Tentar a un caballero (Sin reglas nº 4) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Qué generosa eres.

—Lo sé.

—Y supongo que el hecho de que esta mañana estés tarareando no tiene relación alguna con el barón.

—Ninguna.

—¿Y que anoche te colaras en la biblioteca para buscar el árbol genealógico de la familia Kensington? —preguntó Brett.

Tracie se quedó petrificada.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque el libro no está en su sitio, sino junto a uno que se llama «El barón y la doncella» que trata de un noble que secuestra a una mujer para casarse con ella. Tracie, si pretendes fisgonear, tienes que intentar que luego no queden evidencias.

—Es mucho trabajo. Además, en mi defensa, estaba haciendo un estudio de la situación. Recuerden que aún odio al barón y que me informo al respecto para saber cómo puedo seguir odiándolo con mayor precisión.

—Algo que claramente falla cuando besas al objeto de tu odio —dijo Brett.

—Sí —coincidió Tracie—. No, lo que quiero decir es que…

Melissa sonrió por fin.

—¡Es desesperante discutir con ustedes! Todo el mundo me obliga a decir cosas que no quiero decir.

—Nadie te obliga a nada, cariño. Ni a hablar ni a aceptar un matrimonio —replicó Melissa con dulzura—. Solo queremos asegurarnos de que de verdad lo deseas.

Tracie guardó silencio.

Archie le empujó la mano y ella le dio el resto de su tostada. Tras lo cual, acarició las orejas del perro y murmuró:

—Bueno… tampoco sería la peor tragedia del mundo. Tiene una casa muy bonita y su perra Whippet es muy mona… y la biblioteca está mejor abastecida que la nuestra.

Brett sonrió.

Melissa alzó una ceja.

—Ya… ¿esos son tus motivos?, ¿aunque lo odies?

Tracie desvió la vista hacia la ventana, intentando ocultar la mezcla de vértigo y expectación que asomaba en su mirada al pensar en ser la esposa de Hayden.

—Lo odio porque yo deseo hacerlo, cuando quiera dejar de odiarlo lo haré.

—¿Y qué se necesita para que suceda eso?

—Que llueva. —El sol le dio de lleno en el rostro—. Que llueva mucho.

—Menos mal que no estamos en California —murmuró Melissa y los tres se echaron a reír.

La decisión estaba tomada.

El día de la boda llegó al fin. Tracie agradeció que los preparativos no le hubieran dejado ni un segundo de paz para pensar. Ni en que iba a casarse, ni en que se suponía que odiaba a su marido, ni en el hecho de que no había visto a Hayden en ese mes y medio, ni en por qué tal cosa le irritaba…

—Cobarde —masculló, mientras Alice ajustaba el corsé a sus espaldas.

—Ha repetido esa frase unas cien veces, señorita —dijo la doncella.

—¡Pero es que no puedo creerlo!

—Créalo, porque después del altar no le quedará más remedio. Es mejor empezar a aceptarlo desde ahora.

Llamaron a la puerta y Alice se apresuró a abrir. Lady Joyce Grigg entró ya engalanada con su vestido de fiesta.

—Luces preciosa, Joyce.

—Mi aspecto es lo de menos. ¡Mira ese vestido! —Joyce la había acompañado en cada momento, a cada prueba y decisión sobre el traje de novia.

—Bueno, me dejaron en claro que tenía que empezar a comportarme como la futura baronesa, ¿no?

—Has disfrutado de exprimir los bolsillos del barón. ¡Reconócelo! —rio Joyce.

—Se lo ha ganado. ¡Ese hombre es de lo más irritante!

—Lo hubieras recordado antes de besarlo apasionadamente en el jardín… —Su amiga le soltó esa frase cerca del oído. Tracie puso los ojos en blanco.

—Una no puede tener un traspié…

—Los traspiés se dan, como su palabra indica, en los pies. El tuyo fue un trasboca.

Tracie le sacó la lengua de manera chiquilina.

—Siempre le dijimos, señorita, que su boca la metería en problemas —comentó Alice—, pero nunca pensamos que fuera por dejar de hablar.

—¡Tú también, Alice! —se ofendió Tracie, al tiempo que tanto la criada como Joyce rompían en carcajadas.

—Además, no está ofendida por lo inapropiado del beso, sino por la distancia que ha puesto el barón desde entonces.

—No, te equivocas, Alice, no estoy molesta por eso, sino por lo que su actitud trae aparejado…

—¿Ausencia de besos? —rio Joyce.

—¡Oye! Que no me gustó tanto…

La hermana del vizconde ladeó la cabeza, Tracie alisó una arruga imaginaria en su enagua para no delatar el sonrojo.

—Tanto… —repitió Alice—, o sea que un poquito sí le gustó.

—Bueno… sabe bien —reconoció—. Siempre me había preguntado por qué la gente se besa, no veo qué haya de muy atractivo en compartir saliva…

—Tú sola puedes pensar en esas cosas —la reprendió Joyce—. Te pediría que no vuelvas a repetirlo, porque alguna vez tendré que besar a alguien y solo pensaré en la saliva.

—Tranquila, casi no se siente. Salvo que sea un baboso, claro, como Lord George, que siempre acumula saliva en la comisura de la boca.

—¡Tracie! —chilló Joyce. Cubrió su rostro—. Ahora no podré verlo a la cara.

—De todas maneras, es muy difícil hacerlo, tiene un rostro complicado de mirar. Es como si lo hubiera fabricado un artista con problemas de percepción. No sé si le han puesto la nariz muy adelante o la cara muy atrás…

—¡Tracie! Suficiente. Mejor dime por qué estás enfadada con el barón. ¿No te ha permitido el bordado de hilos de seda en las medias?

—Oh, sí. Ha dicho que, si me apetecía, podía bordar todas mis prendas, que la señora Bianchi, la modista, solo tenía que enviarle la factura, y me solicitaba que, por favor, tuviera a bien no mencionar mi ropa interior en mis notas.

—¿Eso dijo?

—¡Me casaré con un hombre a quien no le interesa mi ropa interior! —dramatizó Tracie.

—El problema no es que no le interese, señorita, el problema es que posiblemente lo primero que piense al verla sea en sus medias y no es una imagen que ayude a un hombre a serenarse.

—¡Son solo medias!

Alice no dijo más. Las dos muchachas eran vírgenes de veinte años como mucho, demasiado inocentes para comprender el efecto que podía tener en un hombre la fantasía de su mujer en medias de seda.

—Como sea, vuelve al punto —pidió Joyce—, ¿por qué te molesta la distancia del barón si, según tú, es tan irritante? ¡Deberías agradecerlo!

—¡Porque hay habladurías! Tantas que no necesité de tu red de espionaje para enterarme —se lamentó Tracie.

—Oh, sí, también las he oído. Pero no son graves, ¿verdad? De hecho, teniendo en cuenta el escándalo, las habladurías son bastante gentiles.

—¡Joyce! Nos tratan de mentirosos —se enojó la señorita Plageman.

—No los tratan de mentirosos a ustedes, solo dicen que Lady Honora debe haber visto mal.

—Que es imposible que el barón me haya besado —completó la muchacha—. Y que yo soy demasiado torpe para un comportamiento escandaloso. Insisten en que seguro me tropecé, él me socorrió y Lady Honora es miope.

Joyce y Alice contuvieron la risa.

—Por eso, querida amiga, es mucho mejor. Nadie piensa de ti que eres promiscua ni de él que sea un libertino…

—¡No! Piensan que yo soy demasiado fea para tentar al barón y que el barón es demasiado idiota como para oponerse a un matrimonio tras un simple tropezón… Y Dios sabe que Lady Honora tiene vista de halcón, pero estoy demasiado ofendida con ella para defenderla de las lenguas viperinas.

—Insisto —dijo Joyce—, eso es mucho mejor a que digan que tú te escabulles a jardines para tentar a caballeros y que él es un libidinoso que no puede mantener las manos lejos de cualquier muchacha.

—Vale, tal vez sea mejor, pero sigue siendo falso…

—¿Le importa que el barón la encuentre atractiva, señorita? —preguntó Alice. Ya había terminado con el peinado y era hora de decorarlo con las perlas y flores silvestres que la muchacha había elegido para el tocado.

—No… —mintió Tracie.

—¿Entonces? —insistió Joyce.

Tracie hizo una mueca.

—Me ha dolido un poquito en el orgullo —reconoció—. Y el barón no ha hecho nada para desmentirlo; al contrario, su distancia no ha hecho más que resaltarlo.

—Tracie… —Joyce la cogió de los brazos y le plantó un beso en la mejilla—, como buena amiga, tendré que ser honesta: el barón te está protegiendo del escrutinio social.

—No se lo pedí.

—Eso lo hace mucho mejor —insistió la hermana del vizconde—. Tal vez…

—Tal vez, ¿qué? —preguntó Tracie al ver que su amiga dejaba la frase incompleta.

Joyce fue hacia la ventana. El carruaje con el escudo del barón ya estaba en la puerta, esperando por la novia. El otro, con el escudo del vizcondado de Kinloss, aguardaba por Melissa y ella. Brett sería el hombre que entregara a su prima en el altar.

—Tal vez deberías decírselo al barón. Ya sabes, hacer eso que se te da tan bien: hablar.

—¿Qué se supone que deba decirle?

—Que te importa un pimiento las habladurías sociales y que prefieres que él muestre lo que de verdad siente por ti… —le dijo Joyce.

—¿Desprecio?, ¿irritabilidad?, ¿vergüenza?

Alice y Joyce abrieron la boca para responder: «¡Deseo!», pero Melissa llamó a la puerta para apresurarla.

—El cochero estima media hora hasta la iglesia Saint Margaret… Tienes que estar lista en quince minutos a más tardar.

Joyce le plantó otro beso a su amiga y abandonó la habitación. Alice dejó la charla para después, había que ponerse manos a la obra. En cuarenta y cinco minutos, Tracie tendría que hacer su entrada triunfal para pasar de ser la señorita Plageman a Lady Tracie Kensington, baronesa de Sheffield.