Capítulo 14
La situación en el despacho del barón se dio del siguiente modo:
Hayden apartó su silla de respaldo alto, la que se hallaba tras el gran escritorio de caoba, para que Melissa Plageman se sentara en ella. Dejó la segunda silla, aquella que habitualmente empleaban sus socios de negocios, para Brett, y él fue a por el brandy.
Sirvió una copa a la señora Plageman y le ofreció otra a Brett. Como el joven vizconde recién se iniciaba en la bebida social, los sabores de los licores fuertes le resultaban desagradables y optó por una copa de oporto.
Una vez atendidos sus invitados, Hayden se desplomó en el diván de lectura y soltó un suspiro.
—Hoy no llegaremos a ningún acuerdo —habló Melissa—, debo hablar con Tracie.
—Todos necesitamos consultar la situación con la almohada —reconoció el barón. Apenas podía mirar a la señora Plageman a los ojos. Joder, ¿cómo había perdido el control así?
—Solo le haré unas preguntas para poder tomar una decisión informada.
—Dispare.
Brett lo estudiaba en silencio, no sabía qué pensar de la situación. El barón le caía bien, pero su prima era prioridad y le costaba comprender cómo un hombre tan correcto había llegado al punto de mancillar a Tracie.
—¿Ha besado a mi hija de verdad o ha sido una treta de su tía?
Hayden soltó una exhalación mitad suspiro, mitad risa.
—La he besado.
—¿Ella se negó, la forzó usted?
Hayden se cubrió la vista con el antebrazo. Brett se enderezó en la silla, tenso.
—Tracie… La señorita Plageman… —se apresuró a corregirse, no sin antes delatarse en ese desliz— es demasiado inocente, señora Plageman. Si no se ha negado, no fue por debilidad de carácter, sino, probablemente, por la sorpresa ante mi obrar.
Brett miró a su tía, Melissa miró a Brett.
Los dos asintieron en mutuo entendimiento.
Hayden podía seguir mintiéndose si quería, pero la señora Plageman era muy consciente de que no se necesitaba una maestría de Harvard para entender cuándo un avance masculino era inapropiado.
Tracie no había opuesto resistencia y, aunque eso la sacaba del lugar de inocencia, también la removía del sitio de víctima.
Algo que, como madre, agradecía de corazón.
Prefería una hija que errara cada tanto, que una herida.
—La última pregunta… —Melissa dio un sorbo a su brandy—, ¿por qué lo ha hecho?
—Porque soy un imbécil egoísta y mucho más débil de lo que creía.
La señora Plageman asintió. Brett también. Ya no quedaba más que hablar, era el turno de Tracie de tomar una decisión.
La mañana siguiente al escándalo amaneció ridículamente luminosa.
Eso fue lo primero que pensó Melissa Plageman al abrir las cortinas de la sala de desayuno y encontrarse con un sol espléndido, el canto de los pájaros y a su hija tarareando mientras untaba mermelada de naranja sobre una tostada.
Tarareando.
Melissa entrecerró los ojos.
Tracie estaba sentada junto al ventanal, con Archie a los pies, quien aguardaba a por una ración por debajo de la mesa. Llevaba un vestido sencillo de mañana que le sentaba muy bien, quizá porque estaba confeccionado a medida o, tal vez, porque esa mañana Tracie parecía brillar con luz propia.
—Buenos días, madre —saludó con excesiva alegría.
Melissa se sentó en la cabecera de la mesa.
—¿Lo son?
Brett, que ya estaba sentado con el periódico entre las manos, bajó apenas las hojas.
—Yo llevo quince minutos intentando descubrir si se golpeó la cabeza.
—¡Qué dramáticos son todos en esta familia! —se quejó Tracie—. Una no puede despertarse de buen humor porque enseguida la tratan de demente. —Archie ladró, como apoyando su argumento—. Hasta el perro está de acuerdo conmigo.
—El perro come flores y una vez intentó morder la rueda de un carruaje en movimiento y casi lo arrollan —le recordó Brett.
—Archie es un incomprendido.
Melissa estudió a su hija en silencio mientras la muchacha seguía desayunando con un apetito sospechosamente saludable para alguien cuya reputación había explotado delante de media nobleza inglesa menos de doce horas atrás.
—Tracie.
—¿Sí, madre?
—¿Cómo te sientes?
—Hambrienta. Con Joyce hemos acordado la temporada pasada que no beberíamos ni comeríamos de más en los bailes, porque ir al tocador es un infierno… El resultado es despertar al día siguiente con un hambre voraz.
Brett soltó una risa por lo bajo.
—No me refiero a eso, sino a lo sucedido con el barón.
—Ah. —Tracie mordisqueó la tostada—. Bueno. Supongo que un poco avergonzada.
Las mejillas de la muchacha subieron un tono, pero su madre pudo jurar que no era por vergüenza. ¡Y el barón creía que Tracie había sido una víctima inocente de su desliz libidinoso!
Melissa negó con la cabeza. «Ten cuidado con lo que deseas», se repitió.
Ella había ansiado que sus hijas hallaran hombres que las hicieran estremecer, en lugar de tener que yacer por obligación en el lecho de un esposo que detestaban y apenas les atraía.
Pues bien, al parecer sus súplicas habían sido oídas; sin embargo, como quería asegurarse de que así era, que Tracie no era arrastrada a un destino sin salida por un mero desliz, le aclaró:
—Hija, quiero que entiendas algo. No estás obligada a casarte con Lord Hayden.
La tostada se quedó suspendida en el aire.
Archie alzó la cabeza.
Brett bajó del todo el periódico.
Tracie pestañeó.
—¿Cómo que no?
—Como lo oyes. Habrá un escándalo, sí. Habladurías. También posibles titulares espantosos. Lady Honora sufrirá un soponcio frente a toda Inglaterra, algunos hablarán mal de mí como madre…
—Y yo seguramente moriré solterona —murmuró Tracie.
—No exageres.
—¡No exagero! —protestó ella—. Lord Hayden ya espantó a un candidato amenazándolo de muerte. Y ahora espantó a todos los demás besándome en un jardín.
Brett carraspeó.
—Un beso espantoso y forzoso, imagino… —murmuró Melissa.
—Un beso de un hombre odioso y aburrido —recordó Brett.
—No lo sé, fue el único beso que he dado en mi vida.
—¡Faltaba más! —gruñó Melissa.
—Como sea, un encuentro es suficiente para arruinar a una señorita. Debí leer mejor mis novelas de folletín.
—No estás arruinada, Tracie, no todos los hombres salen espantados por una habladuría —dijo su madre—. Además, el barón ha dejado bien en claro que te permite a ti decidir cómo abordar la situación. Podemos desmentir lo sucedido, plantearlo como una confusión de Lady Honora, y…
—Y además de promiscua me llamarán mentirosa.
—¡Tracie! —exclamó su madre.
—Anoche muchos caballeros se mostraban interesados por ti, alguno de ellos con el poder suficiente para limpiar tu nombre —acotó Brett.
—Eso. Ayer tenías a media Cámara de los Lores haciendo fila para bailar contigo —recordó Melissa.
—Porque Lord Hayden los obligó —corrigió Tracie.
—No los obligó exactamente…
—Brett, por favor. Ese hombre podría ordenar una invasión a Francia con solo levantar una ceja.
Melissa se masajeó las sienes.
—Lo que intento decir es que encontraremos una solución.
—¿Y cuál sería? —preguntó Tracie—. Porque, hasta donde entiendo, las soluciones disponibles son: una, me caso con el barón y evito que toda la sociedad convierta a nuestra familia en entretenimiento semanal; o dos, rechazo al barón de Sheffield, me convierto en «la muchacha que se besó con un noble detrás de unos arbustos» y paso el resto de mi vida criando gatos y explicándoles a mis sobrinos que una vez fui joven y hermosa.
—Sigues siendo joven y hermosa —intervino Brett.
—Gracias, primo. Pero envejeceré y lo de los gatos sigue en pie.
Melissa la observó con atención.
Demasiada atención.
La señora Plageman conocía a sus hijas. Nadie podía obligarlas a hacer nada. Ya quisiera, de ser más dóciles no se meterían en los problemas en que solían involucrarse. El barón podía ser un déspota, un tirano, pero no tenía poder sobre Tracie.
Lo que la llevaba a contemplar el otro platillo de esa balanza de voluntades. Tampoco nadie podía obligar al barón a hacer nada.
—Hija —dijo con suavidad—, ¿tú quieres casarte con Hayden?
Tracie se atragantó con el té.
Archie ladró alarmado.
—¡Madre!
—Es una pregunta simple.
—¡No lo es! Las preguntas simples son «¿quieres más mermelada?» o «¿vas a salir hoy?». Esa pregunta en cambio es de mucha complejidad.
Brett sonrió detrás de la taza.
—Eso no ha sido un «no».
—Porque no estoy respondiendo eso. Estoy diciendo que la situación es compleja.
—Ajá… —Melissa cruzó las manos sobre el regazo—. ¿Y cuáles son exactamente esas complejidades?
—Bueno… —Tracie empezó a enumerar con los dedos—.
Está el escándalo. La reputación familiar.
El hecho de que probablemente nadie más quiera casarse conmigo después de esto.
El hecho de que Lord Hayden ya tiene antecedentes de espantar pretendientes.
El hecho de que Lady Honora podría asesinarme si rechazo a su sobrino. El hecho de que…
—Todo eso son razones para aceptar el matrimonio —señaló Brett.
—Exacto.
—Pero no razones para quererlo —añadió Melissa.
Tracie abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.
—Bueno, pero una cosa lleva a la otra.
—No necesariamente.
—¡Claro que sí! Imagínate que rechazo al barón. ¿Quién va a querer casarse conmigo luego?
—Algún hombre enamorado.
—¿Dónde encontraríamos uno de esos? —preguntó Tracie con absoluta seriedad—.
Porque hasta ahora el único candidato que se me presentó ya está perdidamente enamorado de Lucy Hilton.
Además —continuó Tracie, cada vez más indignada con argumentos que parecían hundirla más—, ya hubo un escándalo.
Y un escándalo a todo lo alto. No fue un «oh, se tomaron demasiado de la mano durante un vals».
No. Fue un escándalo de fuente, jardín y…
—se aclaró la garganta— y bueno, algo más que un roce de manos.
—¡Tracie!
—¡Bueno, madre, hay que hacerse responsable! ¿Verdad? No puedo fingir que no ha pasado.
Brett intentó contener la risa.
Melissa cogió la taza de té con una dignidad admirable para alguien cuya hija acababa de describir un beso frente al desayuno familiar.
—Entiendo —dijo lentamente—. Entonces, según tú, aceptar sería una especie de sacrificio noble.
—Exacto, madre.