iglesia —murmuró Tracie, al llegar a la puerta—. Otro quizá, pero nunca el correcto barón de Sheffield. Será mejor así, no generaremos falsas expectativas, ¿verdad?
—Tracie…
Ella dio un paso más y atravesó la puerta; el día era soleado y brillante. Su ánimo combinaría mejor con lluvia y rayos.
—Nos esperan, ya sabes, tenemos media hora desde aquí hasta tu casa y no te gusta ser impuntual.
—Nuestra casa.
—Ya… —Volvió a tirar de él, pero el barón no se movió.
Le soltó la mano y dio un paso en dirección al carruaje.
Hayden extendió su brazo y la cogió de la muñeca, la volvió a arrastrar dentro de la iglesia—.
Milord, llegaremos tarde y la gente, además de considerarme torpe y poco atractiva para ti, me verá como una mala influencia que arruina tu puntua…
El barón la silenció con un beso. Los invitados detuvieron su retirada y el silencio volvió a apoderarse de la iglesia. Tracie le sonrió cuando sus bocas se separaron.
—Gracias por mentir por mí —le dijo—, eso ayudará.
—Yo no miento, Tracie, menos en una iglesia. Recuerda, soy el correcto y aburrido barón de Sheffield.
Tras lo cual, se apresuró hacia el carruaje. Necesitaba escapar de allí, de otro beso que le sabía a gloria… y a poco.
***
Tracie caminaba de punta a punta en su nueva recámara.
Le hubiera gustado poder apreciarla en detalle, porque era verdaderamente hermosa.
Las paredes estaban cubiertas con un empapelado color mantequilla y, en relieve, unas rosas en dorado dibujaban intrincados patrones.
De la mitad de la pared hacia el suelo, se hallaba un recubrimiento de madera de abedul con molduras.
El piso era de ese mismo material, con alfombras tupidas en las zonas de mayor andar.
Los muebles eran claros y, en contraste, las mantas y las cortinas eran azules.
Había tantos espejos que Tracie caviló la posibilidad de que la madre de Hayden hubiera sufrido un exceso de vanidad.
¿Quién quería verse reflejada tantas veces?
Si se paraba en ese sitio exacto, su imagen se reflejaba en un espejo y en el otro hasta extenderse, como en un juego de circo, hacia el infinito.
—Empiezo a cansarme de mí misma —dijo, haciendo muecas frente al espejo—. Además, nunca quise saber cómo se veía mi trasero. ¡Es enorme! —se quejó, lanzando en vano la vista hacia atrás.
Había quedado a solas luego de que su nueva doncella, Edith, la preparara con esmero para la noche de bodas. La mujer era tan eficiente como Tracie había esperado de una criada de la baronía de Sheffield. Lo que le había sorprendido, no obstante, fue la calidez de la mujer.
Edith ya había desempacado sus baúles, los cuales habían arribado una semana antes de la boda, y halagó cada una de las prendas y el buen gusto de su nueva lady.
También le habló con mucho cariño sobre lo lista y sensible que debía ser al haber visto los atributos del barón y lo bella que era, algo que seguro a su lord no se le había pasado por alto.
Y entonces, soltó la frase que la hizo ponerse nerviosa como estaba:
—El barón va a estar encantado cuando la vea, milady. Ha sido atinada la elección de este camisón, el balance perfecto entre su dulce inocencia y… —Guiñó el ojo en el espejo; el gesto se reflejó hasta el infinito al chocar con los demás—, ya sabe…
Tracie no dudó en confesar:
—Es que no sé.